Paco Azorín concluye con gran éxito su arriesgado renacer de Maruxa

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Tras cuatro décadas de silencio, el escenógrafo y director de escena yeclano Paco Azorín, se atrevió este último mes con Maruxa, de Amadeo Vives, una obra que nació zarzuela en 1914, que se reconvirtió en ópera un año más tarde y que tiene en la música a su gran baluarte. Fue en el icónico Teatro de La Zarzuela de Madrid, colgando el cartel de no hay billetes en gran parte de las 14 funciones en las que se interpretó.

Hasta allí, defensores y detractores de Paco se acercaron para revivir un clásico entendido como un canto a Galicia, a la Galicia soñada, a la Galicia encantada. “Lugar más hermoso no hubo en la tierra”, decía Rosalía de Castro, como bien se rememoraba en el preludio. Y, como era de esperar, el escenógrafo yeclano no dejó indiferente a nadie. Tampoco a mí.

Reconozco que leí algunas críticas antes de asistir. Algunas tan atroces y fuera de lugar como la de El Cultural (todavía me pregunto qué ópera vio Liz Perales) y otras tan correctas como la de González Lapuente en ABC. Y es que Paco crea. No se limita a copiar. Y como creador echó a un lado los cánones establecidos y fue ‘culpable’ de la rotura de algún monóculo que otro por la sorpresa que se llevó más de un espectador demodé.

Porque si en 2016, el público más contrario a la innovación boicoteó la zarzuela “¡Cómo está Madriz!”, de Miguel del Arco,  en esta ocasión, lo intentaron, pero no pudieron con la que, algunos, tildaron de “versión panfletaria” de Maruxa.

Una égloga lírica

Efectivamente, la obra de Vives, con libreto (bastante más pobre que la música) de Luis Pascual Frutos es una égloga lírica. Es decir, la idealización poética del sentimiento amoroso de los pastores en un ambiente bucólico, representado aquí por los frondosos bosques gallegos. Y, como buena zarzuela –si bien reconvertida en ópera-, tiene un mensaje moral y político: la confrontación entre el pueblo llano, representado por Maruxa y su novio Pablo –ambos pastores- frente a los señores (Rosa y Antonio), que simbolizan la falta de ética, la corrupción y, en la versión de Paco Azorín, el ataque al medioambiente con fines meramente económicos.

Fue aquí donde prendió la mecha. Esta égloga de ‘buenos y malos’, donde la señora intenta arrebatar a Maruxa el amor de Pablo y donde el señor pretende lo mismo con la joven pastora, cambia los verdes campos gallegos por el negruzco chapapote. Porque Paco, también es artista. Quizá no respetó la idea escenográfica del autor. Pero, ¿y qué? Han pasado 100 años desde su estreno. Todo un siglo XX y parte del XXI lleno, en gran parte, de guerras, miseria y hambre en medio mundo. Y donde el capitalismo se ha paseado a sus anchas, dejando atrás millones de muertos. ¿Por qué si el teatro ha sabido adaptarse, acercar su mensaje al mundo de hoy, no van a hacerlo otros géneros?

El contexto del Urquiola

A tal fin, Paco Azorín recreó una escena paralela. Delante, actrices y actores, entonando la égloga pastoril a la que dio letra Frutos. Detrás, la mesa donde se fraguó la entrada del petrolero Urquiola a aguas de Galicia y que, en 1976, encalló frente a las costas de A Coruña, protagonizando una de las peores catástrofes ecologistas acaecidas en la historia de España. Y debajo, en el foso, el coro y la orquesta de la Comunidad de Madrid dando música al todo.

El hilván que el escenógrafo yeclano elaboró para enlazar ambas escenas fue soberbio. Entrelazó la historia de 1914 con la de 1976 con acertado pespunte, adaptando la lejana realidad de entonces, a una más que triste cotidianeidad. La del Urquiola primero. La del Mar Egeo, más tarde. La del Prestige, por último. Costas golpeadas por la sinrazón de la codicia y devueltas a la vida por miles de Pablos y Maruxas que, con sus manos, lustraron la ennegrecida Galicia. Y todo ello estimulado por la magistral bailarina María Cabeza de Vaca que con su baile omnipresente representó a la diosa Galicia, jovial y alegre, primero; triste y poderosa, después.   

Pero al margen de esta escena secundaria, que obtuvo su momento álgido en la interpretación magistral del coro de chapapoteros, la historia original, la del amor entre los pastores y los señores, con la inestimable presencia de Rufo y su destacable romanza «Don Golondrón», siempre tuvo el protagonismo sobre las tablas de La Zarzuela. Una historia que, cuyo desenlace, cae del lado de los primeros, quienes simbolizan los sentimientos puros y la cristalina ingenuidad, dejando por fracasados y derrotados a Rosa y Antonio, los señores, vencidos por una Galicia rural, íntegra y genuina, que nunca da la espalda a la adversidad. Casualmente, al igual que nuestro escenógrafo más internacional. Porque Paco ha vuelto a demostrar que es valiente y auténtico hasta la médula.

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