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🌼 martes 23 abril 2024
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Un triste paseo

Segunda parte del relato «Pesadillas y sueños»


Espero a Reme sentada en un banco al principio de la Alameda, de cuyos álamos, ahora que reparo en ellos, solo han quedado los troncos después de que hace unos años, los asolara aquella plaga, y al observarlos, no pudo evitar una especie de angustiosa nostalgia.

A mi mente, como si Heráclito, aquel filósofo del rio que pasa, se hubiera apoderado de mí, no cesan de acudir frases tan dramáticas como “todo pasa”, “todo perece”, “nada permanece”. ¿Cómo es posible que el tiempo pase tan deprisa? Y esa idea me produce un espantoso vértigo. Hace nada aquellos árboles lucían majestuosos, verdes y frondosos cada verano dando sombra a los paseantes; dorados y románticos durante el otoño dando cobijo a los enamorados; y también bastante tenebrosos en el invierno, tengo que reconocer.

Mi amiga llega con retraso, un poco apurada. Se excusa, a última hora había tenido que pasar por casa de su madre a llevarle algo. No importa. Mientras, yo me he entretenido recordando otras épocas, quizá mejores, no sabría decir, en las que no me daba cuenta, como ahora hago, de cómo adoraba aquellos hermosos ejemplares de álamos, cadáveres en la actualidad.

Adivino la expresión sombría de Reme bajo las gafas de sol. Se esfuerza, pero apenas consigue esbozar una fugaz sonrisa al verme.

Echamos a andar en dirección a Almansa, pero al poco tomamos un camino a la derecha. Al fondo nos orienta, como una guía imperecedera y solemne, la Sierra Cuchillo. Con paso firme vamos dejando atrás un chalet tras otro. Todavía no hemos entrado en materia, sólo nos vamos poniendo al día de lo más trivial: ¿Qué tal tus padres? ¿Y los tuyos? ¿Y los chicos? Es al preguntar por Alberto cuando percibo unos incómodos segundos de silencio.

―Pues de eso quería hablarte, bueno no solo, mi vida en los últimos meses se ha convertido en una montaña rusa.
―Vaya, adelante, te escucho ―la animo.
―Para empezar: Alberto y yo nos hemos separado.

Y lo dice así de sopetón, sin preámbulos y yo, aunque lo hubiera podido considerar dentro de lo posible, no lo esperaba así tan de repente, y me asombro, y la miro con cara de sorpresa.

―Llevamos tiempo muy mal, no nos soportamos ―prosigue en aparente calma―. Él bebe cada día más y cuando lo hace, no puede contener una evidente aversión hacia mí. No ceja en criticar todo lo que hago o digo, toda yo parezco un despojo humano ante sus ojos, y en momentos así, lo veo todo claro: yo tampoco lo soporto. No soporto su perenne olor a alcohol y a tabaco, cómo sorbe la sopa, ni cómo huelen sus pies ni sus pedos; no me hacen gracia sus chistes, ¡ya no me atrae en absoluto! Pero lo peor es que aborrezco su forma de tratarme, y entonces me pregunto, muy seriamente, por qué sigo con él.

En sus últimas frases asoma la rabia, escupe las palabras que rebotan en el suelo como pelotas de goma que se esparcen por el aire en distintas direcciones.

―Así que me armé de valor y le dije que es mejor separarnos, pero él, sorprendentemente se niega. Le pregunto que por qué quiere seguir conmigo si ya no me quiere, si me desprecia; pero él niega ese desamor. Le increpo y le digo que posiblemente lo que quiere de mí son mis cuidados, la comida, la ropa limpia, la casa ordenada, no a mí. Él contesta que a él el orden y la limpieza le dan igual y que está harto de mis comidas. Entro en cólera, grito, él tampoco se queda corto. Me largo a cualquier sitio, para calmarme. Camino por la calle como una posesa en dirección a ninguna parte, hasta que consigo ralentizar las pulsaciones de mi corazón. Sin darme cuenta he llegado al castillo.

