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🌼 martes 18 junio 2024
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Sueño taurino

Anoche tuve un sueño fantástico: vestía traje de luces, iba a torear seis hermosos toros en la plaza de las Ventas durante la feria de San Isidro, sonaba un pasodoble de fondo, varios aficionados me pedían autógrafos, mis subalternos me animaban y yo estaba feliz esperando el paseíllo, inquieto pero contento. Mi traje era de grana y oro, la tarde se ofrecía soleada y el cielo inmenso y redondo, no eran las cinco de la tarde como en el poema de Lorca, eran las siete menos dos minutos y en el momento de entrar al ruedo, cuando estaba a punto de pisar la arena e iba a persignarme, desperté.

¡Qué incongruencia, yo de matador!, que no soy capaz de enfrentarme a ningún bicho, hasta las lagartijas me dan miedo y para colmo, mi cuerpo se asemeja más al de un picador. No tengo edad para esquivar cornadas, pensé mientras le daba la vuelta a la almohada; estaba sudando.

Ya despierto, empecé a elucubrar sobre las razones que pudieron provocar este extraño sueño y no fui capaz de descubrir razón alguna, pero recordé que ayer vi una corrida televisada y ni fu ni fa. Hice recuento de a cuántas corridas he asistido y me vino a la memoria una frase de mi amigo Juan: «En la plaza es donde se vive con más intensidad las emociones y en Las Ventas, en el instante en el que el torero entra a matar al toro, se puede masticar el silencio».

Sin embargo, a mí los espectáculos en directo y con muchos espectadores me abruman y me marean, especialmente el griterío histérico de los hinchas de fútbol y el canturreo de los fans en los conciertos de música.

Vivo a doscientos metros de la la plaza de toros más importante del mundo, según opiniones de cronistas y entendidos, y desde el salón de mi casa escucho los olés en las tardes de triunfo. Todos los bares que frecuento en mi barrio están decorados con fotos de toros y toreros y mi restaurante favorito, donde sirven un rabo de toro para chuparse los dedos, está decorado con la cabeza de un astado negro de la ganadería de Victorino Martín llamado Curiosito.

Tengo unos cuantos amigos taurinos y heredé de un pariente lejano una enciclopedia de la tauromaquia donde miro de vez en cuando curiosidades históricas de la lidia; también he leído columnas taurinas con más entusiasmo que las crónicas políticas. Las crónicas taurinas suelen ser poéticas y llenas de un vocabulario ingenioso y chispeante.

Pero todo esto no es más que una introducción para hablar de lo raro que resulta despertar de un sueño en el que nada tiene sentido; es verdad que en sueños uno puede convertirse en cualquier cosa y que el tiempo y las leyes de la física no son impedimento alguno para el desarrollo de una historia onírica.

En sueños canto, bailo y conduzco, cosas que despierto no soy capaz de ejecutar.

Tener sueños eróticos tiene su lógica; conversar con familiares fallecidos hace años reconforta y también tiene sentido; sufrir pesadillas con precipicios o persecuciones puede que tenga explicación, pero disfrutar siendo torero con lo cagarria que soy…

A lo mejor es que oculto un lado narcisista y necesito simular fortaleza masculina y lucir paquete y valentía. Le preguntaré a una de mis amigas psicoanalistas, que siempre está dispuesta a repartir sentencias.

De niño fantaseaba con ser el Zorro, con ser jugador del Real Madrid o con ser revolucionario para acabar con el hambre en el mundo; incluso llegué a creer que podría en algún momento viajar en el tiempo para conocer a Aníbal Barca o asistir a una sesión de pintura en la cuevas de Altamira y ver trabajar a los pintores de bisontes. Pero a pesar de mi capacidad fantasiosa y de haber vivido en mi infancia el apogeo del toreo con mitos como Paco Camino o ‘el Cordobés’, nunca me atrajo eso de torear.

Y lo más extraño de todo es que a media mañana me ha llamado mi amigo Manolo para ofrecerme una entrada para la corrida de esta tarde y me ha hablado de un torero murciano al que me quiere presentar para que le haga un retrato.

¡Retratar a un torero! Me gustó la idea y empecé a imaginar el tamaño el color y la técnica a utilizar.

Saqué del armario mi sombrero y un pañuelo blanco para pedir la oreja después de la faena de nuestro paisano Rafaelillo que se enfrentaba a dos Miuras, pero vestido de verde oscuro y oro.

―Para mi retrato posarás de grana y oro ―le dije
―Lo que usted mande maestro ―me dijo.
―No estoy muy seguro de ser maestro, pero en cuanto acabe la temporada te tendrás que enfrentar a mi mirada que es más brava que la de cualquier ganadería española.

Vicente Chumilla
Vicente Chumilla
Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.

