El Palomar

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palomar yecla

Descubrí Yecla con mi abuelo. Él amaba Yecla profundamente, y él me enseñó a amarla a mí también.

Por razones de trabajo, tuvo que irse con la pintura a otra parte, y se fue a las playas de Alicante, a aprovechar el turismo y el desarrollismo de los años 60. A pintar todas las casas de allí.

Así que a Yecla volvía de visita, normalmente, para las fiestas: San Blas, Semana Santa, San Isidro, Feria de Septiembre, Las de La Virgen. En sus venidas, yo era su acompañante al principio, y también lazarillo después (la diabetes que padecía le mermó la visión). Cuanta más música tenía la fiesta, más le gustaba. Añoraba sus tiempos de músico en la banda. Él tocaba el bajo, ese instrumento de viento tan grande, el más grande que existe, creo. (Las veces que me contó lo mucho que mi bisabuelo, su padre, se enfadó cuando aceptó ese instrumento.)

Asistía con él a la fiesta de turno, según el momento, y no solo en su versión masiva y más folclórica, lo hacíamos también en su parte más íntima, la de los entresijos, en los preparativos previos: cómo se decoran las carrozas de Semana Santa con flores en su último momento, o cómo se enjabonaba el palo de la cucaña de San Blas, o el lento y complicado trabajo para colocar a La Virgen en su carroza antes de la procesión del día 8 de diciembre.

Además de ir de fiestas, teníamos una ruta fija, un ritual, de visitas a amigos y familiares. Empezábamos por la calle de San Francisco, y la primera parada era en la barbería de “los mortericos”, padre e hijo, que estaba junto a la tienda de El Barco. María de Nazario, su prima, era la segunda parada. Otro primo más, Pepe Marco el relojero, en la calle de El Niño, y ya a la vuelta, entrábamos en la rebotica de la farmacia de la calle España, la que era del farmacéutico Juan Azorín, y dónde visitábamos al hermano de este, José Azorín, amigo de siempre de mi abuelo.

A José Azorín lo recuerdo aun con gran claridad, pegando sin parar los pequeños recortes de cartón de las cajas de los medicamentos a las recetas, aplicando el celo correspondiente. Lo hacía con una destreza y habilidad sorprendentes, apoyado en una mesa de camilla, con faldas y todo, y mientras conversaba con mi abuelo, sin levantar apenas la cabeza. La conversación, casi siempre, versaba de los tiempos mozos de ambos, y un poco de política, claro. En la despedida, no faltaba nunca, y de regalo, una caja de pastillas juanolas para quien les escribe.

Cuando el tiempo lo permitía, terminábamos con el obligado y secreto aperitivo, una cerveza para él (por eso era secreto, la diabetes no lo recomendaba y mi abuela no podía saberlo) y una Fanta para mí, en el bar de Tambores, entre la caseta de Encarnación y El Palomar, en esas sillas y mesas metálicas azules de entonces, con papas y olivas incluidas, y de vez en cuando, sepia o calamar.

Era arriesgado sentarse allí, tanto por las palomas revoloteando por doquier, como por el agua de la charca y las salpicaduras; agua muchas veces sucia, verdosa, incluso, maloliente, si el calor apretaba.

En aquel momento, el Palomar ya se empezaba a tornar en insustancial, ya la mole que es el edificio Parque lo avasallaba, lo reducía a la insignificancia. El tiempo, y las continuas reformas, lo han seguido empequeñeciendo más y más: sin palomas que alojar, sin fuente en su interior, sin su balsa de agua que lo proteja, y sin apenas sitio: un mini parque infantil lo invade por la derecha, y unos grandes árboles lo rodean, y van a terminar por hacerlo invisible, en el caso de que ya no lo sea.

Un amigo mío, el amigo que siempre cito y con el que más hablo de las cosas de Yecla, me dice que con el montón de temas sobre los que escribir, que cómo se me ocurre hacerlo con el Palomar:

—Atención Conrado, que el Palomar es mucho Palomar en este pueblo.

