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❄️ miércoles 01 febrero 2023

Reunión de amigas

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Mis amigas y yo solemos darnos el gusto de juntarnos, al menos, un par de veces al año que, si nada lo impide, suele coincidir con las Navidades y con las vacaciones de verano. Este año, haciendo alarde de esta buena costumbre, allá por el mes de julio nos citamos en uno de los muchos y buenos bares con los que contamos en este pueblo, por supuesto con terraza para poder aprovechar el “fresco” de la noche (lo de fresco es por decir algo, dado el caluroso verano que hemos tenido que soportar).

Soy de la opinión de que, si algo bueno nos ha dejado el Covid, ha sido arraigar la costumbre de las terrazas por toda la ciudad, creo que da vida a las calles, estimula a salir más y a encontrarnos los unos con los otros, algo muy saludable tras el largo, triste y traumático aislamiento que esta pandemia nos ha dejado en el recuerdo. Es cierto que ocupar con mesas y sillas el espacio que antes se utilizaba como aparcamiento puede suponer, para algunos, un inconveniente o, incluso, un drama al contar con menos lugares donde dejar el coche, ese utensilio tan amado por muchos yeclanos, siempre dispuesto a lucir cochazo pero, que quieren que yo les diga, pues que prefiero ver a gente sentada disfrutando, comiendo, bebiendo y charlando en la calle, que coches aparcados.

Algunas de nosotras nos conocemos desde la escuela. Otras, por circunstancias de la vida, hemos sellado nuestra unión ya de adultas. No sabría decir muy bien qué es lo que nos une, porque, si me paro a pensar y vuelvo a pensar, llego a la conclusión de que somos bastante diferentes unas de otras, pero si tuviera que buscar algo que tengamos en común diría que todas somos mujeres trabajadoras y a ninguna nos ha caído nada del cielo.

Todo lo que tenemos nos lo hemos ganado con el sudor de nuestra frente, claro que con ciertos matices: Marga, por ejemplo, es frutera, tiene una pequeña tienda muy bien abastecida de manzanas, plátanos, melones y sandías, y con éxito, pero parece que ser empresaria se le sube, de vez en cuando, un poco a la cabeza. Reme, por contra, tiene conciencia de clase, y hace alarde de ello: “yo soy una curranta, una obrera, y ya no me da esta vida para pensar en ser otra cosa”, suele decir. Cose tapices para sofás cuarenta horas a la semana, y si observas sus manos no queda ninguna duda del duro trabajo que ha llevado a cabo toda su vida. Yo la conocí hace más de 30 años cuando fui compañera suya en la fábrica de tapizados en la que ella continúa.

Rosana es cocinera en un restaurante, pero su vida laboral, sin embargo, es larga y variada. Es ecuatoriana, pero lleva en España más de 20 años. Por necesidad, tiene cuatro hijos esparcidos por el mundo: Alemania, Italia, Cataluña y, por supuesto, en Ecuador uno de ellos. Este dato le da un toque cosmopolita del que el resto carecemos. Se hizo nuestra amiga por ser clientas de uno de locales en los que llegó a trabajar sirviendo mesas hace ya algunos años. De ella nos cautivó su amabilidad, lo divertida que era con nosotras, y porque siempre al final nos obsequiaba con los mejores chupitos, cómo no la íbamos a acoger en nuestro grupo.

Amelia es enfermera en el hospital, pero no fija, así que unas veces trabaja y otras no. Durante la pandemia ha currado como una negra, la pobre. Es una mujer muy atractiva y exuberante, incluso ahora, a nuestra edad, sigue cosechando éxito cuando salimos y más de una vez ha habido que quitarle de encima a los moscones.

Por último, llegamos a Marisa, la artista del grupo porque, además de limpiar hospitales y oficinas, pinta paisajes de todo tipo: montañas, barcos descansando sobre aguas calmadas de un puerto al atardecer, pájaros volando entre las nubes, las sugerentes cavidades del monte Arabí le han quedado francamente bien. Todavía no es muy buena, dice ella misma (no yo), pero continúa haciéndolo porque es relajante, ahuyenta sus fantasmas y la hace feliz, dice. Yo, aunque no entiendo mucho de pintura, opino que no lo hace tan mal y que ha ido mejorando con el tiempo. Cuando miro sus creaciones no me chirrían a la vista como sí me ocurre con otras pinturas cuando no tienen la perspectiva adecuada, o la combinación de colores de luces y sombras no dañan la vista. Por el contrario, sus dibujos están bien estructurados, son creíbles, tienen profundidad y combina los colores con acierto.

