Hay lugares donde el vino se presenta como un espectáculo. Y hay otros – más discretos, más de manos manchadas de mosto – donde el vino se vive como una conversación larga. Yecla pertenece a este segundo grupo. No te recibe con luces de neón ni con promesas grandilocuentes: te abre una puerta, te deja oler la tierra seca, y te sugiere que bajes el ritmo. En el altiplano murciano, entre lomas de viñedo y caminos que parecen dibujados con regla, el enoturismo no se siente como “actividad”, sino como una forma de estar.
Visitar bodegas en Yecla es entrar en una geografía de contrastes: veranos luminosos, noches frescas, suelos pobres que obligan a la vid a ganarse cada gota. Y, sobre todo, es descubrir que la copa cuenta historias que no caben en una etiqueta. Algunas bodegas guardan la calma de los lagares antiguos; otras combinan acero y madera con una estética moderna sin perder el acento local. Todas, a su manera, invitan a lo mismo: a mirar despacio.
Esta comarca ha aprendido a hablar de vino sin alzar la voz. Quizá por eso engancha. El visitante llega buscando una cata y termina preguntando por el viento, por la poda, por ese tono de fruta negra que aparece como un recuerdo. Yecla no te grita “bienvenido” – te lo susurra.
Yecla: altiplano de luz, suelos austeros y una uva que no se rinde
Antes de entrar en una sala de barricas conviene entender el escenario. Yecla se alza en un altiplano que ronda alturas generosas, con un clima de carácter: poca lluvia, mucho sol, y saltos térmicos que afinan la uva. En estas condiciones, la vid aprende a resistir. No es poesía: es supervivencia vegetal. Los racimos se concentran, la piel engorda, los aromas se vuelven más serios.
La variedad que mejor traduce ese paisaje es la Monastrell. Aquí no posa para la foto; trabaja. Da tintos con nervio, color profundo, y ese punto mediterráneo que puede ir de la ciruela madura al monte bajo. Y aun así, Yecla no es monocorde: también aparecen Garnacha Tintorera, Syrah o Cabernet en coupages bien pensados, además de blancos que sorprenden cuando el calor aprieta y uno quiere frescura sin perder personalidad.
La Denominación de Origen local – pequeña si la comparas con gigantes, pero terca y ambiciosa – ha ido construyendo una identidad propia basada en viñedos que muchas veces son viejos, de vaso, de secano, con rendimientos contenidos. Hay parcelas que parecen esculturas: cepas retorcidas, bajas, pegadas al suelo como si buscaran sombra. Y cuando alguien en bodega te dice “esta viña tiene más de cuarenta años”, lo notas en la copa: la fruta no es escandalosa, es profunda.
El entorno también marca el tono del viaje. La Yecla del vino convive con una Yecla industriosa, famosa por el mueble y los oficios; y con una Yecla de piedra y horizonte, donde el silencio del campo se mezcla con la vida de plaza. Esa mezcla – trabajo, paciencia, materia – se parece bastante a lo que pasa en una bodega.
Qué se siente en una bodega con visita: un recorrido que no es solo “tour”
Una visita bien hecha en Yecla no consiste en caminar detrás de alguien que repite datos. Suele ser más íntima. A veces te recibe la familia, otras un enólogo que habla como quien cuenta el estado de ánimo del año. Se empieza por el viñedo o por la nave de elaboración, y de inmediato aparece la pregunta que lo cambia todo: “¿qué te gusta beber?”. En ese momento la visita deja de ser genérica. Ya es tuya.
En muchas bodegas el paseo se construye como un relato: la vendimia, el despalillado, las maceraciones, los depósitos. Luego llega el momento que siempre impone un poco – la sala de barricas – con su luz baja y su olor a madera tostada. Ahí el tiempo se nota. Y si te dejan probar un vino en crianza, todavía turbio y vibrante, entiendes por qué el vino necesita espera.
Para que te hagas una idea, un itinerario habitual puede incluir:
- Un paseo por viñedos de secano para ver cepas en vaso, suelos calizos y la orientación de las parcelas.
- La zona de elaboración, donde se entiende cómo el calor del día y el frío de la noche piden decisiones precisas.
- La sala de barricas, con explicaciones sobre tostados, tiempos, y por qué no toda madera “mejora” un vino.
- Una cata comentada (a veces con vinos de diferentes añadas) para notar cómo cambia la Monastrell con la edad.
- Un cierre más humano: preguntas sin prisa, anécdotas de vendimia, y alguna recomendación de comida local.
El encanto está en los detalles: esa copa servida sin ceremonia excesiva; la explicación de por qué una parcela se vendimia una semana antes que otra; el gesto de alguien que, al hablar del viñedo, baja la voz como si estuviera en una iglesia. Y sí, hay bodegas con arquitectura cuidada y espacios pensados para el visitante, pero incluso allí el ambiente suele ser más de campo que de pasarela. En Yecla se nota cuando algo es auténtico.
