viernes 17 septiembre 2021

Mis paseos por Campules

Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación.

La tía Agripina era amiga de la infancia de la abuela Eva. Se veían poco, porque aquella vivía lejos, en el campo, en un páramo seco y polvoriento en el que apenas crecían unas cuantas vides y oliveras escuálidas al que llaman Campules.

El único medio de transporte del que disponía para acercarse al pueblo era un burro tan viejo como ella, tan tozudo y mal encarado que cuando le venía en gana, se paraba y no había manera de hacerlo caminar. Ella lo maldecía y lo insultaba cuando no se avenía a sus órdenes y él le contestaba rebuznando igual de cabreado. La abuela y yo nos reíamos mucho presenciando aquellas peleas.

—Desde que se murió su amo —decía enfadada refiriéndose a su marido que llevaba varios años bajo tierra— no me vengo de él. Eran tal para cual, a las mujeres ni caso. Mi Benedicto no me hizo caso en su santa vida ni una vez, él a la suya; pues su burro, lo mismico, solo le falta empinar la bota de vino.

La abuela, de tanto en tanto, le pedía a mi padre que la acercara a ver a su amiga y casi siempre me dejaba acompañarla, pues sabía que me divertía mucho con ellas. 

La Agripina, como la nombraba la abuela, vivía en una casucha de piedra con una puerta de entrada muy bajita que para cruzarla había que agazaparse; bueno yo no, porque era pequeña, ni ellas que eran bajitas, pero cualquiera con una estatura normal, debía inclinarse para penetrar por ella. El suelo de la casa era de cemento pintado de rojo. Solía limpiarlo con aceite de linaza enrojecido para mantener vivo el color, y el olor que desprendía todavía perdura vivo en el fondo de mi nariz. La chimenea permanecía siempre encendida, incluso en verano, pues era donde cocinaba, y a mí aquella lumbre perpetua se me antojaba un corazón que esparcía su energía no solo dentro de aquella casa humilde y pintoresca, sino por todo aquel paraje que la circundaba, ya que era la única vivienda en kilómetros a la redonda.

Agripina padecía una enfermedad de la piel que se iba extendiendo poco a poco por su rostro, de hecho, le había comido un cacho de nariz, parte de uno de los párpados, y seguía ramificándose por mejillas y frente en forma de rojeces escamosas. Aquel mal solo afectaba a la cara, solía decirnos, el resto de su cuerpo estaba completamente limpio, sin mácula alguna, aseguraba; yo nunca lo comprobé. Aunque su aspecto podía impresionar, e incluso resultar repugnante para cualquiera, no lo era para nosotras, acostumbradas a verla desde siempre. Su aspecto extraño nunca me causó ningún tipo de rechazo. Es más, cuando nos veíamos, mi abuela se acercaba a besarla y me pedía que hiciera lo mismo y yo la obedecía gustosamente porque, aunque no la quería tanto como a la abuela, sí le tenía un gran aprecio.

—No me beses cariño —decía siempre cuando me veía acercarme y así evitarme la aprensión que pudiera producirme, aunque yo nunca le hacía caso y siempre terminaba besándola.

—No es contagioso —aclaraba después de haber recibido mi muestra de afecto. 

Cuando la observaba, pensaba en la lepra, esa enfermedad bíblica que me aterraba, aquella que padecieron la madre y la hermana de Ben Hur y que tanto me impresionó en su día cuando vi la película. Pero si se hubiera tratado de lepra, nos habría contagiado a todos sus allegados y eso nunca ocurrió.

Agripina siempre iba vestida toda de negro y llevaba un pañuelo de igual color, atado al mentón. Cuando hacía frio se echaba sobre los hombros una gruesa toquilla de lana de tercera generación, pues la había tejido su abuela en el siglo pasado, lo que la hacía, según ella, mucho más valiosa y garantizaba la buena calidad de su lana.

Cada vez que íbamos a verla, yo intentaba que me dejaran subir al burro para pasear un rato por los alrededores y, en alguna ocasión, lo conseguía. Aquel burro, al que bauticé con el nombre de Tornado, como el caballo del Zorro, por su color casi negro como aquel, siempre era condescendiente conmigo y, aunque a veces es verdad que se paraba y no había manera de que reanudara la marcha, nunca me tiró ni me apartó con su hocico potente como le hacía a su dueña. Creo que agradecía que le llevara pan duro y alguna zanahoria siempre que lo visitaba.

—Conchita, te lo voy a regalar —solía decirme carcajeando.

La tía Agripina tenía peculiaridades que podrían calificarse de estrafalarias: sabía mucho de hierbas y conocía sus propiedades medicinales. En más de una ocasión nos había desinfectado alguna herida con ellas o nos hacía cocimientos para la indigestión o el resfriado, quizá era por eso por lo que se había ganado la fama de bruja en otros tiempos.

Pero lo que más me llamaba la atención era verla fumar en pipa. Solo lo hacía cuando estaba sola o con gente de confianza, como nosotras, nunca en público y es más, apostaría que lo que fumaba no era solo tabaco, sino alguna de las hierbas que acostumbraba a cultivar en su huerto, pues después de fumar percibía en ella cierta transformación en su comportamiento. No he olvidado a la abuela y a ella muertas de risa recordando anécdotas divertidas de su pasado común. Es posible que mi abuela compartiera alguna calada de aquella pipa tan olorosa cuando yo no estaba cerca, el brillo especial de sus ojos cuando volvíamos a casa la delataba.

Murió sola una noche de invierno, sentada en su silla baja de anea junto al fuego. Una de sus hijas la encontró varios días después cuando fue a verla. No tenía muchas amistades, así que pocos fueron a su entierro, yo fui uno de las pocas que la acompañó hasta el cementerio.

A veces, paseo por aquel paraje no demasiado bello, pero entrañable para mí y allá, su casa abandonada y en ruinas, me produce un nudo en la garganta. Un parque eólico sobre unas colinas cercanas me llevan a pensar en cómo la vida ha podido cambiar tanto en tan poco tiempo.


Blog de Concha Ortega

Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación.
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