Noches misteriosas

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Foto: Juan Miguel Ortuño

Mi educación académica fue francesa, pero mi cultura popular es española y antigua.

Cada año, como lluvia fresca, llegaban a Pepieux los españoles para la vendimia. Me gustaba charlar con los mayores. Yo les interrogaba y ellos, muy complacientes, me contaban apasionantes relatos de sus pueblos, de sus familiares o de sus amores.

Y así aprendí cómo era la España que habíamos dejado atrás. Venían extremeños, murcianos, andaluces o manchegos y todos traían tesoros en su memoria de los que yo me alimentaba; escuché canciones populares, chistes verdes y opiniones políticas contradictorias y enfrentadas.

Me interesaban, sobre todo, las leyendas de bandoleros y de maquis; las historias de la guerra y del exilio, secretos sobre gentes encerradas detrás de un armario y las leyendas de misteriosas apariciones.

Un yeclano al que llamábamos el Tío Basilio llenó mi imaginación de imágenes rurales. Era un buen hombre al que yo admiraba por su desparpajo a la hora de narrar. Un día de lluvia, que las viñas estaban embarradas y no podíamos vendimiar, me contó esta historia:

—En una finca muy grande donde yo trabajaba, alertaron a los dueños de que desaparecían a menudo animales de los corrales. Un día una gallina, a la semana siguiente un cabrito, tres días más tarde dos conejos; incluso un día desaparecieron los chorizos de la orza. Pusieron vigilancia nocturna, interrogaron a todos los jornaleros y corrió el rumor de que era alguien de la casa que ayudaba al maquis; otros decían que eran gitanos quienes robaban.

Su voz era profunda y melodiosa, no podías hacer otra cosa más que mirarle y escuchar; movía sus grandes manos rugosas acompañando a la narración.

—Llamaron a la Guardia Civil. —Y cuando decía “Guardia Civil” masticaba las dos palabras y alargaba la ele final. A mí, esas dos palabras dichas así me ayudaban a imaginar mejor los tricornios de charol negro y las capas verdes.

—Hicieron batidas durante varias noches por los montes cercanos e incluso una de esas noches, en que todo estaba muy vigilado, desapareció una cabra, pero nadie escuchó ni vio nada. Uno de los labradores dijo que podían ser los perros de la casa, pero nadie le hizo caso. Yo lo tenía claro: era alguien invisible.

—¿Y usted como sabía eso?

—Porque una noche que me levanté desvelado y miré por la ventana, vi un cordero que se elevaba por el aire y desaparecía, como si ascendiera al cielo rescatado por el Espíritu Santo.

—¿No se lo dijo usted a los dueños o a la Guardia Civil?

—¡No me habría creído nadie, y preferí seguir vigilando por mi cuenta antes de que me tomaran por loco! —Marcaba silencios suaves frotándose los ojos.

—Una noche, también escuché a la hija mayor de la familia jadear en la parte trasera de la casa. Salí con cuidado, descalzo para no llamar la atención y vi cómo se revolcaba sola en el sembrado. Estaba siendo poseída por alguien invisible… Nueve meses después, la chica poseída parió un bebé que nadie conoció. Oíamos el llanto de la criatura y los lamentos de la madre durante el parto; fue una noche de tormenta y el cielo rabioso centelleaba.

—¿La criatura que nació era transparente? —pregunté absorto.

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Foto: Juan Miguel Ortuño

—Nunca se supo cómo era. ¿Y sabes a quién acusaron de ladrón? —cerró los puños mirándome fijamente—. ¡A un joven pastorcillo que era la persona más inocente que he conocido!

—¿Había sido él el ladrón?

—¡No, él jamás habría robado nada! Nunca se supo quién había sido. De hecho, después de que le despidieran, seguían desapareciendo animales y cosas de vez en cuando.

—¿Y del bebé se supo algo?

—Nooo. —Ese ‘no’ lo articulaba exhalando aire y bajando el tono de la voz—. Ni de la madre ni de la criatura… Entre las mujeres de la finca se comentaba que se los habían llevado a Murcia.

—¿Para qué?

—¡A un manicomio! —me dijo de sopetón y a mí esa palabra me producía escalofríos.

—¿Y volvió usted a ver a aquella cosa invisible?

—Nunca la vi porque era invisible, pero su presencia la sentía muy a menudo; y cada vez que la sentía, pasaba algo dramático.

—¿Pero quién era el padre de la criatura?

—¡Ese es el gran misterio!

—¿No sería el pastorcillo?

—No creo —y se encogió de hombros.

Y así me dejó, sin acabar la historia… Además, esas leyendas las solía acompañar con descripciones de personajes: me hablaba de un pastor muy viejo que hablaba el idioma de los lobos y comía carne cruda; de una lavandera de pechos turgentes con la que quiso casarse pero ella le rechazó; de un señorito que había matado de una paliza a su hermano, o de un manejero que tenía la mano larga con las mujeres.

Pero a quien mejor definía era a su perro, «un pastor español, noble como un hermano, con manchas negras y blancas, que solo ladraba cuando era necesario y sabía pasar desapercibido cuando convenía».

—Cuando vuelva al pueblo, estará esperándome en la estación —me decía emocionado. No había día que no me hablara de Saturno, de su perro. Por eso, cuando adopté al mío le puse el mismo nombre.


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1 COMENTARIO

  1. Cuantos recuerdos me traen de mi niñez en Pepieux el la época de vendimia que durante 9 años nos pegaba os un mes mi hermana y yo allí tanto en el viaje toda una aventura como las aventuras que por Pepieux pasábamos jugando por su río y por sus calles y plaza s y los recuerdos del canal del Midi navegable co sus con puertas y aventuras que nos contaban los viejos de allí me traes grandes recuerdos!! Gracias!!

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