.
domingo, noviembre 1, 2026 🙏 ✝️ 🎃
spot_imgspot_imgspot_imgspot_img
spot_img

Cuando Yecla era tierra de brujas: hechiceras, curanderas y espiritistas entre la historia y la leyenda

Brujas que supuestamente veían a otras hechiceras reflejadas en un recipiente de agua. Mujeres acusadas de provocar enfermedades y realizar conjuros. Una curandera espiritista que en 1929 aseguró que podía devolver la vida a una joven fallecida. Reuniones de espiritistas, periódicos dedicados al más allá y remedios para combatir el mal de ojo.

La historia popular de Yecla contiene un sorprendente catálogo de episodios relacionados con la magia, la superstición y lo sobrenatural. Nada mejor que el 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos, para recuperar la historia de estas mujeres.

Cuando Yecla adquirió fama de «tierra de brujas»

El episodio mejor documentado se sitúa a mediados del siglo XVIII.

Una publicación del Archivo General de la Región de Murcia explica que Yecla fue una de las zonas del antiguo Reino de Murcia donde más proliferaron las historias relacionadas con la brujería y donde se produjeron algunos de los pocos casos que llegaron hasta el Tribunal del Santo Oficio de Murcia.

La situación llegó a adquirir cierta notoriedad. Según la documentación estudiada por el historiador Juan Blázquez Miguel, algunas mujeres de Yecla tenían tal fama de hechiceras que los vecinos estaban atemorizados y la población había adquirido reputación de «lugar o tierra de brujas», hasta el punto de que, según aquellas denuncias, los forasteros evitaban acudir a la villa.

Los nombres de aquellas mujeres han sobrevivido hasta nuestros días, casi siempre acompañados por sus apodos: María Castaño, la Sevillana; Josefa Cueva, la Murciana; María Martínez, la Gila o la del Trueno; Francisca Azorín, la Padre Nuestra; y Ana Román, la Tierna.

También aparece María Puche Lozano, perteneciente a una familia acomodada de Yecla y a quien las fuentes dispensan un tratamiento diferente.

Pero hay un detalle todavía más sugerente: aquellas mujeres, según la documentación histórica, se reunían en la casa de un zapatero de la calle de las Calaveras.

La denominación no es una invención literaria. La actual calle Isabel la Católica fue conocida antiguamente como calle de las Calaveras, como todavía reflejan documentos oficiales sobre propiedades de esa vía.

La Gila y el recipiente de agua donde aparecían las hechiceras

Entre aquellas mujeres destaca María Martínez, la Gila o la del Trueno. Su historia parece sacada de un relato fantástico, pero procede de declaraciones recogidas en actuaciones inquisitoriales. Eso no significa, evidentemente, que los supuestos fenómenos fueran reales, sino que fueron narrados y denunciados de esa manera por personas de la época.

Pedro Muñoz había mantenido una relación con la Gila antes de encontrar otra pareja. Después comenzó a enfermar y algunos testigos aseguraron incluso que sufría extraños episodios en los que tenían que sujetarlo para evitar que «saliera volando» por la chimenea.

La Gila le aseguró que estaba hechizado. Para descubrir al supuesto responsable preparó un ritual de hidromancia. Encendió fuego, colocó un lebrillo lleno de agua y pidió al hombre que mirara dentro. Según su declaración, por el agua comenzaron a pasar las imágenes de diferentes hechiceras. La que se detuviera sería la responsable del encantamiento.

La figura que supuestamente se detuvo fue la de Francisca Azorín, la Padre Nuestra.

El episodio permite imaginar hasta qué punto la superstición formaba parte de la vida cotidiana de una sociedad en la que enfermedades, problemas sentimentales o comportamientos inexplicables podían ser interpretados como consecuencia de hechizos.

Ana Román, la Tierna, y un conjuro por mil reales

Otra de aquellas mujeres fue Ana Román, la Tierna. En 1767 fue acusada de participar en un sortilegio. Un hombre llamado Benito Martínez quería que curara a su cuñado y le ofreció 40 reales. Según la documentación, ella habría solicitado nada menos que 1.000 reales.

