Hace tiempo que perdimos la capacidad de asombro ante las imágenes: Hemos disfrutado de paisajes impresionantes a vista de pájaro en dispositivos variados. Frente a las pantallas vimos con espanto inundaciones devastadoras, volcanes incandescentes minuto a minuto, bombardeos sobre civiles indefensos, la muerte en directo de niños, terroristas exhibiendo a sus rehenes o imágenes falsas de acontecimientos que nunca ocurrieron.
El exceso de imágenes nos tiene aturdidos y hastiados. Ya no nos impresiona nada. Las pantallas endulzaron las catástrofes, desvirtuaron el color y modelaron nuestra manera de ver. Las narraciones visuales sustituyeron hace tiempo a la realidad. Y las artes visuales perdieron en este camino sus funciones.
Que un artista elabore una obra con intenciones espirituales o sociales, no significa que ese mensaje tenga línea directa con los espectadores. La sociedad contemporánea está más alejada que nunca del arte.
Los artistas también hace tiempo que se alejaron totalmente de los espectadores, la distancia entre ambos es tan abismal que se vuelve necesaria una revisión a fondo del sentido del arte actual.
Es posible que exista actualmente un arte capaz de conectar con un público mayoritario, pero no es el caso de las artes plásticas.
Se puede argumentar que las artes plásticas en muy pocas ocasiones interesaron a la gente de a pie, al menos en la época que estas fueron creadas. Es cierto, salvo en la imaginería religiosa.
Está claro que el arte en general siempre ha servido como mecanismo publicitario para el poder, como difusión comercial o como transmisor político de una elite dominante.
¿Es la publicidad el nuevo arte?
Vivimos en una sociedad anestesiada con millones de imágenes diarias sin tiempo para digerir.
Los grandes museos de arte antiguo se han convertido en parques temáticos y a la cabeza está eso que llaman arte inmersivo, donde las obras originales pierden todo su significado.
Existen intentos de canalizar o de volver a principios objetivos, pero como siempre en la historia, la economía y el mercado es capaz de absorber y mercantilizar cualquier producto, incluso el arte conceptual e inmaterial se volvió producto mercantilizado.
Todos los movimientos que intentaron acabar con la comercialización del arte, se convirtieron en iconos de la sociedad burguesa.
Es verdad que existen miles de pintores, escultores y fotógrafos, intentando ser honestos, creando obras de contenido cercanos al mundo real y a la ciudadanía, pero lo grave, es que ese numeroso grupo de menesterosos trabajadores del arte visual, no cuentan para los comerciantes y dirigentes culturales del mundo consumista.
Miro alrededor, entre mis colegas y solo veo nihilistas y desencantados o entusiastas ingenuos luchando junto a un precipicio brutal.
















