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sábado, febrero 28, 2026 🌿
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16 de marzo del 36 (I): la quema de los templos

Si hay un tema capaz de levantar todavía pasiones y polémicas, agravios, verdades, mentiras y bulos a mansalva ese es precisamente el de la quema de los templos de Yecla el 16 de marzo de 1936. Tan es así, que vamos a necesitar al menos dos artículos para intentar arrojar un poco de luz en todo esto. Antes de nada, dos aclaraciones que me parecen convenientes: primera, no fue la primera vez que en Yecla se asaltan y queman templos, valga la redundancia; segunda, no fue algo aislado ni espontáneo, fue un largo proceso que comenzó a gestarse siglos antes pero que desembocó en aquel fatídico día.

¿Cómo comenzó todo? ¿Quiénes fueron los organizadores reales? ¿Qué se pretendía con ello? ¿Cómo fue posible que mucha gente aparentemente pacífica tomara parte en aquello? ¿Cómo lo vivió la mayoría de la población? ¿Por qué después se dejó que parte de ese patrimonio terminara de languidecer?

 Cuando entrevistaba a testigos directos de los hechos, una de las preguntas que les hacía a no pocos de ellos, militantes por entonces, era: ¿Y usted? ¿tomó parte en las quemas? ¿Llegó usted a participar en aquello? Y tengo que reconocer que nunca encontré a nadie que lo reconociera abiertamente, nadie que me dijera “sí, yo tomé parte; yo participé; yo fui uno de aquellos que…” Esto siempre me llamó la atención.

Podemos clasificar a los yeclanos implicados en cuatro categorías: por un lado estaban los ejecutores, los que realmente perpetraron físicamente los asaltos y quemas: los autores materiales, vamos. Su número realmente no fue muy grande. Entre 60-80 personas calculo y tirando por arriba. Todo lo contrario que los animadores, o sea, la multitud que les aplaudía y alentaba de forma casi emocionada; luego encontramos a los espectadores, los que fueron a mirar o simplemente curiosear o, al menos, eso decían. Y, en la punta de la pirámide, estaban los más peligrosos, los inductores, los directos y los indirectos.  Pero vayamos por partes.

El 16 de marzo de 1936 fue lunes. Amaneció con un cielo raso, de un azul brillante pero sin embargo fue un día muy frío. Aparentemente nada indicaba que aquel fuera a ser un día diferente al de los demás. Apenas un mes antes se había producido la victoria electoral, también a nivel local, del Frente Popular. En Yecla se nombró un nuevo alcalde y sabemos que las familias derechistas con más recursos económicos decidieron ausentarse de la localidad por miedo a represalias porque un amplio sector de las izquierdas se sentía victorioso y con mucho ánimo de revancha y ajuste de cuentas principalmente porque durante el reciente Bienio Negro (los dos años en los que gobernaron las derechas), el jarabe de palo a nivel local se lo habían llevado (y a base de bien, por cierto) las izquierdas. 

¿Y el clero? ¿Cuál es su situación en marzo de 1936? Prácticamente todos han salido de la ciudad pues temen un estallido popular inminente. De hecho, apenas unas semanas antes y de forma muy secreta, se ha organizado que la corona y las alhajas de la Virgen del Castillo sean llevadas a Murcia. Son muy pocos los sacerdotes que quedan en la localidad por lo que resulta evidente que, para aquellas fechas, que iba a suceder algo trágico de un momento a otro era más que esperable.  Incluso sabemos que el sacerdote Juan Palao, que estaba a cargo del Santuario del Castillo, recibió un aviso del entonces párroco de la Purísima, José Esteban Díaz, recomendándole unos días antes que saliera urgentemente de la ciudad, lo que evidencia que, efectivamente, sabían (o imaginaban) que algo muy gordo se estaba preparando. El único sacerdote que permanecerá en Yecla será Fernando Maya León quien, poco después, fue el único que llegó a oficiar misa en una capilla semidestruida en la Iglesia del Niño tras aquel triste día. Por cierto, apenas dos meses después de aquel 16 de marzo, el 30 de mayo, el alcalde solicitará al gobernador civil permiso para reabrir los templos pues son numerosos los vecinos que le presentan una queja por no poder asistir a misa, lo que indica que las aguas se habían calmado bastante por entonces.

