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sábado, marzo 14, 2026 🌿
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16 de marzo del 36 (II): investigaciones, bulos y propaganda.

El recorte de periódico que pueden ver en la imagen que ilustra este artículo, “Radio Moscú felicitó a Yecla por la hazaña”, no ha sido creado por la Inteligencia Artificial (la imagen del coche con hombres armados sí, obvio). Es el titular que apareció en el diario Línea de Murcia en su edición del 18 de julio de 1939, apenas tres meses después de terminada la guerra. Y no solo eso. Hasta bien entrados los años de posguerra, la narrativa oficial y oficiosa de las autoridades franquistas va a insistir en que los sucesos de 1936 en Yecla fueron orquestados directamente en Moscú (así lo decía, por ejemplo, La Verdad en su edición del 4 de agosto de 1939). Parece increíble, pero más increíble aún es que el bulo coló y hasta no hace mucho no eran pocos los que creían (o creen) que todo lo que sucedió en Yecla se originó por órdenes moscovitas. 

Por supuesto, ni Radio Moscú felicitó a Yecla, ni en Moscú organizaron nada para los yeclanos, ni dudo que nadie en la lejana capital rusa tuviera el más mínimo interés en saber que pasaba en una pequeña ciudad de provincias de un país lejano que la mayoría de los rusos de entonces ni siquiera sabían ubicar en un mapa.

Tras la guerra, las nuevas autoridades franquistas sabían perfectamente que las quemas de los templos yeclanos fueron un hecho que supuso un auténtico trauma para gran parte de la población y que era un tema extremadamente sensible, más en los primeros tiempos del nacionalcatolicismo donde se recordaba un día sí y otro también. Y entre 1939 y 1943 la represión en Yecla por parte de los vencedores de la Guerra Civil llegó a ser tan brutal y desmedida que incluso provocó el escándalo y la renuencia por parte de diversos sectores de las derechas más moderadas incluidos también algunos miembros del clero. Por tanto, repetir e incidir en las quemas y además adornarlas con bulos, medias verdades y mentiras ayudó a los más fanáticos a deshumanizar al contrario para justificar su exterminio físico. Para que se hagan una idea, la proporción en Yecla de represaliados republicanos por represaliados nacionales es de 9 a 1 (esto con la documentación conservada en archivos, que está muy incompleta y por tanto la proporción puede ser mayor). 

La maquinaria propagandística del nuevo régimen va a encontrar un auténtico filón con la quema de las iglesias que le va a permitir construir una narrativa basada en una visión muy simplista de los hechos. Los bulos más importantes giran en torno a que:

  1. las autoridades del Frente Popular no hicieron nada por evitar los incendios y los desmanes, sino más bien los organizaron y alentaron; 
  2. apenas hubo (o no hubo) investigación oficial;
  3. también hubo sacrilegio (mujeres que hicieron mofa con las vestimentas de la Virgen) y castigo divino (algunos de los asaltantes murieron en medio de indescriptibles dolores poco después).
  4.  Y, muy importante, algo de lo que deliberadamente se evitó hablar durante la dictadura: el intento de venganza hacia los yeclanos organizada por pistoleros de Falange un día después. 

Vayamos por partes. 

Efectivamente, los responsables, los ejecutores e inductores directos, fueron los sectores más exaltados y radicalizados del Frente Popular y lo tenían muy bien organizado. No fue ni es ningún secreto que la idea e iniciativa salió de estos sectores y en ellos tuvo especial participación la juventud. Los testimonios que hablan de jóvenes que durante aquella jornada entran y salen de la Casa del Pueblo para dirigirse a los templos, son muy explícitos. Que hubo otros militantes de las izquierdas, (tampoco en gran número, la verdad), que trataron de impedirlo y se enfrentaron a ellos sin conseguirlo, también es cierto. Ambas cosas se pueden demostrar (recuerden el lema de Ramón y Cajal de no basta con decir algo, también hay que demostrarlo).

Pero ¿podía el sector de un partido preparar algo sin que los otros se enteraran? Completamente y no pueden imaginar de qué manera. Un error que se suele cometer al juzgar esta época es hablar de derechas o izquierdas como bloques homogéneos y no es cierto. En ambos bloques convivían sectores y sensibilidades muy dispares y a menudo muy enfrentados entre sí: en las derechas no eran lo mismo los alfonsinos (monárquicos borbonistas), los tradicionalistas (monárquicos carlistas), los cedistas de Gil Robles, los republicanos de derecha (hasta tres partidos en Yecla) o los falangistas que también eran republicanos y estaban tanto en contra del capitalismo liberal como del marxismo e incluso ni siquiera se reconocían como de derechas. Ni tampoco en las izquierdas eran lo mismo los socialistas (entre los que había varias facciones y muy enfrentadas entre sí), los anarquistas (que iban por libre y con muchas oscilaciones), los comunistas del PCE (muy minoritarios en 1936), los comunistas antiestalinistas del POUM (residuales) o los republicanos de izquierda (muy numerosos pero también divididos en varios sectores). Los enfrentamientos con sectores del propio partido podían llegar a ser incluso más peligrosos que con los de partidos contrarios.

