Año 1932. Desde el púlpito de la Purísima una voz clamaba:
“… el Sacerdote cumple un deber de conciencia llamando a las puertas de las clases acomodadas, en demanda suplicante de caridad y de justicia… para que con la aportación de vuestro capital, de vuestras empresas, de vuestro crédito, etc., se pueda asegurar trabajo bien remunerado a un sin número de obreros de la ciudad y del campo, que pasan por el doloroso trance de no tener un pedazo de pan para sus hijos. Yo he presenciado escenas verdaderamente desgarradoras, y tengo conocimiento de otras muchas. Es hora de derrumbar barreras divisionales, de extirpar egoísmos, de hacer desaparecer antagonismos personales ruines…” Y, cuando pedía a las clases más pudientes aportaciones económicas para obras destinadas a paliar el hambre que azotaba la Yecla de la época, de forma casi profética, esa misma voz les advertía: “…temed si no lo hacéis y no podemos desarrollar todo el plan de obras sociales que deseamos; porque de no hacerse esta labor social, peligra vuestro dinero como peligra el orden social.” Quien así hablaba era el cura párroco del momento, José Esteban Díaz, don José, como se le solía llamar.
La primavera de 1931 trajo dos novedades para Yecla y ambas se sucedieron con apenas un mes de diferencia: la llegada a Yecla de José Esteban Díaz en el mes de marzo, destinado como párroco a la Basílica de la Purísima; y, obviamente, la proclamación de la II República al mes siguiente, el 14 de abril.
José Esteban Díaz podría haber sido un párroco más de los muchos que ha tenido la Purísima desde su construcción y seguramente apenas se recordaría su nombre si no fuera porque estaba llamado a ser una de las figuras históricas más influyentes y con mayor impacto social en la historia reciente del municipio. Es una de esas figuras que de vez en cuando surgen en unos tiempos tremendamente difíciles como contrapeso a la irracionalidad desatada y que se caracterizan por intentar aportar sensatez y sosiego. Yecla le debe su recuerdo no solo a que fue párroco de la Purísima sino también a su papel como fundador de varias asociaciones, entre ellas la Asociación de Mayordomos y, sobre todo, porque fue el motor de la creación de la Cooperativa del Mueble en 1949, cuyo edificio tenía en una de sus fachadas el gigantesco acrónimo de COMED (Cooperativa Obrera del Mueble Esteban Díaz). Uno no puede dejar de imaginarse la increíble sensación que tendrían los yeclanos hambrientos de una Yecla hambrienta al leer ese mensaje casi subliminal destinado a aportar algo de esperanza en una época tan terrible y difícil como fue la Posguerra (igual o incluso peor que la de la Guerra). No es necesario repetir aquí lo que supuso dicha cooperativa en la historia local. Pueden encontrarlo en el magistral trabajo de Francisco Ortín Juan publicado hace unos escasos años.
Pero ¿por qué este párroco reparó tanto en el problema obrero, en la falta de trabajo que les azotaba y supo ver que la miseria y el hambre iban a traer graves consecuencias?
Nacido en la pedanía de La Arboleja, en plena huerta murciana, José Esteban Díaz llega a Yecla procedente de Cartagena donde había ejercido previamente su ministerio en el barrio Peral y donde conoció de primera mano la precaria situación de la clase obrera de la época. Una de las primeras cosas que hizo al llegar a Yecla fue visitar las calles altas, el entorno de la Molineta, las calles periféricas, o sea, las zonas más pobres de la ciudad y allí conoció la situación de miseria y desesperanza que azotaba a la mayoría de la población. Así pudo comprobar que la mayoría de las casas eran insalubres, que la mortalidad infantil era escandalosamente alta porque la mayoría no podía permitirse ni la visita de un médico ni la compra de medicinas; que había enfermedades asociadas a la desnutrición como el raquitismo o la ceguera que se cebaban con esta parte de la población; que apenas había trabajo y que solo unos pocos podían encontrar algo saliendo fuera, yéndose a las largas campañas de la siega o la vendimia; que la inmensa mayoría de la población infantil estaba sin escolarizar (cerca del 75% de los niños que, dicho sea de paso, solían empezar a buscar trabajo con una media de 12-14 años) y, sobre todo, entendió perfectamente que esa situación iba a estallar violentamente tarde o temprano y con muy graves consecuencias para todos. En una carta de 1936 reconocía abiertamente que comprendía muy bien la sensación de impotencia de los trabajadores que no podían alimentar a sus hijos y reconocía el impulso que sentía de unirse a las manifestaciones obreras que pedían trabajo y justicia.
Lo que Esteban Díaz trató de hacer a nivel local fue implementar el papel social de la Iglesia, institución a la que gran parte de la población veía como un freno social a las grandes reformas de la II República y como una parte principal de un engranaje social que condenaba a la miseria a una mayoría mientras bendecía la abundancia de otra minoría. Además, no olvidemos que algunos sacerdotes y religiosos habían colaborado y formado parte del Somatén, la milicia de la dictadura de Primo de Rivera que en Yecla se desempeñó con gran violencia frente a las reivindicaciones obreras y era algo que en los años 30 muchos yeclanos tenían presente.
Además de la desesperación de las clases más populares, el párroco comprobó también que las clases sociales más potentadas de la ciudad no sólo no colaboraban para paliar la situación sino que trataban de castigar a los más pobres por haber caído bajo la perniciosa y diabólica influencia de las ideas marxistas que pretenden, nada más ni nada menos, que los estamentos sociales más bajos deben conquistar el poder. Su preocupación por los temas sociales queda de manifiesto no sólo en Orientación Católica, la revista que fundó y publicó de 1932 a 1936, sino también en varias colaboraciones con la prensa de la época.
