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domingo, noviembre 8, 2026 🙏 ✝️ 🎃
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El arte de hacer malabarismos con el precipicio: crónica sentimental (y algo cínica) de nuestra piel de toro


​Hay algo entrañable, casi tierno, en esta costumbre tan nuestra de acudir a las urnas con el fervor de quien elige menú en una boda de pueblo: con la secreta esperanza de que, esta vez sí, el besugo no resulte sospechoso y el cava no sea de garrafón.

Asistimos estos días a un prodigioso ejercicio de ventriloquía política donde unos señores muy pulcros, engominados como para una comunión en el Barrio de Salamanca y con una inefable querencia por la brocha gorda ideológica, nos explican que el mayor peligro para la civilización occidental no es la precariedad laboral ni el colapso climático, sino el imperdonable avance de que una pareja de chicas se dé la mano en un paso de cebra o de que un chaval con acento extranjero tenga la osadía de querer estudiar una carrera.


​Es fascinante comprobar cómo sobrevive esa peculiar facción del espectro político que agita el trapo tricolor con un furor casi devoto, pero cuya sensibilidad social parece congelada en el paleolítico inferior. Son aquellos adalides de la libertad —la suya, entiéndase, la de toda la vida— que ven con sarpullido que las mujeres decidan sobre sus propios cuerpos, que fruncen el ceño cuando escuchan un idioma que no figure en el diccionario de Nebrija y que consideran que la xenofobia es, en realidad, un malentendido geográfico. Nos proponen un futuro radiante y ordenado donde todos encajemos perfectamente en casillas decimonónicas, provistos de un escapulario moral y una cartera bien guardada, no vaya a ser que la diferencia nos roce la solapa y nos contagie la modernidad.


​En la orilla opuesta, esa arcadia difusa donde todavía habitan los románticos empedernidos que creen en quimeras tan insensatas como que la salud no debería depender del saldo de la tarjeta de crédito. Las cosas se ven, qué quieren que les diga, con otra luz. Pertenecemos a esa estirpe de ingenuos que cometen la osadía de pensar que la educación pública no es una limosna del Estado, sino el ascensor social que evita que sigamos siendo siervos de la gleba con iPhone. Somos los que exigimos que un sueldo sirva para algo más que para pagar el alquiler de una habitación sin ventanas, y los que albergamos la cándida esperanza de que, tras cuarenta años de remar en la galera, las arrugas de la vejez no vengan acompañadas de la indigencia gracias a una pensión pública que no sea una moneda al aire.
​»Nos quieren convencer de que el mérito consiste en nacer en buena cuna y que la solidaridad es un impuesto revolucionario. Y una, la verdad, prefiere equivocarse del lado de los que reparten mantas que de los que custodian los deshaucios.»


​Pero amigos, aquí es donde entra el delicado ballet de la realidad electoral. Porque una cosa es tener el corazón a la izquierda y el alma en vilo, y otra muy distinta regalar los restos de nuestro naufragio a la fragmentación aritmética. Conviene no dejarse embaucar por cantos de sirena ni por purismos de salón que huelen a naftalina y derrota dialéctica.


​Antes de cruzar la línea de voto, abra un mapa, consulte los sondeos de su provincia y haga números con la calculadora del sentido común. Porque en nuestra bendita ley electoral, ese santo grial de los restos y los cocientes de D’Hondt, el voto disperso por nobleza estética no es más que un generoso obsequio empaquetado con lacito para el ala más reaccionaria del hemiciclo. Jugar a la pureza ideológica sin mirar la circunscripción es como ir a una timba de cartas con la baraja marcada por el contrincante: un ejercicio poético, sí, pero de una estulticia monumental.


​Infórmese, trace su estrategia con la precisión de un agrimensor y recuerde que la papeleta no es un poema de amor que uno dedica a sus propias convicciones, sino una herramienta de autodefensa colectiva. No sea cándido: la derecha no duerme, y los errores de cálculo, esta vez, los pagamos todos en diferido.