Después de esa afrenta, estamos varios días evitándonos, sin hablar, hasta que vuelvo a armarme de valor y vuelvo a la carga. “Quiero que salgas de la casa mañana mismo, no soporto más esta situación”. Él pregunta que adónde quiere que vaya, le sugiero que se instale en el campo, de momento, luego ya veremos. En un arranque de furia, rugiendo como un oso, por fin, accede. Se hace una maleta y se marcha, eso fue hace un par de semanas. Desde ese día no hemos hablado.

―Pero Reme, ¿cómo no me habías dicho nada hasta ahora? Me había dado cuenta de que no estabais muy bien, pero no hasta el extremo de separaros. Lo siento mucho, de verdad.

―No he dicho nada a nadie hasta ahora porque no tenía fuerzas, ni ganas de ir llorando por ahí, que es de lo único que tengo ganas. Ni mis hijos lo saben. Ese es otro tema que me angustia, cómo decirles lo que pasa.

La tarde otoñal avanza, cálida en exceso para estar en noviembre. Las sombras se alargan y nosotras seguimos caminando y el polvo del camino cruje bajo nuestras suelas de goma. El aire seco huele a monte: a tomillo, a romero, a pinos. Nada de setas este año, hace meses que no ha caído una gota. Ya hemos llegado al pie de la Sierra, el bosque de pinos se va cerrando, ahora seguimos por una senda. Nos volvemos para mirar desde lo alto el pueblo a lo lejos, derramándose en la ladera del cerro del castillo, los sonidos de la ciudad llegan amortiguados por la lejanía.

―Pero eso no es todo ―prosigue tras unos segundos de silencio, sin dejar de mira a lo lejos―. Hace unas semanas, fui a hacerme una mamografía, ya sabes de esas que nos toca por edad, y bingo, días después me llamaron porque aparecía algo en ella. Me entró un sudor frio, casi me desmayo del susto. Es cáncer. Empiezo con el tratamiento la semana que viene.

El sol ya se ha escondido tras la sierra de la Magdalena. Me quedo sin habla, helada. Hay un tronco caído en el suelo, la llevo hasta allí y nos sentamos. Entonces rompe a llorar. Yo la abrazo y espero que la tormenta amaine.

Soy la primera en saberlo, dice. Le doy mi parecer, afrontar sola esa carga lo hará mucho más duro. Tiene que hablar con sus hijos, con sus amigos más cercanos. Incluso Alberto debería saberlo, aunque no lo deje participar, si es eso lo quiere. Mañana mismo organizo una comida en el campo con el grupo de amigas que nos solemos juntar, si le parece bien, para que les cuente. Todas estarán dispuestas a colaborar mientras esté con el tratamiento, si lo necesita. Reme sigue llorando.

Cuando calla, la brisa nos trae el sonido vespertino de los pájaros. En minutos caerá la noche. Llamo a Salvador para que venga a por nosotras, se ha hecho tarde.

El día siguiente amanece igual de radiante que el anterior. En el campo hemos encendido la leña para hacer un arroz. Reme está mucho más animada rodeada de todas sus amigas. Las penas siempre son más llevaderas en buena compañía y con una buena dosis de cariño.


Lee el blog de Concha Ortega

Concha Ortega
Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación. Contacta conmigo en ortegaconcha60@gmail.com

Segunda parte del relato «Pesadillas y sueños»


Espero a Reme sentada en un banco al principio de la Alameda, de cuyos álamos, ahora que reparo en ellos, solo han quedado los troncos después de que hace unos años, los asolara aquella plaga, y al observarlos, no pudo evitar una especie de angustiosa nostalgia.

A mi mente, como si Heráclito, aquel filósofo del rio que pasa, se hubiera apoderado de mí, no cesan de acudir frases tan dramáticas como “todo pasa”, “todo perece”, “nada permanece”. ¿Cómo es posible que el tiempo pase tan deprisa? Y esa idea me produce un espantoso vértigo. Hace nada aquellos árboles lucían majestuosos, verdes y frondosos cada verano dando sombra a los paseantes; dorados y románticos durante el otoño dando cobijo a los enamorados; y también bastante tenebrosos en el invierno, tengo que reconocer.

