El cuarto huele a moho, a humedad y a óxido; el colchón está sucio y huele a orín. Dos lámparas tiradas sobre la colcha de terciopelo rojo, que en su día fue testigo de intensas noches de amor, llena de manchas de grasa. Pensé con rabia que en ese mismo momento estrujaría el cuello de los desalmados ocupas.
Cuando nos fuimos a vivir a Bruselas alquilamos la finca y la casa a una familia campesina que vivía de la huerta y de una pequeña granja de pollos que montaron en el corral y, cuando estos se marcharon al jubilarse, parece ser que la vivienda fue ocupada por unos bárbaros que dejaron la cocina calcinada, la escalera de madera llena de golpes y algunas puertas debieron servirles para encender la chimenea. Hay polvo de siete años sobre los muebles y, sobre el suelo, basura, barro y cagadas de ratas.
En el dormitorio principal, el interruptor de pera sobre el cabecero trae a mi memoria el dulce sonido al apagar la luz después de hacer el amor para dormir. ¡Qué placentero era dormir oliendo el cuerpo de Ana! Cerré los ojos un instante.
Los ocupas debían padecer de neuralgias y se dejaron olvidada una caja de aspirinas sobre la mesilla de noche. El armario que encerró finos vestidos y las sábanas perfumadas con jabón de lavanda, ahora huele a rata muerta; desajustado y polvoriento, parece un adefesio y sus puertas medio abiertas chirrían.
Apesta todo en esta casa, pero a la vista es aún más dañino: arrancaron la luna del espejo del armario donde se miraba cada mañana antes de besarme; yo me quedaba retozando desnudo un rato más en la cama. No recordaba el crucifijo: ¿fue una aportación ajena de los inquilinos o de los ocupas?
La cómoda donde guardaba su ropa interior y algunas fotos familiares tiene los cajones abiertos y desarmados; allí se sentaba por las noches para desmaquillarse y me lanzaba sonrisas picaronas a través del espejo como preámbulo amoroso.
Hay ropa horrorosa y sucia por todas partes. El papel de las paredes está a punto de caer sobre la colcha roja, roja como el deseo.
El techo descascarillado suelta esquirlas de escayola por toda la estancia. A pesar del desagradable olor, una nube de nostalgia me nubla el pensamiento, se me altera el pulso y respiro con dificultad al escuchar el sonido del motor de un automóvil acercándose a la casa. Se detiene junto a la puerta y entonces recuerdo el olor de su piel. Vuelvo al presente y a la realidad.
Nos hemos citado aquí sin saber muy bien por qué. Me acerco al balcón; las cortinas cuelgan tristes y mugrientas, no me atrevo a tocarlas.
Ella está casada y es feliz, yo tengo pareja estable desde hace tiempo, pero…
Han pasado años desde nuestro divorcio y vivimos en ciudades diferentes.
La veo salir de un coche de lujo, muy elegante. Parece más alta, debe ser por los tacones, y está mucho más delgada; respiro profundamente intentando serenarme. Descubro que me sigue provocando la misma sensación de ansiedad y de deseo de siempre.
Hablamos anteayer por teléfono y, al escuchar su dulce voz, el cuerpo se me electrificó. Hemos quedado para la firma de venta y entrega de llaves… pero queríamos ver la casa por última vez. Y esta es nuestra perdición.
Me gustaría abrazarla y siento una presión fuerte en el pecho.
Bajo las escaleras a toda prisa, pero cuidando la respiración y, antes de abrir la puerta y abrazarla, echo una mirada al mugriento recibidor y pienso que este no es un lugar para un reencuentro.
Abrí y me choqué con sus ojos como soles.
Las miradas y los labios se conectaron al unísono, parecía que todo estaba ensayado y transcurrió muy deprisa. Nacieron besos encadenados, el aire resultaba leve y me olvidé del olor a podrido de la estancia.
En la alcoba se filtraba algo de la luz del campo a través de las cortinas medio rotas, lo suficiente para ver el rojo intenso de la colcha, la colcha de sus besos. Apartó las lámparas de un manotazo y nos desnudamos rápido, sin dejar de besarnos. Nuestros cuerpos fluían juntos como si flotaran en un mar tempestuoso. Solo después de los orgasmos y de unos gritos que parecían más de dolor que de placer, sentimos repulsión por el hedor del cuarto.
Echó de menos la luna de su armario. A pesar de lo repugnante del escenario, nos quedamos eclipsados mirándonos, reconociéndonos. Escuchamos voces en las escaleras…
—Serán los de la agencia —dijo ella.
—¡Qué vergüenza! —dije yo.
Nos vestimos a toda prisa.
No había nadie.
¿Eran voces del pasado o las voces de nuestra culpa?
