Finalmente le indicó que acudiera a Josefa Cueva, la Murciana, presentada como especialista en estos asuntos.

El enfermo no mejoró. La situación terminó degenerando hasta el punto de que Benito acudió armado con un cuchillo y Ana Román, atemorizada, señaló como responsables del supuesto hechizo a Francisca Azorín y María Martínez.

Las fuentes muestran así un universo donde la hechicería se mezclaba con conflictos vecinales, relaciones sentimentales, enfermedades, dinero y enemistades personales.

María Castaño, la Sevillana, la más temida

De todas ellas, María Castaño, la Sevillana, aparece descrita como una de las hechiceras más conocidas y temidas de Yecla.

Además de ejercer como casamentera, fue relacionada con un episodio ocurrido después de que el hermano de un abogado enfermara de fuertes dolores de cabeza.

La Sevillana acudió a visitarlo y el enfermo comenzó a comportarse de manera extraña. El abogado terminó convencido de que María Castaño lo había hechizado y salió tras ella. El hombre falleció unos días después y la muerte alimentó aún más la fama de aquella mujer.

De nuevo, estamos ante acusaciones y creencias de la época, no ante una demostración de que existiera ningún fenómeno sobrenatural.

La Condená de los Picarios, la bruja que engañó a San Pascual

Mucho antes de aquellas mujeres aparece uno de los personajes más conocidos de la tradición oral yeclana: la Condená de los Picarios.

Aquí abandonamos la documentación judicial para entrar abiertamente en el terreno de la leyenda.

La historia sitúa a esta mujer en el siglo XVI, cuando San Pascual Bailón pasó por los conventos de Yecla y Jumilla. La Condená habría sido una pastora o mujer de vida marginal que vivía cerca de los Picarios y que se encaprichó del religioso.

La tradición cuenta que un día lo invitó a comer asegurando que había preparado cabrito, cuando en realidad le estaba ofreciendo gato.

San Pascual, sospechando el engaño, pronunció unas palabras que la tradición popular ha conservado durante generaciones: si aquello era cabrito debía permanecer en el plato y, si era gato, debía escapar.

Según la leyenda, el animal saltó y salió corriendo.

La Condená habría quedado entonces castigada a vagar eternamente de picacho en picacho. Algunas versiones afirmaban incluso que podía verse su figura durante las noches de luna. Un estudio sobre la devoción popular de Yecla recalca expresamente que esta historia es una leyenda históricamente falsa, aunque profundamente arraigada en la tradición oral local.

También existen relatos sobre siete hechiceras de los Picarios. Una de las historias cuenta que curaron a un vecino de su joroba. Cuando posteriormente acudió un hombre rico para pedirles que le quitaran la barriga, las brujas decidieron colocarle además la joroba que habían retirado al primero. Se marchó, por tanto, con barriga y joroba.

Es folklore, pero demuestra la extraordinaria presencia de la figura de la bruja en el imaginario tradicional yeclano.

La Tabara: la curandera de Yecla que fue noticia en toda España

Hay que avanzar hasta junio de 1929 para encontrar uno de los episodios más extraordinarios. Su protagonista fue una curandera y espiritista yeclana conocida como La Tabara.

Una joven de 22 años llevaba alrededor de dos años gravemente enferma y había sido desahuciada por los médicos. Su familia recurrió entonces a la curandera.

La muchacha murió. Pero el episodio no terminó ahí. Según las crónicas recopiladas posteriormente por investigadores de la historia de la medicina murciana, La Tabara convenció a la madre para que permaneciera en la cama junto al cadáver porque aseguraba ser capaz de hacer regresar a la joven a la vida.

La madre pasó la noche junto al cuerpo esperando aquella supuesta resurrección y La Tabara terminó detenida.

La historia fue tan extraordinaria que saltó a la prensa nacional. Apareció en periódicos como El Sol, Heraldo de Madrid, La Correspondencia, Diario de Almería, Diario de Córdoba, La Tarde de Lorca y El Liberal de Murcia, entre otros.

