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miércoles, agosto 26, 2026 🌊
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Las caras de la Iglesia Vieja de Yecla: un enigma del Renacimiento escrito en piedra

En lo alto de la torre de la antigua parroquia de la Asunción, treinta y dos rostros llevan casi cinco siglos contemplando Yecla. Reyes y nobles, eclesiásticos, soldados, gentes del pueblo, calaveras y extrañas cabezas parecen componer un retrato de la sociedad del siglo XVI. Pero ¿quiénes son realmente? ¿Qué quiso contar el escultor que las dejó allí?

Fotos: Juanjo Martínez (@juanjophot)

Hay que levantar mucho la vista para encontrarlas. Desde la plaza de la Asunción, la torre de la Iglesia Vieja se impone sobre uno de los rincones históricos más reconocibles de Yecla. Tiene 35 metros de altura y su cuerpo superior pertenece ya plenamente al lenguaje del Renacimiento. Pero justo allí arriba, debajo de la gran cornisa y de la balaustrada de piedra, se esconde uno de los conjuntos escultóricos más singulares de la ciudad: una sucesión de rostros humanos tallados en piedra que recorre las cuatro caras del campanario.

Son las famosas “caras” de la Iglesia Vieja.

No sabemos sus nombres. Probablemente ni siquiera pretendieron representar a personas concretas. Y tampoco existe unanimidad sobre quién las esculpió o sobre el significado exacto del programa que forman. Sin embargo, llevan siglos interrogando a quienes las contemplan.

Mucho antes de que los historiadores intentasen descifrarlas, Azorín ya había quedado fascinado por ellas. En La Voluntad, publicada en 1902, describía el campanario y aquella “ancha greca de rostros en que el dolor se expresa en muecas hórridas”. Para el escritor yeclano, aquellas caras atormentadas se levantaban sobre la ciudad como un símbolo de la tragedia humana.

Más de un siglo después, siguen produciendo prácticamente la misma impresión.

Una iglesia entre el Gótico y el Renacimiento

Para entender las caras hay que entender primero dónde están. La antigua parroquia de la Asunción —Santa María la Mayor en algunos documentos del siglo XVI y más tarde conocida como Iglesia Vieja o del Salvador— comenzó a levantarse en 1512. La nave gótica se encontraba concluida hacia 1540, mientras que las obras continuaron durante las décadas siguientes incorporando elementos renacentistas en la cabecera, la sacristía, algunas capillas y, sobre todo, la torre-campanario. Francisco Javier Delicado sitúa precisamente el cuerpo de campanas hacia mediados del siglo XVI. Es un dato fundamental.

La torre, de planta cuadrada, tiene unos 8,10 metros de lado y 35 metros de altura. En su zona superior aparece el gran friso de las cabezas, que ya a comienzos del siglo XX hizo pensar al historiador del arte Elías Tormo que quizá estuviera representando los diferentes “estados y profesiones” de la sociedad. Esa intuición acabaría convirtiéndose en una de las claves fundamentales para interpretar el conjunto.

Treinta y dos rostros sobre Yecla

Francisco Javier Delicado contabiliza treinta y dos testas de gran tamaño. Veintiocho aparecen integradas en el friso en mediorrelieve y otras cuatro, situadas en las esquinas de la torre, adquieren mayor volumen y funcionan prácticamente como figuras independientes.

La información turística oficial de Yecla mantiene actualmente esa misma lectura básica: 28 cabezas en los frisos y cuatro figuras en las aristas, hasta alcanzar las treinta y dos. Pero las caras no parecen colocadas al azar.

En uno de los estudios más sugerentes dedicados al asunto el historiador y arqueólogo Manuel López Campuzano propuso contemplarlas como “un pequeño universo ordenado socialmente”. Su artículo, Aproximación a la simbología de las “caras” de la Iglesia Vieja: perspectivas de investigación, apareció en la revista de estudios yeclanos Yakka de 1992. Según su interpretación, cada lado de la torre participa en la representación de un determinado grupo de aquella sociedad.

