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🌰 viernes 09 diciembre 2022

Los caballitos de la Feria

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Justo Soriano se estrena en elperiodicodeyecla.com con este completo y magnífico artículo sobre la historia de la popular rueda de los caballitos, que acompaña a la Feria de Yecla desde finales del siglo XIX

Finalizaba la década de los años cincuenta en el pasado siglo y desde últimos de agosto, el sol se iba tornando de abrasador en agradable mientras el color de sus rayos, viraba hacia la palidez; la temperatura descendía leve, constante cada jornada, advirtiendo de la conveniencia en ponerse manga larga al atardecer. Llegaba la Feria de Septiembre coincidiendo lluvias con la descarga de todo tipo de materiales y enseres de los feriantes: era el preludio del otoño.

En el “jardín de abajo” con firme de tierra y alrededor de un entrañable Quiosco modernista ahora desaparecido, y del Palomar que entonces lucía fuente, balsa y palomas, instalaban paradas de juguetes, de bisutería y joyería, de correchería, de turrones y dulces. El “jardín de arriba” se preparaba cerrando su contorno con altas tablas con objeto de celebrar allí verbenas y también tapaban la trasera del Templete de la Música (que inexplicablemente fue demolido) para escenario musical. Ese año de 1959, el 26 de septiembre, cantaba José Guardiola en la verbena inaugural, el primer artista importante que actuó frente a la balsa y busto de “Azorín”.

La Feria en el parque

A un lado de la entrada principal del jardín instalaban una tómbola y siguiendo la calle del Teatro, frente al conocido salón de futbolines “de Amable” en el ensanche de la calle Alfarería montaban las atracciones, continuando por la calle de San Roque con casetas de diversos reclamos como los “pimpampunes”, puestos de útiles para el hogar, para el campo (la industria del mueble no había despegado todavía) y cuchillerías, hasta finalizar cerca de la entrada ajardinada del colegio de Escuelas Pías (edificio singular penosamente derribado para construir en su lugar el I.E.S. Azorín) y proximidades del bar “Los Tambores”, ahora un solar.

La chiquillería había celebrado la noche del 8 de septiembre “La Virgen de los Melones”, paseando pequeñas sandías vaciadas de su pulpa y alumbradas en su interior con una vela a modo de farol: había comenzado un nuevo curso escolar. Por las mañanas asistían al colegio, por las tardes en gran número se acercaban a ver embelesados los trabajos de montaje y levantamiento de los carruseles, algunos haciendo conatos de ayuda con la esperanza de lograr premio en forma de vales o en metálico, aunque en mayoría permanecían expectantes y haciendo cábalas sobre los días venideros.

Entre aquellas instalaciones había norias de dos barcas, movidas por el impulso manual del encargado y con sacos de tierra como contrapeso; próximas a ellas ponían las “barcas de fuerza” que se elevaban con el impulso de quienes las ocupaban; cercano, un carrusel infantil notablemente antiguo y al lado se encontraba la atracción principal: la rueda de los Caballitos, sitio donde las parejas coqueteaban y reclamo también de niños y niñas, aun necesitando la ayuda de una persona mayor para mantenerlos en la montura.

Maqueta de las barcas
Maqueta de las barcas

Maqueta de los caballitos
Maqueta de los caballitos

Francisco Román, el maestro de los caballitos

Los Caballitos, a los que se fueron añadiendo otras atracciones feriales, venían siendo desde hacía más de medio siglo el medio de vida para varias generaciones de una familia. Todo había empezado en los finales del siglo XIX, cuando Francisco Román carpintero con vivienda y taller en la calle San Pascual, observando una rueda de Caballitos de la Feria por entonces ubicada en los alrededores de la calle San Francisco y la Basílica, le comentó a su esposa Concha, que él era capaz de construir otra rueda parecida por conocer bien como se trabajaba la madera, ya que era su medio de vida.

