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martes 27 septiembre 2022

El final del verano

Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación.
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El final del verano siempre me pone nostálgica. Es ese momento del año en el que todo parece terminar para empezar de nuevo, más si cabe que el fin de año. Sentimos que dejamos atrás ese maravilloso tiempo de ocio, de sosiego, versus diversión; de reencuentros con familia y amigos; algún viaje, quien se lo pueda permitir, para olvidamos unos días de las preocupaciones. Cuando ese estado de felicidad se termina, solo nos queda el dulzor de la fruta madura, de las uvas, de los higos, de granadas y pomelos, como consuelo.

El color azul del cielo lleno de nubes blancas y el rumor de los pinos mecidos por el viento, me lleva lejos, a aquel espacio-tiempo en el que habitábamos cuando éramos niños o muy jóvenes, cuando nuestra mayor preocupación eran las pecas que nacían sobre la nariz tras un largo día de piscina. Recuerdo esos veranos lejanos, ya olvidados.

Días de campo, secos, tórridos, los pies sucios por el polvo de los caminos; las balsas de riego que utilizábamos para el baño, las libélulas de colores surcando las verdosas aguas infectadas de renacuajos; el aroma de los pinos cuando los calienta el sol, las rosas de mi madre pereciendo de puro achicharramiento; la piel joven bronceada, aunque curtida por días y días a la intemperie, y como único remedio: la lata azul de Nivea; las sierras que agonizan tras semanas sin una gota de agua, sobrevivientes de un verano más, a la espera de la benefactora lluvia del otoño, si hay suerte.

Y de una sierra llego a otra, a la de Oliva, o de Santa Bárbara, a la que por estas fechas solía ir con la pandilla de mi prima Gracia, la de Caudete, siempre después de las fiestas de Moros y Cristianos de la localidad y que rara vez me perdía.

En mi recuerdo, el tiempo cambiaba siempre después del día 10 de septiembre, último día de las fiestas del pueblo vecino, como si un mago triste tocara con su varita el aire y dijera, “Amigos, la fiesta terminó, ahora toca un poco de recogimiento; ya habéis disfrutado lo suficiente”. Era un mago caudetano, claro, que no sabía que, a continuación, llegaba la feria de Yecla y que, aunque era cierto que refrescaba, tampoco se nos resistía. De hecho, en Yecla, para aguantar verbenas o conciertos ya había que abrigarse un poco. Fuera como fuera, siempre era un alivio continuar más fiesta.

A la Sierra de Santa Bárbara

La tristeza que provocaba el olor del otoño acechante había que solventarla de alguna manera, así que los amigos de Caudete y algunos forasteros, como yo, solíamos pasar algún fin de semana de excursión en la Sierra de Santa Bárbara. Exacto, esa que se extiende casi hasta el término de Yecla por su sector oeste y que ahora han llenado de aerogeneradores, pero cuya mayor altura, como una pared aparentemente vertical, se eleva sobre la llanura caudetana.

En lo más alto de esta sierra hay una pequeña y blanca ermita en honor a la Santa de las tormentas que, desde el altar de la capilla, vigila las nubes viajeras que arrastra el potente viento que suele barrer estas latitudes, y aquellas tempestades que se atrevan a adentrarse por ellas. Adosada a la capilla hay una casita, que, en algún tiempo remoto, me permito imaginar, pudo ser el refugio de algún fraile, o anacoreta.

El humilde hogar cuenta con una escueta cocina con chimenea, amueblada entonces, con una desvencijada mesa de madera y alguna silla sobre la que el ermitaño escribiría sus meditaciones a la luz de una vela. Este recinto pertenece al pueblo y, para conseguir la llave que abría su puerta bastaba con pedirla a su guardián, un vecino cuyo mote no logro recordar.

5-Empieza la subida sierra santa bárbara

La subida hasta la ermita era, y seguirá siendo, segura, peliaguda, larga y extenuante. Cargados con grandes mochilas llenas de comida y bebida; algo de ropa, abrigo, saco de dormir y aislante para pasar la noche; radio-casete y guitarra no podían faltar para amenizar las veladas; velas y linternas eran imprescindibles, pues allá en lo alto no había luz eléctrica.

Subir con todo aquello a cuestas me parecía una proeza y, mientras trepaba, a veces por senderos, a veces agarrándome a alguna roca o hierbajo, siempre acababa convencida de que aquella sería la última vez. Solo nos mantenía activos el premio final: llegar y pasar un fin de semana inolvidable. Yo, al menos, no los he olvidado.