En el friso norte identifica el ámbito de la realeza: siete bustos entre los que destacan, en el centro, tres personajes coronados. A ambos lados aparecen otras cabezas y posibles barones caracterizados mediante tocados propios de la época.

friso norte de la iglesia vieja caras de reyes nobleza
Foto: Juanjo Martínez

En otro sector sitúa la jerarquía eclesiástica, también formada por siete personajes. En el centro aparecería el sumo pontífice, acompañado por obispos y cardenales.

cara eclesiastica caras iglesia vieja yecla

Otro grupo correspondería a los guerreros, los milites: personajes con yelmos, un posible jefe militar y diferentes bustos de perfil.

milicianos en las caras de la iglesia vieja

Y finalmente aparecen quienes trabajan, el pueblo llano, acompañados significativamente por dos calaveras.

calaveras en la iglesia vieja caras

Reyes. Sacerdotes. Guerreros. Trabajadores. Toda una sociedad subida a lo alto de una torre.

Una sociedad convertida en piedra

Aquí comienza el verdadero misterio de las caras. Para López Campuzano no estamos simplemente ante una decoración caprichosa. Las esculturas expresarían una manera muy concreta de comprender el mundo: la de una sociedad profundamente jerarquizada en la que cada persona ocupaba un lugar determinado.

La imagen podría resumirse de una manera sencilla: todos forman parte de un mismo cuerpo, pero no todos desempeñan la misma función.

El autor relaciona el conjunto con una tradición intelectual muy antigua que concebía la sociedad como si fuese un organismo. El príncipe podía representar la cabeza; los soldados, las manos; los agricultores y trabajadores, los pies que sostenían y permitían avanzar al conjunto. El orden social era entendido, por tanto, como una estructura en la que cada miembro debía permanecer en el lugar que le correspondía.

Según esta lectura, las caras no serían retratos. Serían categorías humanas. No importaría tanto saber quién es cada rostro como reconocer qué representa.

López Campuzano lo resume mediante cuatro grandes órdenes: realeza, eclesiásticos, guerreros y trabajadores. Cada uno posee una dignidad y una función, pero todos juntos componen metafóricamente un único cuerpo: la sociedad.

Y hay algo especialmente significativo: ese orden social no fue representado a ras del suelo, sino en lo alto del campanario.

Para el investigador, tampoco eso sería casual. La elevación física tendría una correspondencia simbólica: el orden terreno se proyectaría hacia un orden superior, divino. La Iglesia, además, era el gran espacio de reunión colectiva de aquella comunidad. La torre estaría mostrando a Yecla una imagen idealizada de sí misma.

El rostro de la muerte

Pero existe una figura capaz de destruir todas las jerarquías: La muerte.

Las calaveras del friso son quizá los elementos más inquietantes de todo el conjunto. Y aquí la interpretación de Francisco Javier Delicado introduce un matiz especialmente poderoso.

Para Delicado, las caras representan fundamentalmente los estamentos de la sociedad —nobleza, clero y estado llano—, pero el sector meridional incorpora otra cuestión diferente: la consideración de la muerte. Los rostros atormentados y las calaveras recordarían al espectador que el final alcanza a todos por igual.

El mensaje cambia entonces de dimensión. Arriba pueden encontrarse nobles, religiosos, soldados o trabajadores. Pueden existir dignidades, riquezas y rangos. Pero frente a la muerte la jerarquía desaparece.

La interpretación actualmente difundida por la web de Turismo de Yecla sigue precisamente esta idea: las calaveras recuerdan que nadie escapa a la muerte, independientemente de su condición social.

De repente, aquellas cabezas que parecían proclamar el orden de la sociedad introducen también una advertencia sobre su fragilidad.

Todos ocupamos un lugar. Y todos terminamos abandonándolo.

Juventud, madurez y vejez

Todavía quedan cuatro figuras. En las esquinas de la torre aparecen unas cabezas diferentes a las del resto del friso. Tres son humanas y otra tiene forma de león.

Delicado interpreta las tres cabezas antropomorfas como las tres edades de la vida: juventud, madurez y vejez. Pero su lectura va más lejos. Esas edades representarían también pasado, presente y futuro, o, en términos morales, memoria, inteligencia y previsión. El león cerraría el programa como personificación de la Prudencia.