Esta idea no prosperó de inmediato, pero al año siguiente volvió a ver la misma atracción en la Feria; entonces el carpintero se reafirmó en su anterior propuesta comenzando la tarea de realizarla sin descuidar su trabajo habitual. Pudo acabar su rueda de Caballitos a tiempo para la feria de la cercana localidad de Pinoso, donde fue estrenada en el mes de agosto del siguiente año. Después los llevó a la feria de Jumilla, seguidamente a Almansa, luego Caudete terminando su itinerario en la Feria de Yecla. Logró muy buena aceptación y en los años posteriores, además de hacer la misma ruta, fue ampliando a otras poblaciones también cercanas: Villena y Sax. Pasados varios años abarcó pueblos de Valencia y de La Mancha.

Una tradición de padres a nietos

El matrimonio tuvo como descendencia un hijo y dos hijas. La hija mayor fijó su residencia en Elche al unirse en matrimonio con un varón de esa ciudad. El hijo, al contraer nupcias con una mujer perteneciente a una familia de feriantes levantinos, continuó por las ferias con la rueda de Caballitos paterna dedicándose a recorrer tierras valencianas. Francisco Román regresó a su oficio de antes, carpintero. Un año después el hijo devolvió el tiovivo a su padre, pues había recibido de su familia política una rueda de Caballitos mayor de la que hasta entonces habían utilizado. Al ocurrir esto, Francisco cerró la carpintería y de nuevo volvió a las ferias con sus Caballitos en compañía de su esposa e hija menor Remedios.

Esta conoció durante la feria de Caudete a José Martí también carpintero de profesión. Se casaron y vivieron del taller en esa ciudad durante unos años. Allí nacieron sus dos primeros hijos, varones. Cuando Francisco Román decidió retirarse por su avanzada edad, llamó a su yerno y a Remedios ofreciéndoles su rueda de Caballitos. Aceptaron, comenzando en los albores del siglo XX la andadura ferial de la familia Martí, a la que llegaron otros tres varones y una hija.

Cinco hijos feriantes

La hija marchó a vivir a Hellín al casarse con un barbero de esa ciudad. Los cinco hijos se dedicaron a la labor de feriantes aprendiendo además ebanistería. Añadiéndose que el mayor de ellos era, por vocación, pintor artístico y realizaba las pinturas que decoraban los Caballitos y demás carruseles. El legado familiar aumentó con la propia construcción de una rueda de “Voladoras”. En el ambiente ferial, a los hijos de José y Remedios, se les conocía por “Los Ruedas”. Fuera de las temporadas feriales los jóvenes se dedicaban a encalar patios y fachadas de viviendas, estando muy solicitados para estos menesteres.

También fabricaban pequeños juguetes de madera: peonzas, trancos, carrascas, para venderlos y costearse sus gastos personales. Al principio, los Caballitos y las “Voladoras” estaban movidos por electricidad de baja potencia y el alumbrado de las atracciones funcionaba a base de carbureros (artilugios que emitían luz mediante una combinación química entre gases de carburo y su combustión por fuego).

maqueta de las voladoras con asientes y de aviones

maqueta de las voladoras con asientes y de aviones
maqueta de las voladoras con asientes y de aviones

Las atracciones en la posguerra

Durante la Guerra Civil los aparatos fueron guardados en un patio cercano al principio de la carretera hacia Villena. Al reanudarse la actividad ferial después de la guerra, por los constantes cortes y restricciones de electricidad que se sufrían acoplaron a las “Voladoras” un motor de gasolina y los Caballitos prefirieron moverlos por la fuerza de un pony, sujeto con un arnés dando vueltas entre el eje central del tiovivo y la plataforma a la orden de una campana. Años después, suprimieron la fuerza animal acoplando a la atracción otro motor. A principios de los años cincuenta cuando mejoró el servicio eléctrico, las atracciones volvieron a girar con este tipo de fuerza, sustituyéndose el alumbrado de los carbureros por bombillas, entonces de filamentos.