 Pero volvamos a aquel 16 de marzo. Los primeros asaltos a los templos comienzan entre las 5 y las 6 de la tarde. Los protagonizan grupos pequeños pero que actúan de forma organizada y coordinada. Llevan la mayor parte del rostro cubierto con grandes pañuelos y la mayoría lleva gorras. También llevan pequeños bidones de gasolina y cuando los ven aparecer por las calles, los vecinos se asustan y se ocultan en sus casas. Llevan paso rápido y no hablan entre ellos, como si actuaran de forma muy decidida y con prisa. El primer grupo, (las fuentes varían, desde un grupo de 5-7 personas, a otro de 10-15) se dirige a la Iglesia Vieja desde la actual calle de Martínez Corbalán. A esa hora más o menos, ya hay otro grupo que ha llegado o está a punto de hacerlo al Santuario del Castillo. 

Respecto a la Iglesia Vieja, dos de ellos penetran en el templo por uno de los ventanales que al parecer no fue difícil de forzar. Recordemos que la Iglesia en ese momento estaba vacía (otros dicen que había un conserje a quien se obligó a abandonar el recinto previamente) y, ya dentro, fuerzan una de las puertas desde el interior para que el resto del grupo penetre y comience a apilar figuras y todo lo que pueda arder. Rápidamente comienzan a rociarlo todo y prenden fuego. También lanzarán teas encendidas a todo lo que pueda arder, principalmente el retablo. En cualquier caso, los autores son rápidos, actúan de manera metódica y para nada parece que sea algo espontáneo o improvisado. Muy pronto una enorme columna de humo negro empieza a ser visible desde cualquier ángulo de la ciudad. Los vecinos comienzan a asomarse y a salir a la calle. En cuestión de minutos se va congregando una multitud en la que muchos observan primeramente de forma estupefacta para dar paso después al horror o a la sonrisilla mal disimulada. 

Por su parte, el otro grupo que ha subido hasta el Santuario del Castillo casi al mismo tiempo procede de la misma forma. Fuerzan la entrada y en el exterior del Santuario, en la explanada, apilan e incendian las principales figuras: la patrona de la ciudad, la Virgen del Castillo y el Cristo del Sepulcro que es arrojado al fuego con vitrina incluida. Las leyendas de posguerra dirán que varias mujeres hicieron mofa con las vestimentas de la Virgen (pude hablar con al menos dos mujeres diferentes a las que la vox populi acusaba directamente) y también que otro de los autores se puso la corona de espinas del Cristo con el mismo fin (por supuesto, fallecería después en medio de terribles convulsiones; castigo divino, obviamente). Ninguna de las dos es verdadera. Se trata de leyendas y bulos destinados a deshumanizar a los partidarios del bando republicano tras la guerra, porque lo cierto y seguro es que el grupo que asalta el Santuario del Castillo actúa con extraordinaria rapidez y tiene su lógica ya que la columna de humo que sale desde el santuario se hizo muy visible desde el primer momento y el grupo de asaltantes temía la reacción de las fuerzas del orden. Recordemos que en ese momento en Yecla había 18 guardias civiles, 14 guardias de asalto y 4 carabineros. Es por ello que el grupo de asaltantes actúa con mucha prisa para abandonar pronto el lugar. Hay otro dato corroborado y es que el primer lugar al que llega el Camión del Agua del Ayuntamiento, como se le conocía entonces, fue precisamente al Santuario del Castillo que, gracias a la labor de los trabajadores municipales junto a algunos voluntarios, no ardió en su totalidad. 