El resultado sería casi una máxima moral esculpida en piedra: la experiencia del pasado debe permitir al presente actuar prudentemente para no comprometer el futuro. Las caras hablarían así de sociedad, pero también de tiempo.

El niño o joven se convierte en adulto; el adulto envejece; la muerte espera.

Cinco siglos después, las propias esculturas parecen haberse convertido en demostración involuntaria del mensaje que contienen: siguen allí, erosionadas por el tiempo, contemplando cómo generaciones enteras de yeclanos nacen y desaparecen bajo ellas.

¿Importa hacia dónde miran?

Existe todavía otra interpretación fascinante. La Oficina de Turismo de Yecla divulga una lectura basada no solo en los personajes representados sino también en la orientación de cada uno de los frisos.

Según esta propuesta, el lado norte, asociado a la nobleza, mira hacia el Ayuntamiento; el occidental, relacionado con el clero, se orientaría hacia el antiguo emplazamiento de la alquería islámica; el oriental, vinculado al pueblo llano, hacia el área en la que se situaría la judería; y el lado sur, donde aparecen las referencias a la muerte, estaría dirigido hacia la zona utilizada antiguamente para los enterramientos.

La hipótesis resulta sugestiva porque transforma la torre en una especie de mapa simbólico de la propia Yecla. Sin embargo, conviene distinguir aquí entre lo demostrado y lo interpretado. Que exista una intencionalidad global en el friso parece razonable a la luz de su coherencia iconográfica; determinar hasta qué punto cada orientación fue deliberadamente elegida para dialogar con un espacio concreto de la antigua villa requiere mayor cautela.

Las caras ofrecen respuestas, pero también continúan planteando preguntas.

juanjo martinez caras de la iglesia vieja

¿Quién las esculpió?

Y quizás la mayor de esas preguntas sea la más sencilla:

¿Quién hizo las caras?

Tampoco aquí existe una respuesta absolutamente cerrada.

Manuel López Campuzano recogía en su estudio una atribución realizada a partir de criterios estilísticos según la cual en su ejecución habría intervenido Jacobo Florentino, artista activo en Granada y Murcia desde aproximadamente 1520 y fallecido en Villena en 1526.

Francisco Javier Delicado, sin embargo, rechaza esta posibilidad precisamente por razones cronológicas.

Si Jacobo Florentino murió hacia 1526 y el cuerpo de campanas de la torre se construyó hacia 1540 y años posteriores, sostiene Delicado, difícilmente pudo ser el autor de las esculturas. El investigador propone, aunque también prudentemente como atribución, al escultor Jerónimo Quijano, figura fundamental del Renacimiento murciano. La discrepancia es importante porque demuestra que estamos ante una obra todavía abierta a la investigación.

Delicado relaciona además el conjunto con una tradición escultórica renacentista mucho más amplia. Cabezas, bustos y medallones antropomórficos aparecen en lugares como la Catedral de Sigüenza, la Capilla de los Junterones de la Catedral de Murcia, el Consulado del Mar de la Lonja de Valencia o la capilla funeraria del Salvador de Úbeda. Considera también que los modelos utilizados para las figuras de Yecla pudieron proceder de grabados y medallas de la época.

Eso reforzaría nuevamente una idea: quizá no haya que buscar entre aquellos rostros a personajes históricos concretos. No serían fotografías en piedra de los habitantes de Yecla. Serían símbolos.

¿Una obra contrarreformista?

López Campuzano lleva todavía más lejos el análisis. En su estudio relaciona las caras con el viejo esquema medieval de quienes oran, combaten y trabajan, estudiado por historiadores como Georges Duby y, desde una perspectiva mucho más antigua, con las teorías de Georges Dumézil sobre la división trifuncional de las sociedades indoeuropeas.

Pero el propio autor advierte expresamente de que no existen criterios suficientes para afirmar que las caras de Yecla respondan por completo a ese esquema. Lo plantea como perspectiva de investigación, no como conclusión definitiva.

Lo mismo sucede con otra posibilidad todavía más sugerente: que el friso pueda relacionarse con el clima ideológico generado por la Reforma y la posterior Contrarreforma.