Las fuentes localizan informaciones en El Sol del 5 de junio de 1929, El Liberal de Murcia del 7 de junio y La Tarde de Lorca del 11 de junio.

La historia resulta todavía más sorprendente porque el escándalo no terminó con su actividad. La documentación señala que La Tabara continuaba ejerciendo en 1935 y que su fama fue suficiente para inspirar coplas populares. Incluso se menciona que en aquellos años circulaba una canción infantil que utilizaba su nombre.

Yecla también tuvo espiritistas

La presencia de prácticas relacionadas con lo sobrenatural no terminó con las hechiceras. En el último tercio del siglo XIX encontramos en Yecla un movimiento espiritista organizado.

Ya en 1872 existen noticias de espiritistas yeclanos que denunciaban públicamente los ataques que recibían por parte de algunos sacerdotes de la localidad. Llegaron a enviar sus quejas a compañeros de Sevilla, que las difundieron a través de publicaciones espiritistas.

A finales del siglo XIX aparece otro personaje interesante: José Muñoz López, residente en Yecla, que publicó artículos relacionados con experimentos de fotografía espiritista realizados con una médium de Crevillente llamada Dolores Más.

En 1892 o 1893 llegó incluso a publicarse en Yecla un escrito defendiendo a aquella médium frente a las críticas que estaba recibiendo.

Y Yecla llegó a disponer de una publicación espiritista propia, denominada La Aurora Boreal. La implantación de estas ideas provocaba también una fuerte oposición. En junio de 1902 se produjo un movimiento popular contra vendedores de periódicos espiritistas y tuvo que intervenir la Guardia Civil para tranquilizar la situación.

El mal de ojo también formaba parte de la Yecla popular

Brujería y espiritismo son solo una parte de esta historia. José Puche Forte recopiló en su estudio Apuntes y curiosidades sobre superstición y medicina popular en Yecla numerosas creencias que sobrevivieron durante generaciones.

Una de las más arraigadas era el mal de ojo. Para proteger especialmente a los niños se utilizaban pequeñas bolsas de tela con sal y tres granos de arroz, prendas colocadas del revés o pequeñas piezas de tejido rojo ocultas entre la ropa.

También existía un procedimiento para comprobar si alguien estaba aojado. Se llenaba una taza con agua y tres granos de sal. Después se dejaban caer tres gotas de aceite mientras se pronunciaba una oración. Si el aceite se dispersaba por el agua se interpretaba como señal de que existía mal de ojo. La prueba debía repetirse hasta que desapareciera.

Verrugas que se entregaban al vecino

Algunos remedios populares resultan hoy especialmente llamativos. Para eliminar verrugas existía la costumbre de recoger tantas piedras como verrugas tuviera la persona, envolverlas en un pañuelo y acudir a una vivienda.

Desde fuera se preguntaba por una persona cualquiera. Cuando desde dentro contestaban preguntando quién era, se arrojaba el pañuelo al interior mientras se pronunciaba una fórmula con la que, supuestamente, las verrugas pasaban a los habitantes de aquella casa.

Otro método consistía en hacer tantos nudos en una retama como verrugas tuviera el interesado. A medida que el tallo se secaba debían desaparecer también las verrugas.

Conjuros para detener las tormentas

Las supersticiones también alcanzaban al tiempo atmosférico, algo comprensible en una población agrícola donde una tormenta de granizo podía destruir la cosecha de todo un año.

En lo alto del Cerro del Castillo existió un conjuratorio relacionado con las tormentas.

Cuando llegaban los truenos, algunas familias se reunían alrededor de una mesa y pronunciaban oraciones dedicadas a Santa Bárbara. En las casas de campo podían colocarse cruces de Caravaca o pintarse grandes cruces de cal para intentar alejar el pedrisco.

Puche Forte recoge también una antigua versión de una conocida canción infantil: «Que llueva, que llueva, la bruja está en la cueva…».