Una cuestión que puede resultar más complicada es si las autoridades sabían lo que se estaba preparando y si hicieron todo lo posible por evitarlo. Esta es una de las acusaciones más frecuentes y recaen directamente sobre el entonces gobernador civil, José Calderón Sama (miembro de Izquierda Republicana) y sobre el entonces alcalde Juan Pacheco. Que había rumores de que se estaba preparando algo muy gordo, lo sabía prácticamente casi todo el mundo. Que se le diera más o menos credibilidad, ya es más discutible e incluso hasta qué punto resultaron engañadas o manipuladas las propias autoridades, es algo que tampoco podemos descartar. Pero todo indica que no esperaban que ese día empezaran los asaltos y las quemas ni mucho menos que estuvieran implicados, principalmente porque si el gobernador lo hubiera estado, habría retirado unos días antes el regimiento de Guardias de Asalto que estaba acuartelado en Yecla en previsión de desórdenes, cosa que no hizo; tampoco hubiera dado la orden de movilizar a las fuerzas de seguridad ni de investigarlo todo al día siguiente, cosas que sí hizo. Y tampoco tiene sentido que el alcalde, si hubiera estado implicado, regresara de Jumilla, se enfrentara a la multitud y coordinara la extinción de los incendios junto a otros concejales como hizo. Perfectamente podría haber regresado mucho más tarde o al día siguiente y buscar mil excusas para haber permanecido ausente aquel día y el siguiente (esto, en cambio, sí sucedió en otras poblaciones con otros alcaldes del Frente Popular). 

Otro hecho seguro y constatable es que tanto la Guardia Civil como los Guardias de Asalto tenían el número suficiente de efectivos en Yecla para enfrentarse a las multitudes y, al menos evitar, si no todos, sí gran parte de los saqueos e incendios (esto es lo que mantuvo días después el obispo de la diócesis en un comunicado enviado al diario católico El Debate. Por cierto, si sabemos el número exacto de fuerzas de seguridad en Yecla ese día es gracias a esta comunicación del obispado). Estas fuerzas comienzan a ser movilizadas por orden del gobernador entre las 6 y las 7 de la tarde, esto está fuera de dudas. Aun así, fue un hecho que se ocultó y negó deliberadamente durante la dictadura franquista pero incluso en la prensa católica de la época como era el diario La Verdad de Murcia se afirmó que el gobernador civil del Frente Popular coordinó los esfuerzos y se le reconoce que “…ciertamente ha restablecido el orden material en las calles de Yecla”. Y también, el diario católico lo alaba al reconocer que “Diligentemente cortó los desmanes...” (edición del 16 de abril). Por si fuera poco, al día siguiente de los asaltos a los templos, el 17 de marzo, toda la prensa se hizo eco del telegrama urgente enviado por el gobernador en el que, temiendo que se repitiera lo de Yecla en otras poblaciones, se dirigía a todos los alcaldes de la provincia de forma pública: “… les ordeno que con su autoridad y fuerzas a sus órdenes actúen con todo rigor y energía evitando totalmente actos de violencia…”. Comunicado que publicaron todos los diarios de la época.

Por supuesto, tampoco durante el franquismo se va a hacer referencia alguna al proceso judicial e incluso con frecuencia se va a negar que éste existiera. Y la investigación judicial comienza, nada más y nada menos, que el 17 de marzo, es decir, exactamente al día siguiente de los sucesos. Y puede hacerse porque ese día, la ciudad amaneció prácticamente tomada por la Guardia de Asalto y la Guardia Civil por orden del gobernador y ese mismo día, el juez de instrucción pública, Joaquín Vázquez Naranjo, (jurista de muy reconocido prestigio), previa petición de la Fiscalía provincial que a su vez actúa por orden del propio gobernador, junto a la fuerza pública que le escolta durante el proceso, ya está en la calle recogiendo pruebas e interrogando a testigos para dar apertura al sumario 45/1936, procedimiento que incoará durante varias semanas. 

También es justo decir que la colaboración que encontraron las autoridades judiciales por parte de la población fue prácticamente nula. Nadie se atrevió a identificar a los presuntos perpetradores. Y por las declaraciones de los testigos resulta más que evidente que esto era más por miedo que por realidad. De hecho solamente detuvieron a un joven de etnia gitana a quien le encontraron unos candelabros de una de las iglesias pero fue liberado pues no se le encontró relación con la organización de las quemas.