En plena Europa del siglo XVI, Lutero cuestionaba la jerarquización eclesiástica y el poder temporal de la Iglesia. Frente a ello, el programa de la torre yeclana presenta precisamente una sociedad perfectamente ordenada: jerarquía religiosa, poder secular, guerreros y trabajadores ocupando cada uno su lugar. ¿Estamos ante una temprana declaración visual en defensa del orden tradicional?

López Campuzano plantea esa posibilidad, pero vuelve a ser prudente. La cronología exacta de las esculturas impide convertirla en certeza. Su propia conclusión es reveladora: solo pueden sugerirse hipótesis. Y quizás sea precisamente esa incertidumbre lo que hace tan atractivas a las caras.

caras de la iglesia vieja
Foto: Juanjo Martínez

Cinco siglos mirando la ciudad

En conclusión, las caras han sobrevivido a guerras, reformas, abandonos y restauraciones. Las campanas originales desaparecieron. Buena parte del patrimonio mueble de la Iglesia Vieja fue destruido. El edificio sufrió daños gravísimos en la guerra civil y tuvo que ser consolidado durante el siglo XX. Las caras, sin embargo, continúan allí.

Desde abajo apenas distinguimos sus facciones. Pero vistas de cerca emergen tocados, coronas, cascos, gestos humanos, rostros angustiados y calaveras. No sabemos qué vecino del siglo XVI las miró por primera vez ni qué explicación habría recibido entonces sobre su significado.

Quizá representasen el orden perfecto de la sociedad. Quizá recordasen que cada hombre tenía asignado un lugar. Quizá pretendiesen advertir que, frente al tiempo y la muerte, hasta el más poderoso termina convertido en uno más. O quizá las tres ideas formaban parte de un mismo mensaje.

Por eso resulta especialmente sugerente volver a mirar hoy la torre desde la plaza de la Asunción. Porque sobre uno de los lugares más transitados de la Yecla del siglo XVI alguien dejó esculpida una sociedad completa: los que gobiernan, los que rezan, los que combaten, los que trabajan, los que envejecen y los que mueren.

Treinta y dos caras de piedra. Y casi quinientos años después, todavía estamos intentando averiguar qué querían decirnos.

iglesia vieja de Yecla
Foto: Juanjo Martínez

Fuentes principales

López Campuzano, Manuel. Aproximación a la simbología de las “caras” de la Iglesia Vieja: perspectivas de investigación. Yakka. Revista de Estudios Yeclanos, núm. 4 (1992-1993), pp. 35-40.
Delicado Martínez, Francisco Javier. La Iglesia Vieja de la Asunción de Yecla (Murcia). Yakka. Revista de Estudios Yeclanos, núm. 14, Yecla, 2004, pp. 59-80.
Turismo de Yecla. Los rostros de la Iglesia Vieja, 24 de agosto de 2023. Información institucional sobre el friso, la distribución de las cabezas y sus interpretaciones.

Agulló, Adán. El singular campanario con caras humanas de Yecla. Sendas y Leyendas, 26 de marzo de 2018. Fuente divulgativa aportada para este reportaje.

Martínez Ruiz, José, “Azorín”. La Voluntad (1902), referencia al friso de rostros de la Iglesia Vieja, recogida en el estudio Forma urbis, forma animis. El paisaje urbano de Yecla en La Voluntad de Azorín.

Nota sobre las interpretaciones

La identificación individual de las figuras y el significado completo del programa iconográfico no están documentalmente cerrados. El reportaje distingue deliberadamente las descripciones materiales de las interpretaciones propuestas por López Campuzano, Delicado Martínez y las fuentes institucionales actuales. También permanece abierta la autoría: López Campuzano recoge la posible participación de Jacobo Florentino, mientras que Delicado la rechaza por motivos cronológicos y propone la atribución a Jerónimo Quijano.

David Val
David Val
El periodista David Val escribe artículos en elperiodicodeyecla.com desde sus inicios. Se encarga de secciones como deportes y otras labores de promoción de este medio de comunicación.