—Ya lo sé, por eso mismo, si verdaderamente importa hay que tratarlo.

El Palomar se inauguró en 1936, obra civil que promovió el último alcalde de la II República, Juan Pacheco, muy poco antes del comienzo de la Guerra Civil. Y lo planeó donde sigue, dentro del jardín que ya existía desde 1864.

El año de 1921 parece que fue un buen año para este espacio, puesto que se ensanchó el jardín hacia la calle San Pascual, se erigió el templete de la música (que desapareció en la última remodelación, allá por el año 2000) y también se erigió un kiosko, justo en el lugar que después ocuparía nuestro Palomar. Estos apuntes los he conseguido de MAYE y de las curiosas fotos que se pueden consultar por internet.

Ya no sé nada más, ni por qué, ni cuándo desapareció el kiosko. Imagino que este hecho fue lo que dio paso después a nuestro Palomar.

palomar histórico maye
Foto: MAYE

Hoy he estado en su sitio, echándole un vistazo más. La verdad es que a mí no me parece muy bonito. Una base o pies de cemento gris, formada por seis columnas de irregular construcción y con chorretes, que escoran el cuerpo del palomar hacia un lado. Por lo visto, se duda de la estabilidad de la base, porque está apuntalada por puntales de hierro, de esos de las obras.

El cuerpo o tronco principal es de ladrillo, y su forma es hexagonal, enlustrado con una especie de estucado rústico blanco. Una puerta de madera, y agujeros para el paso de las palomas, ahora enrejados, para que no lo ocupen de nuevo, son los elementos decorativos. Lo remata una lucerna, en su parte superior, que hace las veces de sombrero.

El hecho de que no sea muy bonito tampoco significa que no sea digno de aprecio, al revés, en su estética pobre, en su debilidad y humildad, en la resistencia que demuestra al paso del tiempo y a las continuas agresiones y reparaciones del entorno, puede fundamentar su encanto. Por eso no creo que sea oportuno, moribundo ya, dejarlo caer en ese lugar.

Propongo un par de soluciones:

Preservarlo donde está, lo que significaría volver atrás, para dotarlo de significancia, con buen espacio donde respire, una buena iluminación, incluso, elevarlo para aumentar su presencia. Aunque, y por lo expuesto anteriormente, no parece que esta sea la solución más correcta.

Y la segunda, buscarle un nuevo emplazamiento, más espacioso, donde adquiera mayor relevancia, en un entorno con el que se encuentre más en consonancia. Esta es mi opción favorita, creo que mejoraría tanto el aspecto actual de nuestro querido Palomar como también el del jardín municipal.

¡Ay, el jardín municipal! El de la Constitución, el jardín de las palomas, o el jardín de abajo, y el jardín de arriba también, incluso, la calle San Pascual, antesala de ambos, todo el entorno se merece, por lo menos, otro artículo entero. Y no como para ser alabados.


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2 COMENTARIOS

  1. Veo la foto del pasado y es mucho más bonito que como está actualmente. El TEMPLETE ya se lo cargaron, el parque antes era más verde, hoy es asfalto gris. El Palomar quizás, vendrá alguien y se lo cargarán diciendo que se cae, lo reformarán con CEMENTO y poco criterio para no se qué y dirán que es más estético e urbano, pero, ¿dónde está el parque verde?

  2. Muchas Gracias por este articulo, Gracias por el alma puesta en él, Gracias por la verdad, Gracias por tu voz…

    Hace mucho tiempo nos quitaron el parque de las palomas, hace años que destruyeron totalmente este emblemático jardín junto con el gran palomar, repleto de agua y palomas volando, la referencia de un pueblo echo cenizas porque hoy en día el dinero vale mucho más que el sentimiento, el valor de un pueblo y su cultura histórica…

    Jamás recuperaremos lo destruido, solo quedan en la retina esas viejas fotografías y las anécdotas de nuestros queridos abuelos…

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