Si vienes en otoño la luz se vuelve dorada y el viñedo parece un tablero de colores, si vienes en invierno la visita se hace más sensorial, porque el frío agudiza el olfato y la sala de barricas huele a promesa. En primavera todo está más vivo, y en verano, cuando el sol cae a plomo, un blanco local bien servido puede ser una revelación.

Catas con carácter: aprender a escuchar la copa, sin postureo
Una cata en Yecla puede ser técnica, sí. Pero suele ser también una charla de confianza. Aquí el vino no necesita palabras raras para imponerse. De hecho, cuando alguien intenta adornarlo demasiado, el propio vino lo baja a tierra: aparece la fruta, aparece la especia, aparece esa acidez que sostiene, y te das cuenta de que lo importante es entender qué está pasando en tu boca.
La Monastrell, que aquí manda, tiene, un punto salvaje. Puede ser floral en un año fresco, o recordar al higo seco en un año cálido. A veces se muestra con tanino firme, otras con una suavidad que sorprende. Depende de la parcela, del trabajo de bodega, del tiempo. Por eso muchas bodegas proponen catas comparativas: el mismo tipo de uva con distintas crianzas, o distintos suelos, o incluso distintos recipientes (acero, barrica, hormigón). Y de repente la cata se vuelve un mapa.
Algunas ideas de cata que suelen funcionar muy bien en la zona:
- Cata de iniciación a la Monastrell: joven, roble y crianza, para notar cómo cambia la fruta y el tanino.
- Cata por parcelas: vinos de viñas viejas frente a viñedos más jóvenes, con el suelo como protagonista.
- Cata “de bodega”: probar un vino en depósito, otro en barrica y otro ya embotellado. Tres momentos, un mismo hilo.
- Maridaje local: embutidos, quesos curados, aceite, pan de pueblo, y algún bocado de cocina yeclana.
En estas catas se aprende una cosa valiosa: que el vino no es solo sabor. También es temperatura, textura, pausa. Si te lo sirven demasiado frío, se esconde. Si lo tomas demasiado rápido, se vuelve plano. Y si lo acompañas con la comida adecuada, se abre como una ventana.
Hay quien llega pensando que “sabe poco” de vinos y sale con una habilidad nueva: describir lo que siente sin miedo a equivocarse. Ese es el tipo de aprendizaje que queda. Lo demás son notas en una libreta.
Turismo slow entre viñedos: caminar, mirar, comer, repetir
Yecla se presta a un turismo lento porque su paisaje no exige correr. Entre bodega y bodega hay carreteras secundarias que atraviesan campos de almendros, pequeñas lomas, algún caserío aislado. A ratos te acompaña el olor de la vegetación mediterránea. Y cuando te detienes, escuchas algo que en la ciudad se pierde: el aire.
Muchos viajeros hacen la ruta como si fueran a tachar casillas. En Yecla conviene lo contrario: elegir pocas bodegas y darles espacio. Una visita por la mañana, una comida larga, una siesta breve (o un paseo), y otra copa al final de la tarde. Ese ritmo hace que cada lugar deje huella. Además, hay bodegas que ofrecen experiencias pensadas para este tipo de viaje: paseos interpretativos por el viñedo, pequeñas rutas a pie, catas al atardecer, encuentros con viticultores. No es un “show” – es una forma de compartir el oficio.
Y fuera de las bodegas, el municipio tiene capas. Está el patrimonio visible, como la basílica y su presencia en el centro. Están los miradores, las calles donde se adivina la vida cotidiana. Y está el entorno natural, con formaciones y caminos que invitan a estirar la visita. Cuando combinas vino con paisaje, el paladar se vuelve más receptivo, como si el cuerpo entendiera mejor lo que bebe.
Hay una escena que se repite: terminas la cata, sales al exterior con la boca todavía marcada por el tanino y el sol te da en la cara. En ese contraste el vino se te queda grabado. No por la nota de cata, sino por el momento.
Itinerarios posibles: un día redondo o un fin de semana con pausa
En Yecla no hace falta diseñar un plan militar. Aun así, ayuda tener un hilo conductor. Si solo tienes un día, puedes convertirlo en una especie de “pentagrama” con pocas notas bien colocadas: viñedo, bodega, mesa, paseo, última copa. Si te quedas dos noches, aparece algo aún mejor – la repetición – volver a probar un vino después de haber visto el paisaje con otra luz.
Un día en Yecla (sin prisas, pero con intención)
Empieza temprano con una visita que incluya viñedo. Ver las cepas antes de probar el vino cambia tu percepción: entiendes la austeridad del suelo, la exposición al sol, la lógica del secano. Después, una cata comentada con 3 o 4 vinos basta. Mejor pocos, bien contados. Al mediodía, busca una comida donde el producto local se imponga, con platos que no compitan con la copa sino que la acompañen. Por la tarde, un paseo por el centro histórico o un mirador cercano. Y si te queda energía, una segunda bodega pequeña, de estilo diferente, para comparar sin necesidad de “ganador”.
