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domingo, octubre 11, 2026 🍇 🍷
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El viejo uniforme

Formé parte de un grupo de teatro de aficionados; íbamos a representar Picnic, de Fernando Arrabal, yo hacía el papel de uno de los soldados y fui al Rastro a comprarme un uniforme militar usado. Encontré una guerrera que parecía estar hecha a mi medida y con tres estrellas en las hombreras y en los puños. El anticuario del Rastro me dijo que había pertenecido a un capitán de artillería. En la obra son dos soldados sin graduación, pero eso del poder y de las estrellas me excita y no pude resistirme.

En otra tienda me compré unas botas negras de caña alta muy brillantes y una gorra que parecía nueva y me dijeron que había pertenecido a un joven oficial que no había llegado a ejercer. Desde el momento en que me probé el uniforme completo me sentí cómodo, parecía hecho para mí por un sastre castrense, me daban ganas de volver a casa desfilando por la calle, hacía mucho calor y mi sentido del ridículo no me lo permitía. No encontré sable ni cartucheras.

Ensayábamos cada miércoles en un local de un centro de jubilados, era un saloncito con un pequeño escenario, nos dirigía una vieja amiga jubilada que en tiempos fue actriz y como yo era un entusiasta del gran dramaturgo patafísico, me lo tomé muy en serio.

En los ensayos no era necesario lucir el uniforme, pero yo me sentía muy a gusto y me ayudaba a identificarme con el personaje. Cuando estaba solo en casa me colocaba la guerrera, las botas y la gorra con sus estrellas relucientes y frente al espejo recitaba el discurso final de Chaplin de El gran dictador, y me subía a la mesa del comedor. El uniforme me subía la autoestima. La obra es un alegato contra la guerra, pero propuse que cambiáramos los diálogos.

Me expulsaron del grupo de teatro: «Por fantoche, fanfarrón y facha», eso me dijeron, y esas tres efes me dolieron más que si me hubiesen mentado a mi madre.

Me sentía tan identificado con el uniforme que recordé aquello de que «El hábito no hace al monje», es falso, ahora lo tengo claro, el viejo uniforme iba modificando mi carácter día a día y no sé por qué misteriosa razón, sin haberlo leído en ningún sitio, empecé a recitar el discurso de Millán Astray en la Universidad de Salamanca, con aquello de: «¡Viva la muerte y muera la inteligencia!», y empecé a perder la visión de un ojo y a dolerme un testículo; pero lo más extraño fue que al tercer día me salió de la garganta una voz rotunda como de ultratumba recitando el «Brindis de los Tercios», escrito por Eduardo Marquina para su obra Se ha puesto el sol en Flandes.

Busqué en el trastero una escopeta de perdigones de cuando me gustaba cazar pájaros y empecé a desfilar por el pasillo de mi casa, mi mujer me ha pedido el divorcio si no me quito el disfraz, como lo llama ella, y eso me enfureció, «¡No es un disfraz, es mi uniforme!», le grité. Mis vecinos llamaron a la policía. Estoy internado en un hospital y llorando de vergüenza por lo del pijama ridículo, y llorando de rabia por el espantoso espectáculo que di cuando me sacaron esposado mientras gritaba: «¡Viva España, y muerte a los gabachos!».

Vicente Chumilla
Vicente Chumilla
Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.

Formé parte de un grupo de teatro de aficionados; íbamos a representar Picnic, de Fernando Arrabal, yo hacía el papel de uno de los soldados y fui al Rastro a comprarme un uniforme militar usado. Encontré una guerrera que parecía estar hecha a mi medida y con tres estrellas en las hombreras y en los puños. El anticuario del Rastro me dijo que había pertenecido a un capitán de artillería. En la obra son dos soldados sin graduación, pero eso del poder y de las estrellas me excita y no pude resistirme.

En otra tienda me compré unas botas negras de caña alta muy brillantes y una gorra que parecía nueva y me dijeron que había pertenecido a un joven oficial que no había llegado a ejercer. Desde el momento en que me probé el uniforme completo me sentí cómodo, parecía hecho para mí por un sastre castrense, me daban ganas de volver a casa desfilando por la calle, hacía mucho calor y mi sentido del ridículo no me lo permitía. No encontré sable ni cartucheras.

Ensayábamos cada miércoles en un local de un centro de jubilados, era un saloncito con un pequeño escenario, nos dirigía una vieja amiga jubilada que en tiempos fue actriz y como yo era un entusiasta del gran dramaturgo patafísico, me lo tomé muy en serio.

En los ensayos no era necesario lucir el uniforme, pero yo me sentía muy a gusto y me ayudaba a identificarme con el personaje. Cuando estaba solo en casa me colocaba la guerrera, las botas y la gorra con sus estrellas relucientes y frente al espejo recitaba el discurso final de Chaplin de El gran dictador, y me subía a la mesa del comedor. El uniforme me subía la autoestima. La obra es un alegato contra la guerra, pero propuse que cambiáramos los diálogos.

Me expulsaron del grupo de teatro: «Por fantoche, fanfarrón y facha», eso me dijeron, y esas tres efes me dolieron más que si me hubiesen mentado a mi madre.

Me sentía tan identificado con el uniforme que recordé aquello de que «El hábito no hace al monje», es falso, ahora lo tengo claro, el viejo uniforme iba modificando mi carácter día a día y no sé por qué misteriosa razón, sin haberlo leído en ningún sitio, empecé a recitar el discurso de Millán Astray en la Universidad de Salamanca, con aquello de: «¡Viva la muerte y muera la inteligencia!», y empecé a perder la visión de un ojo y a dolerme un testículo; pero lo más extraño fue que al tercer día me salió de la garganta una voz rotunda como de ultratumba recitando el «Brindis de los Tercios», escrito por Eduardo Marquina para su obra Se ha puesto el sol en Flandes.

Busqué en el trastero una escopeta de perdigones de cuando me gustaba cazar pájaros y empecé a desfilar por el pasillo de mi casa, mi mujer me ha pedido el divorcio si no me quito el disfraz, como lo llama ella, y eso me enfureció, «¡No es un disfraz, es mi uniforme!», le grité. Mis vecinos llamaron a la policía. Estoy internado en un hospital y llorando de vergüenza por lo del pijama ridículo, y llorando de rabia por el espantoso espectáculo que di cuando me sacaron esposado mientras gritaba: «¡Viva España, y muerte a los gabachos!».

Vicente Chumilla
Vicente Chumilla
Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.
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1 COMENTARIO

  1. ¡Oigan, buenos ciudadanos,
    vecinos de la gran tecla,,
    que el Caudillo ha descendido
    a dar su mitin  en Yecla!
    ​Ha bajado por San Francisco
    con el paso marcial y hondo,
    enfundado en su uniforme
    que despierta todo el mondro.
    ​Con las gafas de sol puestas,
    las oscuras y de espejo,
    se planta ante la parroquia
    presumiendo sin complejo.
    Se le agolpa la pléyade
    dándole palmadas hondas,
    y le gritan con fervor
    entre risas y guasas bromas:
    ​—«¡Queremos votarte, caudillo!
    —le vocifera el gentío—,
    ¡queremos votarte y seguirte
    en este bendito lío!
    Él levanta bien la mano,
    saludando con desdén,
    prometiendo vino y vino
    y un decretazo también.

Vicente Chumilla
Vicente Chumilla
Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.
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