lunes 21 junio 2021

El silencio nos hace cómplices

Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación.

Hace unos días, escuchando un programa de radio me sorprendió el testimonio de algunas mujeres jóvenes que se anunciaban en redes como empleadas del hogar o cuidadoras y a las que hombres les pedían, abiertamente, otro tipo de servicios más íntimos. “Mujer de 28 años busca empleo como empleada del hogar o para cuidar niños o personas mayores”, se ofertaba una de ellas. Respuesta: “Supongo que necesitas dinero y yo te puedo pagar mucho. Sería tumbarse en la cama y dejarme comerte el chichi por un par de horas etc.” Es solo uno de los ejemplos de mensajes que estas chicas recibieron.

Muchos hombres creen que si trabajas para ellos estás a su disposición en todos los sentidos. Recordemos los hijos bastardos de las criadas de antaño, víctimas del señor de turno; o el de las esclavas de los campos de algodón y sus hijos mulatos. Pero no hay que irse tan lejos en el tiempo para encontrar ejemplos similares. Basta hacer un repaso por la prensa actual: recolectoras de fruta a las que sus capataces exigen un servicio sexual para no echarlas; las actrices de Hollywood y el “me too”; Plácido Domingo a quien denunciaron un número considerable de mujeres cantantes de su compañía. En cualquier ámbito laboral puedes encontrar ejemplos similares cuando ellos ejercen un poder sobre ti.

Yo nunca me he anunciado en redes sociales para buscar empleo, unos contactos me han llevado a otros y con eso me ha bastado, pero también he tenido alguna experiencia a destacar en este sentido. Recuerdo cuando comencé a trabajar en casa de don Ignacio y pensé que no llegaría al final del primer mes. Fue su hija Irene la que contactó conmigo a través de mi otra jefa, doña Emilia, ya que son buenas amigas.

Don Ignacio es un señor octogenario, viudo, que a primera vista parece conservarse en un estado de salud excelente. Vive solo en la casa que compartió con su esposa toda la vida antes de que esta falleciera hace casi una década.

Mi primer día de trabajo llegué temprano, a la hora concertada.

—Mi padre madruga, así que a las nueve ya puedes estar allí —me informó Irene.

Efectivamente, cuando llegué, don Ignacio ya estaba vestido, aseado y perfumado, sentado frente al ordenador leyendo la prensa. Cuando me vio entrar me saludó cortés, con cierto aire impostado.

—Buenos días Concha. —Su hija nos había presentado días antes para que él diera el visto bueno, o malo y, al parecer, salí airosa de la entrevista. —La estaba esperando para hacer café, porque ¿tomará café?

—Muchas gracias don Ignacio, pero he tomado en casa antes de salir. Tómelo usted, ya más tarde me hago yo uno, si acaso. Voy a empezar por el salón, ¿le parece bien?

—Me parece muy bien, lo que hayas hablado con mi hija, ella es la que sabe de estas cosas. —Sonrió con sus dientes postizos perfectos.

Lo vi dirigirse a la cocina más derecho que una vela, con aire de jovenzuelo con gana de fiesta.

No habían pasado ni cinco minutos cuando volvió a la carga.

—Cuando quieras un café me lo dices y yo te lo preparo, esta cafetera tiene su intríngulis.

—De acuerdo, no se preocupe, se lo pediré.

Me entretuve dándole brillo a aquellos muebles anticuados de maderas nobles, tal vez comprados en los años 60 o 70 en alguna de las fábricas de muebles yeclanas de aquellos años. Recordé a Granfort, Chinchilla, Azorín, las pioneras y otras como Prasa, en la que trabajó mi padre muchos años. Recuerdo como algunos de los muebles que decoraban nuestra casa habían sido fabricados en aquella empresa.

Veo aparecer a don Ignacio, que vuelve de la cocina de tomar el desayuno con un cigarrillo apagado entre los dedos.

—Vaya muebles antiguos y bonitos que tiene usted en este salón.

—Pues sí. El aparador, la mesa y la vitrina son de roble macizo y tienen, lo menos, 60 años. Los compramos cuando nos casamos.

—¿Aquí en Yecla?

—Sí, sí, en muebles Azorín. Costó un dineral para la época, fue el regalo de mis suegros, que en paz descansen, y mi mujer no quiso cambiarlos nunca.

—Es que son unos muebles muy buenos. Mire todavía el brillo que tienen.

—Yo era director de la Caja de Ahorros del Mediterráneo, lo fui casi un cuarto de siglo. Así que tenía poco tiempo para pensar en las cosas de la casa. Las mujeres sois las que decidís sobre eso. Si a ella le gustaban sus muebles, pues no había más que hablar.

—¿A usted no le gustan?

—A mí ni me gustan, ni me dejan de gustar. Son buenos muebles, eso sí.

—¿Estás casada Concha? —dijo cambiando de pronto de tema y sin venir a cuento.

—Sí, señor —contesté sin dejar de mover el trapo del polvo sobre las superficies.

—Claro, una mujer tan atractiva como tú, no podía ser de otra manera.

Se me erizó el pelo cuando lo escuché, pero preferí no alarmarme; hice como que no lo había oído. Puede ser que tan solo se trate de un halago anticuado, nada más, pensé.

