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domingo, mayo 3, 2026 🌼
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El secuestro de Laura (I)

Antes de iniciar la aventura de localizar a mi astronauta perdido, mi amigo Basilio el carnicero me advirtió de que tuviese cuidado al negociar con los chinos. “Los maoístas son traicioneros”, me dijo. Él militó en la Joven Guardia Roja de España y sabe de lo que habla, pero yo necesitaba ayuda de una potencia interplanetaria para viajar al espacio.

Entre todos mis compañeros del mercado hicieron una caja de solidaridad para ayudarme en la aventura de la que todos se sentían protagonistas. Nos despedimos entre lágrimas y abrazos.

Busqué por internet vuelos baratos directos a Pekín, la IA me sugirió que viajase con Air China.

Fui a una agencia de viajes importante en Murcia, me atendió un comercial con ojos azules que deslumbraban, me miraba con desconfianza, hizo una llamada, hablaba tapándose la boca. Empecé a mosquearme y, en cuanto colgó el auricular, de una sala contigua aparecieron tres individuos de espaldas como armarios, me agarraron de los brazos, me sacaron en volandas a la calle, estuve a punto de gritar, pero el más alto, con un extraño acento, me dijo: “Comodoro Iñaki pide ven”, eran rusos o eso me pareció a mí. Me subieron a una furgoneta negra con asientos de piel de cocodrilo y con los cristales oscuros, me pusieron una venda en los ojos, quise resistirme, pero el largurucho volvió a dirigirme una frase en tono amable: “Trankuila, trankuila, nosotros buenos, chinos, rusos y americanos malos, españoles tontos y ciegos, Laura y bebé protejuidos con nusotros”.

Sonaba una música muy rara dentro del vehículo, parecía un concierto de violines desafinados y voces salidas de ultratumba.

Calculé que estábamos a diez minutos del aeropuerto de Barajas.

Me ayudaron a bajar y entramos en un local enorme; lo supe por el sonido extraño que hacían nuestras pisadas.

Me alojaron en una hermosa habitación decorada con espejos dorados y cuadros de paisajes desérticos, allí me quitaron la venda y lo primero que vi fue a una morena de piel tostada guapísima que hablaba español, pero exagerando las erres:

—Soy Layla, tu traductora y acompañante, bienvenida, estás en buenas manos, no te preocupes—. Cuando escucho esa frase suelo enfadarme, sobre todo si me lo dice un yeclano, porque detrás del “no te preocupes” empiezan los problemas.

Me dijo Layla que no podía darme más información de momento.

—Mañana el general te contará todo—. Me sentí importante: formaba parte de una comitiva diplomática con traductora y guardaespaldas. ¿Me iba a convertir en espía o en agente secreto? ¡Qué emocionante, una salazonera murciana destinada a ser como Mata Hari!

—Cuando abandonemos cielo español, el general te contará la verdad—.

Abandonar cielo, general y secreto, me olía muy mal, pero cabía la posibilidad de encontrarme con Iñaki, que era lo que yo deseaba.

Dormí mal y a ratos y sufrí unas pesadillas horrorosas, donde veía luces intermitentes, planetas girando como peonzas, soles incandescentes y sombras etéreas acercándose con dudosas intenciones.

Me desperté tiritando de frío y de miedo, las sábanas eran de seda, la habitación olía a rosas. ¡Qué lujo!

Descubrí que sobre la mesilla había un enorme ramo de flores y delante, una tarjeta. Me temblaban los pulsos, leí:

“Querida mía, antes de veinticuatro horas estaremos juntos.

Iñaki”

Lloré emocionada y olí las rosas con todas mis fuerzas, como si ese olor me condujera a los brazos de mi hombre.

Amaneció muy luminoso. Había mucha gente escoltándonos a la morena y a mí, mientras desayunábamos en un comedor lleno de fotografías de astronautas y de galaxias.

Layla me lanzó una sonrisa cómplice, yo estaba feliz.

A través de una cristalera vi un avión enorme con un escudo en el costado que no había visto nunca. En la mesa había tres cubiertos y, como Layla se dio cuenta de mi curiosidad, me dijo que el general llegaría en un minuto para acompañarnos en el desayuno. Todo me parecía un cuento fantástico o una broma, miré en todas las direcciones por si veía cámaras.

Los escoltas abrieron la puerta y entró un militar con una apariencia marcial, traje de camuflaje, tocado con kaffiyah y luciendo la sonrisa más amable que había visto hasta ese momento.

Me dijo su nombre y el país adonde viajábamos, pero eso no lo puedo desvelar. Ya veréis por qué.