¿Y el Ayuntamiento? ¿Investigó algo? Pues sí. En la sesión plenaria extraordinaria del día 21 de marzo, el alcalde lamentó lo sucedido en Yecla el día 16 y anunció la convocatoria de una sesión donde se daría lectura a un informe que en ese momento se estaba preparando por parte de los aparejadores municipales y donde esperaban aclarar todo y establecer responsabilidades. Pero, misteriosamente, ese informe ha desaparecido y en los archivos del Ayuntamiento de Yecla no se conserva así como tampoco el acta de dicha de sesión, lo que hubiera sido de una extraordinaria importancia. ¿Cuándo y cómo desapareció ese informe? Lo ignoro.

Las investigaciones, si por entonces continuaban, fueron interrumpidas por el inicio de la guerra provocada por el intento de golpe de estado del 18 de julio. ¿Hubo algún procesado o condenado? Antes de la guerra no, que sepamos. La razón puede ser debida al comienzo de la misma con la consiguiente interrupción del proceso o bien a la imposibilidad, consciente o no, de encontrar a los verdaderos culpables materiales. 

Tras la guerra, ¿las nuevas autoridades franquistas investigaron algo? No mucho, la verdad. El 17 de mayo de 1939, terminada la guerra, el diario Línea abre una de sus páginas con un gran titular, “Detención de los incendiarios del Santuario del Castillo de Yecla”, y da los nombres y apellidos de cuatro personas, dos hombres y dos mujeres (una de ellas anciana). La acusación es rocambolesca y surrealista porque increíblemente culpabiliza a los cuatro, (ni un culpable más ni uno menos), de todos los incendios y además de seguir un orden escrupulosamente planeado: primero suben y queman el Castillo; al bajar, la Iglesia Vieja; para terminar, finalmente, con el asalto -repetimos, entre los cuatro- del Asilo de las Concepcionistas. Es la primera y última vez que se cita a alguien con nombre y apellidos. Desde entonces se utilizarán términos muy genéricos y anónimos para responsabilizar a los culpables: las turbas, las masas o las hordas rojas

Por cierto, otro dato muy curioso aparece en la descripción que hizo el diario Línea sobre el asalto al Santuario del Castillo en su número del 5 de julio de 1939 donde se afirma que “a la Purísima… la arrastraron hasta la calle y le dieron tres vueltas al pino ante de echarla a la hoguera”. Todo parece indicar que alguien contó a este periodista murciano la tradición de las tres vueltas al pino entre disparos de arcabuces que se realizan tras la Subida de la Patrona al Santuario y parece ser que este buen hombre se lió con su relato.

También en el mismo artículo aparece la noticia de una mujer que se colocó el manto y la corona de la Virgen para mofarse (el redactor de la noticia ignoraba que la corona había sido llevada a Murcia unos días antes y que tampoco hubo mujeres entre el grupo de asaltantes que subió al Santuario del Castillo) y que uno de ellos le quitó la corona de espinas al Cristo del Sepulcro para colocársela él con el resultado de que “… murió con la cabeza enormemente hinchada.” Ambos bulos, sacrilegio y castigo divino, son muy frecuentes en muchísimas poblaciones de España en las que se destruyeron imágenes religiosas. También se cuentan historias casi idénticas o muy parecidas en Jumilla, Almansa, Biar, Pinoso y Cehegín. Son historias muy efectivas destinadas a impresionar a una sociedad extremadamente supersticiosa como la de entonces.

Por cierto, otro bulo que la propaganda intentó crear y alimentar es que los sucesos duraron varios días, generalmente tres. Era una acusación completamente falsa y que no se sostenía de ningún modo ya que todo el mundo lo recordaba perfectamente. De hecho, a partir de los años 50 en (casi) todos los relatos publicados ya no se citan los tres días y se admite y reconoce que todo sucedió durante la tarde del 16 de marzo. 

De lo que ya no se habló apenas durante la dictadura franquista fue de la venganza orquestada por miembros de Falange para castigar a los yeclanos cuando no habían pasado ni 24 horas de los hechos: cuando el juez Vázquez Naranjo, acompañado por el oficial de Asalto, el teniente Noguerol; el secretario judicial, Pedro Muñoz; el abogado fiscal, un tal Gomís, y demás agentes judiciales están recogiendo pruebas en las calles yeclanas son víctimas de un atentado organizado por el Jefe Provincial de la Falange de Murcia, Federico Servet Clemencín, quien organiza una violenta represalia en la cual, acompañado por los también falangistas murcianos José Pardo Marín y Tomás Zamora San Nicolás, armados con ametralladoras y en coche, entran a toda velocidad por la carretera de Caudete y ametrallan a todo aquel que encuentran a su paso por las calles de Yecla, en especial al juez y a sus acompañantes entre los que hay heridos y salvan la vida de milagro. Obviamente se creó una situación de enorme pánico en las calles yeclanas. Y, de no ser porque Yecla estaba tomada por la Guardia de Asalto y la Guardia Civil, podría haber dado pie a que otra vez se hubieran desatado numerosos actos violentos en toda la ciudad.

