A la luz del candil. Por José Antonio Ortega

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candil
Foto: José Ramón Bañon Juan

En el momento que por alguna circunstancia se va la luz, parece que se nos acaba el mundo, ya que posiblemente no encontremos tan siquiera una vela -si es que la hay- y nos tengamos que alumbrar con el móvil.

Antes no había electricidad y por tanto la gente se alumbraba como buenamente podía, entre otros elementos, con la luz de un candil.

Fabricado durante siglos en diferentes materiales sobre todo de latón. De forma artesanal se creaba una especie de recipiente cuadrado, acabado en cuatro esquinas puntiagudas, al cual con estaño se le incorporaba metálica o de hierro algo similar a un asa en forma de gancho que servía de agarre, y un pequeño alambre grueso que valía para colgarlo con el equilibrio necesario.

El éxito de este ingenioso artilugio, dependía de la utilidad de su manejo. Mediante un sencillo método, se colocaba un trozo de mecha de grueso hilo de algodón, tejido que a su vez impregnado en un poco de aceite depositado dentro, se encendía y colocado en alguna de las cuatro esquinas, daba luz.

Hubo un tiempo más o menos lejano que el candil era un elemento necesario. Por diferentes motivos fue tan indispensable como ahora la energía. La vida es un destino a cumplir, y las personas en cada época han tenido que arreglárselas y hacer frente a las circunstancias.

Este sencillo instrumento además se convertía en un “sistema de seguridad”, ya que, solía utilizarse en las bodegas de vino, y durante la fermentación en sótanos o lugares cerrados, si la llama se apagaba era una señal de advertencia y los trabajadores no debían acercarse por la falta de oxígeno, tenían que salir de rápidamente y ponerse a salvo, había peligro de muerte.

En el calor del hogar, alumbrados por la triste luz de estos candiles, antes de irse a dormir, entre noches confusas y fatigadas por largas jornadas de faena, entre sombras parciales, con el olor del aceite quemado y paredes pintadas con su humo., situándose en el mejor ángulo, las mujeres cosían, hacían gancho o remendaban, y los hombres con un manojo de esparto hacían pleita, alpargatas, sogas, capazos, esteras y otras piezas utilizadas para el campo o las caballerías.

El candil hizo su parte y prestó su ayuda a diversas generaciones. A la llama de aquellos artilugios creados con su propia identidad y que durante siglos fueron tan prácticos, se iluminaron escribientes que contaron relatos que forman parte de la historia y en el punto culminante de su misión, sostenidos en noches oscuras o de penumbra alumbraron el tiempo preciso a las comadronas de la época.

al candil.


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