Las experiencias acumuladas tras grandes huracanes han puesto de manifiesto la necesidad de replantear la forma en que las infraestructuras costeras afrontan este tipo de emergencias. La reconstrucción, los cortes de energía, la paralización de la actividad, los seguros y los planes de contingencia no pueden abordarse como cuestiones independientes, sino como partes de una misma estrategia.
La cuestión ya no consiste únicamente en reparar aquello que destruye una tormenta. El verdadero reto es reducir las posibilidades de que los mismos problemas vuelvan a repetirse cuando llegue un nuevo episodio meteorológico extremo.
El impacto de una tormenta va más allá de los daños materiales
Una instalación costera no puede diseñar su estrategia de recuperación de forma aislada. Los grandes huracanes han demostrado que el daño puede extenderse mucho más allá de los propios puertos, embarcaderos o instalaciones náuticas.
Los cortes prolongados de electricidad, los problemas de comunicaciones, la interrupción de los accesos por carretera o la imposibilidad de trabajar de determinados proveedores pueden retrasar durante meses la recuperación de una actividad.
Por ese motivo, no basta con reparar un muelle o rehabilitar un edificio. Un plan eficaz debe prever qué sucede cuando las instalaciones están preparadas para funcionar, pero todavía fallan servicios esenciales como la electricidad, las telecomunicaciones, el transporte o el suministro de materiales.
También resulta fundamental contar con personal formado y con capacidad para responder rápidamente después de una emergencia. Las relaciones con proveedores, trabajadores, administraciones y empresas de servicios forman parte de la capacidad real de recuperación.
Prepararse para un clima cambiante
Las previsiones climáticas apuntan a cambios que pueden incrementar determinados riesgos para las zonas costeras. Entre ellos se encuentran lluvias más intensas asociadas a algunos ciclones y un aumento de su intensidad media.
Eso no significa necesariamente que vaya a producirse un mayor número de huracanes en todo el planeta. Sin embargo, existen otros factores que pueden aumentar sus consecuencias, como la subida del nivel del mar y el consiguiente incremento del riesgo de inundaciones costeras.
Para las infraestructuras que deben mantenerse operativas durante décadas, la planificación no debería basarse exclusivamente en las condiciones existentes cuando fueron construidas.
Los propietarios y gestores deben analizar la exposición al riesgo, el mantenimiento, el diseño de las instalaciones y su capacidad para recuperarse después de un desastre.
Predecir exactamente cuándo llegará la siguiente tormenta resulta imposible. Prepararse para diferentes escenarios adversos es una estrategia mucho más realista.
El seguro debe formar parte del plan de recuperación
Las pólizas de seguro constituyen uno de los principales vínculos entre los daños físicos y la continuidad de una actividad empresarial.
Antes de que se produzca una emergencia es conveniente revisar detenidamente las coberturas, las exclusiones y las condiciones relacionadas con la interrupción de la actividad. También resulta recomendable disponer de documentación actualizada sobre edificios, equipos e instalaciones.
Los gestores deben conocer qué activos están cubiertos, qué franquicias se aplican, cuáles son las posibles exclusiones y de qué manera se compensaría una paralización prolongada de la actividad.
También deben analizarse previamente los plazos de recuperación, la documentación necesaria para presentar una reclamación y las consecuencias de posibles interrupciones en los servicios públicos.
La existencia de un seguro no significa que cualquier pérdida vaya a quedar cubierta.
Por ello, los límites de las pólizas, la disponibilidad de liquidez y el orden en que se acometerán las reparaciones deben formar parte de una estrategia coordinada.
Planes de contingencia antes de que llegue la emergencia
Una buena preparación requiere establecer diferentes fases de actuación, repartir claramente las responsabilidades y determinar quién debe tomar cada decisión.
También es recomendable contar previamente con empresas capaces de realizar determinadas reparaciones, disponer de protocolos de actuación y realizar simulacros periódicos.
Las preguntas deben plantearse antes de que aparezca el temporal: ¿quién tiene autoridad para ordenar el cierre?, ¿hasta cuándo pueden mantenerse determinadas operaciones?, ¿qué información seguirá disponible si fallan las comunicaciones habituales?
