Un término controvertido, confuso, ambiguo y, sin embargo, muy usado en el vocabulario cotidiano de políticos, opinadores y medios de comunicación.
La Revista de Investigaciones Políticas y Sociológicas, en el número 1 de su volumen 22, le dedica a la palabra un amplio artículo de investigación en el que, entre otras aclaraciones, asevera que una forma de afrontar dicha indefinición o vaguedad conceptual consiste en equiparar el populismo con otros «ismos», haciéndolo sinónimo, equivalente o análogo a términos como «nacionalismo», «fascismo» o «neofascismo».
No lo sé. Ninguna definición se ajusta al empleo de una palabra sobre la que nadie, ni siquiera la RAE, se pronuncia, y en el diccionario de la Real Academia el término no aparece.
Pero algo habrá cuando, para mi sorpresa, hablando de acontecimientos varios de la vida en nuestro país con una persona a la que no tengo por necia, escucho atónita que me asegura que este verano los turistas internacionales no van a venir a España por la corrupción del presidente del Gobierno. Naturalmente, al hacerle observar el encarecimiento de los vuelos por causa de la guerra en Irán, aduce que de eso no sabe nada porque no lo ha leído en internet.
Siguiendo la conversación, me indica, con gestos furibundos, que este Gobierno no puede regularizar a varios miles de migrantes.
No sabe explicarme por qué es malo y balbucea algo como: «Porque no».
Le digo que esos migrantes ya viven aquí y me responde —porque ella lo ha visto y oído en televisión— que, además de esos, el presidente Pedro Sánchez, hace quince días, contados desde el 17 o 18 de abril, ha llamado a un millón de emigrantes que, por supuesto, aún no vivían aquí. Los ha llamado. Ella lo ha visto y, por lo tanto, es cierto, aunque no sé en qué televisión o en qué publicación habrá leído o visto estas afirmaciones noticiables.
Me invento una excusa para marcharme y dejar la conversación y, aunque no lo hice, me quedo con ganas de preguntarle cómo ha sido esa llamada al millón de extranjeros: si por teléfono a cada persona, por altavoz, por pregón o por carta individual. O por telegrama, que es más antiguo y más romántico. Y de qué países son, que también es algo muy principal, y en qué idiomas van a ser convocados.
Yo no sé qué oye la gente. Dónde se informa o, tal vez, cómo procesa la información recibida. A lo mejor esta forma de informarse, a la que mi torpeza no alcanza, es el populismo y me lo estoy perdiendo.
Me siento absolutamente desorientada, y siento mi ignorancia, que no alcanza a ver ni oír ciertas noticias ni sé dónde buscarlas, porque, pese a que leo habitualmente dos diarios de tirada nacional y de diferentes tendencias en sus líneas editoriales, no he visto por ningún lado, ni siquiera en la publicidad, donde podrían estar escondidas noticias de las que no tengo noticias.
