Vicente Chumilla
Vicente Chumilla
Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.

Antes de iniciar la aventura de localizar a mi astronauta perdido, mi amigo Basilio el carnicero me advirtió de que tuviese cuidado al negociar con los chinos. “Los maoístas son traicioneros”, me dijo. Él militó en la Joven Guardia Roja de España y sabe de lo que habla, pero yo necesitaba ayuda de una potencia interplanetaria para viajar al espacio.

Entre todos mis compañeros del mercado hicieron una caja de solidaridad para ayudarme en la aventura de la que todos se sentían protagonistas. Nos despedimos entre lágrimas y abrazos.

Busqué por internet vuelos baratos directos a Pekín, la IA me sugirió que viajase con Air China.

Fui a una agencia de viajes importante en Murcia, me atendió un comercial con ojos azules que deslumbraban, me miraba con desconfianza, hizo una llamada, hablaba tapándose la boca. Empecé a mosquearme y, en cuanto colgó el auricular, de una sala contigua aparecieron tres individuos de espaldas como armarios, me agarraron de los brazos, me sacaron en volandas a la calle, estuve a punto de gritar, pero el más alto, con un extraño acento, me dijo: “Comodoro Iñaki pide ven”, eran rusos o eso me pareció a mí. Me subieron a una furgoneta negra con asientos de piel de cocodrilo y con los cristales oscuros, me pusieron una venda en los ojos, quise resistirme, pero el largurucho volvió a dirigirme una frase en tono amable: “Trankuila, trankuila, nosotros buenos, chinos, rusos y americanos malos, españoles tontos y ciegos, Laura y bebé protejuidos con nusotros”.

Sonaba una música muy rara dentro del vehículo, parecía un concierto de violines desafinados y voces salidas de ultratumba.

Calculé que estábamos a diez minutos del aeropuerto de Barajas.

Me ayudaron a bajar y entramos en un local enorme; lo supe por el sonido extraño que hacían nuestras pisadas.

Me alojaron en una hermosa habitación decorada con espejos dorados y cuadros de paisajes desérticos, allí me quitaron la venda y lo primero que vi fue a una morena de piel tostada guapísima que hablaba español, pero exagerando las erres:

—Soy Layla, tu traductora y acompañante, bienvenida, estás en buenas manos, no te preocupes—. Cuando escucho esa frase suelo enfadarme, sobre todo si me lo dice un yeclano, porque detrás del “no te preocupes” empiezan los problemas.

Me dijo Layla que no podía darme más información de momento.

—Mañana el general te contará todo—. Me sentí importante: formaba parte de una comitiva diplomática con traductora y guardaespaldas. ¿Me iba a convertir en espía o en agente secreto? ¡Qué emocionante, una salazonera murciana destinada a ser como Mata Hari!

—Cuando abandonemos cielo español, el general te contará la verdad—.

Abandonar cielo, general y secreto, me olía muy mal, pero cabía la posibilidad de encontrarme con Iñaki, que era lo que yo deseaba.

Dormí mal y a ratos y sufrí unas pesadillas horrorosas, donde veía luces intermitentes, planetas girando como peonzas, soles incandescentes y sombras etéreas acercándose con dudosas intenciones.

Me desperté tiritando de frío y de miedo, las sábanas eran de seda, la habitación olía a rosas. ¡Qué lujo!

Descubrí que sobre la mesilla había un enorme ramo de flores y delante, una tarjeta. Me temblaban los pulsos, leí:

“Querida mía, antes de veinticuatro horas estaremos juntos.

Iñaki”

Lloré emocionada y olí las rosas con todas mis fuerzas, como si ese olor me condujera a los brazos de mi hombre.

Amaneció muy luminoso. Había mucha gente escoltándonos a la morena y a mí, mientras desayunábamos en un comedor lleno de fotografías de astronautas y de galaxias.

Layla me lanzó una sonrisa cómplice, yo estaba feliz.

A través de una cristalera vi un avión enorme con un escudo en el costado que no había visto nunca. En la mesa había tres cubiertos y, como Layla se dio cuenta de mi curiosidad, me dijo que el general llegaría en un minuto para acompañarnos en el desayuno. Todo me parecía un cuento fantástico o una broma, miré en todas las direcciones por si veía cámaras.

Los escoltas abrieron la puerta y entró un militar con una apariencia marcial, traje de camuflaje, tocado con kaffiyah y luciendo la sonrisa más amable que había visto hasta ese momento.

Me dijo su nombre y el país adonde viajábamos, pero eso no lo puedo desvelar. Ya veréis por qué.

Vicente Chumilla
Vicente Chumilla
Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.
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Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.
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