Mi amiga llega con retraso, un poco apurada. Se excusa, a última hora había tenido que pasar por casa de su madre a llevarle algo. No importa. Mientras, yo me he entretenido recordando otras épocas, quizá mejores, no sabría decir, en las que no me daba cuenta, como ahora hago, de cómo adoraba aquellos hermosos ejemplares de álamos, cadáveres en la actualidad.

Adivino la expresión sombría de Reme bajo las gafas de sol. Se esfuerza, pero apenas consigue esbozar una fugaz sonrisa al verme.

Echamos a andar en dirección a Almansa, pero al poco tomamos un camino a la derecha. Al fondo nos orienta, como una guía imperecedera y solemne, la Sierra Cuchillo. Con paso firme vamos dejando atrás un chalet tras otro. Todavía no hemos entrado en materia, sólo nos vamos poniendo al día de lo más trivial: ¿Qué tal tus padres? ¿Y los tuyos? ¿Y los chicos? Es al preguntar por Alberto cuando percibo unos incómodos segundos de silencio.

―Pues de eso quería hablarte, bueno no solo, mi vida en los últimos meses se ha convertido en una montaña rusa.
―Vaya, adelante, te escucho ―la animo.
―Para empezar: Alberto y yo nos hemos separado.

Y lo dice así de sopetón, sin preámbulos y yo, aunque lo hubiera podido considerar dentro de lo posible, no lo esperaba así tan de repente, y me asombro, y la miro con cara de sorpresa.

―Llevamos tiempo muy mal, no nos soportamos ―prosigue en aparente calma―. Él bebe cada día más y cuando lo hace, no puede contener una evidente aversión hacia mí. No ceja en criticar todo lo que hago o digo, toda yo parezco un despojo humano ante sus ojos, y en momentos así, lo veo todo claro: yo tampoco lo soporto. No soporto su perenne olor a alcohol y a tabaco, cómo sorbe la sopa, ni cómo huelen sus pies ni sus pedos; no me hacen gracia sus chistes, ¡ya no me atrae en absoluto! Pero lo peor es que aborrezco su forma de tratarme, y entonces me pregunto, muy seriamente, por qué sigo con él.

En sus últimas frases asoma la rabia, escupe las palabras que rebotan en el suelo como pelotas de goma que se esparcen por el aire en distintas direcciones.

―Así que me armé de valor y le dije que es mejor separarnos, pero él, sorprendentemente se niega. Le pregunto que por qué quiere seguir conmigo si ya no me quiere, si me desprecia; pero él niega ese desamor. Le increpo y le digo que posiblemente lo que quiere de mí son mis cuidados, la comida, la ropa limpia, la casa ordenada, no a mí. Él contesta que a él el orden y la limpieza le dan igual y que está harto de mis comidas. Entro en cólera, grito, él tampoco se queda corto. Me largo a cualquier sitio, para calmarme. Camino por la calle como una posesa en dirección a ninguna parte, hasta que consigo ralentizar las pulsaciones de mi corazón. Sin darme cuenta he llegado al castillo.

Después de esa afrenta, estamos varios días evitándonos, sin hablar, hasta que vuelvo a armarme de valor y vuelvo a la carga. “Quiero que salgas de la casa mañana mismo, no soporto más esta situación”. Él pregunta que adónde quiere que vaya, le sugiero que se instale en el campo, de momento, luego ya veremos. En un arranque de furia, rugiendo como un oso, por fin, accede. Se hace una maleta y se marcha, eso fue hace un par de semanas. Desde ese día no hemos hablado.

―Pero Reme, ¿cómo no me habías dicho nada hasta ahora? Me había dado cuenta de que no estabais muy bien, pero no hasta el extremo de separaros. Lo siento mucho, de verdad.

