Un Silencio Roto. Este es el nombre del libro presentado el viernes pasado en la Casa de Cultura de Yecla. Y Francisco Guillem Castaño, alcalde de Yecla desde 1979 a 1987, su autor póstumo.
Los apuntes que dejó escritos de aquella época, que se vuelve más fascinante cuanto más tiempo transcurre, transcritos y ordenados por sus familiares y amigos, han sido la base para su elaboración.
Cientos de personas abarrotábamos la sala. Familiares. Grandes amigos. Compañeros que estuvieron cerca de él en su dedicación política. Y simples conocidos, como era mi caso.
Hubo también ausencias injustificables. Ingratas. Muy ingratas ausencias. De esas que hablan, aunque precisamente se produzcan desde el silencio.
Conocí a Francisco Guillem en las tertulias de Onda Cero. Ambos participábamos como tertulianos. Él era ya un veterano de las ondas cuando Ángel Alonso me pidió que interviniera por primera vez. Recuerdo que me dijo en aquel primer programa: “Te vas a estrenar con un peso pesado”. Y así nos conocimos, debatiendo con mesura y con respeto.
También conocí su asado de pescado. Aquel que nos hizo en su casa para hablar de Yecla, de sus debilidades y fortalezas; de las amenazas que se cernían, y de tantas oportunidades que se dejan pasar por la miopía que impera en la política actual.
Era un político de otros tiempos. De los que se pagaban de su bolsillo el traje —con uno era suficiente— y los viajes. De los que llegaban a fin de mes con dificultad. De aquellos que se movían sin fotógrafos de cabecera, sin asesores de imagen y sin la necesidad de convertir cada gesto en una noticia. Políticos que multiplicaban y estiraban el exiguo presupuesto municipal porque no manejaban las cifras millonarias de los actuales.
Cuando Paco Guillem fue nombrado alcalde tras las primeras elecciones democráticas de España, en 1979, tenía apenas 27 años. La valentía, o la temeridad, y la juventud muchas veces van de la mano. Y este fue un claro ejemplo: sin experiencia previa, sin preparación teórica, pero con una convicción difícil de medir, decidió enfrentarse al inmovilismo de entonces, con todos los poderes fácticos en contra, para hacer de su pueblo un mejor lugar para los yeclanos.
El libro transcribe claros ejemplos de aquellos tiempos tan recios, donde los insultos a él y a sus familiares —incluso en forma de pintadas en algunos muros—, las amenazas, las injurias y las denuncias judiciales —hasta 17 recuerda en el libro— se producían de manera continua. Simplemente por ser el alcalde electo de su pueblo.
Como él mismo escribe en este libro, no se iba a dejar amedrentar. Resistía gracias a su vocación por el bien público; a la pasión y fuerza extra que otorga la defensa de los valores ciertos; seguro que también gracias al apoyo que siempre tuvo de su mujer, Fini, y de su hija Sandra, o de ese pequeño y cercano grupo de amigos que nunca lo abandonó.
Por nombrar solo algunos de los logros que consiguió entonces y que disfrutamos hoy en día, están la propia Casa de Cultura, el polideportivo municipal, la modernización de la administración local, incluida la Policía Municipal, la creación del Centro Asesor de la Mujer, grandes obras de saneamiento, la apertura de la calle Lepanto, el Plan de Urbanismo —todavía vigente—, la Universidad Popular, la reconstrucción de la ermita de San Roque, la remodelación de la Iglesia Vieja, el Auditorio Municipal, etc.
No parece poca cosa. Aunque, visto el reconocimiento recibido hasta ahora, cualquiera diría que todo aquello apareció solo, por generación espontánea, como si los pueblos avanzaran sin personas que se dejaran la piel para empujarlos.
Como ustedes saben, volvió a la política en 2023, ahora como concejal de la oposición. Los 36 años transcurridos desde que dejó la alcaldía no fueron capaces de apagar su pasión por lo público, por la política de su pueblo. Murió pocos meses después, sin dejar de servir a sus vecinos.
Cuando tengo que definir a Paco Guillem, D. Francisco Guillem Castaño, lo hago por analogía: es nuestro Adolfo Suárez de Yecla.
Como aquel, el paso del tiempo impregna de objetividad su labor, acrecienta la valía de sus decisiones y nos permite comprender mejor lo que significó gobernar en una época en la que dedicarse a la política exigía un compromiso especial y una dedicación muy fuera de lo común.
Quizá por eso ha llegado el momento de corregir una deuda. Una deuda sencilla de entender y, además, fácil de empezar a saldar. Yecla debería reconocer de forma pública, visible y permanente la labor de su primer alcalde democrático. Y el primer paso podría ser tan claro como justo: una calle con su nombre.
Calle del Alcalde Francisco Guillem.
Gracias por romper el silencio. Gracias por ser nuestro alcalde de entonces.
Conrado Padilla

















Acertadísimo el comentario expuesto por el Señor Conrrado, el cual suscribo en su totalidad, y como Yeclano, pediría a la actual Corporación, que se pusieran las pilas y empezarán ya trabajar en ese sentido, y que el nombre de Paco Guillem siga siendo referente, de una forma de hacer política, de la que hoy desgraciadamente carecemos, y espero que estén a la altura y en esto sí se pongan de acuerdo.