¡Por los bares de mi pueblo!

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Muchas de las ideas, que después les traslado, me surgen en mis carreras matutinas por los caminos del campo yeclano (cada vez más urbano).

En estos días se me hace durísimo el madrugar. Y es que sufrimos un gran desfase entre el horario social y el ciclo solar, que es nuestro reloj biológico natural.

El horario impuesto nos obliga, durante este mes, a despertarnos de noche, cuando deberíamos estar durmiendo, así como a sufrir, más intensamente, los primeros fríos. Es un horario contra natura.

A pesar de ello, una vez en marcha, y tras solo 500 metros de carrera, el esfuerzo merece la pena.

Hoy he ido pensando en la noticia que leí hace unos días, la del accidente ocurrido en una de las terrazas que existen en Yecla. Hay muchas, no sé el número exacto que son, creo recordar que tenemos alrededor de 90. Según este periódico, además de un gran susto, solo hubo que lamentar pequeñas heridas de dos o tres personas. Menos mal.¡

Era de prever. Y es que como dice una famosa ley de la Física “todo lo que es susceptible de ocurrir, termina ocurriendo”, así que, antes o después, tendríamos un suceso de este tipo.

Bueno, todos, todos, por lo visto, no, porque aquellos sobre los que, justamente, cae la mayor responsabilidad de vigilar y atender, prioritariamente, por la seguridad de sus ciudadanos, no creyeron en esta posibilidad. No sé si es competencia de la Policía Local, si de la concejalía de seguridad, ni tan siquiera si existe normativa alguna en materia de seguridad para la instalación de terrazas. Lo que es cierto es que algunas de estas terrazas no son del todo seguras.

La hostelería en general, la restauración y bares en particular, desde mi punto de vista, son de los oficios más duros y sacrificados que hay: negocios que subsisten gracias a esfuerzos de familias enteras (padres, hijos, hermanos), todos a una para poder alcanzar la rentabilidad mínima; con jornadas interminables, de 12-14 horas; que cuanto más nos divertimos los unos, más trabajan los otros. Y que nos soportan, nos sirven y nos tratan como si fuéramos verdaderos reyes. Ahora, además, nos atienden desde más lejos, y, mientras que un ojo lo fijan en la bandeja que portan en una mano, con el otro ojo, deben ir sorteando vehículos para no ser atropellados.

Volvamos atrás, cuando, tras más de dos meses cerrados a cal y canto, a finales de mayo, se produce la ansiada reapertura de bares que tanto deseábamos. Así que, de cualquier manera y en cualquier lugar, reaparecen con fuerza las terrazas, muchas terrazas, terrazas ampliadas, a dos aceras, en las esquinas, en las rotondas, en calles anchas y en otras menos anchas, y alguna, las menos, en las calles peatonales.

Era la vía más rápida y sencilla para promover y apoyar a este gremio, y a la vez, de ayudarnos a nosotros mismos, deseosos de salir y disfrutar de las añoradas compañías pre-pandémicas.

Desde entonces, las soluciones improvisadas por la premura de aquellos momentos, aún siguen vigentes, tal cual.

Ya ha transcurrido suficiente tiempo como para percatarnos que hay terrazas mejorables en seguridad. Las hay que no son apropiadas por su delicada localización, y que deberían cambiar de ubicación. Muchas otras, podrían requerir de alguna pequeña protección (¿pequeñas piezas de hormigón?) que las proteja del sentido de la marcha, o algún resalto que obligue a aminorar la velocidad con la que circulan los vehículos, a apenas centímetros de distancia. En otros casos, no vendría mal mejoras en las señalizaciones de situación, incluso, algunas no tienen ni una mínima valla que las delimite, sustituidas por un mero cordel.

La provisionalidad inicial ya no es tal. Además, y por desgracia, todo apunta a que vamos a tener que convivir muchos meses más con la limitación de los aforos en los de locales, si atendemos a los últimos y numerosos estudios que aseguran que el coronavirus permanece horas en el aire de locales cerrados, aerosoles les llaman.

Si a esta situación le unimos el frio de Yecla, que se empieza a sentir ya en las noches al raso, la suspensión de Las Fiestas de La Virgen, y, posiblemente, restricciones en las celebraciones de Navidad, el futuro del sector requiere de más ayudas, de soluciones de mayor calado, y de no seguir pensando en provisionalidad.

Un inciso para repetir lo que, repetidamente, comento. Una vez más echo en falta ese plan de ciudad, donde se deberían haber plasmado las políticas concretas para la actividad hostelera, que incentivaran las zonas de restauración y ocio, (ahora nos volvemos a acordar del Mercado Central y la inacción durante decenios), o de cómo afrontar la “desertización” de las calles peatonales y las dificultades de los comercios que allí se asientan, con una muy difícil accesibilidad, y una ostensible falta de aparcamientos (antes de peatonalizar se necesita asegurar el tránsito a esas zonas), y más cuando cada vez hay más yeclanos que habitan en el extrarradio.

Ya es tarde, y una vez más, ya solo nos cabe la solución de urgencia.

La ciudadanía yeclana, el pueblo de Yecla, es quien debe también ayudar ahora a sus bares y restaurantes, casi los únicos lugares de ocio y esparcimiento que nos quedan.

Ideas para ayudar a los bares

Humildemente, con el riesgo de solo conocer el negocio desde el lado de afuera de la barra, he pensado en algunas mini-ideas, que seguro que están en la mente de la asociación de hosteleros, incluso, en la concejalía de turno, pero las lanzo por si ayudaran:

1/ Es verdad, que si los cierres y restricciones de aforo de bares y restaurantes, vienen forzados por motivos de salud pública, requieren de un trato especial por el resto de la comunidad: continuar con mayores y más duraderas exenciones en las tasas, en el IBI, y alguna que otra subvención regular y duradera, sería oportuno.

2/ Ayudas a fondo perdido y/o préstamos a largo plazo, carencias, tipos cero, etc. para la adecuación de locales y terrazas para duro invierno y más allá. A lo mejor, se podría instaurar un tipo de terraza uniforme y homogénea, partiendo de una negociación común y bien dirigida, y no solo pensando en una corta temporada. Humidificadores y soluciones de filtrado y renovación rápida del aire en el interior, podrían ser convenientes.

3/ Nuestras propinas-impuesto voluntario, que podríamos añadir al total, por los esfuerzos añadidos y en apoyo al sector, ¿10%?, mientras duren las restricciones de aforo.

En otros lugares se han emitido bonos prepago (pagamos ahora y ya lo consumiremos después).

4/El consumo a domicilio. Realizar comandas para tomar en casa. Acostumbrados estamos a hacerlo en establecimientos de comida rápida, ¿Por qué no con nuestros bares y restaurantes favoritos?

En este caso, podrían ser factibles nuevas “Rutas de la tapa” “Quincenas culinarias” “Semana de tal….”, y todo listo para llevar.

5/ Algo se intentó, pero no parece que fraguó, insistir en el doble horario. Adelantar la hora de la comida y/o cena para que quepan dos turnos, y que entre ellos, haya suficiente tiempo para la ventilación, limpieza y desinfección del local.

Algunos de mis mejores recuerdos están en torno a los bares: las primeras salidas juveniles con los amigos, yo todavía con pelo, o aquellas interminables citas de amor que duraban hasta el cierre, y las partidas del torneo de dominó de todas las Navidades, durante 28 años ya, o la cita anual con los gazpachos de La Bajada, o de San Isidro,…todo esto y mucho más, sería muy diferente sin los bares.


 

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