En lo alto de la torre de la antigua parroquia de la Asunción, treinta y dos rostros llevan casi cinco siglos contemplando Yecla. Reyes y nobles, eclesiásticos, soldados, gentes del pueblo, calaveras y extrañas cabezas parecen componer un retrato de la sociedad del siglo XVI. Pero ¿quiénes son realmente? ¿Qué quiso contar el escultor que las dejó allí?

Fotos: Juanjo Martínez (@juanjophot)

Hay que levantar mucho la vista para encontrarlas. Desde la plaza de la Asunción, la torre de la Iglesia Vieja se impone sobre uno de los rincones históricos más reconocibles de Yecla. Tiene 35 metros de altura y su cuerpo superior pertenece ya plenamente al lenguaje del Renacimiento. Pero justo allí arriba, debajo de la gran cornisa y de la balaustrada de piedra, se esconde uno de los conjuntos escultóricos más singulares de la ciudad: una sucesión de rostros humanos tallados en piedra que recorre las cuatro caras del campanario.

Son las famosas “caras” de la Iglesia Vieja.

No sabemos sus nombres. Probablemente ni siquiera pretendieron representar a personas concretas. Y tampoco existe unanimidad sobre quién las esculpió o sobre el significado exacto del programa que forman. Sin embargo, llevan siglos interrogando a quienes las contemplan.

Mucho antes de que los historiadores intentasen descifrarlas, Azorín ya había quedado fascinado por ellas. En La Voluntad, publicada en 1902, describía el campanario y aquella “ancha greca de rostros en que el dolor se expresa en muecas hórridas”. Para el escritor yeclano, aquellas caras atormentadas se levantaban sobre la ciudad como un símbolo de la tragedia humana.

Más de un siglo después, siguen produciendo prácticamente la misma impresión.

Una iglesia entre el Gótico y el Renacimiento

Para entender las caras hay que entender primero dónde están. La antigua parroquia de la Asunción —Santa María la Mayor en algunos documentos del siglo XVI y más tarde conocida como Iglesia Vieja o del Salvador— comenzó a levantarse en 1512. La nave gótica se encontraba concluida hacia 1540, mientras que las obras continuaron durante las décadas siguientes incorporando elementos renacentistas en la cabecera, la sacristía, algunas capillas y, sobre todo, la torre-campanario. Francisco Javier Delicado sitúa precisamente el cuerpo de campanas hacia mediados del siglo XVI. Es un dato fundamental.

La torre, de planta cuadrada, tiene unos 8,10 metros de lado y 35 metros de altura. En su zona superior aparece el gran friso de las cabezas, que ya a comienzos del siglo XX hizo pensar al historiador del arte Elías Tormo que quizá estuviera representando los diferentes “estados y profesiones” de la sociedad. Esa intuición acabaría convirtiéndose en una de las claves fundamentales para interpretar el conjunto.

Treinta y dos rostros sobre Yecla

Francisco Javier Delicado contabiliza treinta y dos testas de gran tamaño. Veintiocho aparecen integradas en el friso en mediorrelieve y otras cuatro, situadas en las esquinas de la torre, adquieren mayor volumen y funcionan prácticamente como figuras independientes.

La información turística oficial de Yecla mantiene actualmente esa misma lectura básica: 28 cabezas en los frisos y cuatro figuras en las aristas, hasta alcanzar las treinta y dos. Pero las caras no parecen colocadas al azar.

En uno de los estudios más sugerentes dedicados al asunto el historiador y arqueólogo Manuel López Campuzano propuso contemplarlas como “un pequeño universo ordenado socialmente”. Su artículo, Aproximación a la simbología de las “caras” de la Iglesia Vieja: perspectivas de investigación, apareció en la revista de estudios yeclanos Yakka de 1992. Según su interpretación, cada lado de la torre participa en la representación de un determinado grupo de aquella sociedad.