Pero bajemos al pueblo porque poco a poco una multitud envalentonada y enfurecida se va concentrando alrededor de los templos que son asaltados casi de forma simultánea cuando otros grupos comienzan a forzar el interior principalmente de la Purísima, el Niño, el Hospitalico, las ermitas de San Roque, San Cayetano, San Francisco, Santa Bárbara etc. Pero no queman el interior como han hecho con la Iglesia Vieja o al menos no en su conjunto. Hay casas pegadas que podrían resultar quemadas también y el fuego podría extenderse a numerosas viviendas, a calles enteras tal vez. Por eso, se amontonan figuras dentro y fuera de los templos y allí lo queman todo. Sacan las figuras principalmente a rastras y con cuerdas. Mucha gente ya asiste a este trágico espectáculo e incluso los asaltadores dejan su rostro al descubierto (y sí, muchos son jóvenes yeclanos bien conocidos pero, atención a este dato, a otros no los conoce nadie y ni se sabe de dónde han salido.)

Especialmente impactante y atroz debió ser el asalto a la Purísima, cuyo órgano, uno de los más importantes de la provincia, debido al fulgor de los fuegos emite unos sonidos cuasi fantasmales y atronadores al ser pasto de las llamas mientras las figuras y las pertenencias de la casa parroquial son saqueadas y quemadas también en el atrio de la basílica. Especialmente graves fueron los destrozos pues después de la guerra, el templo reporta daños económicos superiores incluso a los de la Iglesia Vieja.

Y no sólo los templos son furia de la ira popular. También se asaltan las sedes de los partidos de derechas, especialmente las sedes de Falange y la del Partido Republicano Radical, ambas en la calle España; el domicilio del farmacéutico Ricardo Tomás, cuya vivienda es prácticamente destrozada y  saqueada; el domicilio en la calle Juana Valera de Ramona Albiñana, dirigente de Acción Popular (el principal partido de la CEDA) y la sede del Sindicato Católico Agrario. 

También se asalta el Registro de la Propiedad, sin ninguna relación con la Iglesia y se asalta además con especial alegría y deseo.  Tras el asalto, se procede a la quema en la calle de toda la documentación, papeles, archivos y libros que previamente han salido por la ventana y caen en manos de los asaltantes, especialmente la relativa a préstamos y otros documentos de compraventa o cesiones. Curiosamente, este último asalto es uno de los más multitudinarios y, sin duda, es el más aplaudido y vitoreado de la jornada. Cada vez que se echaba al fuego alguna montaña de papeles, los aplausos y gritos de alegría inundaban la escena de forma ensordecedora. No hace falta mucho ingenio para deducir que muchos préstamos de la época, sobre todo los de prestamistas privados, tenían  unas condiciones e intereses tan sumamente criminales e imposibles que conducían a muchos jornaleros o pequeños propietarios a terminar colgados de una soga por no poder pagar la letra del carro lo que significaba el embargo total de sus magras posesiones.

La tarde avanza, los fuegos se van desatando y las multitudes son las dueñas de la calle. Las fuerzas del orden  permanecen a la espera de las órdenes del gobernador civil de Murcia, el único que puede ordenar su despliegue, cosa que hace alrededor de las 7 de la tarde. Para entonces, en el lapso de esas dos horas, ya se han producido casi todos los asaltos. Pronto cae la noche y la orgía de saqueo de la tarde dará paso a que las fuerzas del orden, por fin, junto a los empleados municipales y numerosos ciudadanos voluntarios preocupados porque los fuegos se extiendan a sus viviendas terminen de extinguir los fuegos como buenamente pueden. Solamente la Iglesia Vieja continuará humeando varios días más produciéndose varios derrumbes en su interior lo que impide que se entre dentro.

¿Y el alcalde? ¿dónde ha estado la máxima autoridad? Juan Pacheco tuvo que trasladarse poco después del mediodía a Jumilla adonde el gobernador dio la orden de que los alcaldes de la provincia se trasladasen para asistir al entierro de un militante socialista asesinado a manos de unos falangistas días antes. Precisamente, al poco de llegar, el gobernador le informa de las noticias procedentes de Yecla y le ordena que regrese urgentemente, lo que hace alrededor de las 6 de la tarde, llegando aproximadamente poco menos que una hora después que era lo que se tardaba en hacer el trayecto Jumilla-Yecla en un auto de la época. El primer lugar al que llega el alcalde es al Ayuntamiento donde les esperan varios concejales así como varios guardias de asalto y desde donde se ven numerosas columnas de humo desde diversos puntos de la ciudad. Juntos se dirigen primero a la Iglesia Vieja donde ven como el templo sigue ardiendo; los servicios de extinción de incendios apenas pueden hacer nada con los medios de la época.