Anoche tuve un sueño fantástico: vestía traje de luces, iba a torear seis hermosos toros en la plaza de las Ventas durante la feria de San Isidro, sonaba un pasodoble de fondo, varios aficionados me pedían autógrafos, mis subalternos me animaban y yo estaba feliz esperando el paseíllo, inquieto pero contento. Mi traje era de grana y oro, la tarde se ofrecía soleada y el cielo inmenso y redondo, no eran las cinco de la tarde como en el poema de Lorca, eran las siete menos dos minutos y en el momento de entrar al ruedo, cuando estaba a punto de pisar la arena e iba a persignarme, desperté.

¡Qué incongruencia, yo de matador!, que no soy capaz de enfrentarme a ningún bicho, hasta las lagartijas me dan miedo y para colmo, mi cuerpo se asemeja más al de un picador. No tengo edad para esquivar cornadas, pensé mientras le daba la vuelta a la almohada; estaba sudando.

Ya despierto, empecé a elucubrar sobre las razones que pudieron provocar este extraño sueño y no fui capaz de descubrir razón alguna, pero recordé que ayer vi una corrida televisada y ni fu ni fa. Hice recuento de a cuántas corridas he asistido y me vino a la memoria una frase de mi amigo Juan: «En la plaza es donde se vive con más intensidad las emociones y en Las Ventas, en el instante en el que el torero entra a matar al toro, se puede masticar el silencio».

Sin embargo, a mí los espectáculos en directo y con muchos espectadores me abruman y me marean, especialmente el griterío histérico de los hinchas de fútbol y el canturreo de los fans en los conciertos de música.

Vivo a doscientos metros de la la plaza de toros más importante del mundo, según opiniones de cronistas y entendidos, y desde el salón de mi casa escucho los olés en las tardes de triunfo. Todos los bares que frecuento en mi barrio están decorados con fotos de toros y toreros y mi restaurante favorito, donde sirven un rabo de toro para chuparse los dedos, está decorado con la cabeza de un astado negro de la ganadería de Victorino Martín llamado Curiosito.

Tengo unos cuantos amigos taurinos y heredé de un pariente lejano una enciclopedia de la tauromaquia donde miro de vez en cuando curiosidades históricas de la lidia; también he leído columnas taurinas con más entusiasmo que las crónicas políticas. Las crónicas taurinas suelen ser poéticas y llenas de un vocabulario ingenioso y chispeante.

Pero todo esto no es más que una introducción para hablar de lo raro que resulta despertar de un sueño en el que nada tiene sentido; es verdad que en sueños uno puede convertirse en cualquier cosa y que el tiempo y las leyes de la física no son impedimento alguno para el desarrollo de una historia onírica.

En sueños canto, bailo y conduzco, cosas que despierto no soy capaz de ejecutar.

Tener sueños eróticos tiene su lógica; conversar con familiares fallecidos hace años reconforta y también tiene sentido; sufrir pesadillas con precipicios o persecuciones puede que tenga explicación, pero disfrutar siendo torero con lo cagarria que soy…

A lo mejor es que oculto un lado narcisista y necesito simular fortaleza masculina y lucir paquete y valentía. Le preguntaré a una de mis amigas psicoanalistas, que siempre está dispuesta a repartir sentencias.

De niño fantaseaba con ser el Zorro, con ser jugador del Real Madrid o con ser revolucionario para acabar con el hambre en el mundo; incluso llegué a creer que podría en algún momento viajar en el tiempo para conocer a Aníbal Barca o asistir a una sesión de pintura en la cuevas de Altamira y ver trabajar a los pintores de bisontes. Pero a pesar de mi capacidad fantasiosa y de haber vivido en mi infancia el apogeo del toreo con mitos como Paco Camino o ‘el Cordobés’, nunca me atrajo eso de torear.

Y lo más extraño de todo es que a media mañana me ha llamado mi amigo Manolo para ofrecerme una entrada para la corrida de esta tarde y me ha hablado de un torero murciano al que me quiere presentar para que le haga un retrato.

¡Retratar a un torero! Me gustó la idea y empecé a imaginar el tamaño el color y la técnica a utilizar.

Saqué del armario mi sombrero y un pañuelo blanco para pedir la oreja después de la faena de nuestro paisano Rafaelillo que se enfrentaba a dos Miuras, pero vestido de verde oscuro y oro.

―Para mi retrato posarás de grana y oro ―le dije
―Lo que usted mande maestro ―me dijo.
―No estoy muy seguro de ser maestro, pero en cuanto acabe la temporada te tendrás que enfrentar a mi mirada que es más brava que la de cualquier ganadería española.

Vicente Chumilla
Vicente Chumilla
Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.
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Vicente Chumilla
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Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.
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