La noche de San Juan, el gran momento para los sortilegios

Pero si había una noche especialmente propicia para conocer el futuro era la de San Juan. Una joven podía colocar tres patatas debajo de la cama: una pelada, otra a medio pelar y otra entera. A la mañana siguiente debía coger una sin mirar. La totalmente pelada anunciaba un marido pobre; la medio pelada, una situación intermedia; y la que conservaba toda la piel, un marido rico.

También se vertía plomo fundido sobre agua. La forma resultante debía parecerse supuestamente a la herramienta correspondiente al oficio del futuro marido.

Otra creencia sostenía que quien se contemplara desnudo ante un espejo durante aquella noche podía llegar a contemplar la imagen del demonio.

Historia, miedo y tradición

Sería un error contemplar hoy a aquellas mujeres simplemente como las «brujas» de los cuentos. Muchos de estos episodios se desarrollaron en sociedades marcadas por la pobreza, el analfabetismo, las enfermedades sin diagnóstico, las desigualdades sociales y una situación especialmente difícil para las mujeres que vivían al margen de las normas de su época.

La propia historiografía regional recuerda que la marginación social y la misoginia ayudaron a construir la imagen de muchas de aquellas supuestas hechiceras.

Pero las historias sobrevivieron.

La Gila, la Padre Nuestra, la Sevillana, la Tierna, la Murciana, la Condená de los Picarios o La Tabara forman parte de un patrimonio mucho menos visible que iglesias, cuadros o yacimientos arqueológicos: el patrimonio de las historias que una población cuenta generación tras generación.

Historias en las que se mezclan documentos auténticos, miedos colectivos, medicina popular, religión, superstición y leyenda.

Y que recuerdan que, hace no tantos siglos, Yecla llegó a ser conocida, literalmente, como «tierra de brujas».

Ángel Alonso
Ángel Alonso
Director de elperiodicodeyecla.com. Entró a formar parte de este medio de comuncación en 2003 y en 2008 digitalizó lo que era un medio local impreso. Especilizado en información local de Yecla.

Brujas que supuestamente veían a otras hechiceras reflejadas en un recipiente de agua. Mujeres acusadas de provocar enfermedades y realizar conjuros. Una curandera espiritista que en 1929 aseguró que podía devolver la vida a una joven fallecida. Reuniones de espiritistas, periódicos dedicados al más allá y remedios para combatir el mal de ojo.

La historia popular de Yecla contiene un sorprendente catálogo de episodios relacionados con la magia, la superstición y lo sobrenatural. Nada mejor que el 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos, para recuperar la historia de estas mujeres.

Cuando Yecla adquirió fama de «tierra de brujas»

El episodio mejor documentado se sitúa a mediados del siglo XVIII.

Una publicación del Archivo General de la Región de Murcia explica que Yecla fue una de las zonas del antiguo Reino de Murcia donde más proliferaron las historias relacionadas con la brujería y donde se produjeron algunos de los pocos casos que llegaron hasta el Tribunal del Santo Oficio de Murcia.

La situación llegó a adquirir cierta notoriedad. Según la documentación estudiada por el historiador Juan Blázquez Miguel, algunas mujeres de Yecla tenían tal fama de hechiceras que los vecinos estaban atemorizados y la población había adquirido reputación de «lugar o tierra de brujas», hasta el punto de que, según aquellas denuncias, los forasteros evitaban acudir a la villa.

Los nombres de aquellas mujeres han sobrevivido hasta nuestros días, casi siempre acompañados por sus apodos: María Castaño, la Sevillana; Josefa Cueva, la Murciana; María Martínez, la Gila o la del Trueno; Francisca Azorín, la Padre Nuestra; y Ana Román, la Tierna.

También aparece María Puche Lozano, perteneciente a una familia acomodada de Yecla y a quien las fuentes dispensan un tratamiento diferente.

Pero hay un detalle todavía más sugerente: aquellas mujeres, según la documentación histórica, se reunían en la casa de un zapatero de la calle de las Calaveras.

La denominación no es una invención literaria. La actual calle Isabel la Católica fue conocida antiguamente como calle de las Calaveras, como todavía reflejan documentos oficiales sobre propiedades de esa vía.