Encima del aparador hay una foto de la boda de don Ignacio con su esposa. Muy jóvenes. Ella tiene una sonrisa dulce de niña, los labios perfilados, los ojos chispeantes, una corona de florecillas blancas sobre una melena corta, morena, de la que cuelga el velo de tul. Él, de traje oscuro y chaleco, una flor blanca en la solapa, peinado hacia atrás, con ligero tupe, al estilo de James Dean en Rebelde sin causa. De medio perfil miran al infinito. Un gris pálido de fondo. Me pregunto qué tendrá que ver aquel jovenzuelo de la fotografía con el anciano que ahora contemplo, físicamente muy poco, el interior es otro cantar.

—¿No me has oído lo que te he dicho? —afirma con una sonrisa picarona.

—¿El qué? —pregunto haciéndome la tonta.

—Que eres una mujer hermosa y atractiva y que tu marido tiene mucha suerte —repite sin cohibirse lo más mínimo.

—¡Pero bueno don Ignacio! Todavía andamos así, a sus años. Ande váyase a dar un paseo mientras yo limpio, así ni yo le molesto a usted ni usted a mí —digo en tono de broma.

—¿Me quieres echar de mi propia casa? —Se pone borde.

—¡No por dios! Solo es una sugerencia. Mire, se lo voy a explicar claro: Yo he venido a limpiarle la casa e intento hacerlo lo mejor que puedo para que estén contentos, pero solo ese es mi trabajo: limpiar, y haré lo que esté en mi mano para que usted y yo podamos llevarnos bien, pero los coqueteos déjelos para sus amigas del hogar del pensionista —le digo amablemente.

—Esas son muy viejas —dice arrugando el gesto.

—No más que usted —río.

—A mí me gustan más las de tu edad que, aunque no seáis ya unas niñas, todavía estáis de muy buen ver.

—¿Sera posible? ¿A ves si me voy a tener que chivar a su hija? Compórtese, por favor

Aunque intento no tensar mucho la cuerda y le hablo en tono distendido, realmente me siento bastante incómoda con ese viejo verde que me ha tocado de jefe. Al final consigo que se baje a la puerta a dar un paseo, pero vuelve enseguida con la excusa de que está nublado y va a llover de un momento a otro.

Cuando me marcho, me despido desde la puerta. Él me dice adiós desde el salón, sentado de nuevo frente al ordenador. Ahora juega al ajedrez.

—Hasta la semana que viene don Ignacio —grito desde la puerta, antes de salir.

Más tarde me llama Irene, su hija, para preguntarme cómo ha ido. Le digo que bien, no quiero detenerme en algo anecdótico que puedo solucionar yo misma sin ayuda de nadie con un poco de mano izquierda.

Cuando vuelvo a la semana siguiente, lo encuentro en la cocina preparándose un café y me ofrece uno. Esta vez se lo acepto. Me pide sentarme en la mesa con él y también accedo. Antes de sentarse él sale y vuelve con un ramo de rosas blancas.

—Esto es para usted Concha, por si el otro día la incomodé en algo. Los hombres no sabemos estar solos y vamos a la desesperada, vemos a una mujer guapa y simpática y nos olvidamos de que ya no somos jóvenes y de que ya no podemos gustar a nadie.

Su gesto me emociona, le hubiera dado un abrazo, pero me contengo.

—¡Pero bueno! No tiene porqué disculparse, sé aceptar un halago si se queda en eso. Es que si sigue usted por esa línea conseguirá que me sienta incómoda y no podré venir a limpiarle la casa. ¿Me entiende, verdad?

—Sí, claro. Tienes que saber que los hombres de mi generación estamos chapados a la antigua, nos gusta agasajar a las mujeres, conquistarlas, tenemos un método que parece que ha quedado anticuado. Me cuesta seguir las costumbres de ahora, esas de que los hombres y las mujeres son iguales a la hora de relacionarse.

—Dígame una cosa don Ignacio, ¿por qué no volvió a casarse?

—No encontré a nadie que llenara suficientemente el hueco que dejó mi esposa. Hubo alguna candidata y llegué a pensarlo en serio, pero Lucrecia era el amor de mi vida, siempre estaría comparándola con las otras y ninguna alcanzaría su sitio, eso no era bueno para las que pudieran venir después de ella ni para mí.

Después del café, don Ignacio se fue un rato a pasear y a hacer la compra. Cuando volvió casi había terminado mi tarea.

Han pasado varios años desde aquellos primeros días en que empecé a trabajar para él y desde entonces hemos conseguido mantener una relación cordial, en la que de vez en cuando, incluso, nos permitimos alguna broma picantona el uno al otro, normalmente todo va como la seda. Tal vez me salvó el estar casada, o lo que es lo mismo para un hombre como él, tener dueño; que este hombre ya es un anciano y sus fuerzas flaquean; pero prefiero pensar que, aunque chapado a la antigua, equivocado y perdido en sus principios machistas, en el fondo, es un buen hombre capaz de ver en mí a una persona digna de respeto, como cualquier otra, a pesar de ser mujer.

Cuando su hija Irene me pregunta siempre obtiene de mí la verdad: que tiene mucha suerte al tener un padre tan inteligente simpático y saludable. Otras mujeres han corrido peor suerte que yo y no tengo ninguna duda de que, ante cualquier alerta, la única alternativa es contarlo y denunciarlo; el silencio nos hace cómplices.

Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación.
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