Francisco José Morales Yago
Hay viajes que se hacen con la maleta y otros que se hacen con la mirada. A principios de octubre viajé a Mozambique para participar en el XI Congreso Internacional FISAT (Fundación para la Sostenibilidad Ambiental y Territorial), organizado entre la Universidad Joaquim Chissano y la UniSave. Llevaba la agenda llena de ponencias, mesas redondas y reuniones, pero regresé con algo que no figuraba en ningún programa: la sensación de haber visto de cerca las contradicciones de un país que lo tiene casi todo para prosperar y que, sin embargo, sigue luchando cada día por garantizar una vida digna a la mayor parte de sus habitantes.
Desde el primer momento me impresionó la riqueza de aquel territorio. Mozambique tiene extensas tierras agrícolas, una larguísima fachada costera abierta al océano Índico, una biodiversidad extraordinaria y un patrimonio cultural que se respira en la calle. Pero también comprobé muy pronto que tener recursos no basta. Sin formación, inversión, infraestructuras y una planificación adecuada, la riqueza natural se queda en potencial y no llega a convertirse en bienestar para quienes viven allí.
Figura 1. Mapa geográfico de Mozambique

Fuente: Natural Earth
Un país de jóvenes
Si tuviera que quedarme con una sola imagen, sería la de las calles llenas de gente joven, niños, adolescentes, jóvenes por todas partes y muy pocas personas mayores. Conocía las cifras, pero verlo con mis propios ojos fue otra cosa. Esa juventud es la gran fortaleza de Mozambique: aporta energía, capacidad de trabajo, creatividad y ganas de transformar las cosas.
Al mismo tiempo, no pude dejar de pensar en la enorme responsabilidad que eso supone, para que ese potencial se convierta en progreso hace falta mejorar la educación, ampliar la formación profesional y facilitar el acceso al empleo. Invertir en las personas no es una opción más: es la condición imprescindible para reducir la precariedad y construir una sociedad más autónoma.
Figura 2. Pirámide de población en Mozambique (2026)

Fuente: datosmacro.expansion.com/demografia/estructura-poblacion/mozambique
Cuando, ya de vuelta en casa, repasé la evolución de su población, entendí mejor lo que había percibido allí: un país que no ha dejado de crecer desde su independencia de Portugal en 1975 y cuya base demográfica es cada vez más amplia.
Figura 3. Evolución de la población en Mozambique (1975-2025)

Fuente: Banco Mundial
Por eso salí convencido de que la sanidad y la educación tienen que ocupar el primer lugar en cualquier estrategia de desarrollo: servicios accesibles y de calidad son lo que de verdad cambia las condiciones de vida y abre oportunidades a las nuevas generaciones. Y tampoco quiero olvidar a esas pocas personas mayores que encontré: son las guardianas de la memoria colectiva y de las tradiciones, y su experiencia merece cuidado y reconocimiento.

La tierra y el mar como oportunidad
Mirando los campos mozambiqueños tuve la impresión de estar ante una oportunidad enorme y, en buena medida, todavía por aprovechar. La agricultura puede mejorar la economía y la vida de miles de familias, pero para ello hace falta formación: perfeccionar las técnicas de cultivo, diversificar la producción, usar mejor el agua y conservar la fertilidad de los suelos. Y no basta con eso, los agricultores necesitan asesoramiento técnico, mejores caminos y almacenes, y canales de venta que les permitan obtener un precio justo por su trabajo. Las cooperativas y otras fórmulas de desarrollo local podrían ser la palanca para acceder a los mercados y fortalecer la economía rural.
Frente a las playas del Índico es fácil entender por qué el turismo se presenta como otra gran oportunidad: paisajes, biodiversidad y patrimonio cultural pueden generar empleo y atraer inversión. Pero precisamente porque me pareció un entorno tan valioso, también me inquietó. Ese crecimiento tiene que planificarse con criterios de sostenibilidad, evitar la degradación ambiental y asegurar que los beneficios lleguen a las comunidades locales. No se trata de contar visitantes, sino de impulsar un turismo que proteja la naturaleza, respete las tradiciones, diversifique la economía y mejore de verdad la vida de la población.
Allí uno toma conciencia de algo que desde Europa solemos ver solo en los informativos: la exposición a los ciclones tropicales que provocan inundaciones, viviendas destruidas, cosechas arruinadas, infraestructuras dañadas… y, como casi siempre, quienes más sufren son las comunidades con menos recursos, las que tienen menos capacidad para prevenir y para levantarse después. Reforzar los sistemas de alerta temprana, construir mejor, proteger los ecosistemas costeros y preparar planes de emergencia no es una cuestión técnica, es una cuestión de supervivencia.
Lo que más me impactó
Pocas cosas me golpearon tanto como las montañas de basura acumuladas a cielo abierto en Maputo. Tomé esta fotografía con una mezcla de asombro y tristeza. Detrás de esa imagen hay un deterioro ambiental profundo, con consecuencias graves para la salud pública, la calidad del agua y del suelo y la conservación del paisaje. La solución pasa por sistemas organizados de recogida, transporte, tratamiento y aprovechamiento de residuos, acompañados de educación ambiental e infraestructuras adecuadas. Pensé también que el reciclaje y la reutilización podrían convertirse en fuente de empleo, siempre que se gestionen con eficacia y en condiciones laborales dignas.
Figura 4. Montañas de basura en Maputo, capital de Mozambique