El dirigente falangista debió pensar que la culpa era colectiva y que recaía en todo el pueblo de Yecla y por tanto el castigo había de ser colectivo. El coche con los falangistas armados llegará hasta Pinoso donde sus ocupantes fueron detenidos por la Guardia Civil pasando a disposición judicial y siendo condenado Federico Servet posteriormente a dos años de prisión por intento de homicidio. Este suceso fue deliberadamente esquivado por las autoridades franquistas y solamente al final de la dictadura fue recogido por el murciano Enrique García Gallud quien, por cierto, dio una versión muy sui generis de los hechos (los falangistas pasaban ese día por casualidad por Yecla, fueron atacados por las milicias yeclanas – en marzo no había milicias en Yecla – y lo que hicieron fue defenderse, dándose la casualidad también de que llevaban ametralladoras en la guantera del coche). Tanto de la noticia del ametrallamiento como del juicio y condena de Federico Servet, la prensa de la época está llena de noticias.

Lamentablemente la violencia va a continuar hasta el mes de abril durante el cual muchos vecinos continuarán huyendo de la ciudad (unos pocos a otras ciudades, la mayoría a casas de campo) lo que llevará al acalde a emitir un bando en el que “… lamenta la huida de un considerable número de vecinos…Estoy dispuesto a emplear la máxima energía, utilizando todo el rigor de la ley, para que el orden público en Yecla y el respeto a todas las ideologías sea absoluto… Hago un llamamiento a la convivencia más cordial e invito a cuantas personas hayan abandonado esta población . para que vuelvan a sus respectivos hogares, en la seguridad de que estarán debidamente garantizados… Esta Alcaldía confía en que todos sabremos abandonar las pasiones y poner la vista elevada, haciendo honor con nuestra conducta al concepto de dignidad que corresponde a esta querida ciudad”. Pero este bando y las intenciones del alcalde caerán en saco roto pues la violencia continuará en las calles de Yecla.

La gran pregunta es ¿qué se pretendía con el asalto y quema de los templos? La respuesta es obvia: se trataba de dar un golpe simbólico, material y definitivo a la institución que para gran parte de la población representaba las bases del Antiguo Régimen (la Sagrada Alianza entre el Trono y el Altar) y a la que achacaban la responsabilidad de la pobreza y miseria en la que vivía la mayoría de la población. Tampoco hay que desdeñar el ánimo de revancha y venganza por parte de muchos de los asaltantes. Recordemos que hacía apenas poco más de tres meses, en diciembre de 1935, otro grupo de asaltantes (esta vez del signo contrario) habían tratado de quemar la Casa del Pueblo de Yecla con gente dentro. Si no lo consiguieron, no fue por falta de ganas, sino por la rápida reacción de los vecinos que pudieron apagar el fuego antes de que se extendiera por el resto de viviendas.

Tras la guerra comenzará la restauración de los templos y la recuperación paulatina de una imaginería religiosa que nunca debió haberse perdido. En la memoria colectiva popular la quema de los templos yeclanos seguirá viéndose durante muchos años como la consecuencia de un pueblo pecador y ateo (y guiado por Moscú) para unos o la consecuencia de una Iglesia que había descuidado la obligación evangélica de defender a los más humildes para otros. 

Durante la dictadura se decidió conscientemente no restaurar la Iglesia Vieja, como una especie de penitencia colectiva en la que la visión lúgubre del edificio en ruinas era la mejor forma de recordarle al pueblo yeclano lo cruel que había sido con la Santa Madre Iglesia, una especie de purificación emocional alentada por las autoridades. Solamente en los años 50 Cayetano de Mergelina consiguió una intervención para que no se desmoronara el techado. El edificio debió esperar hasta la llegada del sistema democrático para ser restaurado.

Hoy, desde 2026, es muy fácil juzgar la acción o inacción de unos y otros sin reparar muchas veces en las terribles condiciones y condicionantes a las que muchas de aquellas personas estaban sometidas. Lo cierto y seguro es que Yecla perdió un patrimonio irrecuperable por culpa de los fanáticos de un lado y esto sirvió después de excusa perfecta para los fanáticos del otro lado. En modo alguno se puede justificar este episodio histórico que no deja de ser uno de los momentos más trágicos de nuestra historia reciente similar a una de aquellas tragedias griegas en la que los mortales vivían todo tipo de sufrimientos y dilemas morales provocados por el destino o por dioses caprichosos que les empujaban a situaciones límite, dejándolos al borde del abismo. Las decisiones de estos mortales y sus consecuencias servían al público del teatro griego como una advertencia o como un ejemplo de cómo no actuar.

