El niño de los zapatos nuevos, por José Antonio Ortega

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Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial, nos conmovió tanto amor que los cascos de los soldados y las carcasas de las armas, se reciclaron, para hacer cacerolas y utensilios de cocina, y los neumáticos de los camiones, fueron convertidos en suelas para los zapatos.
En mi pueblo y en otros muchos lugares, algo se asemeja a un «estado en pie de guerra».

Parte de la industria se ha reconvertido, los tapiceros elaboran mascarillas; quien fabricaba cascos ahora hace viseras y pantallas protectoras, y de las instalaciones donde se confeccionaba ropa deportiva, por sus puertas salen batas. En un laboratorio de Asturias están creando un prototipo de piezas para respiradores diseñado en 3D, y como faltan filtros, la solución podría estar en la Guardia Civil con los dispositivos que se utilizan en los controles de alcoholemia.

Talleres con paños que desinfectan vehículos policiales y autobuses. Propietarios de hoteles los ceden para hospitales improvisados o alojamiento al personal sanitario -porque no son infalibles- para que puedan descansar y evitar la propagación a su familia.

Estos, entre otros muchos gestos nos acercan a las personas, marcando la grandeza y solidaridad de un pueblo con un material inagotable para el invento, donde hay gente, -incluso ancianos- cosiendo mascarillas en sus casas hechas con sabanas.

Nadie estaba preparado para esto

Todos hemos recibido un golpe muy fuerte en las costuras de nuestro cuerpo, nadie estaba preparado para esto.

A partir de ya, se necesita equilibrio y con diáfana claridad, deberíamos medir las palabras y la altura moral para definir las opiniones y sentimientos, dejarnos de bulos y reproches que tan solo sirven para aumentar el enfado, la crispación y el resentimiento con tanta virulencia. Frente a esta carga vírica, también se necesitan recursos de respeto y aliento, los sanitarios y el personal destinado a ayudar, también tiene miedo de enfermar.

En respuesta a los estímulos en momentos aturdidos, dentro de una sociedad tan “próspera como adversa”, en la cual nos despedíamos con un hasta luego; ahora más que nunca estamos deseando verlas para darles un abrazo.
Todos juntos, saldremos.

ánimo.

Por José Antonio Ortega.

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