La Gila y el recipiente de agua donde aparecían las hechiceras

Entre aquellas mujeres destaca María Martínez, la Gila o la del Trueno. Su historia parece sacada de un relato fantástico, pero procede de declaraciones recogidas en actuaciones inquisitoriales. Eso no significa, evidentemente, que los supuestos fenómenos fueran reales, sino que fueron narrados y denunciados de esa manera por personas de la época.

Pedro Muñoz había mantenido una relación con la Gila antes de encontrar otra pareja. Después comenzó a enfermar y algunos testigos aseguraron incluso que sufría extraños episodios en los que tenían que sujetarlo para evitar que «saliera volando» por la chimenea.

La Gila le aseguró que estaba hechizado. Para descubrir al supuesto responsable preparó un ritual de hidromancia. Encendió fuego, colocó un lebrillo lleno de agua y pidió al hombre que mirara dentro. Según su declaración, por el agua comenzaron a pasar las imágenes de diferentes hechiceras. La que se detuviera sería la responsable del encantamiento.

La figura que supuestamente se detuvo fue la de Francisca Azorín, la Padre Nuestra.

El episodio permite imaginar hasta qué punto la superstición formaba parte de la vida cotidiana de una sociedad en la que enfermedades, problemas sentimentales o comportamientos inexplicables podían ser interpretados como consecuencia de hechizos.

Ana Román, la Tierna, y un conjuro por mil reales

Otra de aquellas mujeres fue Ana Román, la Tierna. En 1767 fue acusada de participar en un sortilegio. Un hombre llamado Benito Martínez quería que curara a su cuñado y le ofreció 40 reales. Según la documentación, ella habría solicitado nada menos que 1.000 reales.

Finalmente le indicó que acudiera a Josefa Cueva, la Murciana, presentada como especialista en estos asuntos.

El enfermo no mejoró. La situación terminó degenerando hasta el punto de que Benito acudió armado con un cuchillo y Ana Román, atemorizada, señaló como responsables del supuesto hechizo a Francisca Azorín y María Martínez.

Las fuentes muestran así un universo donde la hechicería se mezclaba con conflictos vecinales, relaciones sentimentales, enfermedades, dinero y enemistades personales.

María Castaño, la Sevillana, la más temida

De todas ellas, María Castaño, la Sevillana, aparece descrita como una de las hechiceras más conocidas y temidas de Yecla.

Además de ejercer como casamentera, fue relacionada con un episodio ocurrido después de que el hermano de un abogado enfermara de fuertes dolores de cabeza.

La Sevillana acudió a visitarlo y el enfermo comenzó a comportarse de manera extraña. El abogado terminó convencido de que María Castaño lo había hechizado y salió tras ella. El hombre falleció unos días después y la muerte alimentó aún más la fama de aquella mujer.

De nuevo, estamos ante acusaciones y creencias de la época, no ante una demostración de que existiera ningún fenómeno sobrenatural.

La Condená de los Picarios, la bruja que engañó a San Pascual

Mucho antes de aquellas mujeres aparece uno de los personajes más conocidos de la tradición oral yeclana: la Condená de los Picarios.

Aquí abandonamos la documentación judicial para entrar abiertamente en el terreno de la leyenda.

La historia sitúa a esta mujer en el siglo XVI, cuando San Pascual Bailón pasó por los conventos de Yecla y Jumilla. La Condená habría sido una pastora o mujer de vida marginal que vivía cerca de los Picarios y que se encaprichó del religioso.

La tradición cuenta que un día lo invitó a comer asegurando que había preparado cabrito, cuando en realidad le estaba ofreciendo gato.

San Pascual, sospechando el engaño, pronunció unas palabras que la tradición popular ha conservado durante generaciones: si aquello era cabrito debía permanecer en el plato y, si era gato, debía escapar.

Según la leyenda, el animal saltó y salió corriendo.

La Condená habría quedado entonces castigada a vagar eternamente de picacho en picacho. Algunas versiones afirmaban incluso que podía verse su figura durante las noches de luna. Un estudio sobre la devoción popular de Yecla recalca expresamente que esta historia es una leyenda históricamente falsa, aunque profundamente arraigada en la tradición oral local.