Salvador Santa Puche

El recorte de periódico que pueden ver en la imagen que ilustra este artículo, “Radio Moscú felicitó a Yecla por la hazaña”, no ha sido creado por la Inteligencia Artificial (la imagen del coche con hombres armados sí, obvio). Es el titular que apareció en el diario Línea de Murcia en su edición del 18 de julio de 1939, apenas tres meses después de terminada la guerra. Y no solo eso. Hasta bien entrados los años de posguerra, la narrativa oficial y oficiosa de las autoridades franquistas va a insistir en que los sucesos de 1936 en Yecla fueron orquestados directamente en Moscú (así lo decía, por ejemplo, La Verdad en su edición del 4 de agosto de 1939). Parece increíble, pero más increíble aún es que el bulo coló y hasta no hace mucho no eran pocos los que creían (o creen) que todo lo que sucedió en Yecla se originó por órdenes moscovitas. 

Por supuesto, ni Radio Moscú felicitó a Yecla, ni en Moscú organizaron nada para los yeclanos, ni dudo que nadie en la lejana capital rusa tuviera el más mínimo interés en saber que pasaba en una pequeña ciudad de provincias de un país lejano que la mayoría de los rusos de entonces ni siquiera sabían ubicar en un mapa.

Tras la guerra, las nuevas autoridades franquistas sabían perfectamente que las quemas de los templos yeclanos fueron un hecho que supuso un auténtico trauma para gran parte de la población y que era un tema extremadamente sensible, más en los primeros tiempos del nacionalcatolicismo donde se recordaba un día sí y otro también. Y entre 1939 y 1943 la represión en Yecla por parte de los vencedores de la Guerra Civil llegó a ser tan brutal y desmedida que incluso provocó el escándalo y la renuencia por parte de diversos sectores de las derechas más moderadas incluidos también algunos miembros del clero. Por tanto, repetir e incidir en las quemas y además adornarlas con bulos, medias verdades y mentiras ayudó a los más fanáticos a deshumanizar al contrario para justificar su exterminio físico. Para que se hagan una idea, la proporción en Yecla de represaliados republicanos por represaliados nacionales es de 9 a 1 (esto con la documentación conservada en archivos, que está muy incompleta y por tanto la proporción puede ser mayor). 

La maquinaria propagandística del nuevo régimen va a encontrar un auténtico filón con la quema de las iglesias que le va a permitir construir una narrativa basada en una visión muy simplista de los hechos. Los bulos más importantes giran en torno a que:

  1. las autoridades del Frente Popular no hicieron nada por evitar los incendios y los desmanes, sino más bien los organizaron y alentaron; 
  2. apenas hubo (o no hubo) investigación oficial;
  3. también hubo sacrilegio (mujeres que hicieron mofa con las vestimentas de la Virgen) y castigo divino (algunos de los asaltantes murieron en medio de indescriptibles dolores poco después).
  4.  Y, muy importante, algo de lo que deliberadamente se evitó hablar durante la dictadura: el intento de venganza hacia los yeclanos organizada por pistoleros de Falange un día después. 

Vayamos por partes. 

Efectivamente, los responsables, los ejecutores e inductores directos, fueron los sectores más exaltados y radicalizados del Frente Popular y lo tenían muy bien organizado. No fue ni es ningún secreto que la idea e iniciativa salió de estos sectores y en ellos tuvo especial participación la juventud. Los testimonios que hablan de jóvenes que durante aquella jornada entran y salen de la Casa del Pueblo para dirigirse a los templos, son muy explícitos. Que hubo otros militantes de las izquierdas, (tampoco en gran número, la verdad), que trataron de impedirlo y se enfrentaron a ellos sin conseguirlo, también es cierto. Ambas cosas se pueden demostrar (recuerden el lema de Ramón y Cajal de no basta con decir algo, también hay que demostrarlo).

Pero ¿podía el sector de un partido preparar algo sin que los otros se enteraran? Completamente y no pueden imaginar de qué manera. Un error que se suele cometer al juzgar esta época es hablar de derechas o izquierdas como bloques homogéneos y no es cierto. En ambos bloques convivían sectores y sensibilidades muy dispares y a menudo muy enfrentados entre sí: en las derechas no eran lo mismo los alfonsinos (monárquicos borbonistas), los tradicionalistas (monárquicos carlistas), los cedistas de Gil Robles, los republicanos de derecha (hasta tres partidos en Yecla) o los falangistas que también eran republicanos y estaban tanto en contra del capitalismo liberal como del marxismo e incluso ni siquiera se reconocían como de derechas. Ni tampoco en las izquierdas eran lo mismo los socialistas (entre los que había varias facciones y muy enfrentadas entre sí), los anarquistas (que iban por libre y con muchas oscilaciones), los comunistas del PCE (muy minoritarios en 1936), los comunistas antiestalinistas del POUM (residuales) o los republicanos de izquierda (muy numerosos pero también divididos en varios sectores). Los enfrentamientos con sectores del propio partido podían llegar a ser incluso más peligrosos que con los de partidos contrarios.

