Viajo a trescientos mil kilómetros por segundo, esa velocidad en la Tierra produciría vértigo, pero aquí es inapreciable. Mi nave avanza como un grano de arroz cayendo desde un rascacielos al vacío de una noche sin luna. El espacio por donde transito es indefinible, no sé si voy hacia adelante, hacia abajo o hacia arriba. Las dimensiones aquí desaparecen y el tiempo también, tengo un reloj que marca las horas de la Tierra, pero no quiero mirarlo porque me entra una melancolía insoportable.
Escucho continuamente un zumbido ensordecedor.
Hoy he leído las instrucciones de mi misión: mucho tecnicismo, muchos datos superfluos que no entiendo, pero lo importante es la frase final: “Viajas a un destino incierto, según nuestros cálculos llegarás después de cien años desde el día que atravesaste la estratosfera, llevas combustible para la vuelta, el ordenador central de la nave nos dirá dónde te encuentras en cada momento y, después de comprobar la existencia o no de vida inteligente en la Vía Láctea, la nave volverá a la Tierra después de doscientos años; suponemos que ya no vivirás, pero el mundo entero recordará tu hazaña. Serás un ejemplo para la humanidad”.
Horrible. Lloré hasta caer rendido por cansancio y por sueño.
He soñado con Laura, con mis amigos de la cuadrilla, con mis padres y, sobre todo, con el olor a campo después de la lluvia. He despertado muy enfadado conmigo por aceptar esta misión, con los putos yanquis y con el mundo entero. A mí la humanidad me importa una mierda.
Estoy harto de tomar fabada en pastillas, sidra en biberones, cápsulas con sabor a jamón reconcentrado, bacalao falso y agua descontaminada. Me he hecho adicto al glutamato. Estoy harto del zumbido y empiezo a pensar que el sonido sale de mi cabeza.
Echo de menos el bullicio de las tabernas y la voz de Laura susurrándome al oído palabras en euskera mal pronunciadas, sus besos, su mirada y hasta su mala leche.
Los astronautas norteamericanos hacen discursos hablando de la ausencia de razas, elogian la ausencia de fronteras y hablan de la hermandad entre los humanos.
Falacias.
Para mí, la humanidad son millones de seres con los que no me une nada.
Solo los hipócritas, los salvavidas y los panfletarios hablan de salvar al mundo. Los que estamos condenados a morir solos despreciamos a los políticos, a los religiosos y hasta a los filósofos… Los astronautas somos marionetas manejadas por locos excéntricos e insatisfechos.
La soledad me atormenta y siento un deseo incontenible de sexo.
¡Cagonen diole, no es posible! Acabo de ver otra nave a mi lado que me lanza destellos luminosos, parece ser un mensaje en morse, enciendo la pantalla del intercomunicador externo. Me coloco los auriculares y escucho un mensaje claro en español:
“Hola, amigo, hemos venido a rescatarte”.
Y debajo otras letras que parecen escritura rusa:
Друг, мы пришли тебя спасти.
Y en la pantalla aparece una cara sonriente y una mano saludando.
“Tovarishch Iñaki, estás a salvo”.
Por ahora no puedo contar más.
