Al tiempo que los hermanos Martí Román iban formando su propia familia e independizándose, los padres hacían cumplir una norma que previamente establecieron: al unirse en matrimonio recibirían como préstamo durante un año, una de las atracciones de la familia con el fin de obtener ingresos propios. Aunque se les daba a elegir, todos optaban por “La rueda de los Caballitos”. Al cumplirse el año debían devolver lo prestado y hacerse con su propia atracción: caseta de tiro, tramoya nueva….

Solo uno de los hijos al cumplir el año pactado no continuó en el oficio: se empleó en una fábrica de muebles. Los cuatro restantes continuaron con la actividad ferial, construyendo, reparando y mejorando los carruseles, pues eran hábiles en la carpintería, talla, pintura. Los trabajos de madera los realizaban en la calle San Pascual donde tenían el taller familiar. Los trabajos de metal también se los hacían ellos mismos en una fragua de la calle Iberia, a cuyos dueños se les conocía por “Los Bedija”.

De los caballitos a la ola

Al llegar el momento de retirarse del oficio José Martí, uno de sus hijos propuso quedarse con los Caballitos. El padre, conocedor de que los demás también los querían, acordó con todos realizar un sorteo. Quien resultó agraciado propuso al más interesado en esta atracción llevar en sociedad el negocio y abonaron al padre el precio de los Caballitos convenido de antemano.

Al cabo de un tiempo uno de los dos socios dejó la actividad para ir a vivir a Elda de modo permanente. El otro continuó con la atracción, que entonces se acompañaba de una ruleta en la que apostando se ganaban regalos; pero normativas de nueva aparición, obligaron a retirarla.

Los famosos cocioles

Los otros dos hijos se quedaron con las “Voladoras”, pagando también su importe al padre. Este artefacto lo desmontaron haciendo con sus piezas uno nuevo: “La Ola”, consistente en una rueda que además de varias figuras (en su mayoría de animales de la selva, como cebras, leones, tigres etc. y carritos sin tiro) llevaba lo que más aceptación tenía para los ocupantes: unos cubículos redondos de varias plazas colocados sobre vías curvas de 360º, los famosos “cocioles”.

En ellos se disfrutaba de varios movimientos: el típico circular de todas las ruedas más el que simulaba a las “olas” de fuerte sube y baja, combinándose con otro que consistía en girar el cubículo con una especie de volante, tanto de derecha a izquierda como al contrario sobre sí mismo, imprimiendo un movimiento rotatorio a veces muy rápido y que causaba algún que otro mareo, pero gustaba inmensamente.

La puesta en funcionamiento alrededor del año 1960 obtuvo gran éxito durante tres o cuatro años. Estos dos hermanos también deshicieron su negocio; desmontaron el ingenio y se repartieron sus piezas a medias, con las que cada uno construyó su propia “ola”; una siguió con el nombre original, “La Ola” que cambió después por “El Caimán” y la otra se llamó “El Congo”.

la Ola primitiva
La Ola primitiva

La Ola actualizada
La Ola actualizada

La importancia de la música

Desde el principio, la música fue complemento importante en la rueda de Caballitos. Antes de la Guerra Civil acompañaban el tiovivo con el sonido de un organillo, movido manualmente por una manivela; por la dificultad que conllevaba idearon un sistema mecánico de polea para dejar de hacerlo a mano.

El organillo fue reemplazado hacia mitad de los años cuarenta por un gramófono marca “La Voz de su Amo”, con discos de una pieza musical por cada cara cuyo repertorio consistía en música instrumental de pasodobles y típicas canciones españolas cantadas. En este tipo de aparatos era imprescindible cambiar las agujas después de cada canción para conservar en buen estado los discos. La sustitución por el nuevo tocadiscos en el tercio final de los años cincuenta para reproducir los Singles EP’s y LP’s de vinilo, mejoró notablemente la calidad auditiva de la música en las atracciones.

