Hace bastante más de medio siglo, las comunicaciones telefónicas además de deficientes eran muy escasas, y sobre todo en los pueblos. El funcionamiento de las líneas y los medios no se parece en modo alguno a lo de hoy, aquello quedó muy atrás.
Como no me gusta dejar las cosas pasar por alto, viajando en el tiempo, esta semana les quiero presentar a dos operadoras telefónicas de aquella época, dos jovencitas entonces: María Lucas y Gloria Soria, amigas a las que cariñosamente me he permitido llamar “las chicas del cable”.
Para idear la adaptación, en un piso situado en la primera planta de la calle Juan Ortuño, frente a la Iglesia del Niño y la desaparecida Imprenta Victoria, ante un cuadro de clavijas y colores, cuatro sillones y un par de locutorios, varias señoritas, en diferentes turnos, atendían el servicio de la Compañía Telefónica Nacional de España.
Antonia Mari, Isabelita, Paquita, Quinita, María y Gloria, compaginaban los turnos de día; doña Palmira, la titular de la actividad concesionaria de la CTNE, y empleadora, atendía el turno de noche, ya que aparte de haber muy pocas llamadas, el lugar de trabajo también era su vivienda.
Un colectivo servicial con un papel esencial que pusieron su granito de arena en la historia de Telefónica. Las conexiones en aquellos años siempre fueron una “madeja de cables”, desenrollados por unas atentas muchachas provistas de auriculares.
El presupuesto de la actividad era austero. No llevaban uniforme. Cuando llegaba el invierno se notaba el frío, y como a las telefonistas no se les permitía usar pantalón, todavía más sentían el “fresco” de Yecla. Para caldear el ambiente utilizaban un brasero de leña, cuyas brasas para el suministro energético provenían del horno de Angelita.
Buscando el reflejo más auténtico de aquellas chicas, pioneras en la época, se encendía la llamada, se contestaba, se conectaba clavija, se accionaba la palanca y con una posible y casi segura demora, te ponían al habla.
Ahora que Telefónica ha cumplido un siglo, las comunicaciones de entonces nada tienen que ver con las de ahora, donde con tanta evolución tecnológica estamos expuestos a demasiadas cosas.
A Gloria Soria y María Lucas, les gustaba su trabajo, aun siendo duro y exigente. Tremendamente jóvenes entonces y de espíritu ahora, con un silencio cariñoso y noble en aquel departamento de Telefónica transcurrió una etapa de su vida con un empleo poco común en Yecla, y bien considerado en la sociedad de la época.
Disponían de una guía de abonados con nombres y apellidos. Sin embargo, muchos de estos, cuando solicitaban línea, daban su apodo o mote, tanto el suyo como de la persona con la que querían hablar, dando por sentado que la operadora de memoria sabría quién era, y al final las telefonistas conocían los motes de casi todos los abonados.
Las operadoras sin quererlo, podían escuchar las conversaciones y se enteraban de todo, por ello entre sus habilidades y deberes adquiridos como receta mágica, estaba la discreción y la prudencia.
En la medida del control humano, para cronometrar el tiempo y calcular el importe de la llamada, lo hacían a través de un reloj minutero.
No están muy seguras del sueldo de tan importante papel, pero podían arrimar un jornal a casa. Creen recordar que cobraban alrededor de 900 pesetas de la época, y a veces la mensualidad se complementaba con algunas propinillas. Eran mutualistas y después se integraron en la Seguridad Social.
En aquel entonces donde Yecla emprendía con fuerza la industria del mueble, no todas las empresas que iniciaban su actividad disponían de teléfono y menos de una centralita, con lo cual muchas fábricas y comercios en la referida centralita manual (situada en la calle nueva) ponían las conferencias.
Para gestionar la economía del negocio, los recibos no estaban domiciliados, y algunas telefonistas realizaban las tareas de cobro yendo a los domicilios con el recibico.
Por la “galería” de “las chicas del cable”, ahora suspendida en el tiempo, de vez en cuando se dejaban ver los supervisores de Telefónica para asegurarse de que todo funcionaba y se podía conectar, aunque eran frecuentes las averías.
Tiempo después con la simultaneidad de la existencia, fueron aflorando rápidamente los abonados, el servicio manual se automatizó pasando la ubicación al edificio de la calle San Antonio y aquel oficio casi doméstico para alimentar las comunicaciones desapareció.
Mi mami trabajaba haciendo eso en telefónica en Valencia capital, que por supuesto siempre fue muy por delante de nosotros.
Siendo como era toda una capital, fíjate cual era una de las condiciones para trabajar allí: ser solteras.
De tal modo que ella cuando se casó, en 1958, tuvo que dejar el trabajo.
Después nos creemos que no hemos avanzado, lo que pasa es que no somos conscientes de lo que la mujer ha conseguido respecto a su discriminación.