Acto seguido, tras una llamada telefónica al Ayuntamiento, se dirigen al Asilo de Ancianos donde la multitud ha irrumpido en el  edificio y han profanado algunas tumbas, entre ellas la del Cura-obispo Ibáñez Galiano que, junto con los restos de otras religiosas, terminarán arrojados al pozo negro o pasto de las llamas. El propósito de la multitud donde, ahora sí, hay numerosas mujeres, es que las Hermanas abandonen el edificio. Según algunos testigos, el alcalde lo impidió hábilmente al proponer a algunas de estas mujeres que se hicieran ellas mismas cargo del cuidado de los ancianos. Obviamente, desistieron. Algo parecido sucederá frente al Colegio de la Hermanas de San Vicente, salvado in extremis por la intervención del alcalde que ha tenido que subirse al techo de un coche para dirigirse a la multitud. Por cierto, la actuación protectora del alcalde y los concejales con estas religiosas no es un bulo, es la declaración en el juicio a Juan Pacheco de las madres superioras de ambas congregaciones.

Tras ello, se dirigen a la sede del Sindicato Católico que también ha sido saqueado y cuya caja de caudales ha sido arrastrada hasta la calle pero no ha podido ser abierta. El alcalde ordena que quede en depósito en el Ayuntamiento por la guardia de asalto y sea entregada al sacerdote José Esteban Díaz en los días siguientes, lo que así sucedió. Junto al alcalde, como hemos dicho, se personan también otros concejales que se enfrentan directamente a las multitudes, especialmente varios concejales de Izquierda Republicana que, dicho sea de paso, son los que se llevan la peor parte al recibir numerosos golpes, insultos e intentos de agresión. Otro dato que también está corroborado es que al final de la jornada, el acalde tuvo que recibir la inyección de un tranquilizante debido al estado de agitación nerviosa que presentaba. 

Que las autoridades municipales republicanas trataran de evitar los asaltos fue intencionadamente ocultado y tergiversado durante el franquismo pero, sorpresa, la Nunciatura Apostólica en Madrid realizó un informe de lo sucedido en Yecla este día, informe que fue enviado a Roma donde se conserva actualmente en los archivos vaticanos y en él se reconoce que, efectivamente, el alcalde y algunos concejales frentepopulistas se enfrentaron a la multitud aunque también atribuye la organización de las quemas y asaltos a otros dirigentes socialistas locales.

Y además en este día ocurre también un asesinato, el del joven fotógrafo y músico Miguel Carpena Andrés, afiliado al derechista Partido Agrario, que cae mortalmente herido en la calle don Lucio por disparos de escopeta cuando es reconocido por un grupo que le dispara a bocajarro.

El final de la jornada es descorazonador: han ardido imágenes, retablos, órganos, el archivo parroquial de la Iglesia Vieja completo desde 1552, lienzos, obras de arte, etc. El daño a los edificios es tremendo. La ermita de San Cayetano, deberá ser derruida en las semanas posteriores. Solamente se han podido salvar tres figuras de la imaginería religiosa: la del Cristico (ocultado por la familia Spuche Ibáñez), la Virgen de las Angustias (salvada gracias a la valiente actuación del profesor Castañeda) y El Cristo de la Agonía (oculta pero descubierta y destruida casi al final de la guerra). Es la pérdida de patrimonio más brutal que ha sucedido en la historia de Yecla, similar a la que realizaron los austracistas durante la Guerra de Sucesión del siglo XVIII. En el próximo artículo hablaremos de los responsables directos e indirectos de los hechos, de la investigación judicial que se llevó a cabo, de la venganza que tomaron los falangistas y de las primeras investigaciones que realizaron las autoridades franquistas tras la guerra. Una pista de muestra, ¿es verdad que Radio Moscú felicitó al pueblo de Yecla?