En el friso norte identifica el ámbito de la realeza: siete bustos entre los que destacan, en el centro, tres personajes coronados. A ambos lados aparecen otras cabezas y posibles barones caracterizados mediante tocados propios de la época.

friso norte de la iglesia vieja caras de reyes nobleza
Foto: Juanjo Martínez

En otro sector sitúa la jerarquía eclesiástica, también formada por siete personajes. En el centro aparecería el sumo pontífice, acompañado por obispos y cardenales.

cara eclesiastica caras iglesia vieja yecla

Otro grupo correspondería a los guerreros, los milites: personajes con yelmos, un posible jefe militar y diferentes bustos de perfil.

milicianos en las caras de la iglesia vieja

Y finalmente aparecen quienes trabajan, el pueblo llano, acompañados significativamente por dos calaveras.

calaveras en la iglesia vieja caras

Reyes. Sacerdotes. Guerreros. Trabajadores. Toda una sociedad subida a lo alto de una torre.

Una sociedad convertida en piedra

Aquí comienza el verdadero misterio de las caras. Para López Campuzano no estamos simplemente ante una decoración caprichosa. Las esculturas expresarían una manera muy concreta de comprender el mundo: la de una sociedad profundamente jerarquizada en la que cada persona ocupaba un lugar determinado.

La imagen podría resumirse de una manera sencilla: todos forman parte de un mismo cuerpo, pero no todos desempeñan la misma función.

El autor relaciona el conjunto con una tradición intelectual muy antigua que concebía la sociedad como si fuese un organismo. El príncipe podía representar la cabeza; los soldados, las manos; los agricultores y trabajadores, los pies que sostenían y permitían avanzar al conjunto. El orden social era entendido, por tanto, como una estructura en la que cada miembro debía permanecer en el lugar que le correspondía.

Según esta lectura, las caras no serían retratos. Serían categorías humanas. No importaría tanto saber quién es cada rostro como reconocer qué representa.

López Campuzano lo resume mediante cuatro grandes órdenes: realeza, eclesiásticos, guerreros y trabajadores. Cada uno posee una dignidad y una función, pero todos juntos componen metafóricamente un único cuerpo: la sociedad.

Y hay algo especialmente significativo: ese orden social no fue representado a ras del suelo, sino en lo alto del campanario.

Para el investigador, tampoco eso sería casual. La elevación física tendría una correspondencia simbólica: el orden terreno se proyectaría hacia un orden superior, divino. La Iglesia, además, era el gran espacio de reunión colectiva de aquella comunidad. La torre estaría mostrando a Yecla una imagen idealizada de sí misma.

El rostro de la muerte

Pero existe una figura capaz de destruir todas las jerarquías: La muerte.

Las calaveras del friso son quizá los elementos más inquietantes de todo el conjunto. Y aquí la interpretación de Francisco Javier Delicado introduce un matiz especialmente poderoso.

Para Delicado, las caras representan fundamentalmente los estamentos de la sociedad —nobleza, clero y estado llano—, pero el sector meridional incorpora otra cuestión diferente: la consideración de la muerte. Los rostros atormentados y las calaveras recordarían al espectador que el final alcanza a todos por igual.

El mensaje cambia entonces de dimensión. Arriba pueden encontrarse nobles, religiosos, soldados o trabajadores. Pueden existir dignidades, riquezas y rangos. Pero frente a la muerte la jerarquía desaparece.

La interpretación actualmente difundida por la web de Turismo de Yecla sigue precisamente esta idea: las calaveras recuerdan que nadie escapa a la muerte, independientemente de su condición social.

De repente, aquellas cabezas que parecían proclamar el orden de la sociedad introducen también una advertencia sobre su fragilidad.

Todos ocupamos un lugar. Y todos terminamos abandonándolo.

Juventud, madurez y vejez

Todavía quedan cuatro figuras. En las esquinas de la torre aparecen unas cabezas diferentes a las del resto del friso. Tres son humanas y otra tiene forma de león.

Delicado interpreta las tres cabezas antropomorfas como las tres edades de la vida: juventud, madurez y vejez. Pero su lectura va más lejos. Esas edades representarían también pasado, presente y futuro, o, en términos morales, memoria, inteligencia y previsión. El león cerraría el programa como personificación de la Prudencia.

El resultado sería casi una máxima moral esculpida en piedra: la experiencia del pasado debe permitir al presente actuar prudentemente para no comprometer el futuro. Las caras hablarían así de sociedad, pero también de tiempo.

El niño o joven se convierte en adulto; el adulto envejece; la muerte espera.

