Imagínense la escena. Tarde del 16 de marzo de 1936. Una turba incontrolada de hombres (y no pocas mujeres) entra en la Iglesia de San Francisco de forma violenta y agresiva y comienzan a destrozarlo y saquearlo todo. Se rompen los objetos religiosos y se empujan las figuras al suelo que, arrastradas con una cuerda, se van amontonando en la explanada junto a otros objetos religiosos donde enseguida serán pasto de las llamas. Uno de estos grupos repara en la capilla donde está una figura de Salzillo de extremada belleza, la Virgen de las Angustias con el cuerpo de Cristo en su regazo. Pesa mucho y es muy grande, no se la puede sacar a la explanada como se ha hecho con otras figuras, mejor quemarla en el sitio.
El olor a gasolina planea sobre la imagen. Pero en ese momento, llega un profesor desde el Instituto de al lado, el antiguo Colegio escolapio, donde da clases de Ciencias Naturales. Para nada está tranquilo. Está muy nervioso y, seguramente, tiene miedo. Pero se interpone entre la figura y la turba e intenta convencerlos de mil maneras de que no lo hagan, que no la quemen, por lo que más quieran. Según los testigos de los hechos, recibe empujones, insultos y ve peligrar hasta su integridad física. Aquella muchedumbre violenta, la verdad, de arte no es muy entendida que digamos, por lo que Castañeda intenta decirles que se puede vender y con el dinero financiar proyectos de la República. Parece que la multitud, mal que bien, entra en razón y desisten de su empeño.
Su nombre era Manuel Castañeda Agulló. Y al contrario de lo que se dijo de él durante mucho tiempo, no era un cualquiera. Manuel Castañeda, el profesor Castañeda como era conocido en la Yecla de la época, es una de esas figuras que permanecen en el olvido y que jamás nadie se dignó a restablecer su memoria ni reconocer el coraje que demostró en aquella fatídica tarde. Pero, eso sí, si hoy vemos a la Virgen de las Angustias de Salzillo desfilar en Semana Santa por las calles de Yecla, es gracias a la valentía de este hombre.
Manuel Castañeda nace el 16 de diciembre de 1906 en Madrid. Estudia en la Universal Central y se especializa en Fisiología vegetal. Tras terminar sus estudios, trabaja en el laboratorio de Fisiología de la Residencia de Estudiantes de Madrid con Juan Negrín, posteriormente presidente del gobierno de la República. A finales de los años 20 recibe una beca para ampliar estudios en las universidades de Viena y Berlín, donde fue testigo del ascenso del nazismo. Llegó a Yecla en 1932 para dar clases en su Instituto de Segunda Enseñanza en el edificio que se le había incautado a los escolapios y en esa etapa conoce la figura de la Virgen de las Angustias a cuya capilla acude no pocas veces para admirarla. Políticamente no se puede decir que fuera un exaltado. Al contrario, era miembro de Izquierda Republicana, el partido de Manuel Azaña y que hoy sería catalogado como centroizquierda.
Durante la guerra civil participa como comandante de artillería del X y XIII Cuerpo del Ejército Popular de la República. Además ejerce también de profesor en la Escuela de Artillería. Tras el fin del conflicto bélico cruzó la frontera con Francia, siendo internado en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer. Finalmente se exilió a México, llegando a Veracruz el 7 de julio de 1939 a bordo del crucero Ipanema. En dicho país dirigió el laboratorio de Fisiología y Bioquímica Vegetal del Instituto Politécnico Nacional. Además también fue profesor en la Universidad de California en Davis y autor de numerosísimas publicaciones. Murió en México en 2001.
Sobre cómo se las apañó para salvar la figura he podido recoger dos versiones. La primera dice que “… les dijo que no la quemaran porque valía mucho dinero y los americanos les darían muchos dólares por ella.” La otra versión, más novelesca y romántica, decía: “La muchedumbre estaba ya a punto de rociarla con gasolina, pero Castañeda entonces sacó un arma y se enfrentó a la multitud. Les dijo: si tocáis la figura, vacío el cargador.” Suena muy heroico pero poco verídico, la verdad.
La propaganda del franquismo, obviamente, no podía reconocer que entre los malos, había uno bueno y por eso pasaban de puntillas sobre su hazaña o se le acusaba de haber actuado movido por la avaricia y el vil metal. Así, en su edición del 18 de julio el diario Línea de Murcia señalaba: “Las circunstancias que dieron lugar a su salvación ya las conoceremos algún día. La principal fue, sin duda, el afán de lucro, porque hubo un profesor del Instituto Nacional de Segunda Enseñanza, don Manuel Castañeda, que conociendo el inmenso valor de la imagen, se opuso ante las hordas a que fuese quemada, con el fin de poderla vender algún día y obtener así muy buenos millones de pesetas.” Esta última e injusta versión sería la más oída durante los años de la dictadura y, me consta, todavía hay gente que sigue pensando que fue así, que se quería vender la imagen en el extranjero para financiar la compra de armamento como se habló en algún programa de Semana Santa que otro.
Curiosamente, olvidan que en marzo del 36, todavía no había comenzado la guerra, (ni estaba ni se le esperaba), de modo que pocos planes se podían hacer en ese sentido. Y, la prueba del algodón: durante los tres años que dura la guerra, la figura permanece en su capilla y no hay ni la más mínima prueba ni documentación de que el ayuntamiento yeclano hiciera algo por venderla. Es más, en 1937 el gobernador civil de Murcia quiere crear un gran museo en la capital donde reunir todas las obras de Salzillo. Llegado el oficio al Consejo Municipal de Yecla, no sólo se oponen sino que afirman que tomarán todas las medidas necesarias para que la figura no salga de la ciudad ya que “es una obra de arte que pertenece al pueblo de Yecla” como consta en las Actas Capitulares del Ayuntamiento. Sí, suena irónico. De repente les había entrado el amor por el arte.
El caso es que el gobernador civil debió desistir de la idea pues ya no volvió a plantearla.La Historia, a menudo, es injusta y cruel con sus héroes. Pero lo peor no es sólo el olvido, sino la tergiversación y el desprecio a sus memorias y de eso, en Yecla, hay auténticos especialistas. Pero esa es la prueba de que fue un auténtico héroe, la condena al silencio que sufrió. Me gustaría terminar pidiendo que se le hiciese algún homenaje o reconocimiento en prueba de agradecimiento a las agallas que el profesor Castañeda demostró aquella terrible tarde pero supongo que sería como si lo dijera en chino. 真正的英雄不会死去,也无需致敬。¿No?
Salvador Santa
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