Una cuestión que puede resultar más complicada es si las autoridades sabían lo que se estaba preparando y si hicieron todo lo posible por evitarlo. Esta es una de las acusaciones más frecuentes y recaen directamente sobre el entonces gobernador civil, José Calderón Sama (miembro de Izquierda Republicana) y sobre el entonces alcalde Juan Pacheco. Que había rumores de que se estaba preparando algo muy gordo, lo sabía prácticamente casi todo el mundo. Que se le diera más o menos credibilidad, ya es más discutible e incluso hasta qué punto resultaron engañadas o manipuladas las propias autoridades, es algo que tampoco podemos descartar. Pero todo indica que no esperaban que ese día empezaran los asaltos y las quemas ni mucho menos que estuvieran implicados, principalmente porque si el gobernador lo hubiera estado, habría retirado unos días antes el regimiento de Guardias de Asalto que estaba acuartelado en Yecla en previsión de desórdenes, cosa que no hizo; tampoco hubiera dado la orden de movilizar a las fuerzas de seguridad ni de investigarlo todo al día siguiente, cosas que sí hizo. Y tampoco tiene sentido que el alcalde, si hubiera estado implicado, regresara de Jumilla, se enfrentara a la multitud y coordinara la extinción de los incendios junto a otros concejales como hizo. Perfectamente podría haber regresado mucho más tarde o al día siguiente y buscar mil excusas para haber permanecido ausente aquel día y el siguiente (esto, en cambio, sí sucedió en otras poblaciones con otros alcaldes del Frente Popular). 

Otro hecho seguro y constatable es que tanto la Guardia Civil como los Guardias de Asalto tenían el número suficiente de efectivos en Yecla para enfrentarse a las multitudes y, al menos evitar, si no todos, sí gran parte de los saqueos e incendios (esto es lo que mantuvo días después el obispo de la diócesis en un comunicado enviado al diario católico El Debate. Por cierto, si sabemos el número exacto de fuerzas de seguridad en Yecla ese día es gracias a esta comunicación del obispado). Estas fuerzas comienzan a ser movilizadas por orden del gobernador entre las 6 y las 7 de la tarde, esto está fuera de dudas. Aun así, fue un hecho que se ocultó y negó deliberadamente durante la dictadura franquista pero incluso en la prensa católica de la época como era el diario La Verdad de Murcia se afirmó que el gobernador civil del Frente Popular coordinó los esfuerzos y se le reconoce que “…ciertamente ha restablecido el orden material en las calles de Yecla”. Y también, el diario católico lo alaba al reconocer que “Diligentemente cortó los desmanes...” (edición del 16 de abril). Por si fuera poco, al día siguiente de los asaltos a los templos, el 17 de marzo, toda la prensa se hizo eco del telegrama urgente enviado por el gobernador en el que, temiendo que se repitiera lo de Yecla en otras poblaciones, se dirigía a todos los alcaldes de la provincia de forma pública: “… les ordeno que con su autoridad y fuerzas a sus órdenes actúen con todo rigor y energía evitando totalmente actos de violencia…”. Comunicado que publicaron todos los diarios de la época.

Por supuesto, tampoco durante el franquismo se va a hacer referencia alguna al proceso judicial e incluso con frecuencia se va a negar que éste existiera. Y la investigación judicial comienza, nada más y nada menos, que el 17 de marzo, es decir, exactamente al día siguiente de los sucesos. Y puede hacerse porque ese día, la ciudad amaneció prácticamente tomada por la Guardia de Asalto y la Guardia Civil por orden del gobernador y ese mismo día, el juez de instrucción pública, Joaquín Vázquez Naranjo, (jurista de muy reconocido prestigio), previa petición de la Fiscalía provincial que a su vez actúa por orden del propio gobernador, junto a la fuerza pública que le escolta durante el proceso, ya está en la calle recogiendo pruebas e interrogando a testigos para dar apertura al sumario 45/1936, procedimiento que incoará durante varias semanas. 

También es justo decir que la colaboración que encontraron las autoridades judiciales por parte de la población fue prácticamente nula. Nadie se atrevió a identificar a los presuntos perpetradores. Y por las declaraciones de los testigos resulta más que evidente que esto era más por miedo que por realidad. De hecho solamente detuvieron a un joven de etnia gitana a quien le encontraron unos candelabros de una de las iglesias pero fue liberado pues no se le encontró relación con la organización de las quemas.