También existen relatos sobre siete hechiceras de los Picarios. Una de las historias cuenta que curaron a un vecino de su joroba. Cuando posteriormente acudió un hombre rico para pedirles que le quitaran la barriga, las brujas decidieron colocarle además la joroba que habían retirado al primero. Se marchó, por tanto, con barriga y joroba.

Es folklore, pero demuestra la extraordinaria presencia de la figura de la bruja en el imaginario tradicional yeclano.

La Tabara: la curandera de Yecla que fue noticia en toda España

Hay que avanzar hasta junio de 1929 para encontrar uno de los episodios más extraordinarios. Su protagonista fue una curandera y espiritista yeclana conocida como La Tabara.

Una joven de 22 años llevaba alrededor de dos años gravemente enferma y había sido desahuciada por los médicos. Su familia recurrió entonces a la curandera.

La muchacha murió. Pero el episodio no terminó ahí. Según las crónicas recopiladas posteriormente por investigadores de la historia de la medicina murciana, La Tabara convenció a la madre para que permaneciera en la cama junto al cadáver porque aseguraba ser capaz de hacer regresar a la joven a la vida.

La madre pasó la noche junto al cuerpo esperando aquella supuesta resurrección y La Tabara terminó detenida.

La historia fue tan extraordinaria que saltó a la prensa nacional. Apareció en periódicos como El Sol, Heraldo de Madrid, La Correspondencia, Diario de Almería, Diario de Córdoba, La Tarde de Lorca y El Liberal de Murcia, entre otros.

Las fuentes localizan informaciones en El Sol del 5 de junio de 1929, El Liberal de Murcia del 7 de junio y La Tarde de Lorca del 11 de junio.

La historia resulta todavía más sorprendente porque el escándalo no terminó con su actividad. La documentación señala que La Tabara continuaba ejerciendo en 1935 y que su fama fue suficiente para inspirar coplas populares. Incluso se menciona que en aquellos años circulaba una canción infantil que utilizaba su nombre.

Yecla también tuvo espiritistas

La presencia de prácticas relacionadas con lo sobrenatural no terminó con las hechiceras. En el último tercio del siglo XIX encontramos en Yecla un movimiento espiritista organizado.

Ya en 1872 existen noticias de espiritistas yeclanos que denunciaban públicamente los ataques que recibían por parte de algunos sacerdotes de la localidad. Llegaron a enviar sus quejas a compañeros de Sevilla, que las difundieron a través de publicaciones espiritistas.

A finales del siglo XIX aparece otro personaje interesante: José Muñoz López, residente en Yecla, que publicó artículos relacionados con experimentos de fotografía espiritista realizados con una médium de Crevillente llamada Dolores Más.

En 1892 o 1893 llegó incluso a publicarse en Yecla un escrito defendiendo a aquella médium frente a las críticas que estaba recibiendo.

Y Yecla llegó a disponer de una publicación espiritista propia, denominada La Aurora Boreal. La implantación de estas ideas provocaba también una fuerte oposición. En junio de 1902 se produjo un movimiento popular contra vendedores de periódicos espiritistas y tuvo que intervenir la Guardia Civil para tranquilizar la situación.

El mal de ojo también formaba parte de la Yecla popular

Brujería y espiritismo son solo una parte de esta historia. José Puche Forte recopiló en su estudio Apuntes y curiosidades sobre superstición y medicina popular en Yecla numerosas creencias que sobrevivieron durante generaciones.

Una de las más arraigadas era el mal de ojo. Para proteger especialmente a los niños se utilizaban pequeñas bolsas de tela con sal y tres granos de arroz, prendas colocadas del revés o pequeñas piezas de tejido rojo ocultas entre la ropa.

También existía un procedimiento para comprobar si alguien estaba aojado. Se llenaba una taza con agua y tres granos de sal. Después se dejaban caer tres gotas de aceite mientras se pronunciaba una oración. Si el aceite se dispersaba por el agua se interpretaba como señal de que existía mal de ojo. La prueba debía repetirse hasta que desapareciera.

