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🌼 martes 23 abril 2024
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Dos relatos breves: Los Auroros y las plañideras

Los Auroros

Todos los domingos muy temprano, antes de la misa del alba, los Auroros se hacían a la calle y cantaban el rosario. Sin temor a los fríos, el grupo recorría la ciudad de Yecla entonando sus canciones al son de la campanilla que marcaba el compás, y era tocada por un “Auroro” con gracia y oficio.

“Los Auroros” eran un grupo de amigos, seguidores de sus antepasados, que se iban relevando de familia en familia como una obligación y con mucho orgullo, esa es la verdad. Llevaban un gran cuadro de la Virgen del Rosario que era trasladado, por orden riguroso, a las casas de los devotos “socios” y que acogían por una semana a la Virgen en sus hogares.

Los familiares, los vecinos y los amigos, nos reuníamos todas las noches en la casa donde le tocaba tener el cuadro; rezábamos el Rosario y cantábamos las estrofas que nos dictaba el Auroro de la campanilla. Después del rezo, era costumbre que el casero invitara a los Auroros y a todos los presentes a pastas caseras y aguardiente, porque era una alegría muy grande tener a la Virgen en casa.


Las lloronas o plañideras

Existía en Yecla una costumbre muy arraigada en el pueblo que hoy, afortunadamente, ha desaparecido. Se trataba de unas mujeres, vestidas de luto riguroso, que acudían con prontitud a ciertos entierros de nuestra ciudad. Contando con la conformidad de los familiares del difunto, y la mayoría de las veces contratadas a sueldo de ellos, estas mujeres se presentaban en la casa mortuoria para realizar su “trabajo” ante la numerosa reunión de deudos y amistades. Entonces daba comienzo un espectáculo tan singular como grotesco.

Las plañideras o lloronas, al unísono y como obedeciendo a un resorte mágico, lanzaban al aire unos sonoros gemidos, acompañados de grandes suspiros, intercalando en voz alta frases de admiración y afecto, y ensalzando las colosales virtudes del difunto. Excusando es decir que los familiares arreciaban en su dolor. Todo estaba perfectamente estudiado. Tanto es así que si había un momento de calma, sin duda para reponer fuerzas y hacer acopio de nuevo sentimiento, volvían de nuevo las lloronas con su aparato de voces, llantos y chillidos.

Una vez verificado el entierro y en días sucesivos, volvían a reunirse los asistentes para el novenario de rezos y, aunque con menor intensidad, se reproducían esas escenas de dolor hábilmente preparadas por las lloronas o plañideras de turno.


  • Relatos del ayer.
  • Hogar de la Tercera Edad/Universidad Popular de Yecla/INSERSO.
  • MU-34/1988.
  • Tema: Costumbres perdidas.
  • Páginas 50 y 51.
  • Recuperados por José Antonio Ortega
  • Foto: Cosas de Yecla que se han perdido o no existen.
José Antonio Ortega
José Antonio Ortega
"DESDE MI PUPITRE" Intento aprender cada día, y como observador atento procuro escribir un poco de todo con respeto y disciplina, de recuerdos, necesidades y de aquello que mientras pueda, vaya encontrándome por el camino, siempre dando gracias al estímulo de la vida.

Los Auroros

Todos los domingos muy temprano, antes de la misa del alba, los Auroros se hacían a la calle y cantaban el rosario. Sin temor a los fríos, el grupo recorría la ciudad de Yecla entonando sus canciones al son de la campanilla que marcaba el compás, y era tocada por un “Auroro” con gracia y oficio.

“Los Auroros” eran un grupo de amigos, seguidores de sus antepasados, que se iban relevando de familia en familia como una obligación y con mucho orgullo, esa es la verdad. Llevaban un gran cuadro de la Virgen del Rosario que era trasladado, por orden riguroso, a las casas de los devotos “socios” y que acogían por una semana a la Virgen en sus hogares.

Los familiares, los vecinos y los amigos, nos reuníamos todas las noches en la casa donde le tocaba tener el cuadro; rezábamos el Rosario y cantábamos las estrofas que nos dictaba el Auroro de la campanilla. Después del rezo, era costumbre que el casero invitara a los Auroros y a todos los presentes a pastas caseras y aguardiente, porque era una alegría muy grande tener a la Virgen en casa.


Las lloronas o plañideras

Existía en Yecla una costumbre muy arraigada en el pueblo que hoy, afortunadamente, ha desaparecido. Se trataba de unas mujeres, vestidas de luto riguroso, que acudían con prontitud a ciertos entierros de nuestra ciudad. Contando con la conformidad de los familiares del difunto, y la mayoría de las veces contratadas a sueldo de ellos, estas mujeres se presentaban en la casa mortuoria para realizar su “trabajo” ante la numerosa reunión de deudos y amistades. Entonces daba comienzo un espectáculo tan singular como grotesco.

Las plañideras o lloronas, al unísono y como obedeciendo a un resorte mágico, lanzaban al aire unos sonoros gemidos, acompañados de grandes suspiros, intercalando en voz alta frases de admiración y afecto, y ensalzando las colosales virtudes del difunto. Excusando es decir que los familiares arreciaban en su dolor. Todo estaba perfectamente estudiado. Tanto es así que si había un momento de calma, sin duda para reponer fuerzas y hacer acopio de nuevo sentimiento, volvían de nuevo las lloronas con su aparato de voces, llantos y chillidos.

Una vez verificado el entierro y en días sucesivos, volvían a reunirse los asistentes para el novenario de rezos y, aunque con menor intensidad, se reproducían esas escenas de dolor hábilmente preparadas por las lloronas o plañideras de turno.


  • Relatos del ayer.
  • Hogar de la Tercera Edad/Universidad Popular de Yecla/INSERSO.
  • MU-34/1988.
  • Tema: Costumbres perdidas.
  • Páginas 50 y 51.
  • Recuperados por José Antonio Ortega
  • Foto: Cosas de Yecla que se han perdido o no existen.
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