Otra de las facetas que nos une, es que todas asistimos al club de lectura de Teresa, por eso, en ocasiones, nuestras conversaciones van más allá de la receta del solomillo Wellington, la crema nutritiva antiedad que usamos para dormir, que casi siempre suele ser alguna de marca blanca del supermercado; de lo buenos y lo bien que les va a nuestros hijos; de lo guapos y listos que son nuestros nietos (la que los tenga); sino que, en ocasiones, se tornan más profundas e íntimas cuando nos adentramos en los libros que hemos leído, o en las películas y series que hemos visto.

Pero lo mejor que podemos ofrecemos las unas a las otras es nuestra amistad, el apoyo mutuo con que contamos y, sobre todo, el poder divertirnos y reírnos juntas. Si alguna de nosotras está en apuros, ahí estamos el resto para ayudar en lo que podamos, para escucharnos y dar buenos consejos si fuera necesario.

No voy a negar que, de cuando en cuando, podemos tener alguna pequeña discusión, sobre todo si tocamos el mundo de la política, ahí siempre surge alguna discrepancia, lógico, pues no todas partimos de los mismos principios ideológicos y, aunque intentamos esquivar esos terrenos pantanosos, a veces es inevitable. De hecho, Reme y Marga estuvieron un tiempo sin hablarse por esta cuestión. “Tú lo que eres es una señoritinga, te has creído que eres la prima de las Koplowitz”, le soltó Reme a Marga, después de que esta anduviera quejándose de los gastos que generaba tener una empleada en la tienda, cuando acababa de comprarse un Audi. Pero, sea como sea, hasta estas discusiones nos dan la vida, nos despiertan los sentidos, nos estimulan a sacar el genio y el sentido crítico, y así deseo que sea por muchos años más.

En esta última cita hemos acordado que el próximo verano celebraremos nuestra reunión en un crucero por las islas griegas y, si no nos da el bolsillo, que será lo más probable, nos quedaremos por las Baleares, que también son una maravilla.


Relatos de Concha Ortega

Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación. Contacta conmigo en ortegaconcha60@gmail.com
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Mis amigas y yo solemos darnos el gusto de juntarnos, al menos, un par de veces al año que, si nada lo impide, suele coincidir con las Navidades y con las vacaciones de verano. Este año, haciendo alarde de esta buena costumbre, allá por el mes de julio nos citamos en uno de los muchos y buenos bares con los que contamos en este pueblo, por supuesto con terraza para poder aprovechar el “fresco” de la noche (lo de fresco es por decir algo, dado el caluroso verano que hemos tenido que soportar).

Soy de la opinión de que, si algo bueno nos ha dejado el Covid, ha sido arraigar la costumbre de las terrazas por toda la ciudad, creo que da vida a las calles, estimula a salir más y a encontrarnos los unos con los otros, algo muy saludable tras el largo, triste y traumático aislamiento que esta pandemia nos ha dejado en el recuerdo. Es cierto que ocupar con mesas y sillas el espacio que antes se utilizaba como aparcamiento puede suponer, para algunos, un inconveniente o, incluso, un drama al contar con menos lugares donde dejar el coche, ese utensilio tan amado por muchos yeclanos, siempre dispuesto a lucir cochazo pero, que quieren que yo les diga, pues que prefiero ver a gente sentada disfrutando, comiendo, bebiendo y charlando en la calle, que coches aparcados.

Algunas de nosotras nos conocemos desde la escuela. Otras, por circunstancias de la vida, hemos sellado nuestra unión ya de adultas. No sabría decir muy bien qué es lo que nos une, porque, si me paro a pensar y vuelvo a pensar, llego a la conclusión de que somos bastante diferentes unas de otras, pero si tuviera que buscar algo que tengamos en común diría que todas somos mujeres trabajadoras y a ninguna nos ha caído nada del cielo.

Todo lo que tenemos nos lo hemos ganado con el sudor de nuestra frente, claro que con ciertos matices: Marga, por ejemplo, es frutera, tiene una pequeña tienda muy bien abastecida de manzanas, plátanos, melones y sandías, y con éxito, pero parece que ser empresaria se le sube, de vez en cuando, un poco a la cabeza. Reme, por contra, tiene conciencia de clase, y hace alarde de ello: “yo soy una curranta, una obrera, y ya no me da esta vida para pensar en ser otra cosa”, suele decir. Cose tapices para sofás cuarenta horas a la semana, y si observas sus manos no queda ninguna duda del duro trabajo que ha llevado a cabo toda su vida. Yo la conocí hace más de 30 años cuando fui compañera suya en la fábrica de tapizados en la que ella continúa.

