“Nutri-Score lo creó una gran multinacional para blanquear sus productos”. La frase, pronunciada por el doctor Javier Aranceta, presidente de la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC), merece una lectura pausada antes de seguir adelante. No se trata de una opinión marginal ni de una crítica lanzada desde los márgenes del debate, sino de una afirmación realizada por la máxima autoridad de la principal sociedad científica de nutrición comunitaria de España, en el contexto de la presentación de las nuevas Guías Alimentarias para la población española.
Una declaración de semejante peso académico e institucional debería haber abierto un debate mucho más amplio del que finalmente generó. Sin embargo, pasó prácticamente desapercibida. Mientras tanto, Nutri-Score continuó avanzando con su hoja de ruta: desde enero de 2026, el sistema funciona con un nuevo algoritmo.
La actualización del algoritmo del NutriScore formalmente presentada como una «mejora» derivada de la revisión iniciada en 2022, implica que muchos productos ven modificada su calificación de color. Esto, sin que haya cambiado ni un solo ingrediente en su composición real. El nuevo cálculo penaliza con mayor severidad el azúcar añadido, la sal y, en el caso de las bebidas, también los edulcorantes. Al mismo tiempo, otorga mayor peso a la fibra y a las proteínas. El resultado práctico es que un producto que hace un año lucía una etiqueta ‘C’ puede llevar hoy una ‘D’, o viceversa. No porque la receta haya mejorado o empeorado, sino porque los parámetros del juez han cambiado.
Esta es precisamente la paradoja que más incomoda a quienes llevan tiempo señalando las debilidades estructurales de Nutri-Score: un sistema que se presenta ante el consumidor como una guía objetiva, clara y respaldada por la ciencia, pero que lleva años siendo objeto de revisiones, ajustes y correcciones que demuestran que ni siquiera sus propios creadores tienen certeza sobre qué mide exactamente ni cómo debe medirlo. Si el etiquetado aspira a simplificar la lectura nutricional para el ciudadano de a pie, cómo se explica que sus categorías sean móviles. ¿Qué tipo de orientación ofrece una guía que necesita ser reinterpretada con cada ciclo de actualización?
El caso del aceite de oliva virgen extra es el más conocido, y el más revelador. Durante años, uno de los alimentos más emblemáticos de la dieta mediterránea, con evidencia científica acumulada sobre sus efectos protectores frente a enfermedades cardiovasculares, recibía una ‘C’ o incluso una ‘D’ en Nutri-Score. Esto, porque el sistema penalizaba los lípidos totales sin discriminar entre grasas de calidad y grasas de perfil negativo. La grasa del aceite de oliva era tratada con el mismo rasero que cualquier otra grasa, independientemente de su origen o composición. Eso no era un matiz menor; era un error conceptual de base. Cuando las críticas arreciaron, el sistema fue modificado para intentar corregirlo. Pero la corrección no llegó porque la ciencia hubiera avanzado de manera decisiva, sino porque la presión mediática, institucional y del sector productivo se hizo insostenible.
El problema de fondo es más amplio que un solo alimento. La ciencia nutricional no funciona por temporadas, ni se actualiza cada vez que un sistema de etiquetado recibe una oleada de críticas. Los estudios sobre el patrón mediterráneo llevan décadas apuntando en la misma dirección, con una consistencia que ningún cambio de algoritmo debería haber necesitado para incorporar. Sin embargo, Nutri-Score ha requerido sucesivas revisiones para acomodar evidencias que ya existían cuando fue diseñado, lo que plantea una pregunta incómoda: si el conocimiento científico de base no ha cambiado sustancialmente, ¿qué es exactamente lo que ha impulsado cada nueva versión del sistema? La respuesta, en demasiados casos, parece estar más cerca de la gestión de la controversia que del avance del conocimiento.
Lo que queda cuando se analiza esta secuencia de cambios no es la imagen de un sistema en proceso de perfeccionamiento científico, sino la de un mecanismo que busca legitimarse sobre la marcha. Cada nueva versión del algoritmo trae consigo una ronda de recalificaciones que obliga a los fabricantes a reimprimir etiquetas, a los supermercados a actualizar sus lineales y, sobre todo, al consumidor a reaprender qué productos considera «buenos» o «malos» según el código de colores. El efecto acumulado de esa inestabilidad no es la educación nutricional; es la confusión y, en última instancia, la pérdida de confianza en el propio instrumento.
Porque esa es la pregunta que nadie en el entorno de Nutri-Score termina de responder con comodidad: ¿para quién fue diseñado realmente este sistema? Si fue diseñado para el consumidor, sus sucesivas reformulaciones lo han vuelto menos fiable, no más. Si fue diseñado para la industria alimentaria, los continuos ajustes encajan mejor en una lógica de adaptación comercial que científica. Y si fue diseñado, como sugiere Aranceta, para que determinadas multinacionales pudieran mejorar la percepción pública de sus productos, entonces cada modificación del algoritmo no es una mejora, sino una nueva vuelta de tuerca en ese mismo ejercicio.
Hay algo difícil de ignorar y es la imagen de un sistema que llega al consumidor con la autoridad de cinco colores y una letra, y que al mismo tiempo necesita reinventarse cada pocos años para corregir lo que sus propios impulsores admiten que no funcionaba. Esa contradicción es la señal de que Nutri-Score nunca fue el instrumento neutro y científico que prometió ser, sino una herramienta en permanente negociación con los intereses que la rodean. Y una guía que cambia de opinión con tanta frecuencia no guía: desorienta.



















.