La seguridad de las personas debe situarse siempre por encima de la protección de los bienes materiales.
Después del temporal también debe existir un protocolo claro. Los primeros pasos deberían incluir la comprobación del estado de los trabajadores, el cierre de las zonas peligrosas, la documentación de los daños, las inspecciones técnicas y la comunicación a los usuarios sobre qué servicios pueden utilizarse.
La reapertura debe realizarse de manera gradual y segura.
La resiliencia energética no consiste únicamente en disponer de un generador
La planificación energética debe comenzar identificando qué funciones son realmente imprescindibles.
Algunos servicios tendrán que mantenerse, otros podrán operar de manera limitada y determinadas actividades deberán suspenderse hasta que las instalaciones sean inspeccionadas.
A partir de esas necesidades pueden estudiarse los sistemas de respaldo teniendo en cuenta la potencia necesaria, la autonomía, la disponibilidad de combustible, el mantenimiento y la ubicación de los equipos.
Las instalaciones basadas en energías renovables también necesitan una planificación adecuada. Disponer de generación eléctrica propia no garantiza necesariamente que un sistema pueda funcionar durante un apagón si no cuenta con almacenamiento, sistemas de aislamiento o equipos preparados para trabajar independientemente de la red.
Las comunicaciones y los registros de información requieren el mismo nivel de protección. Depender exclusivamente de una conexión, una tecnología o una persona aumenta considerablemente la vulnerabilidad.
El objetivo durante una emergencia no debe ser mantener todos los servicios funcionando, sino proteger a las personas, conservar las funciones esenciales y facilitar el regreso a la normalidad.
Reconstruir pensando en el conjunto de la instalación
Después de una catástrofe existe una fuerte presión para recuperar cuanto antes la actividad. Eso puede llevar a reconstruir exactamente lo que existía antes del desastre.
Sin embargo, esa decisión puede reproducir las mismas vulnerabilidades.
La elevación de los edificios, el efecto de las marejadas, la distribución de los muelles, los sistemas de amarre, el drenaje y la ubicación de instalaciones técnicas son algunos de los factores que deberían estudiarse durante una reconstrucción.
Una evaluación técnica debe analizar también cómo interactúan estas infraestructuras con las redes eléctricas, los accesos y otros servicios necesarios para mantener la actividad.
Reforzar únicamente determinados elementos puede resultar insuficiente si existe otro punto débil capaz de paralizar toda la instalación.
Dependiendo de cada emplazamiento, pueden estudiarse medidas como elevar o proteger los equipos eléctricos, modificar los sistemas de amarre, mejorar el drenaje o diseñar las instalaciones de forma que las zonas dañadas puedan aislarse y repararse con mayor facilidad.
No existe una solución universal capaz de garantizar la resistencia absoluta frente a un huracán. Cada instalación necesita una evaluación adaptada a sus características.
Medir la capacidad de recuperación
La resiliencia debe entenderse como una responsabilidad permanente de gestión y no únicamente como una reacción después de una tormenta.
Las decisiones sobre inversiones, ingeniería, mantenimiento y organización empresarial deberían incorporar desde el principio la posibilidad de sufrir una emergencia.
Una evaluación útil debe analizar cuánto tiempo se necesita para contactar con todo el personal, si la documentación esencial seguirá disponible, cuándo podrán reanudarse los servicios básicos y qué factores externos podrían retrasar el regreso de clientes, trabajadores y empresas colaboradoras.
El objetivo no consiste en mantener la actividad funcionando a cualquier precio.
La verdadera capacidad de recuperación consiste en volver a operar de manera segura, reducir los daños evitables y acortar los tiempos de interrupción.
Por eso, las futuras inversiones en instalaciones costeras no deberían centrarse exclusivamente en cuánto puede resistir una infraestructura. También deben analizar qué capacidad tendrá la organización para recuperarla, en qué orden podrá hacerlo y hasta qué punto estará mejor preparada cuando llegue el siguiente fenómeno extremo.
