Verrugas que se entregaban al vecino

Algunos remedios populares resultan hoy especialmente llamativos. Para eliminar verrugas existía la costumbre de recoger tantas piedras como verrugas tuviera la persona, envolverlas en un pañuelo y acudir a una vivienda.

Desde fuera se preguntaba por una persona cualquiera. Cuando desde dentro contestaban preguntando quién era, se arrojaba el pañuelo al interior mientras se pronunciaba una fórmula con la que, supuestamente, las verrugas pasaban a los habitantes de aquella casa.

Otro método consistía en hacer tantos nudos en una retama como verrugas tuviera el interesado. A medida que el tallo se secaba debían desaparecer también las verrugas.

Conjuros para detener las tormentas

Las supersticiones también alcanzaban al tiempo atmosférico, algo comprensible en una población agrícola donde una tormenta de granizo podía destruir la cosecha de todo un año.

En lo alto del Cerro del Castillo existió un conjuratorio relacionado con las tormentas.

Cuando llegaban los truenos, algunas familias se reunían alrededor de una mesa y pronunciaban oraciones dedicadas a Santa Bárbara. En las casas de campo podían colocarse cruces de Caravaca o pintarse grandes cruces de cal para intentar alejar el pedrisco.

Puche Forte recoge también una antigua versión de una conocida canción infantil: «Que llueva, que llueva, la bruja está en la cueva…».

La noche de San Juan, el gran momento para los sortilegios

Pero si había una noche especialmente propicia para conocer el futuro era la de San Juan. Una joven podía colocar tres patatas debajo de la cama: una pelada, otra a medio pelar y otra entera. A la mañana siguiente debía coger una sin mirar. La totalmente pelada anunciaba un marido pobre; la medio pelada, una situación intermedia; y la que conservaba toda la piel, un marido rico.

También se vertía plomo fundido sobre agua. La forma resultante debía parecerse supuestamente a la herramienta correspondiente al oficio del futuro marido.

Otra creencia sostenía que quien se contemplara desnudo ante un espejo durante aquella noche podía llegar a contemplar la imagen del demonio.

Historia, miedo y tradición

Sería un error contemplar hoy a aquellas mujeres simplemente como las «brujas» de los cuentos. Muchos de estos episodios se desarrollaron en sociedades marcadas por la pobreza, el analfabetismo, las enfermedades sin diagnóstico, las desigualdades sociales y una situación especialmente difícil para las mujeres que vivían al margen de las normas de su época.

La propia historiografía regional recuerda que la marginación social y la misoginia ayudaron a construir la imagen de muchas de aquellas supuestas hechiceras.

Pero las historias sobrevivieron.

La Gila, la Padre Nuestra, la Sevillana, la Tierna, la Murciana, la Condená de los Picarios o La Tabara forman parte de un patrimonio mucho menos visible que iglesias, cuadros o yacimientos arqueológicos: el patrimonio de las historias que una población cuenta generación tras generación.

Historias en las que se mezclan documentos auténticos, miedos colectivos, medicina popular, religión, superstición y leyenda.

Y que recuerdan que, hace no tantos siglos, Yecla llegó a ser conocida, literalmente, como «tierra de brujas».

Ángel Alonso
Ángel Alonso
Director de elperiodicodeyecla.com. Entró a formar parte de este medio de comuncación en 2003 y en 2008 digitalizó lo que era un medio local impreso. Especilizado en información local de Yecla.
uscríbete EPY

¿Quieres añadir un nuevo comentario?

Hazte EPY Premium, es gratuito.

Hazte Premium

1 COMENTARIO

Ángel Alonso
Ángel Alonso
Director de elperiodicodeyecla.com. Entró a formar parte de este medio de comuncación en 2003 y en 2008 digitalizó lo que era un medio local impreso. Especilizado en información local de Yecla.
- Publicidad -spot_imgspot_imgspot_imgspot_img
- Publicidad -spot_img

Servicios

Demanda empleo Oferta empleo
Compra Venta
Canal inmobiliario Farmacia
Teléfono interes Autobuses