Desfilaron en sus carruseles cada temporada, una selección del panorama de actualidad musical para amplios públicos sonando lo último de Gloria Lasso, Lucho Gatica, Sara Montiel, Los Cinco Latinos, Los Panchos, Nat King Cole… entonces lo más representativo de la canción melódica, las románticas canciones italianas de Domenico Modugno, Gigliola Cinquetti, Renato Carosone, Caterina Valente entre otros artistas; siguieron los primeros grupos e intérpretes “modernos” en castellano como el Dúo Dinámico, Enrique Guzmán y pronto enlazaron con los ritmos convulsivos de Chubby Checker, Little Richard, Chuck Berry y Elvis Presley iniciadores de la era del Rock; a los que imitaron aquí Mike(Miguel) Ríos, Los Relámpagos, Los Pekenikes… Siempre destacaron las atracciones “Martí” por su acertada variedad y continua rotación actualizada del repertorio musical a través de los años.

Una tradición que continúa muy viva

En el día de hoy continúan el oficio algunos de los tataranietos de Francisco Román y Concha, bisnietos de José Martí y Remedios. Siguen acudiendo a numerosas ferias y fiestas de pueblos y ciudades.

Casi todas las antiguas y artesanales atracciones desaparecieron, siendo sustituidas con el devenir de los nuevos tiempos por otras de fabricación industrial. Hoy se conservan alrededor de una docena de maquetas, construidas por uno de los hijos de José Martí. Son réplicas, de mediano tamaño y con movimiento, de las principales atracciones que llevaron durante años y años de feria en feria, las sucesivas generaciones descendientes de aquel habilidoso carpintero de la calle San Pascual.

Hasta aquí la pequeña historia relatada que se debe, en gran medida, a la información de José Martí descendiente en cuarta generación del patriarca Francisco, a quien agradezco el tiempo que me ha dedicado muy amablemente.

También me han prestado atenta colaboración los primos del anterior, Vicente (con fotos antiguas) y Antonio (con fotos de las maquetas), a quienes también expreso mi gratitud.


Artículo de Justo Soriano Aliaga

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Justo Soriano se estrena en elperiodicodeyecla.com con este completo y magnífico artículo sobre la historia de la popular rueda de los caballitos, que acompaña a la Feria de Yecla desde finales del siglo XIX

Finalizaba la década de los años cincuenta en el pasado siglo y desde últimos de agosto, el sol se iba tornando de abrasador en agradable mientras el color de sus rayos, viraba hacia la palidez; la temperatura descendía leve, constante cada jornada, advirtiendo de la conveniencia en ponerse manga larga al atardecer. Llegaba la Feria de Septiembre coincidiendo lluvias con la descarga de todo tipo de materiales y enseres de los feriantes: era el preludio del otoño.

En el “jardín de abajo” con firme de tierra y alrededor de un entrañable Quiosco modernista ahora desaparecido, y del Palomar que entonces lucía fuente, balsa y palomas, instalaban paradas de juguetes, de bisutería y joyería, de correchería, de turrones y dulces. El “jardín de arriba” se preparaba cerrando su contorno con altas tablas con objeto de celebrar allí verbenas y también tapaban la trasera del Templete de la Música (que inexplicablemente fue demolido) para escenario musical. Ese año de 1959, el 26 de septiembre, cantaba José Guardiola en la verbena inaugural, el primer artista importante que actuó frente a la balsa y busto de “Azorín”.

La Feria en el parque

A un lado de la entrada principal del jardín instalaban una tómbola y siguiendo la calle del Teatro, frente al conocido salón de futbolines “de Amable” en el ensanche de la calle Alfarería montaban las atracciones, continuando por la calle de San Roque con casetas de diversos reclamos como los “pimpampunes”, puestos de útiles para el hogar, para el campo (la industria del mueble no había despegado todavía) y cuchillerías, hasta finalizar cerca de la entrada ajardinada del colegio de Escuelas Pías (edificio singular penosamente derribado para construir en su lugar el I.E.S. Azorín) y proximidades del bar “Los Tambores”, ahora un solar.

