Hace años que nadie recibe cartas de amor, ni postales de lugares lejanos. Desde que la gente viaja en exceso, ningún lugar parece exótico y ninguna imagen nos sorprende. Hemos perdido la capacidad de sorprendernos.
Mucha gente corriente se ha fotografiado delante de la Ópera de Sídney, en el cruce de Shibuya, en Tokio, o disfrazada con un caftán delante de la mezquita Santa Sofía, en Estambul…
Otros han viajado a Vietnam o a Camboya y han probado comidas asiáticas y presumen de haber degustado carne de culebra, saltamontes fritos en aceite de colza, pescado podrido u hormigas azules y nadie se escandaliza.
La vuelta de vacaciones de los amigos es insoportable, yo intento no reunirme con allegados hasta bien avanzado octubre, para que no echen mano de los vídeos o de las fotos guardadas en sus móviles.
Es tan tortuoso como en los ochenta, cuando te invitaban a cenar en la casa de unos conocidos y enchufaban el proyector para mostrarte doscientas diapositivas sobre su luna de miel: “María sujetando la torre de Pisa, nosotros en la Fontana de Trevi, los dos con unos de Salamanca que conocimos en el viaje a Venecia, María con una paloma en la mano en la plaza de San Marcos” y así hasta el aburrimiento total, pero al menos ofrecían cervezas, tortilla o aceitunas.
Ahora, en la terraza del bar de la esquina o en el restaurante, pretenden mostrarte el vídeo de los de la pandilla: delante de un templo sagrado lleno de macacos y langures (por cierto, unos monos horrorosos) o vestidos con chilabas en la plaza de Marrakech, llena de gente y unos tíos con serpientes.
Creo que queda claro que no me gusta viajar, ni los simios. Me dan miedo las serpientes y huyo de los pesados que quieren enseñarme fotos de sus pobres aventuras; otra cosa muy diferente son los que cuentan los viajes. Adoro a los buenos narradores.
En el buzón de mi casa no llegan ni comunicaciones del banco. Tengo un amigo que viajó hace ocho meses a Sarajevo, y como sabe que me hace ilusión recibir postales, me mandó una y todavía no la he recibido. Pero milagrosamente hoy he encontrado en mi buzón una postal de Reikiavik, firmada por una tal Margarita, dentro de un sobre y acompañada de una carta amorosa con corazones dibujados en los márgenes y la huella de sus labios carmín al final, debajo de la firma. Dice que me echa de menos, que añora las noches de amor después de disfrutar de la aurora boreal, que le gustaría volver conmigo. ¿Conmigo a Islandia?
¡Hace demasiado frío para mí en ese país! Además, no he conocido en mi vida a ninguna Margarita, nunca he visto la aurora boreal, ni tengo interés en otra mujer que no sea la mía y nunca he hecho el amor en Reikiavik.
Y lo más llamativo es que la fecha es del año ochenta, yo entonces vivía en Yecla. ¿Cómo es posible que me llegue ahora y con mi dirección actual en Madrid?

















Dioni que te parecen los 100.000 euros que se llevó, como se llama?
Unos 1.000 euros por minuto. Nos quedamos en quiebra, el arreglo de la cúpula para el nuevo ejercicio.
La Reme para asuntos del HOSPITAL no estuvo tan lista para hacerse la foto con los que pedíamos un mejor Hospital.
Así acaba hoy Yecla con esta feria,
caballeros del dolor:
entre fotos de cruceros
y fritangas de mal olor,
el verano se ha extinguido,
nos deja sin caridad…
¡Tiren un duro al clérigo,
que les ha dicho la verdad!
¡A quién le importa su playa
con esta peste a aceite refrito,
los borrachos tropezando
y el de la tómbola pegando el grito!
Iba un servidor cruzando
el recinto de la feria,
cuando me asalta un sujeto
que me causa gran miseria.
«¡Mira la playa, Fulano!
¡Mira el plato que me comí!
¡Mira este sol matutino!
¡Mira el barco donde me subí!».
Entre el reggaeton tecno del altavoz
y el tufo del calamar,
me encaja mil fotografías
sin poderme zafar.
Detalle a detalle relata
su viaje de punta a cabo,
mientras me zumban los oídos
y me tiene por su esclavo.
¡Valiente tormento insostenible
en medio del alboroto!
¡Pagaría cualquier suma
por romperle cada foto!
Si es cierto que el personal viaja, se toma vacaciones, el turismo de masas ya hace años hizo su aparición y todo eso.
No es menos cierto que hay casos donde el actual turismo puede provocar grandes inconvenientes a la población, de hecho en Mallorca han celebrado grandes manifestaciones contra el turismo.
Esto no siempre fue así, hubieron momentos donde se decía que si los españoles/as «comían de caliente» era por el turismo. De hecho en la dictadura era uno de los pocos medios por donde entraban las divisas.
Como los liberales dicen que el «mercado todo lo regula» lo mismo en esto fracasan también.
Tendrán que buscar «doctores» que no médicos y conseguir algún equilibrio.
Tener en cuenta que el sector turismo es una industria que ofrece muchos puestos de trabajo, que supone un gran porcentaje del PIB.
El relato de Vicente, que la correspondencia, las cartas de amor llegaban tarde y mal, me ha recordado el hacer de los cribados de cáncer de mama. Más de dos mil mujeres (datos oficiales) no fueron informadas a tiempo sobre mamografías dudosas, retrasando diagnósticos y los tratamientos.
Ay Juanma Moreno, le decían «menos cofradías y más mamografías» Según la asociación Amama, es que ha Bonilla le había dado por financiar las corridas de toros y las cofradías y desmantelar la Sanidad Pública.
«Vicente el amor hace milagros, las cartas de amor te buscan donde allí estés»