Salvador Santa Puche

Si hay un tema capaz de levantar todavía pasiones y polémicas, agravios, verdades, mentiras y bulos a mansalva ese es precisamente el de la quema de los templos de Yecla el 16 de marzo de 1936. Tan es así, que vamos a necesitar al menos dos artículos para intentar arrojar un poco de luz en todo esto. Antes de nada, dos aclaraciones que me parecen convenientes: primera, no fue la primera vez que en Yecla se asaltan y queman templos, valga la redundancia; segunda, no fue algo aislado ni espontáneo, fue un largo proceso que comenzó a gestarse siglos antes pero que desembocó en aquel fatídico día.

¿Cómo comenzó todo? ¿Quiénes fueron los organizadores reales? ¿Qué se pretendía con ello? ¿Cómo fue posible que mucha gente aparentemente pacífica tomara parte en aquello? ¿Cómo lo vivió la mayoría de la población? ¿Por qué después se dejó que parte de ese patrimonio terminara de languidecer?

 Cuando entrevistaba a testigos directos de los hechos, una de las preguntas que les hacía a no pocos de ellos, militantes por entonces, era: ¿Y usted? ¿tomó parte en las quemas? ¿Llegó usted a participar en aquello? Y tengo que reconocer que nunca encontré a nadie que lo reconociera abiertamente, nadie que me dijera “sí, yo tomé parte; yo participé; yo fui uno de aquellos que…” Esto siempre me llamó la atención.

Podemos clasificar a los yeclanos implicados en cuatro categorías: por un lado estaban los ejecutores, los que realmente perpetraron físicamente los asaltos y quemas: los autores materiales, vamos. Su número realmente no fue muy grande. Entre 60-80 personas calculo y tirando por arriba. Todo lo contrario que los animadores, o sea, la multitud que les aplaudía y alentaba de forma casi emocionada; luego encontramos a los espectadores, los que fueron a mirar o simplemente curiosear o, al menos, eso decían. Y, en la punta de la pirámide, estaban los más peligrosos, los inductores, los directos y los indirectos.  Pero vayamos por partes.

El 16 de marzo de 1936 fue lunes. Amaneció con un cielo raso, de un azul brillante pero sin embargo fue un día muy frío. Aparentemente nada indicaba que aquel fuera a ser un día diferente al de los demás. Apenas un mes antes se había producido la victoria electoral, también a nivel local, del Frente Popular. En Yecla se nombró un nuevo alcalde y sabemos que las familias derechistas con más recursos económicos decidieron ausentarse de la localidad por miedo a represalias porque un amplio sector de las izquierdas se sentía victorioso y con mucho ánimo de revancha y ajuste de cuentas principalmente porque durante el reciente Bienio Negro (los dos años en los que gobernaron las derechas), el jarabe de palo a nivel local se lo habían llevado (y a base de bien, por cierto) las izquierdas. 

¿Y el clero? ¿Cuál es su situación en marzo de 1936? Prácticamente todos han salido de la ciudad pues temen un estallido popular inminente. De hecho, apenas unas semanas antes y de forma muy secreta, se ha organizado que la corona y las alhajas de la Virgen del Castillo sean llevadas a Murcia. Son muy pocos los sacerdotes que quedan en la localidad por lo que resulta evidente que, para aquellas fechas, que iba a suceder algo trágico de un momento a otro era más que esperable.  Incluso sabemos que el sacerdote Juan Palao, que estaba a cargo del Santuario del Castillo, recibió un aviso del entonces párroco de la Purísima, José Esteban Díaz, recomendándole unos días antes que saliera urgentemente de la ciudad, lo que evidencia que, efectivamente, sabían (o imaginaban) que algo muy gordo se estaba preparando. El único sacerdote que permanecerá en Yecla será Fernando Maya León quien, poco después, fue el único que llegó a oficiar misa en una capilla semidestruida en la Iglesia del Niño tras aquel triste día. Por cierto, apenas dos meses después de aquel 16 de marzo, el 30 de mayo, el alcalde solicitará al gobernador civil permiso para reabrir los templos pues son numerosos los vecinos que le presentan una queja por no poder asistir a misa, lo que indica que las aguas se habían calmado bastante por entonces.