La chiquillería había celebrado la noche del 8 de septiembre “La Virgen de los Melones”, paseando pequeñas sandías vaciadas de su pulpa y alumbradas en su interior con una vela a modo de farol: había comenzado un nuevo curso escolar. Por las mañanas asistían al colegio, por las tardes en gran número se acercaban a ver embelesados los trabajos de montaje y levantamiento de los carruseles, algunos haciendo conatos de ayuda con la esperanza de lograr premio en forma de vales o en metálico, aunque en mayoría permanecían expectantes y haciendo cábalas sobre los días venideros.

Entre aquellas instalaciones había norias de dos barcas, movidas por el impulso manual del encargado y con sacos de tierra como contrapeso; próximas a ellas ponían las “barcas de fuerza” que se elevaban con el impulso de quienes las ocupaban; cercano, un carrusel infantil notablemente antiguo y al lado se encontraba la atracción principal: la rueda de los Caballitos, sitio donde las parejas coqueteaban y reclamo también de niños y niñas, aun necesitando la ayuda de una persona mayor para mantenerlos en la montura.

Maqueta de las barcas
Maqueta de las barcas

Maqueta de los caballitos
Maqueta de los caballitos

Francisco Román, el maestro de los caballitos

Los Caballitos, a los que se fueron añadiendo otras atracciones feriales, venían siendo desde hacía más de medio siglo el medio de vida para varias generaciones de una familia. Todo había empezado en los finales del siglo XIX, cuando Francisco Román carpintero con vivienda y taller en la calle San Pascual, observando una rueda de Caballitos de la Feria por entonces ubicada en los alrededores de la calle San Francisco y la Basílica, le comentó a su esposa Concha, que él era capaz de construir otra rueda parecida por conocer bien como se trabajaba la madera, ya que era su medio de vida.

Esta idea no prosperó de inmediato, pero al año siguiente volvió a ver la misma atracción en la Feria; entonces el carpintero se reafirmó en su anterior propuesta comenzando la tarea de realizarla sin descuidar su trabajo habitual. Pudo acabar su rueda de Caballitos a tiempo para la feria de la cercana localidad de Pinoso, donde fue estrenada en el mes de agosto del siguiente año. Después los llevó a la feria de Jumilla, seguidamente a Almansa, luego Caudete terminando su itinerario en la Feria de Yecla. Logró muy buena aceptación y en los años posteriores, además de hacer la misma ruta, fue ampliando a otras poblaciones también cercanas: Villena y Sax. Pasados varios años abarcó pueblos de Valencia y de La Mancha.

Una tradición de padres a nietos

El matrimonio tuvo como descendencia un hijo y dos hijas. La hija mayor fijó su residencia en Elche al unirse en matrimonio con un varón de esa ciudad. El hijo, al contraer nupcias con una mujer perteneciente a una familia de feriantes levantinos, continuó por las ferias con la rueda de Caballitos paterna dedicándose a recorrer tierras valencianas. Francisco Román regresó a su oficio de antes, carpintero. Un año después el hijo devolvió el tiovivo a su padre, pues había recibido de su familia política una rueda de Caballitos mayor de la que hasta entonces habían utilizado. Al ocurrir esto, Francisco cerró la carpintería y de nuevo volvió a las ferias con sus Caballitos en compañía de su esposa e hija menor Remedios.

Esta conoció durante la feria de Caudete a José Martí también carpintero de profesión. Se casaron y vivieron del taller en esa ciudad durante unos años. Allí nacieron sus dos primeros hijos, varones. Cuando Francisco Román decidió retirarse por su avanzada edad, llamó a su yerno y a Remedios ofreciéndoles su rueda de Caballitos. Aceptaron, comenzando en los albores del siglo XX la andadura ferial de la familia Martí, a la que llegaron otros tres varones y una hija.