¿Y el Ayuntamiento? ¿Investigó algo? Pues sí. En la sesión plenaria extraordinaria del día 21 de marzo, el alcalde lamentó lo sucedido en Yecla el día 16 y anunció la convocatoria de una sesión donde se daría lectura a un informe que en ese momento se estaba preparando por parte de los aparejadores municipales y donde esperaban aclarar todo y establecer responsabilidades. Pero, misteriosamente, ese informe ha desaparecido y en los archivos del Ayuntamiento de Yecla no se conserva así como tampoco el acta de dicha de sesión, lo que hubiera sido de una extraordinaria importancia. ¿Cuándo y cómo desapareció ese informe? Lo ignoro.

Las investigaciones, si por entonces continuaban, fueron interrumpidas por el inicio de la guerra provocada por el intento de golpe de estado del 18 de julio. ¿Hubo algún procesado o condenado? Antes de la guerra no, que sepamos. La razón puede ser debida al comienzo de la misma con la consiguiente interrupción del proceso o bien a la imposibilidad, consciente o no, de encontrar a los verdaderos culpables materiales. 

Tras la guerra, ¿las nuevas autoridades franquistas investigaron algo? No mucho, la verdad. El 17 de mayo de 1939, terminada la guerra, el diario Línea abre una de sus páginas con un gran titular, “Detención de los incendiarios del Santuario del Castillo de Yecla”, y da los nombres y apellidos de cuatro personas, dos hombres y dos mujeres (una de ellas anciana). La acusación es rocambolesca y surrealista porque increíblemente culpabiliza a los cuatro, (ni un culpable más ni uno menos), de todos los incendios y además de seguir un orden escrupulosamente planeado: primero suben y queman el Castillo; al bajar, la Iglesia Vieja; para terminar, finalmente, con el asalto -repetimos, entre los cuatro- del Asilo de las Concepcionistas. Es la primera y última vez que se cita a alguien con nombre y apellidos. Desde entonces se utilizarán términos muy genéricos y anónimos para responsabilizar a los culpables: las turbas, las masas o las hordas rojas

Por cierto, otro dato muy curioso aparece en la descripción que hizo el diario Línea sobre el asalto al Santuario del Castillo en su número del 5 de julio de 1939 donde se afirma que “a la Purísima… la arrastraron hasta la calle y le dieron tres vueltas al pino ante de echarla a la hoguera”. Todo parece indicar que alguien contó a este periodista murciano la tradición de las tres vueltas al pino entre disparos de arcabuces que se realizan tras la Subida de la Patrona al Santuario y parece ser que este buen hombre se lió con su relato.

También en el mismo artículo aparece la noticia de una mujer que se colocó el manto y la corona de la Virgen para mofarse (el redactor de la noticia ignoraba que la corona había sido llevada a Murcia unos días antes y que tampoco hubo mujeres entre el grupo de asaltantes que subió al Santuario del Castillo) y que uno de ellos le quitó la corona de espinas al Cristo del Sepulcro para colocársela él con el resultado de que “… murió con la cabeza enormemente hinchada.” Ambos bulos, sacrilegio y castigo divino, son muy frecuentes en muchísimas poblaciones de España en las que se destruyeron imágenes religiosas. También se cuentan historias casi idénticas o muy parecidas en Jumilla, Almansa, Biar, Pinoso y Cehegín. Son historias muy efectivas destinadas a impresionar a una sociedad extremadamente supersticiosa como la de entonces.

Por cierto, otro bulo que la propaganda intentó crear y alimentar es que los sucesos duraron varios días, generalmente tres. Era una acusación completamente falsa y que no se sostenía de ningún modo ya que todo el mundo lo recordaba perfectamente. De hecho, a partir de los años 50 en (casi) todos los relatos publicados ya no se citan los tres días y se admite y reconoce que todo sucedió durante la tarde del 16 de marzo. 

De lo que ya no se habló apenas durante la dictadura franquista fue de la venganza orquestada por miembros de Falange para castigar a los yeclanos cuando no habían pasado ni 24 horas de los hechos: cuando el juez Vázquez Naranjo, acompañado por el oficial de Asalto, el teniente Noguerol; el secretario judicial, Pedro Muñoz; el abogado fiscal, un tal Gomís, y demás agentes judiciales están recogiendo pruebas en las calles yeclanas son víctimas de un atentado organizado por el Jefe Provincial de la Falange de Murcia, Federico Servet Clemencín, quien organiza una violenta represalia en la cual, acompañado por los también falangistas murcianos José Pardo Marín y Tomás Zamora San Nicolás, armados con ametralladoras y en coche, entran a toda velocidad por la carretera de Caudete y ametrallan a todo aquel que encuentran a su paso por las calles de Yecla, en especial al juez y a sus acompañantes entre los que hay heridos y salvan la vida de milagro. Obviamente se creó una situación de enorme pánico en las calles yeclanas. Y, de no ser porque Yecla estaba tomada por la Guardia de Asalto y la Guardia Civil, podría haber dado pie a que otra vez se hubieran desatado numerosos actos violentos en toda la ciudad.