 Pero volvamos a aquel 16 de marzo. Los primeros asaltos a los templos comienzan entre las 5 y las 6 de la tarde. Los protagonizan grupos pequeños pero que actúan de forma organizada y coordinada. Llevan la mayor parte del rostro cubierto con grandes pañuelos y la mayoría lleva gorras. También llevan pequeños bidones de gasolina y cuando los ven aparecer por las calles, los vecinos se asustan y se ocultan en sus casas. Llevan paso rápido y no hablan entre ellos, como si actuaran de forma muy decidida y con prisa. El primer grupo, (las fuentes varían, desde un grupo de 5-7 personas, a otro de 10-15) se dirige a la Iglesia Vieja desde la actual calle de Martínez Corbalán. A esa hora más o menos, ya hay otro grupo que ha llegado o está a punto de hacerlo al Santuario del Castillo. 

Respecto a la Iglesia Vieja, dos de ellos penetran en el templo por uno de los ventanales que al parecer no fue difícil de forzar. Recordemos que la Iglesia en ese momento estaba vacía (otros dicen que había un conserje a quien se obligó a abandonar el recinto previamente) y, ya dentro, fuerzan una de las puertas desde el interior para que el resto del grupo penetre y comience a apilar figuras y todo lo que pueda arder. Rápidamente comienzan a rociarlo todo y prenden fuego. También lanzarán teas encendidas a todo lo que pueda arder, principalmente el retablo. En cualquier caso, los autores son rápidos, actúan de manera metódica y para nada parece que sea algo espontáneo o improvisado. Muy pronto una enorme columna de humo negro empieza a ser visible desde cualquier ángulo de la ciudad. Los vecinos comienzan a asomarse y a salir a la calle. En cuestión de minutos se va congregando una multitud en la que muchos observan primeramente de forma estupefacta para dar paso después al horror o a la sonrisilla mal disimulada. 

Por su parte, el otro grupo que ha subido hasta el Santuario del Castillo casi al mismo tiempo procede de la misma forma. Fuerzan la entrada y en el exterior del Santuario, en la explanada, apilan e incendian las principales figuras: la patrona de la ciudad, la Virgen del Castillo y el Cristo del Sepulcro que es arrojado al fuego con vitrina incluida. Las leyendas de posguerra dirán que varias mujeres hicieron mofa con las vestimentas de la Virgen (pude hablar con al menos dos mujeres diferentes a las que la vox populi acusaba directamente) y también que otro de los autores se puso la corona de espinas del Cristo con el mismo fin (por supuesto, fallecería después en medio de terribles convulsiones; castigo divino, obviamente). Ninguna de las dos es verdadera. Se trata de leyendas y bulos destinados a deshumanizar a los partidarios del bando republicano tras la guerra, porque lo cierto y seguro es que el grupo que asalta el Santuario del Castillo actúa con extraordinaria rapidez y tiene su lógica ya que la columna de humo que sale desde el santuario se hizo muy visible desde el primer momento y el grupo de asaltantes temía la reacción de las fuerzas del orden. Recordemos que en ese momento en Yecla había 18 guardias civiles, 14 guardias de asalto y 4 carabineros. Es por ello que el grupo de asaltantes actúa con mucha prisa para abandonar pronto el lugar. Hay otro dato corroborado y es que el primer lugar al que llega el Camión del Agua del Ayuntamiento, como se le conocía entonces, fue precisamente al Santuario del Castillo que, gracias a la labor de los trabajadores municipales junto a algunos voluntarios, no ardió en su totalidad. 

Pero bajemos al pueblo porque poco a poco una multitud envalentonada y enfurecida se va concentrando alrededor de los templos que son asaltados casi de forma simultánea cuando otros grupos comienzan a forzar el interior principalmente de la Purísima, el Niño, el Hospitalico, las ermitas de San Roque, San Cayetano, San Francisco, Santa Bárbara etc. Pero no queman el interior como han hecho con la Iglesia Vieja o al menos no en su conjunto. Hay casas pegadas que podrían resultar quemadas también y el fuego podría extenderse a numerosas viviendas, a calles enteras tal vez. Por eso, se amontonan figuras dentro y fuera de los templos y allí lo queman todo. Sacan las figuras principalmente a rastras y con cuerdas. Mucha gente ya asiste a este trágico espectáculo e incluso los asaltadores dejan su rostro al descubierto (y sí, muchos son jóvenes yeclanos bien conocidos pero, atención a este dato, a otros no los conoce nadie y ni se sabe de dónde han salido.)