De camino a la ermita

Durante el ascenso, era necesario hacer alguna parada para tomar aire, siempre intentando que fueran breves para que no nos sorprendiera la noche a medio camino (siempre salíamos más tarde de lo planeado). De hecho, en alguna ocasión así fue, y vivimos momentos complicados. Pero la parada obligatoria y más deseada era cuando llegábamos a los “anteojos”, una zona escarpada y cavernosa de color rojizo donde los cuervos, que anidaban en sus cavidades, volaban en círculo graznando, y donde el eco amplificaba su quejumbrosa charla. Este momento se merecía algún grito que el eco nos devolvería repitiendo: Pablo, Pablo, Pablo…. Por cierto, ¿qué habrá sido de él?

Como casi siempre, éramos demasiados para pasar la noche en la pequeña cocina, solíamos utilizar la capilla como dormitorio. La imagen de Santa Barbara, desde el altar, velaba nuestros sueños y algún que otro inocente beso o arrullo entre quienes preferían aprovechar la oscuridad de la noche en lugar de dormir. ¡Lo que habrá tenido que presenciar la pobre santa desde las alturas!

Si la noche no era muy oscura nos gustaba bajar, por la parte norte de la sierra, hasta “la tinajica”, que es un señor pozo de nieve. Lo de tinajica, por lo tanto, debe ser una ironía. Era una zona más húmeda y boscosa que la que se puede observar desde el pueblo. Allí, tumbados sobre la hierba, se escuchaba el murmullo del agua cayendo sobre la pila, el croar de las ranas, grillar los grillos y, por supuesto, se podía contemplar el cielo estrellado en todo su esplendor. Aquel majestuoso escenario envolvía con un abrazo inmenso y oscuro nuestras voces y risas, las divertidas chácharas y las canciones. Hablo de sonidos porque no puedo dar más detalles de aquel paraje que siempre visité de noche.

46-Pozo de la Nieve

He decido poner algo de música para evocar aquel tiempo y alimentar un poco más esta dulce nostalgia antes de que vuelva Salvador, que siempre me riñe por mi enfermiza tendencia a la melancolía, pero es que no lo puedo evitar, en el fondo me gusta, ¿qué podría contaros si no me dejara arrastrar por ella y recordar?

Me acerco a los discos de vinilo que todavía conservo. Voy pasando, una tras otra, las carpetas viejas y descoloridas, el polvo acumulado se va impregnando en la yema de mis dedos, lo que me hace pensar que debo hacer una limpieza más a fondo que la habitual, hasta que doy con lo que busco: Neil Diamond y aquella canción tan dulce y adecuada para el momento: September morn.


Artículos de Concha Ortega

Fotos de la Sierra de Santa Bárbara: Vandelaras Natural

Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación.
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1 Comentario

  1. Muy buen relato de Concha. Mi fin de verano, en edad escolar, era que mi padre iba a recogerme, en bicicleta, a una finca al caer de la Sierra Salinas donde estaba desde finales del curso escolar hasta el inicio del mismo, en septiembre, ya agonizando el verano.
    Es un tiempo que pasé durante varios años con un familiar que llevaba una finca en régimen de aniagueros. Recuerdo las meriendas en las faldas de la Sierra al caer de los pinos, lo entretenido que era recoger piñones de un monumental piñonero que estaba a la entrada de la finca.
    Como no por las noches el olor al carburo que era el medio de alumbrarnos, la visita a los corrales para recoger los huevos de las gallinas. Un corral donde había de todo o casi. Pollos, conejos, cabras, marranos, gallos, patos, algún faisán… eran de lo más llamativo y, las mulas que utilizaban para la labranza. Y por las mañanas, muy temprano el cantar de gallos… y todo eso.
    Recuerdo también a los muleros que trabajaban en la finca, gente ruda, muy vitales, con unos callos en manos y pies de primer orden, su calzado eran unas sandalias de gomas con una lañas que de tanto usarlas se desprendían y rozaban pero que no le hacían mella por la dureza de su piel…y sus buenas ganas de comer que tenían. Alguna vez llegaron a darme alguna vuelta montado en una de esas mulas que ellos utilizaban para labrar.
    Son etapas de la vida que se recuerdan, que no volverán, pero que estuvo muy bien.
    Esto no hubiese ocurrido caso de no haber cogido una fuerte bronquitis, siendo la receta médica pasar todo el tiempo posible en sitios donde hubiesen muchos pinos. Tenía a mi familiar en una finca próxima a la Sierra Salinas pasaba allí unos veranos fenomenales y fue allí donde se me quedaron estos recuerdos y también fue allí donde se quedó la bronquitis.

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