El dirigente falangista debió pensar que la culpa era colectiva y que recaía en todo el pueblo de Yecla y por tanto el castigo había de ser colectivo. El coche con los falangistas armados llegará hasta Pinoso donde sus ocupantes fueron detenidos por la Guardia Civil pasando a disposición judicial y siendo condenado Federico Servet posteriormente a dos años de prisión por intento de homicidio. Este suceso fue deliberadamente esquivado por las autoridades franquistas y solamente al final de la dictadura fue recogido por el murciano Enrique García Gallud quien, por cierto, dio una versión muy sui generis de los hechos (los falangistas pasaban ese día por casualidad por Yecla, fueron atacados por las milicias yeclanas – en marzo no había milicias en Yecla – y lo que hicieron fue defenderse, dándose la casualidad también de que llevaban ametralladoras en la guantera del coche). Tanto de la noticia del ametrallamiento como del juicio y condena de Federico Servet, la prensa de la época está llena de noticias.

Lamentablemente la violencia va a continuar hasta el mes de abril durante el cual muchos vecinos continuarán huyendo de la ciudad (unos pocos a otras ciudades, la mayoría a casas de campo) lo que llevará al acalde a emitir un bando en el que “… lamenta la huida de un considerable número de vecinos…Estoy dispuesto a emplear la máxima energía, utilizando todo el rigor de la ley, para que el orden público en Yecla y el respeto a todas las ideologías sea absoluto… Hago un llamamiento a la convivencia más cordial e invito a cuantas personas hayan abandonado esta población . para que vuelvan a sus respectivos hogares, en la seguridad de que estarán debidamente garantizados… Esta Alcaldía confía en que todos sabremos abandonar las pasiones y poner la vista elevada, haciendo honor con nuestra conducta al concepto de dignidad que corresponde a esta querida ciudad”. Pero este bando y las intenciones del alcalde caerán en saco roto pues la violencia continuará en las calles de Yecla.

La gran pregunta es ¿qué se pretendía con el asalto y quema de los templos? La respuesta es obvia: se trataba de dar un golpe simbólico, material y definitivo a la institución que para gran parte de la población representaba las bases del Antiguo Régimen (la Sagrada Alianza entre el Trono y el Altar) y a la que achacaban la responsabilidad de la pobreza y miseria en la que vivía la mayoría de la población. Tampoco hay que desdeñar el ánimo de revancha y venganza por parte de muchos de los asaltantes. Recordemos que hacía apenas poco más de tres meses, en diciembre de 1935, otro grupo de asaltantes (esta vez del signo contrario) habían tratado de quemar la Casa del Pueblo de Yecla con gente dentro. Si no lo consiguieron, no fue por falta de ganas, sino por la rápida reacción de los vecinos que pudieron apagar el fuego antes de que se extendiera por el resto de viviendas.

Tras la guerra comenzará la restauración de los templos y la recuperación paulatina de una imaginería religiosa que nunca debió haberse perdido. En la memoria colectiva popular la quema de los templos yeclanos seguirá viéndose durante muchos años como la consecuencia de un pueblo pecador y ateo (y guiado por Moscú) para unos o la consecuencia de una Iglesia que había descuidado la obligación evangélica de defender a los más humildes para otros. 

Durante la dictadura se decidió conscientemente no restaurar la Iglesia Vieja, como una especie de penitencia colectiva en la que la visión lúgubre del edificio en ruinas era la mejor forma de recordarle al pueblo yeclano lo cruel que había sido con la Santa Madre Iglesia, una especie de purificación emocional alentada por las autoridades. Solamente en los años 50 Cayetano de Mergelina consiguió una intervención para que no se desmoronara el techado. El edificio debió esperar hasta la llegada del sistema democrático para ser restaurado.

Hoy, desde 2026, es muy fácil juzgar la acción o inacción de unos y otros sin reparar muchas veces en las terribles condiciones y condicionantes a las que muchas de aquellas personas estaban sometidas. Lo cierto y seguro es que Yecla perdió un patrimonio irrecuperable por culpa de los fanáticos de un lado y esto sirvió después de excusa perfecta para los fanáticos del otro lado. En modo alguno se puede justificar este episodio histórico que no deja de ser uno de los momentos más trágicos de nuestra historia reciente similar a una de aquellas tragedias griegas en la que los mortales vivían todo tipo de sufrimientos y dilemas morales provocados por el destino o por dioses caprichosos que les empujaban a situaciones límite, dejándolos al borde del abismo. Las decisiones de estos mortales y sus consecuencias servían al público del teatro griego como una advertencia o como un ejemplo de cómo no actuar.

Salvador Santa Puche

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