Cinco siglos después, las propias esculturas parecen haberse convertido en demostración involuntaria del mensaje que contienen: siguen allí, erosionadas por el tiempo, contemplando cómo generaciones enteras de yeclanos nacen y desaparecen bajo ellas.

¿Importa hacia dónde miran?

Existe todavía otra interpretación fascinante. La Oficina de Turismo de Yecla divulga una lectura basada no solo en los personajes representados sino también en la orientación de cada uno de los frisos.

Según esta propuesta, el lado norte, asociado a la nobleza, mira hacia el Ayuntamiento; el occidental, relacionado con el clero, se orientaría hacia el antiguo emplazamiento de la alquería islámica; el oriental, vinculado al pueblo llano, hacia el área en la que se situaría la judería; y el lado sur, donde aparecen las referencias a la muerte, estaría dirigido hacia la zona utilizada antiguamente para los enterramientos.

La hipótesis resulta sugestiva porque transforma la torre en una especie de mapa simbólico de la propia Yecla. Sin embargo, conviene distinguir aquí entre lo demostrado y lo interpretado. Que exista una intencionalidad global en el friso parece razonable a la luz de su coherencia iconográfica; determinar hasta qué punto cada orientación fue deliberadamente elegida para dialogar con un espacio concreto de la antigua villa requiere mayor cautela.

Las caras ofrecen respuestas, pero también continúan planteando preguntas.

juanjo martinez caras de la iglesia vieja

¿Quién las esculpió?

Y quizás la mayor de esas preguntas sea la más sencilla:

¿Quién hizo las caras?

Tampoco aquí existe una respuesta absolutamente cerrada.

Manuel López Campuzano recogía en su estudio una atribución realizada a partir de criterios estilísticos según la cual en su ejecución habría intervenido Jacobo Florentino, artista activo en Granada y Murcia desde aproximadamente 1520 y fallecido en Villena en 1526.

Francisco Javier Delicado, sin embargo, rechaza esta posibilidad precisamente por razones cronológicas.

Si Jacobo Florentino murió hacia 1526 y el cuerpo de campanas de la torre se construyó hacia 1540 y años posteriores, sostiene Delicado, difícilmente pudo ser el autor de las esculturas. El investigador propone, aunque también prudentemente como atribución, al escultor Jerónimo Quijano, figura fundamental del Renacimiento murciano. La discrepancia es importante porque demuestra que estamos ante una obra todavía abierta a la investigación.

Delicado relaciona además el conjunto con una tradición escultórica renacentista mucho más amplia. Cabezas, bustos y medallones antropomórficos aparecen en lugares como la Catedral de Sigüenza, la Capilla de los Junterones de la Catedral de Murcia, el Consulado del Mar de la Lonja de Valencia o la capilla funeraria del Salvador de Úbeda. Considera también que los modelos utilizados para las figuras de Yecla pudieron proceder de grabados y medallas de la época.

Eso reforzaría nuevamente una idea: quizá no haya que buscar entre aquellos rostros a personajes históricos concretos. No serían fotografías en piedra de los habitantes de Yecla. Serían símbolos.

¿Una obra contrarreformista?

López Campuzano lleva todavía más lejos el análisis. En su estudio relaciona las caras con el viejo esquema medieval de quienes oran, combaten y trabajan, estudiado por historiadores como Georges Duby y, desde una perspectiva mucho más antigua, con las teorías de Georges Dumézil sobre la división trifuncional de las sociedades indoeuropeas.

Pero el propio autor advierte expresamente de que no existen criterios suficientes para afirmar que las caras de Yecla respondan por completo a ese esquema. Lo plantea como perspectiva de investigación, no como conclusión definitiva.

Lo mismo sucede con otra posibilidad todavía más sugerente: que el friso pueda relacionarse con el clima ideológico generado por la Reforma y la posterior Contrarreforma.

En plena Europa del siglo XVI, Lutero cuestionaba la jerarquización eclesiástica y el poder temporal de la Iglesia. Frente a ello, el programa de la torre yeclana presenta precisamente una sociedad perfectamente ordenada: jerarquía religiosa, poder secular, guerreros y trabajadores ocupando cada uno su lugar. ¿Estamos ante una temprana declaración visual en defensa del orden tradicional?