Rosana es cocinera en un restaurante, pero su vida laboral, sin embargo, es larga y variada. Es ecuatoriana, pero lleva en España más de 20 años. Por necesidad, tiene cuatro hijos esparcidos por el mundo: Alemania, Italia, Cataluña y, por supuesto, en Ecuador uno de ellos. Este dato le da un toque cosmopolita del que el resto carecemos. Se hizo nuestra amiga por ser clientas de uno de locales en los que llegó a trabajar sirviendo mesas hace ya algunos años. De ella nos cautivó su amabilidad, lo divertida que era con nosotras, y porque siempre al final nos obsequiaba con los mejores chupitos, cómo no la íbamos a acoger en nuestro grupo.

Amelia es enfermera en el hospital, pero no fija, así que unas veces trabaja y otras no. Durante la pandemia ha currado como una negra, la pobre. Es una mujer muy atractiva y exuberante, incluso ahora, a nuestra edad, sigue cosechando éxito cuando salimos y más de una vez ha habido que quitarle de encima a los moscones.

Por último, llegamos a Marisa, la artista del grupo porque, además de limpiar hospitales y oficinas, pinta paisajes de todo tipo: montañas, barcos descansando sobre aguas calmadas de un puerto al atardecer, pájaros volando entre las nubes, las sugerentes cavidades del monte Arabí le han quedado francamente bien. Todavía no es muy buena, dice ella misma (no yo), pero continúa haciéndolo porque es relajante, ahuyenta sus fantasmas y la hace feliz, dice. Yo, aunque no entiendo mucho de pintura, opino que no lo hace tan mal y que ha ido mejorando con el tiempo. Cuando miro sus creaciones no me chirrían a la vista como sí me ocurre con otras pinturas cuando no tienen la perspectiva adecuada, o la combinación de colores de luces y sombras no dañan la vista. Por el contrario, sus dibujos están bien estructurados, son creíbles, tienen profundidad y combina los colores con acierto.

Otra de las facetas que nos une, es que todas asistimos al club de lectura de Teresa, por eso, en ocasiones, nuestras conversaciones van más allá de la receta del solomillo Wellington, la crema nutritiva antiedad que usamos para dormir, que casi siempre suele ser alguna de marca blanca del supermercado; de lo buenos y lo bien que les va a nuestros hijos; de lo guapos y listos que son nuestros nietos (la que los tenga); sino que, en ocasiones, se tornan más profundas e íntimas cuando nos adentramos en los libros que hemos leído, o en las películas y series que hemos visto.

Pero lo mejor que podemos ofrecemos las unas a las otras es nuestra amistad, el apoyo mutuo con que contamos y, sobre todo, el poder divertirnos y reírnos juntas. Si alguna de nosotras está en apuros, ahí estamos el resto para ayudar en lo que podamos, para escucharnos y dar buenos consejos si fuera necesario.

No voy a negar que, de cuando en cuando, podemos tener alguna pequeña discusión, sobre todo si tocamos el mundo de la política, ahí siempre surge alguna discrepancia, lógico, pues no todas partimos de los mismos principios ideológicos y, aunque intentamos esquivar esos terrenos pantanosos, a veces es inevitable. De hecho, Reme y Marga estuvieron un tiempo sin hablarse por esta cuestión. “Tú lo que eres es una señoritinga, te has creído que eres la prima de las Koplowitz”, le soltó Reme a Marga, después de que esta anduviera quejándose de los gastos que generaba tener una empleada en la tienda, cuando acababa de comprarse un Audi. Pero, sea como sea, hasta estas discusiones nos dan la vida, nos despiertan los sentidos, nos estimulan a sacar el genio y el sentido crítico, y así deseo que sea por muchos años más.

En esta última cita hemos acordado que el próximo verano celebraremos nuestra reunión en un crucero por las islas griegas y, si no nos da el bolsillo, que será lo más probable, nos quedaremos por las Baleares, que también son una maravilla.


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Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación. Contacta conmigo en ortegaconcha60@gmail.com
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Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación. Contacta conmigo en ortegaconcha60@gmail.com
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