El ser humano es extraño como colectivo, divaga a través de los siglos sin encontrar destino y lo busca más allá de las estrellas.
El hombre tiene la maldita costumbre de hacerse preguntas que no tienen respuestas y eso lo convierte en un neurótico incauto.
Algunas personas tienen claro qué es lo que las sostiene vivas y cuál es el pilar en el que se apoyan en los momentos complicados. La mayoría transita sin atreverse a mirar de frente y recurre a ídolos o a dioses para encontrar consuelo. Lo que está clarísimo es que somos una especie social. Necesitamos a los demás. Ya lo dijo el poeta José Agustín Goytisolo en su poema «Palabras para Julia»:
«Un hombre solo, una mujer,
así tomados de uno en uno,
son como polvo, no son nada».
Cuánta razón tenía. Necesitamos el calor de otro cuerpo, el reconocimiento de otras personas y la pertenencia a un grupo.
Sin reconocimiento y sin calor estamos abocados a la nada.
Necesitamos consolación y somos capaces de buscarla en cualquier cosa. Son extraños los objetos a los que se aferran algunos para dar sentido a su existencia: las joyas, las mascotas, la porcelana fina, el dinero, los coches de lujo… Es comprensible que, frente a la soledad, se recurra a cualquier animal o cosa para no caer al abismo.
Hay que agarrarse a algo o a alguien.
El hombre necesita símbolos, ideales, sueños.
Viajo en metro de vez en cuando. Es un lugar donde estás demasiado cerca de los demás y todas las miradas son huidizas. Una mañana vi a una muchacha de unos veinte años y ojos tristones, acurrucada en un asiento, acariciando un oso panda de peluche del tamaño de un bebé. Le daba besitos en la cabeza y en las manos, después abanicaba al muñeco y luego a ella misma, y seguía con los besos continuamente. La observé con disimulo. Estaba ensimismada en sus carantoñas al panda de felpa mullida.
Una señora que iba a su lado cruzó una mirada conmigo. No gesticulamos, simplemente nos miramos y en nuestras miradas había compasión, complicidad… Me habría gustado preguntar a la muchacha por el nombre del osito y hablar con ella, pero el metro tiene esa parte de discreción que, aunque veas a una persona llorar, no se te ocurre acercarte para saber la razón. Una vez lo hice. Me acerqué a una señora que lloraba en silencio y le pregunté si necesitaba algo. Me contestó: «Que me dejes en paz y te metas en tus asuntos».
Mi viaje fue breve, solo tres estaciones, menos de diez minutos, pero pasé el día pensando en la muchacha. Recordé un dibujo del gallego Castelao, de una mujer acunando un tronco envuelto en una mantita como si fuese un bebé, y encontré el catálogo que me regalaron en Vigo.
También me vino a la memoria la película No es bueno que el hombre esté solo, protagonizada por José Luis López Vázquez, cuyo personaje convivía con una muñeca como si fuese su esposa. Y cuando se lo conté a mi amigo, el poeta Ramón Palao, me habló de una copla de Angelillo titulada «Muñeco de trapo», donde se cuenta que una mujer en una celda abrazaba un muñeco de trapo como si fuese su hijo.
Es extraño el ser humano. Es capaz de suplir una pérdida con objetos o sublimar un sentimiento para convertirlo en arte con tal de no perder la esperanza. Y esa es una de las grandes cualidades de los humanos para no caer en la desesperación.


















! La Virgen de la Fuensanta
viene esta tarde a darnos su apoyo!
No hay lluvia ni nube que la detenga,
ni agua del cielo que apague el fervor,
que hoy entra la Santa en la villa de Yecla
repartiendo amparo, consuelo y favor.
¡Salgan a la calle con los arcabuces,
dispárense el humo y el fuerte estruendo,
que retumbe el suelo de esquina a esquina
mientras a la Fuensanta le vamos pidiendo!
Pedidle por todo lo que hace falta,
por la salud, por la masa y el pan,
pedidle por los que trabajan la tierra
y por las familias que rezando están.
Y pedidle también, con maña y con gracia,
que ponga la mano en la votación,
para que gane en las urnas el bando
que apoya a Dios y a la religión.
Preguntas sin respuestas? Si, unos se preguntan, que habrá más allá de las estrellas? Otros, ya ni hacen caso de esto, otros se refugian en creencias, como ir al «paraíso». La verdad, respuesta que nos convenzan no hay. Otros creemos que habrá un tiempo que el capitalismo desaparecerá. Antes que se cargue el planeta. Por creer que no quede, aunque no tengamos respuestas.
Desde la antigüedad el personal siempre ha creído en algo, parece condición humana. En el sol, dioses, el fuego…yo que sé.
En tiempos de los romanos, estos tenían cantidad de dioses. Un poco cazurros si eran ya que algunas veces por creer en dioses se echaban tierra a los ojos, caso de aplazar batallas porque según el listo romano de turno, decía que los dioses no eran propicios, cuando en realidad la estaban cagando porque le estaban dando al enemigo tiempo para preparar mejor la batalla.
El desarrollo del capitalismo nos ha traído más tiempo libre. No sabemos que hacer con él. Se lo dedicamos a las mascotas, al muñeco de peluche…En la antigüedad ese tiempo no lo tenían.
Los del poblado estaban muy ocupados, tenían que salir a recolectar, a la caza…que el hambre es muy malo.
Solo había uno para pensar y hacerse preguntas, el «hechicero» del poblado, el que decía y predecía el futuro. Este si daba respuestas, casi todas equivocadas pero las daba.
Son creencias. Por extraño que parezca el hombre seguirá creyendo. Ojala crean en una sociedad más humana, más justa, donde el odio sea desterrado.
¡La foto espectacular!