Cinco hijos feriantes

La hija marchó a vivir a Hellín al casarse con un barbero de esa ciudad. Los cinco hijos se dedicaron a la labor de feriantes aprendiendo además ebanistería. Añadiéndose que el mayor de ellos era, por vocación, pintor artístico y realizaba las pinturas que decoraban los Caballitos y demás carruseles. El legado familiar aumentó con la propia construcción de una rueda de “Voladoras”. En el ambiente ferial, a los hijos de José y Remedios, se les conocía por “Los Ruedas”. Fuera de las temporadas feriales los jóvenes se dedicaban a encalar patios y fachadas de viviendas, estando muy solicitados para estos menesteres.

También fabricaban pequeños juguetes de madera: peonzas, trancos, carrascas, para venderlos y costearse sus gastos personales. Al principio, los Caballitos y las “Voladoras” estaban movidos por electricidad de baja potencia y el alumbrado de las atracciones funcionaba a base de carbureros (artilugios que emitían luz mediante una combinación química entre gases de carburo y su combustión por fuego).

maqueta de las voladoras con asientes y de aviones

maqueta de las voladoras con asientes y de aviones
maqueta de las voladoras con asientes y de aviones

Las atracciones en la posguerra

Durante la Guerra Civil los aparatos fueron guardados en un patio cercano al principio de la carretera hacia Villena. Al reanudarse la actividad ferial después de la guerra, por los constantes cortes y restricciones de electricidad que se sufrían acoplaron a las “Voladoras” un motor de gasolina y los Caballitos prefirieron moverlos por la fuerza de un pony, sujeto con un arnés dando vueltas entre el eje central del tiovivo y la plataforma a la orden de una campana. Años después, suprimieron la fuerza animal acoplando a la atracción otro motor. A principios de los años cincuenta cuando mejoró el servicio eléctrico, las atracciones volvieron a girar con este tipo de fuerza, sustituyéndose el alumbrado de los carbureros por bombillas, entonces de filamentos.

Al tiempo que los hermanos Martí Román iban formando su propia familia e independizándose, los padres hacían cumplir una norma que previamente establecieron: al unirse en matrimonio recibirían como préstamo durante un año, una de las atracciones de la familia con el fin de obtener ingresos propios. Aunque se les daba a elegir, todos optaban por “La rueda de los Caballitos”. Al cumplirse el año debían devolver lo prestado y hacerse con su propia atracción: caseta de tiro, tramoya nueva….

Solo uno de los hijos al cumplir el año pactado no continuó en el oficio: se empleó en una fábrica de muebles. Los cuatro restantes continuaron con la actividad ferial, construyendo, reparando y mejorando los carruseles, pues eran hábiles en la carpintería, talla, pintura. Los trabajos de madera los realizaban en la calle San Pascual donde tenían el taller familiar. Los trabajos de metal también se los hacían ellos mismos en una fragua de la calle Iberia, a cuyos dueños se les conocía por “Los Bedija”.

De los caballitos a la ola

Al llegar el momento de retirarse del oficio José Martí, uno de sus hijos propuso quedarse con los Caballitos. El padre, conocedor de que los demás también los querían, acordó con todos realizar un sorteo. Quien resultó agraciado propuso al más interesado en esta atracción llevar en sociedad el negocio y abonaron al padre el precio de los Caballitos convenido de antemano.

Al cabo de un tiempo uno de los dos socios dejó la actividad para ir a vivir a Elda de modo permanente. El otro continuó con la atracción, que entonces se acompañaba de una ruleta en la que apostando se ganaban regalos; pero normativas de nueva aparición, obligaron a retirarla.

Los famosos cocioles

Los otros dos hijos se quedaron con las “Voladoras”, pagando también su importe al padre. Este artefacto lo desmontaron haciendo con sus piezas uno nuevo: “La Ola”, consistente en una rueda que además de varias figuras (en su mayoría de animales de la selva, como cebras, leones, tigres etc. y carritos sin tiro) llevaba lo que más aceptación tenía para los ocupantes: unos cubículos redondos de varias plazas colocados sobre vías curvas de 360º, los famosos “cocioles”.