Fuente: fotografía de Francisco Morales
En contraste, me llamó la atención la vitalidad del comercio informal, en las calles, en los mercados, en cualquier esquina, alguien vende algo. Para muchísimas familias es la principal fuente de ingresos, aunque rara vez les ofrece estabilidad o margen para crecer. Lo que vi me hizo pensar que la respuesta no es eliminar estas actividades, sino ayudar a modernizarlas: formación empresarial, acceso a financiación, mejores espacios de venta y cooperación entre pequeños comerciantes. Con ese apoyo, podrían ganar productividad, mejorar las condiciones de trabajo y dar el salto hacia actividades más organizadas y rentables.
Figura 5. Imágenes de comercio informal en Mozambique


Fuente: fotografías de Francisco Morales
Cooperar no es imponer
Todo lo que vi me llevó a una conclusión: el desarrollo económico solo tiene sentido si permite que las personas aprovechen mejor sus capacidades y sus recursos, reduciendo la precariedad y mejorando el bienestar colectivo. Por eso creo que la cooperación internacional necesita planes ordenados, objetivos concretos y mecanismos de evaluación. La ayuda no puede limitarse a responder a emergencias o a enviar recursos materiales de forma aislada; hacen falta proyectos continuados que fortalezcan las capacidades locales.
Las universidades, las administraciones, las organizaciones sociales y las empresas tenemos mucho que aportar en formación, investigación y transferencia de conocimiento. La cooperación educativa y técnica puede mejorar la actividad agraria, impulsar pequeñas empresas, formar profesionales y reforzar los servicios públicos. Pero aprendí algo que considero esencial: todo ello debe diseñarse junto a la población mozambiqueña, respetando sus necesidades y sus saberes. Cooperar no significa llegar con soluciones desde fuera, sino buscar respuestas juntos, adaptadas a cada territorio.
«Cooperar no significa llegar con soluciones desde fuera, sino buscar respuestas juntos.»

Lo que me traje de vuelta
Este viaje me ha enseñado que la sostenibilidad territorial no puede separarse de las condiciones de vida de las personas. La protección del medio ambiente, el uso responsable de los recursos, el empleo, la educación y la reducción de las desigualdades forman parte de un mismo desafío. Y también me ha enseñado a no mirar Mozambique solo desde sus dificultades: su población joven, su riqueza natural y cultural y sus posibilidades agrícolas y turísticas son una base sólida sobre la que construir un futuro más próspero, siempre que haya planificación, inversión, formación y oportunidades para que sean los propios mozambiqueños quienes lideren su transformación.
He vuelto a casa con la convicción de que la solidaridad internacional debe ir de la mano del conocimiento, el compromiso y la responsabilidad, la ayuda más valiosa es la que permite a las personas desarrollar sus capacidades, mejorar sus condiciones de vida y decidir sobre el futuro de sus comunidades. El desarrollo sostenible no consiste solo en que un país sea más rico, sino en que su riqueza se traduzca en bienestar compartido.
Mozambique ha sido para mí un recordatorio de que avanzar hacia una sociedad más justa exige cooperación, formación y voluntad de actuar de manera coordinada. Ha sido una experiencia académica, sí, pero sobre todo humana, que me reafirma en una idea que ya no se me va a olvidar: las personas y el territorio tienen que estar en el centro de nuestras decisiones.
