Fin de semana: el lujo de repetir
El primer día puede ser más “didáctico”: visita larga, sala de barricas, charla con el equipo, cata por elaboraciones. El segundo día, algo más sensorial: paseo por viñedos, cata al aire libre si el tiempo acompaña, y una compra final para llevarte un trozo del viaje. En este formato, el turismo slow se vuelve natural. Ya no estás buscando impresiones rápidas: estás dejando que el lugar te cambie el ánimo.
Si vienes desde la capital regional y prefieres no conducir, existe la opción de apuntarte a una Excursión en grupo desde Murcia (Se puede reservar en Cityplanet) y convertir el trayecto en parte del descanso. A veces, delegar la logística es lo que permite que el vino haga su trabajo – relajarte.
Gastronomía yeclana y vino: cuando el maridaje es una conversación local
Una bodega se entiende mejor con la mesa. En Yecla, el vino suele encontrarse con cocina de interior, de producto, con guisos que han nacido para alimentar jornadas largas. Los tintos de Monastrell, con su volumen y su fruta oscura, se llevan bien con carnes, con arroces contundentes, con platos donde el pimentón y el aceite tienen algo que decir. Y los rosados – que en esta zona pueden ser serios, no solo “veraniegos” – funcionan con embutidos y tapas de barra, con esa alegría sencilla de un aperitivo sin guion.
Hay bodegas que organizan maridajes con productores cercanos: quesos curados, conservas, pan de horno, aceite. Y cuando el guía te insiste en que pruebes el vino con un bocado concreto, no es por capricho: es porque la combinación revela una cara nueva. El vino se afina, la comida se ilumina. En un buen día, hasta el silencio se vuelve parte del maridaje.
También aparece un elemento que muchos viajeros olvidan: el agua. En las catas largas, alternar copa y agua no es un gesto puritano, es una forma de cuidar el paladar y seguir disfrutando. En Yecla, donde el sol puede ser intenso, ese detalle marca la diferencia entre una visita elegante y una tarde pesada.
Bodegas familiares, proyectos jóvenes y estilos distintos: cómo elegir sin fallar
Yecla ofrece una diversidad que no siempre se espera de una zona relativamente compacta. Hay bodegas familiares donde la visita tiene tono de sobremesa: te cuentan la historia de los abuelos, te enseñan fotos, te hablan de una parcela con nombre propio. Y hay proyectos jóvenes, con enólogos que han viajado, que han trabajado fuera y vuelven con ideas nuevas: fermentaciones más suaves, menos madera, más precisión. Ninguna opción es “mejor” por sistema. Lo interesante es alternarlas.
Para elegir, no hace falta ser experto. Basta con hacerse un par de preguntas honestas: ¿quieres aprender procesos o prefieres una experiencia más emocional? ¿te apetece caminar por el viñedo o te basta con la bodega? ¿buscas tintos potentes o te interesan también blancos y rosados? Con esas respuestas, la ruta se arma sola.
Si reservas con tiempo encontrarás plazas para grupos pequeños y visitas más personalizadas. Y si te atrae la fotografía, pregunta por horarios con buena luz: algunas bodegas tienen miradores o patios donde el atardecer hace que todo parezca cine. En cambio, si lo tuyo es el detalle técnico, pide una cata comparativa o una visita con acceso a zonas de elaboración. Muchas veces te dicen que sí, simplemente porque lo has pedido con educación.
Consejos prácticos para un enoturismo que no estropee el vino
El turismo del vino tiene una trampa: si lo organizas mal, acabas cansado y el vino te sabe a poco. Yecla, por suerte, invita a hacerlo bien. Algunas sugerencias nacidas de la experiencia (y de algún error propio):
- Reserva: muchas bodegas trabajan con horarios concretos. Llamar antes evita llegar con la puerta cerrada.
- No lo metas todo en un día: dos visitas con cata pueden ser suficientes. La tercera suele ser ruido.
- Come: parece obvio, pero una cata con el estómago vacío convierte el placer en mareo.
- Pregunta por vinos fuera de carta: a veces aparece una añada antigua o un experimento en pequeño formato que no está en la lista.
- Temperatura: en verano pide blancos y rosados bien servidos; en invierno los tintos ganan si se templan un poco, no helados.
Y un detalle final: compra lo que de verdad te haya emocionado. No por compromiso. En Yecla el vino suele tener una relación calidad-precio muy agradecida, pero el recuerdo vale más que la oferta. Llevarte una botella es llevarte una tarde entera. O una frase del enólogo. O el olor a barrica , que se te quedó en la chaqueta.
Cuando cae la tarde y el cielo del altiplano se vuelve más ancho, Yecla cambia de registro. La luz baja, el paisaje se suaviza, el vino en la copa parece más tranquilo. En ese instante entiendes que la visita no era solo turismo: era una forma de volver a ti, sin hacer demasiado ruido.

















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