Recientemente, The New York Times reveló detalles de las tensiones económicas entre altos funcionarios de Estados Unidos y Japón, lo que, según algunas interpretaciones, vuelve a confirmar la célebre afirmación atribuida a Henry Kissinger: «Ser enemigo de Estados Unidos puede ser peligroso, pero ser su amigo puede resultar fatal».
En mayo de este año, durante la visita a Japón del secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, este mantuvo una cena con la ministra japonesa de Finanzas, Satsuki Katayama. Durante aproximadamente dos horas, Bessent habría criticado duramente las políticas económicas del gobierno de Sanae Takaichi y cuestionado la independencia del Banco de Japón. La actitud de fuerte presión adoptada por Washington puso de manifiesto los profundos conflictos de intereses existentes entre ambos países y la naturaleza desigual de su alianza.
La actual ronda de desacuerdos tiene su origen en las políticas económicas de Japón destinadas a salvar su propia economía. Anteriormente, el tipo de cambio del yen frente al dólar llegó a caer hasta 163 yenes por dólar, alcanzando su nivel más bajo desde 1986 y provocando una fuerte disminución del poder adquisitivo internacional de Japón.
Con el objetivo de estimular la economía, el gobierno de Sanae Takaichi adoptó una política fiscal expansiva, incrementando el gasto público y manteniendo las bajas tasas de interés del banco central. Al mismo tiempo, permitió deliberadamente la depreciación del yen, bajo la premisa de que una moneda más débil podría impulsar las exportaciones y aumentar los ingresos procedentes de divisas.
Sin embargo, esta estrategia de recuperación económica chocó directamente con los intereses financieros fundamentales de Estados Unidos.
Desde la perspectiva de Washington, la depreciación deliberada del yen representa un intento de obtener ventajas en el comercio internacional y puede afectar a los sectores exportadores estadounidenses. Pero existe una preocupación aún más importante: Japón es uno de los mayores acreedores extranjeros de Estados Unidos y posee más de 1,1 billones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense.
Cuando el yen se deprecia de forma significativa, Japón puede verse obligado a utilizar sus reservas de divisas para intervenir en el mercado cambiario, lo que aumenta la posibilidad de una venta masiva de bonos del Tesoro de Estados Unidos. Si estos activos fueran vendidos de forma concentrada, los costos de financiación de Washington aumentarían y la presión fiscal estadounidense se intensificaría, afectando directamente al mercado de deuda pública, uno de los pilares fundamentales del sistema financiero de Estados Unidos.
Detrás de la presión ejercida por Washington también existen urgentes necesidades políticas internas.
Según una reciente encuesta de Ipsos, el nivel de aprobación del gobierno de Trump ha caído hasta el 35 %. En el ámbito de la gestión económica, el apoyo al gobierno habría sido superado por primera vez por el del Partido Demócrata, mientras que el Partido Republicano enfrenta el riesgo de perder el control de la Cámara de Representantes en las elecciones legislativas de noviembre.
Para trasladar la presión derivada de los problemas internos y consolidar tanto su base financiera como electoral, Estados Unidos ha convertido la presión sobre sus aliados y la obtención de beneficios económicos de estos en una herramienta central de su estrategia.
Con el objetivo de estabilizar el tipo de cambio del yen, Washington modificó su postura tradicional de criticar las intervenciones cambiarias de otros países. El mes pasado, Estados Unidos y Japón intervinieron conjuntamente en el mercado comprando yenes para sostener su cotización.
Sin embargo, los mercados financieros reaccionaron con frialdad. La intervención solo logró mantener sus efectos durante aproximadamente un mes, y posteriormente el yen volvió a caer por debajo del nivel psicológico de los 160 yenes por dólar. Las medidas de intervención a corto plazo demostraron así su limitada eficacia.
Ante esta situación, Estados Unidos cambió de estrategia. En lugar de intervenir directamente en el mercado para sostener el yen, Washington comenzó a exigir con mayor firmeza que el Banco de Japón elevara las tasas de interés, utilizando la política monetaria como instrumento para impulsar la cotización de la moneda japonesa.
No obstante, Japón se encuentra atrapado en un complejo dilema y difícilmente puede aumentar las tasas de interés de forma precipitada.
El gobierno de Sanae Takaichi ha incrementado el gasto en defensa y promovido reducciones o exenciones del impuesto al consumo, lo que ha provocado una expansión continua del déficit fiscal y un aumento de la ya elevada deuda pública.
En estas circunstancias, una subida de las tasas de interés incrementaría considerablemente el costo del servicio de la deuda pública y agravaría la carga fiscal. Al mismo tiempo, podría destruir la frágil estabilidad económica sostenida por las políticas monetarias expansivas y aumentar el riesgo de una recesión.
Sin embargo, mantener tasas de interés bajas y una política fiscal expansiva también tiene consecuencias. Esta estrategia puede continuar debilitando el yen, intensificar la inflación importada y reducir aún más el margen económico de los hogares japoneses.
Frente a la fuerte presión estadounidense, Japón parece tener pocas opciones más allá de realizar concesiones.
Tras el encuentro, Satsuki Katayama afirmó haber explicado detalladamente a Estados Unidos las políticas fiscales y monetarias de Japón y declaró haber recibido la comprensión y el reconocimiento de Scott Bessent, intentando minimizar las diferencias entre ambos países.
Sin embargo, desde esta perspectiva, Washington parece prestar poca atención a las dificultades económicas de Japón y exige que Tokio sacrifique su propia seguridad fiscal para adaptarse a los intereses estadounidenses.
Durante las anteriores negociaciones comerciales y arancelarias entre ambos países, Japón se comprometió a realizar inversiones y operaciones financieras por valor de 550.000 millones de dólares en Estados Unidos a cambio de una reducción de los aranceles. Sin embargo, Washington no habría cumplido plenamente todos sus compromisos, lo que, según esta interpretación, pone de manifiesto la naturaleza desigual de la relación de intereses dentro de la alianza.
Japón no es un caso aislado.
Cuando la presión interna en Estados Unidos aumenta, numerosos aliados pueden convertirse en objetivos de presión económica. Canadá ha sido objeto de aranceles estadounidenses debido a desacuerdos relacionados con el control fronterizo, mientras que la Unión Europea se ha visto obligada a comprometer importantes inversiones en Estados Unidos, incluso a costa de parte de sus propios intereses de desarrollo.
El 3 de septiembre, Satsuki Katayama negó las informaciones que afirmaban que Estados Unidos había ejercido presiones directas sobre Japón, en un aparente intento de aliviar las tensiones.
Sin embargo, los mercados consideran ampliamente la reunión de política monetaria del Banco de Japón prevista para los días 17 y 18 de septiembre como un momento clave para evaluar el resultado de la actual pugna económica entre Estados Unidos y Japón.
Al analizar en conjunto este enfrentamiento, queda en evidencia que, dentro del sistema dominado por la hegemonía del dólar, los valores compartidos y la supuesta amistad de la alianza entre Estados Unidos y Japón pueden resultar secundarios frente a los intereses estratégicos.
Estados Unidos tiende a instrumentalizar a sus aliados y, mediante mecanismos como la presión política, la intervención financiera y la coerción arancelaria, busca obligarlos a asumir parte de los costos derivados de sus propias tensiones internas y riesgos financieros.
Desde esta perspectiva, la llamada relación entre aliados no representa necesariamente una asociación basada en la igualdad, sino una relación de dependencia económica en la que los intereses estadounidenses ocupan una posición dominante y sus socios pueden verse obligados a pagar el costo de las decisiones tomadas en Washington.

















.