Especialmente impactante y atroz debió ser el asalto a la Purísima, cuyo órgano, uno de los más importantes de la provincia, debido al fulgor de los fuegos emite unos sonidos cuasi fantasmales y atronadores al ser pasto de las llamas mientras las figuras y las pertenencias de la casa parroquial son saqueadas y quemadas también en el atrio de la basílica. Especialmente graves fueron los destrozos pues después de la guerra, el templo reporta daños económicos superiores incluso a los de la Iglesia Vieja.

Y no sólo los templos son furia de la ira popular. También se asaltan las sedes de los partidos de derechas, especialmente las sedes de Falange y la del Partido Republicano Radical, ambas en la calle España; el domicilio del farmacéutico Ricardo Tomás, cuya vivienda es prácticamente destrozada y  saqueada; el domicilio en la calle Juana Valera de Ramona Albiñana, dirigente de Acción Popular (el principal partido de la CEDA) y la sede del Sindicato Católico Agrario. 

También se asalta el Registro de la Propiedad, sin ninguna relación con la Iglesia y se asalta además con especial alegría y deseo.  Tras el asalto, se procede a la quema en la calle de toda la documentación, papeles, archivos y libros que previamente han salido por la ventana y caen en manos de los asaltantes, especialmente la relativa a préstamos y otros documentos de compraventa o cesiones. Curiosamente, este último asalto es uno de los más multitudinarios y, sin duda, es el más aplaudido y vitoreado de la jornada. Cada vez que se echaba al fuego alguna montaña de papeles, los aplausos y gritos de alegría inundaban la escena de forma ensordecedora. No hace falta mucho ingenio para deducir que muchos préstamos de la época, sobre todo los de prestamistas privados, tenían  unas condiciones e intereses tan sumamente criminales e imposibles que conducían a muchos jornaleros o pequeños propietarios a terminar colgados de una soga por no poder pagar la letra del carro lo que significaba el embargo total de sus magras posesiones.

La tarde avanza, los fuegos se van desatando y las multitudes son las dueñas de la calle. Las fuerzas del orden  permanecen a la espera de las órdenes del gobernador civil de Murcia, el único que puede ordenar su despliegue, cosa que hace alrededor de las 7 de la tarde. Para entonces, en el lapso de esas dos horas, ya se han producido casi todos los asaltos. Pronto cae la noche y la orgía de saqueo de la tarde dará paso a que las fuerzas del orden, por fin, junto a los empleados municipales y numerosos ciudadanos voluntarios preocupados porque los fuegos se extiendan a sus viviendas terminen de extinguir los fuegos como buenamente pueden. Solamente la Iglesia Vieja continuará humeando varios días más produciéndose varios derrumbes en su interior lo que impide que se entre dentro.

¿Y el alcalde? ¿dónde ha estado la máxima autoridad? Juan Pacheco tuvo que trasladarse poco después del mediodía a Jumilla adonde el gobernador dio la orden de que los alcaldes de la provincia se trasladasen para asistir al entierro de un militante socialista asesinado a manos de unos falangistas días antes. Precisamente, al poco de llegar, el gobernador le informa de las noticias procedentes de Yecla y le ordena que regrese urgentemente, lo que hace alrededor de las 6 de la tarde, llegando aproximadamente poco menos que una hora después que era lo que se tardaba en hacer el trayecto Jumilla-Yecla en un auto de la época. El primer lugar al que llega el alcalde es al Ayuntamiento donde les esperan varios concejales así como varios guardias de asalto y desde donde se ven numerosas columnas de humo desde diversos puntos de la ciudad. Juntos se dirigen primero a la Iglesia Vieja donde ven como el templo sigue ardiendo; los servicios de extinción de incendios apenas pueden hacer nada con los medios de la época.