En ellos se disfrutaba de varios movimientos: el típico circular de todas las ruedas más el que simulaba a las “olas” de fuerte sube y baja, combinándose con otro que consistía en girar el cubículo con una especie de volante, tanto de derecha a izquierda como al contrario sobre sí mismo, imprimiendo un movimiento rotatorio a veces muy rápido y que causaba algún que otro mareo, pero gustaba inmensamente.

La puesta en funcionamiento alrededor del año 1960 obtuvo gran éxito durante tres o cuatro años. Estos dos hermanos también deshicieron su negocio; desmontaron el ingenio y se repartieron sus piezas a medias, con las que cada uno construyó su propia “ola”; una siguió con el nombre original, “La Ola” que cambió después por “El Caimán” y la otra se llamó “El Congo”.

la Ola primitiva
La Ola primitiva

La Ola actualizada
La Ola actualizada

La importancia de la música

Desde el principio, la música fue complemento importante en la rueda de Caballitos. Antes de la Guerra Civil acompañaban el tiovivo con el sonido de un organillo, movido manualmente por una manivela; por la dificultad que conllevaba idearon un sistema mecánico de polea para dejar de hacerlo a mano.

El organillo fue reemplazado hacia mitad de los años cuarenta por un gramófono marca “La Voz de su Amo”, con discos de una pieza musical por cada cara cuyo repertorio consistía en música instrumental de pasodobles y típicas canciones españolas cantadas. En este tipo de aparatos era imprescindible cambiar las agujas después de cada canción para conservar en buen estado los discos. La sustitución por el nuevo tocadiscos en el tercio final de los años cincuenta para reproducir los Singles EP’s y LP’s de vinilo, mejoró notablemente la calidad auditiva de la música en las atracciones.

Desfilaron en sus carruseles cada temporada, una selección del panorama de actualidad musical para amplios públicos sonando lo último de Gloria Lasso, Lucho Gatica, Sara Montiel, Los Cinco Latinos, Los Panchos, Nat King Cole… entonces lo más representativo de la canción melódica, las románticas canciones italianas de Domenico Modugno, Gigliola Cinquetti, Renato Carosone, Caterina Valente entre otros artistas; siguieron los primeros grupos e intérpretes “modernos” en castellano como el Dúo Dinámico, Enrique Guzmán y pronto enlazaron con los ritmos convulsivos de Chubby Checker, Little Richard, Chuck Berry y Elvis Presley iniciadores de la era del Rock; a los que imitaron aquí Mike(Miguel) Ríos, Los Relámpagos, Los Pekenikes… Siempre destacaron las atracciones “Martí” por su acertada variedad y continua rotación actualizada del repertorio musical a través de los años.

Una tradición que continúa muy viva

En el día de hoy continúan el oficio algunos de los tataranietos de Francisco Román y Concha, bisnietos de José Martí y Remedios. Siguen acudiendo a numerosas ferias y fiestas de pueblos y ciudades.

Casi todas las antiguas y artesanales atracciones desaparecieron, siendo sustituidas con el devenir de los nuevos tiempos por otras de fabricación industrial. Hoy se conservan alrededor de una docena de maquetas, construidas por uno de los hijos de José Martí. Son réplicas, de mediano tamaño y con movimiento, de las principales atracciones que llevaron durante años y años de feria en feria, las sucesivas generaciones descendientes de aquel habilidoso carpintero de la calle San Pascual.

Hasta aquí la pequeña historia relatada que se debe, en gran medida, a la información de José Martí descendiente en cuarta generación del patriarca Francisco, a quien agradezco el tiempo que me ha dedicado muy amablemente.

También me han prestado atenta colaboración los primos del anterior, Vicente (con fotos antiguas) y Antonio (con fotos de las maquetas), a quienes también expreso mi gratitud.


Artículo de Justo Soriano Aliaga

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