―No he dicho nada a nadie hasta ahora porque no tenía fuerzas, ni ganas de ir llorando por ahí, que es de lo único que tengo ganas. Ni mis hijos lo saben. Ese es otro tema que me angustia, cómo decirles lo que pasa.

La tarde otoñal avanza, cálida en exceso para estar en noviembre. Las sombras se alargan y nosotras seguimos caminando y el polvo del camino cruje bajo nuestras suelas de goma. El aire seco huele a monte: a tomillo, a romero, a pinos. Nada de setas este año, hace meses que no ha caído una gota. Ya hemos llegado al pie de la Sierra, el bosque de pinos se va cerrando, ahora seguimos por una senda. Nos volvemos para mirar desde lo alto el pueblo a lo lejos, derramándose en la ladera del cerro del castillo, los sonidos de la ciudad llegan amortiguados por la lejanía.

―Pero eso no es todo ―prosigue tras unos segundos de silencio, sin dejar de mira a lo lejos―. Hace unas semanas, fui a hacerme una mamografía, ya sabes de esas que nos toca por edad, y bingo, días después me llamaron porque aparecía algo en ella. Me entró un sudor frio, casi me desmayo del susto. Es cáncer. Empiezo con el tratamiento la semana que viene.

El sol ya se ha escondido tras la sierra de la Magdalena. Me quedo sin habla, helada. Hay un tronco caído en el suelo, la llevo hasta allí y nos sentamos. Entonces rompe a llorar. Yo la abrazo y espero que la tormenta amaine.

Soy la primera en saberlo, dice. Le doy mi parecer, afrontar sola esa carga lo hará mucho más duro. Tiene que hablar con sus hijos, con sus amigos más cercanos. Incluso Alberto debería saberlo, aunque no lo deje participar, si es eso lo quiere. Mañana mismo organizo una comida en el campo con el grupo de amigas que nos solemos juntar, si le parece bien, para que les cuente. Todas estarán dispuestas a colaborar mientras esté con el tratamiento, si lo necesita. Reme sigue llorando.

Cuando calla, la brisa nos trae el sonido vespertino de los pájaros. En minutos caerá la noche. Llamo a Salvador para que venga a por nosotras, se ha hecho tarde.

El día siguiente amanece igual de radiante que el anterior. En el campo hemos encendido la leña para hacer un arroz. Reme está mucho más animada rodeada de todas sus amigas. Las penas siempre son más llevaderas en buena compañía y con una buena dosis de cariño.


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Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación. Contacta conmigo en ortegaconcha60@gmail.com
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3 COMENTARIOS

  1. En Yecla no se mantiene nada que merezca la pena. El antiguo colegio de los escolapios, la Cooperativa de Muebles Esteban Diaz (hoy podría ser un museo del mueble) distintas arboledas…
    Los escolapios, la cooperativa, no fue cosa del primer alcalde de la democracia, sería cosa de los últimos alcaldes de la Dictadura franquista.
    No hace tanto el pueblo se tuvo que movilizar porque querían abrir una CANTERA en la Sierra del Cuchillo, las granjas porcinas al caer del Monte Arabí… Ha sido el pueblo quién a tenido que parar estos nefastos proyectos.
    Sobre la CANTERA de la Sierra del Cuchillo el alcalde del PP de aquel entonces, dijo que no sabía nada, hasta que le tuvieron que enseñar un documento donde venía su firma de recepción de solicitud de la apertura de dicha cantera, con el daño que hubiese supuesto para una zona bastante urbanizada (muchas casas de campo) y el impacto medioambiental y visual de una explotación no renovable.

    Sobre lo último que expones, espero que forme para del relato y no corresponda a hechos reales.

  2. Los olmos de la avenida de Cordoba los derribaron con motosierras el mismo año que en las cocheras de Martin Disla sirvieron de colegio mientras se hacían las obras del colegio la paz, (hacia 1979)
    Una lástima que se perdió la olmeda que era altísima.
    El primer alcalde de la democracia podría haber hecho algo mejor.

Concha Ortega
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Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación. Contacta conmigo en ortegaconcha60@gmail.com
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