lunes 18 octubre 2021

Aislamiento, meditación y música

Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia.

La música para piano de Wagner siempre me eleva a un estado de placidez espiritual que solo puedo igualar con las Sonatas para piano de Beethoven. Son dos estilos diferentes, pero en mi imaginación funcionan igual. Cierro los ojos, me  acomodo en una mecedora y me balanceo suavemente.

El objetivo es situarme entre el sueño y la vigilia, de ahí surge un estado parecido a la alucinación, cercano al éxtasis, y sin ayuda de fármacos o sustancia química alguna, solo con música de fondo. Desde niño practico este método y me resulta fácil encontrar el punto adecuado. De manera natural conecto con el inconsciente y empiezo a vislumbrar paisajes inverosímiles o aparecen sombras que vienen a mi encuentro; son viajantes de dimensiones desconocidas y acuden para contarme historias.

Otras veces, surgen de manera espontánea personas que formaron parte de mi vida en otros tiempos o que murieron hace años. Son conversaciones silenciosas, pero muy animadas. No son sueños; después del trance lo recuerdo todo perfectamente.

A mí me funciona escuchando mis discos favoritos; entendería que otras personas pudieran hacerlo con otro tipo de música, pero dudo que escuchando reggaeton o heavy metal se pueda alguien relajar y conectar con el subconsciente, pero cada cual es cada cual y “habemos gente pa’ to”, como dicen por aquí.

En estos momentos de ascenso a otras dimensiones encuentro a menudo a mi abuelo; otras veces a mi madre, advirtiéndome:

—Hijo, no se te ocurra comer gachasmigas ni tortas fritas, que son muy pesadas y tú ya no tienes edad para excesos.

A mi padre nunca lo encuentro en estos desdoblamientos. Era un hombre muy parco en palabras, con él me entendía con la mirada, no necesitábamos hablar.

Marie aparece sonriente. Cuando la conocí, ambos teníamos dieciséis años e intenté llevar a cabo las teorías de mi abuelo sobre la tierra, o las de su amigo sobre la electricidad, pero me di cuenta de que no me servían de nada los consejos de los mayores, ni siquiera como guía.

Descubrí pronto que el viaje hacia el amor debe hacerse limpio de prejuicios y dejándose llevar.

Un  anarquista español, amigo de mi abuelo (nunca supe cómo se conocieron), hablaba de la manera de conquistar a una mujer. Era electricista y decía que el amor es como la electricidad: “Hay que ser cuidadoso, ir con cautela, teniendo en cuenta lo positivo y lo negativo, improvisar poco y evitar chispazos fuertes”.

Mi abuelo, por su parte, decía que el amor es como la tierra: “Hay que mimarla y entender sus ciclos; la tierra siempre devuelve con creces lo que se ha sembrado, como el amor”. Podían pasar horas haciendo extrañas metáforas sobre el amor y sobre las mujeres. Me aburría y acababa pensando en mis cosas, haciendo como que escuchaba.

Hace unos días, en uno de esos trances me encontré conversando con mi abuelo en el olivar de detrás de la casa. Ahora parecemos hermanos, tenemos casi la misma edad.

—Veo que has vuelto al pueblo, hijo mío, y veo que estás a gusto.

—Sobre todo cuando estoy solo—, le dije con sorna—. Usted me decía que no volviera nunca…

—El destino es extraño a veces; imagino que por ahí habrá cambiado mucho la cosa.

—No se crea abuelo, estoy viendo cómo la gente de esta ciudad confunde superstición con espiritualidad. He visto que mucha gente sigue manteniendo ese tono dramático y chovinista del que me hablaba usted y del que tanta burla hacíamos, tanto de ellos como de los franceses.

—La gente se enamora con facilidad de su ombligo, asevera mi abuelo con ironía.

—Abuelo, ¿sigue pensando que los hombres uno a uno quizá se salven, pero en masa son un amasijo de impertinencias?

—Ahora he cambiado, veo el mundo desde otro punto de vista, pero sigo manteniendo mi desconfianza en los seres humanos

—¿Recuerda aquella frase que nos hacía tanta gracia?: “Cada uno va a lo suyo menos yo, que voy a lo mío”. Y nos volvimos a reír juntos.

 —Hijo prepárate para lo peor, porque con esto de la pandemia que estáis sufriendo vas a ver cómo los imbéciles y los ababoles abundan, y se les ve más de lo que debiera.

—Es verdad, pero estamos viendo también lo mejor del ser humano y por aquí parece ser que hay mucho de esto. Me sorprende y me alegra.

Este encierro a causa del coronavirus sirve para que no pase nadie por el camino cerca de mi casa. Desde la cristalera de la cocina abierta de par en par veo una luz brillante de mediodía a pesar de las nubes. Todo parece estar en suspensión, no se mueve ni la mata de hierba más fina que acompaña a los caminos. Es un día de esos en los que no sabes si está a punto de nacer el otoño o la primavera.

Chispea.

Saturno duerme con las patas delanteras encogidas, las sombras de los olivos son difusas, se oye un trinar continuo y alegre, parece el día de después de una catástrofe. Una brisa que huele a tomillo baja de los cerros acariciando la mañana.


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Teo Carpena
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