Al igual que sucede hoy día, la Iglesia de entonces no era una institución homogénea. En ella había varias corrientes: desde un sector muy integrista que se sentía muy antirrepublicano, que añoraba la monarquía y que asistía horrorizado a las reformas de la II República hasta otros sectores, muy minoritarios, partidarios de una iglesia más progresista y abierta. Pero también había otro sector intermedio, los accidentalistas, encabezados el futuro cardenal Herrea Oria, amigo personal de Esteban Díaz. Eran partidarios de acatar el régimen republicano como mal menor y mostraban gran preocupación por los temas sociales pero también eran muy combativos frente al laicismo y la legislación anticlerical pero desde el marco de la legalidad vigente. Por eso no es de extrañar que, en las grandes festividades, la bandera tricolor republicana, bandera oficial de España, ondeara en la fachada de la casa parroquial de la Purísima como recoge la prensa de la época.
Durante la II República José Esteban Díaz va a ser una de los pocas voces que llamen al entendimiento, a la concordia y también al perdón tras la guerra, mostrándose como un fiel adalid de la doctrina social de la Iglesia preconizada por el papa León XIII. Pero, ojo, esto no significa que el sacerdote no fuera crítico, (lo fue y bastante), con determinadas legislaciones y medidas que a nivel nacional y municipal iban aprobando las autoridades republicanas y que tenían como objetivo la separación total Iglesia-Estado. Sobre todo con la expulsión de los franciscanos y escolapios (a los que protegió junto a los concejales republicanos y llegó a ser encarcelado por unas horas), la no autorización de las Fiestas Patronales en 1932, la retirada de los crucifijos de las escuelas o el impuesto al toque de campanas que impuso el ayuntamiento yeclano.
Sería prolijo enumerar aquí las muestras que el sacerdote dio tratando de limar asperezas. Por citar algunas: en 1933 el ayuntamiento republicano-socialista va a crear la Oficina de Colocación Obrera, un organismo municipal que pretendía canalizar la búsqueda de financiación para la contratación de desempleados así como promover la colaboración con las asociaciones patronales para la contratación de jornaleros. Los viajes a Murcia y Madrid por parte de alcaldes y concejales, (tanto de un signo como de otro), en busca de fondos económicos para llevar a cabo numerosos proyectos van a ser innumerables con un resultado dispar. Hay muchas necesidades en el municipio y también ideas para enfrentarlas pero lo que no hay es financiación. Las arcas municipales están literalmente vacías y los empleados municipales cobran poquísimo (cuando lo hacen) e incluso se les adeudan muchos meses. Y, lejos de rehuir cualquier colaboración con las autoridades municipales de izquierdas, el párroco Esteban Díaz sorprende haciendo una donación pública de 100 pesetas a la Oficina para la contratación de trabajadores en paro (recordemos que el salario medio de un obrero era de tres pesetas al día).
El 3 de noviembre de 1934, recién terminada la Revolución de Asturias, a instancias del Ayuntamiento yeclano, en manos en ese momento del Partido Republicano Radical, y junto a otros partidos de las derechas se celebra una multitudinaria misa funeral por las víctimas en la Basílica de la Purisima donde, sin embargo, se aplaudió la represión de los mineros asturianos. A dicha misa asistieron las autoridades civiles y militares, patronal del campo, gremios y cofradías, demás asociaciones católicas y gran parte de la población conservadora. Pero la voz del párroco desde el púlpito volvió a sorprender cuando “…invita a todos a la cooperación para cicatrizar las heridas abiertas con el corazón de la misma sociedad en tiempos actuales”.
Durante la guerra se oculta en Murcia y en esta etapa mantiene contacto con el entonces alcalde Juan Pacheco en cuyo juicio habló a favor y además hizo una sorprendente afirmación que dejó boquiabiertos a todos al declarar que: “… pudo haberme denunciado pero no lo hizo porque durante la guerra ambos coincidíamos en la misma barbería en Murcia y hablábamos de Yecla”. Además, sabemos que entre las personalidades yeclanas de derechas que se movilizaron para solicitar el indulto al antiguo alcalde se encontraba el párroco por lo que fue amonestado y multado. Y no sería la última vez pues también lo fue en 1941 por pedir clemencia y perdón para los vencidos en una homilía en la Purísima frente a las nuevas autoridades y en medio del clima de la represión de posguerra que en Yecla alcanzó unas proporciones que rebasaron lo imaginable.
Tras el fin de la guerra, el régimen franquista inició un macroproceso destinado depurar responsabilidades. Es lo que se conoce como Causa General y en cada localidad se iniciaba una. En su momento hablaremos de ella, pero la Causa General trataba de enumerar todos los desmanes y crímenes acontecidos durante la dominación roja, enumerando todos los hechos y señalando a los culpables sin ahorrar todo tipo de exageraciones con el objetivo de justificar el alzamiento del 18 de julio. En muchos casos los sacerdotes señalaban a los culpables de los daños sufridos por las iglesias y en sus declaraciones no solo describían los destrozos materiales o la pérdida de bienes, sino que a menudo identificaban a personas o grupos responsables, principalmente partidarios del Frente Popular o de otras ideologías republicanas. En Yecla, es José Esteban Díaz quien hace una relación de todas las pérdidas patrimoniales, daños y saqueos que han sufrido los templos yeclanos. Pero, a diferencia de las Causas Generales de otras localidades, en la de Yecla el párroco no reconoció o denunció a ningún vecino.
A nivel local, la figura de José Esteban Díaz encajaría perfectamente con lo que Marañón denominaba la tercera España, una corriente de pensamiento moral e intelectual tanto en las izquierdas como en las derechas pero que rechazaba el fanatismo, la radicalización de ambos lados y, sobre todo, el odio y la violencia.
