López Campuzano plantea esa posibilidad, pero vuelve a ser prudente. La cronología exacta de las esculturas impide convertirla en certeza. Su propia conclusión es reveladora: solo pueden sugerirse hipótesis. Y quizás sea precisamente esa incertidumbre lo que hace tan atractivas a las caras.

caras de la iglesia vieja
Foto: Juanjo Martínez

Cinco siglos mirando la ciudad

En conclusión, las caras han sobrevivido a guerras, reformas, abandonos y restauraciones. Las campanas originales desaparecieron. Buena parte del patrimonio mueble de la Iglesia Vieja fue destruido. El edificio sufrió daños gravísimos en la guerra civil y tuvo que ser consolidado durante el siglo XX. Las caras, sin embargo, continúan allí.

Desde abajo apenas distinguimos sus facciones. Pero vistas de cerca emergen tocados, coronas, cascos, gestos humanos, rostros angustiados y calaveras. No sabemos qué vecino del siglo XVI las miró por primera vez ni qué explicación habría recibido entonces sobre su significado.

Quizá representasen el orden perfecto de la sociedad. Quizá recordasen que cada hombre tenía asignado un lugar. Quizá pretendiesen advertir que, frente al tiempo y la muerte, hasta el más poderoso termina convertido en uno más. O quizá las tres ideas formaban parte de un mismo mensaje.

Por eso resulta especialmente sugerente volver a mirar hoy la torre desde la plaza de la Asunción. Porque sobre uno de los lugares más transitados de la Yecla del siglo XVI alguien dejó esculpida una sociedad completa: los que gobiernan, los que rezan, los que combaten, los que trabajan, los que envejecen y los que mueren.

Treinta y dos caras de piedra. Y casi quinientos años después, todavía estamos intentando averiguar qué querían decirnos.

iglesia vieja de Yecla
Foto: Juanjo Martínez

Fuentes principales

López Campuzano, Manuel. Aproximación a la simbología de las “caras” de la Iglesia Vieja: perspectivas de investigación. Yakka. Revista de Estudios Yeclanos, núm. 4 (1992-1993), pp. 35-40.
Delicado Martínez, Francisco Javier. La Iglesia Vieja de la Asunción de Yecla (Murcia). Yakka. Revista de Estudios Yeclanos, núm. 14, Yecla, 2004, pp. 59-80.
Turismo de Yecla. Los rostros de la Iglesia Vieja, 24 de agosto de 2023. Información institucional sobre el friso, la distribución de las cabezas y sus interpretaciones.

Agulló, Adán. El singular campanario con caras humanas de Yecla. Sendas y Leyendas, 26 de marzo de 2018. Fuente divulgativa aportada para este reportaje.

Martínez Ruiz, José, “Azorín”. La Voluntad (1902), referencia al friso de rostros de la Iglesia Vieja, recogida en el estudio Forma urbis, forma animis. El paisaje urbano de Yecla en La Voluntad de Azorín.

Nota sobre las interpretaciones

La identificación individual de las figuras y el significado completo del programa iconográfico no están documentalmente cerrados. El reportaje distingue deliberadamente las descripciones materiales de las interpretaciones propuestas por López Campuzano, Delicado Martínez y las fuentes institucionales actuales. También permanece abierta la autoría: López Campuzano recoge la posible participación de Jacobo Florentino, mientras que Delicado la rechaza por motivos cronológicos y propone la atribución a Jerónimo Quijano.

David Val
David Val
El periodista David Val escribe artículos en elperiodicodeyecla.com desde sus inicios. Se encarga de secciones como deportes y otras labores de promoción de este medio de comunicación.
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1 COMENTARIO

  1. Arriba el Rey y el Papa,
    el Militar y el Gañán,
    jugando a las cuatro esquinas
    a ver quién manda más con el pan
    Y al sur, dos peladas calaveras
    se descojonan del personal:
    «¡Por mucho galón que luches,
    al hoyo vas a dar igual!».
    ​Obra de Quijano o del viento,
    ¡menuda lección en la altura!:
    tanta jerarquía en la piedra
    y al final… ¡a la sepultura!

David Val
David Val
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