Escribió Blaise Pascal en sus Pensamientos (Pensées): «Todas las desgracias de los hombres provienen de lo mismo, su incapacidad para quedarse quietos y en silencio en una habitación».
Y desde que leí esta reflexión de Pascal me pregunto si debería salir menos, ver a menos gente y dormir más, pero acabo dando vueltas en mi cabeza y me pregunto qué hubiese pasado si Colón se hubiera quedado en su casa, en vez de empeñarse en buscar otra ruta para ir a las Indias; qué hubiese pasado si los atenienses no hubieran ido a la guerra contra Troya o si Ulises se hubiese quedado abrazado a su Penélope en casita, sin salir de su habitación.
Me pregunto en qué desconocimiento viviríamos si Magallanes no se hubiera echado al mar o Neil Armstrong no hubiese subido al Apolo 11. Y, finalmente, ¿y ese empeño de algunos humanos en llegar al planeta Marte? No sabemos quedarnos quietos. Es el gran defecto de nuestra especie, pero también nuestra grandeza.
En este pequeño planeta insignificante habita mucho aventurero con necesidad de protagonismo, que acaba liándola en lugares que no le corresponden, pero ¿qué hubiera sido si los humanos se hubiesen quedado en las cuevas, alrededor del fuego, viendo sombras y contándose fantasías, acobardados por miedo a los peligros exteriores?
Y esto me lleva a pensar en muchos jóvenes encerrados en su cuarto, sumergidos en un mundo virtual. También pienso en una cantidad ingente de personas cuya única interacción con el mundo es a través de programas de entretenimiento televisivo, o en paseantes mirando la pantallica de su móvil por las aceras, sin mirar ni al cielo ni a sus vecinos, y todo ello me recuerda a la caverna de Platón.
Acabo envuelto en una contradicción: ¿qué pasaría si esa gente que vive tranquilamente, metida en sus casas con sus entretenimientos, sin hacer daño a nadie, se tirara a la calle con toda su ansiedad desbordante y con ganas de pelea?
Pascal, que era católico, quizás estaba pensando en el peligro que corren los pecadores y en la condición inherente al ser humano de meterse en líos.
Por otro lado, Leonardo da Vinci hablaba de quedarse mirando las imperfecciones de la pared para encontrar la inspiración:
«No subestimes esta idea mía, que me hace pensar que no sería para tanto hacer una pausa a veces para fijarte en estas manchas de las paredes, en las cenizas del fuego, en las nubes o en el lodo… Si se contemplan bien, vas a encontrar invenciones increíbles que le despiertan al genio del pintor nuevas invenciones».
Para Simone Weil, «todos los pecados son intentos de llenar vacíos». La inacción voluntaria requiere la inmensa fuerza espiritual de sostener ese vacío interior y no actuar por mera desesperación o aburrimiento…
Y para Byung-Chul Han, el filósofo coreano, que, hablando de la inacción, expuso en su obra Vida contemplativa: «La inactividad es una capacidad autónoma, un esplendor de la existencia y una forma de intensidad que hemos perdido al ser absorbidos por la hiperactividad y la autoexplotación del rendimiento» o «El sistema capitalista ha colonizado nuestro descanso. El tiempo libre moderno no es verdaderamente libre, sino un “tiempo muerto” o un paréntesis funcional diseñado únicamente para recuperar fuerzas y seguir produciendo o consumiendo».
Dudo de casi todo, pero de lo que sí estoy seguro es de que, si no nos metiéramos en las vidas ajenas y dedicáramos más tiempo y atención a pensar y a quedarnos quietos sin hacer nada y sin consumir, todo funcionaría un poco mejor.
















