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sábado 02 julio 2022

Atrapado por la droga

José Antonio Ortega
"DESDE MI PUPITRE" Intento aprender cada día, y como observador atento procuro escribir un poco de todo con respeto y disciplina, de recuerdos, necesidades y de aquello que mientras pueda, vaya encontrándome por el camino, siempre dando gracias al estímulo de la vida.
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El hecho de arrinconar los libros y dejar los estudios de la noche a la mañana, le llevaría a la adversidad y un rotundo fracaso, según le decía su madre.

Tal vez el haber tenido desde la infancia más cosas que el resto de sus amigos, tuvo como consecuencia ser una persona consentida y caprichosa, insatisfecha consigo misma al disponer casi de todo sin esfuerzo y sin valorarlo.

Encerraba muchas dudas y tenía unas extrañas ideas metidas en su cabeza. Con algo de frustración y tirando balones fuera, echaba la culpa a aquellos con los que se relacionaba. Tendría que haber frenado las numerosas fantasías y no probar lo desconocido desde bien temprano; ajustarse a la realidad y hacerle frente habría evitado aquello que vendría a continuación, porque mediante su actitud nada más veía lo suyo.

Con un talento tan grande como su ego y cierta cantidad de dinero se marchó y tardó mucho en advertir el riesgo. Se metió en un fango y quedó atrapado. Merodeando un par de años de aquí para allá sin ver futuro, recorrió varias ciudades realizando una serie de trabajos ocasionales sin contrato y mal pagados para sobrevivir.

Estuvo en la mayoría de los ambientes, conoció mucha gente y a lo último con una vieja guitarra la voz un tanto cohibida, amenizaba algunas calles como un fuego artificial para obtener algún dinero en zonas de latino neutro.

Creyéndose muy valiente, se dejó llevar con los ojos cerrados sin darse cuenta que el viaje de la droga lo estrangulaba. Jamás cometió un delito. Convirtiéndose en una víctima silenciosa se hizo tanto daño físico como psicológico que a pasos agigantados iba anulando su cerebro.

El amor por el arte y la vocación, a veces solo se entiende por quien lo practica. Tenía unos sueños clavados, pero nadie podría imaginarse, en que convirtió su mente el efecto de las drogas.

Se encontraba en la calle. Alguna vez acudió a comedores sociales y también para poder asearse. Observó personas en su misma situación y además con el agravante del alcohol. No quería empezar a emborrarse y convertirse en una persona alcohólica después de tanto.

Su pobreza llegó a ser tan grande que solo contaba con su propia compañía, como un alma triste sin estímulo ni cariño. No conoce la palabra miedo. La sociedad de la que forma parte apenas se fijaba y para quien le veía, era un mero “bulto” que pasaba desapercibido.

Sin teléfono ni un simple reloj, las circunstancias le servían para preguntar la hora y a su vez aprovechar para pedir alguna moneda inventando alguna “causa”. Otras veces miraba los luminosos de las farmacias o de los paneles de publicidad que también marcan la fecha y la temperatura, aunque no tenía ninguna cita y por tanto nadie a la espera.

Mañana será otro día y seguiría deambulando ante la indiferencia, como desorientado por un bosque y así un día tras otro. Culpándose ahora de sus errores, le parece imposible salir del pozo en que se encuentra. Qué lástima no haber pedido ayuda cuando le vio las orejas al lobo, sabiendo que había desaprovechado buena parte de su vida.

En un mundo que vomita desgracias cada día, no puede continuar viviendo así, tampoco puede ponerle rostro a ningún logro, tan solo una tarjeta de amargura. Tiene que enfrentarse a esta tortura y en función de todo ello, debe reconocer la adicción cuando despierte. Arrastra muchas secuelas, percibe ciertas lagunas, y aun así sabe que nunca es demasiado tarde si lo afrontas en serio.

Llevaba mucho tiempo guardando demasiadas lágrimas dentro, hasta que un día rompió a llorar a llanto vivo y entonces pudo encontrar el mejor alivio, y por diversas razones se zambulló en su propio charco.

Teniendo mucho dolor acumulado y todavía ganas de vivir, valoró por primera vez a su familia. Un día con una sobrecogedora voz implorante, llamó a su hermana diciéndole que estaba durmiendo entre cartones, y entre sollozos de ambos que rasgaban el silencio, ella le animó a que regresara.

Volvió hace un par de años y por suerte a tiempo. La familia buscó los medios, hizo borrón y cuenta nueva, le sigue arropando y le perdona sin bajar la guardia, evitando cualquier reproche para no despertar malos recuerdos, sabiendo que desde muy joven les ha hecho sufrir de una forma desesperada.


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José Antonio Ortega
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