Sufro de visiones pictóricas atemporales y encuentro por las aceras de la ciudad o en los pasillos del metro a ninfas y tritones recién salidos de aguas removidas por olas de espumosa blancura, pero disfrazados de peatones que acuden a sus trabajos, con carteras o mochilas, convertidos en oficinistas, viejos profesores con miradas pícaras o chicas universitarias que salieron de un cuadro de Arnold Böcklin.
Otro día vi a varios caballeros de tristes miradas que, después de enterrar al señor de Orgaz, se vistieron de albañiles con sus chalecos naranjas y sus cascos para abrir zanjas en Madrid. Se habían olvidado de quitarse las golas y eran fotografiados por turistas.
Un buen día encontré a varias de las bailarinas de Degas en un bar de la plaza de Chueca, alternando con unas cabareteras de Toulouse-Lautrec, y es que no lo puedo remediar, encuentro a todos los personajes de los cuadros que conozco que vuelven a la vida.
Tengo dudas, no sé si es una deformación profesional mía, o es que se repiten las caras a lo largo de la historia o es que al Dios de los católicos se le agotó el repertorio de rostros y de semblantes y los repite continuamente.
Tenía razón Óscar Wilde, la naturaleza imita al arte y es mucho más hermoso un atardecer de Turner que cualquier amanecer real y es más serena y misteriosa la Gran Vía madrileña vacía y fantasmagórica que la Gran Vía real llena de turistas y de buscavidas. Esta tiene demasiado ruido, demasiados pobres y demasiado de todo. Me viene a la memoria la imagen de esta calle en la película «Abre los ojos», de Alejandro Amenábar, y a Eduardo Noriega desorientado, corriendo calle abajo. El recuerdo se me vuelve deseo.
Ayer me crucé con un hombre taciturno con barba blanca muy crecida y con sombrero de paja que caminaba indeciso cerca del estanque del Retiro y me puse delante de él para preguntarle por la avenida de Victor Hugo, aun sabiendo que es una calle parisina; quería escuchar su voz y saber si hablaba francés, me parecía la reencarnación de Monet.
—No conozco esa calle, hijo.Tenía acento argentino, me puso su mano en el hombro, me gustó ese gesto de confianza, era como si nos conociéramos de toda la vida, su mirada era muy clara y sus ojos también.
—No te puedo ayudar, pero puedo contarte la historia de un hombre que se quedó encerrado en un museo de arte moderno de una ciudad que no conocía…
Esa historia os la contaré otro día.
Reconozco la belleza de un bosque frondoso, la hermosura de un caballo, la deslumbrante luz de un amanecer y la fuerza bruta del mar, pero Van Gogh me ofrece unos cielos nocturnos fantásticos o Turner me muestra los atardeceres de Venecia envueltos en una bruma espesa que la naturaleza nunca ofrece, o es tan efímera que no se puede disfrutar.
Tengo alergia al campo, al frío, al calor y el sol me quema. Prefiero el aire acondicionado y la luz atenuada de los museos.En el arte, la verdad importa, pero no es la clave, es una mentira que nos enseña a ver otras caras de la naturaleza.
Ando por el mundo poseído por la historia de los cuadros, las fotografías o las películas que he disfrutado a lo largo de mi vida.
Hoy he visto al bufón Calabacillas que pintó Velázquez en la línea 2 del metro, sentado en una escalera con sus calabazas y su sonrisa burlona, nos hemos saludado como si fuésemos familia
