Bego Muñoz Escuder


​Hay algo entrañable, casi tierno, en esta costumbre tan nuestra de acudir a las urnas con el fervor de quien elige menú en una boda de pueblo: con la secreta esperanza de que, esta vez sí, el besugo no resulte sospechoso y el cava no sea de garrafón.

Asistimos estos días a un prodigioso ejercicio de ventriloquía política donde unos señores muy pulcros, engominados como para una comunión en el Barrio de Salamanca y con una inefable querencia por la brocha gorda ideológica, nos explican que el mayor peligro para la civilización occidental no es la precariedad laboral ni el colapso climático, sino el imperdonable avance de que una pareja de chicas se dé la mano en un paso de cebra o de que un chaval con acento extranjero tenga la osadía de querer estudiar una carrera.


​Es fascinante comprobar cómo sobrevive esa peculiar facción del espectro político que agita el trapo tricolor con un furor casi devoto, pero cuya sensibilidad social parece congelada en el paleolítico inferior. Son aquellos adalides de la libertad —la suya, entiéndase, la de toda la vida— que ven con sarpullido que las mujeres decidan sobre sus propios cuerpos, que fruncen el ceño cuando escuchan un idioma que no figure en el diccionario de Nebrija y que consideran que la xenofobia es, en realidad, un malentendido geográfico. Nos proponen un futuro radiante y ordenado donde todos encajemos perfectamente en casillas decimonónicas, provistos de un escapulario moral y una cartera bien guardada, no vaya a ser que la diferencia nos roce la solapa y nos contagie la modernidad.


​En la orilla opuesta, esa arcadia difusa donde todavía habitan los románticos empedernidos que creen en quimeras tan insensatas como que la salud no debería depender del saldo de la tarjeta de crédito. Las cosas se ven, qué quieren que les diga, con otra luz. Pertenecemos a esa estirpe de ingenuos que cometen la osadía de pensar que la educación pública no es una limosna del Estado, sino el ascensor social que evita que sigamos siendo siervos de la gleba con iPhone. Somos los que exigimos que un sueldo sirva para algo más que para pagar el alquiler de una habitación sin ventanas, y los que albergamos la cándida esperanza de que, tras cuarenta años de remar en la galera, las arrugas de la vejez no vengan acompañadas de la indigencia gracias a una pensión pública que no sea una moneda al aire.
​»Nos quieren convencer de que el mérito consiste en nacer en buena cuna y que la solidaridad es un impuesto revolucionario. Y una, la verdad, prefiere equivocarse del lado de los que reparten mantas que de los que custodian los deshaucios.»


​Pero amigos, aquí es donde entra el delicado ballet de la realidad electoral. Porque una cosa es tener el corazón a la izquierda y el alma en vilo, y otra muy distinta regalar los restos de nuestro naufragio a la fragmentación aritmética. Conviene no dejarse embaucar por cantos de sirena ni por purismos de salón que huelen a naftalina y derrota dialéctica.


​Antes de cruzar la línea de voto, abra un mapa, consulte los sondeos de su provincia y haga números con la calculadora del sentido común. Porque en nuestra bendita ley electoral, ese santo grial de los restos y los cocientes de D’Hondt, el voto disperso por nobleza estética no es más que un generoso obsequio empaquetado con lacito para el ala más reaccionaria del hemiciclo. Jugar a la pureza ideológica sin mirar la circunscripción es como ir a una timba de cartas con la baraja marcada por el contrincante: un ejercicio poético, sí, pero de una estulticia monumental.


​Infórmese, trace su estrategia con la precisión de un agrimensor y recuerde que la papeleta no es un poema de amor que uno dedica a sus propias convicciones, sino una herramienta de autodefensa colectiva. No sea cándido: la derecha no duerme, y los errores de cálculo, esta vez, los pagamos todos en diferido.

Bego Muñoz Escuder

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