Acto seguido, tras una llamada telefónica al Ayuntamiento, se dirigen al Asilo de Ancianos donde la multitud ha irrumpido en el  edificio y han profanado algunas tumbas, entre ellas la del Cura-obispo Ibáñez Galiano que, junto con los restos de otras religiosas, terminarán arrojados al pozo negro o pasto de las llamas. El propósito de la multitud donde, ahora sí, hay numerosas mujeres, es que las Hermanas abandonen el edificio. Según algunos testigos, el alcalde lo impidió hábilmente al proponer a algunas de estas mujeres que se hicieran ellas mismas cargo del cuidado de los ancianos. Obviamente, desistieron. Algo parecido sucederá frente al Colegio de la Hermanas de San Vicente, salvado in extremis por la intervención del alcalde que ha tenido que subirse al techo de un coche para dirigirse a la multitud. Por cierto, la actuación protectora del alcalde y los concejales con estas religiosas no es un bulo, es la declaración en el juicio a Juan Pacheco de las madres superioras de ambas congregaciones.

Tras ello, se dirigen a la sede del Sindicato Católico que también ha sido saqueado y cuya caja de caudales ha sido arrastrada hasta la calle pero no ha podido ser abierta. El alcalde ordena que quede en depósito en el Ayuntamiento por la guardia de asalto y sea entregada al sacerdote José Esteban Díaz en los días siguientes, lo que así sucedió. Junto al alcalde, como hemos dicho, se personan también otros concejales que se enfrentan directamente a las multitudes, especialmente varios concejales de Izquierda Republicana que, dicho sea de paso, son los que se llevan la peor parte al recibir numerosos golpes, insultos e intentos de agresión. Otro dato que también está corroborado es que al final de la jornada, el acalde tuvo que recibir la inyección de un tranquilizante debido al estado de agitación nerviosa que presentaba. 

Que las autoridades municipales republicanas trataran de evitar los asaltos fue intencionadamente ocultado y tergiversado durante el franquismo pero, sorpresa, la Nunciatura Apostólica en Madrid realizó un informe de lo sucedido en Yecla este día, informe que fue enviado a Roma donde se conserva actualmente en los archivos vaticanos y en él se reconoce que, efectivamente, el alcalde y algunos concejales frentepopulistas se enfrentaron a la multitud aunque también atribuye la organización de las quemas y asaltos a otros dirigentes socialistas locales.

Y además en este día ocurre también un asesinato, el del joven fotógrafo y músico Miguel Carpena Andrés, afiliado al derechista Partido Agrario, que cae mortalmente herido en la calle don Lucio por disparos de escopeta cuando es reconocido por un grupo que le dispara a bocajarro.

El final de la jornada es descorazonador: han ardido imágenes, retablos, órganos, el archivo parroquial de la Iglesia Vieja completo desde 1552, lienzos, obras de arte, etc. El daño a los edificios es tremendo. La ermita de San Cayetano, deberá ser derruida en las semanas posteriores. Solamente se han podido salvar tres figuras de la imaginería religiosa: la del Cristico (ocultado por la familia Spuche Ibáñez), la Virgen de las Angustias (salvada gracias a la valiente actuación del profesor Castañeda) y El Cristo de la Agonía (oculta pero descubierta y destruida casi al final de la guerra). Es la pérdida de patrimonio más brutal que ha sucedido en la historia de Yecla, similar a la que realizaron los austracistas durante la Guerra de Sucesión del siglo XVIII. En el próximo artículo hablaremos de los responsables directos e indirectos de los hechos, de la investigación judicial que se llevó a cabo, de la venganza que tomaron los falangistas y de las primeras investigaciones que realizaron las autoridades franquistas tras la guerra. Una pista de muestra, ¿es verdad que Radio Moscú felicitó al pueblo de Yecla?

Salvador Santa Puche

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2 COMENTARIOS

  1. Gracias Salvador por este artículo que sigue aportando notas a la historia de nuestro pueblo. Apuntar dos cosicas, la primera creo que los restos del Cura Obispo estaban en las monjas encerrá y no en el asilo y por otro lado creo que al menos hay otra imagen que se salvo de la quema, una Dolorosa, que estaba en la ermita de la Casa Cuatro Ojos y que escondieron tras un tabique en unas de las viviendas de la Casa Santa.

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