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domingo, noviembre 30, 2025 🍂 🎺
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Dudas

¿Piedra o manzana?, me pregunto a veces. De joven prefería las piedras, quería derribar tribunas y altares, estaba seguro de que al poder se le ataca con piedras; son más eficaces que los insultos o las bombas, incluso a veces más certeras que las mejores arengas. Una buena pedrada espabila con más rapidez que un discurso y, aunque aseguraran en los púlpitos que la razón era la clave para el progreso, yo estaba convencido de que la piedra era el artilugio más eficaz para espabilar a los de mentes perezosas.

La historia la escribieron los que tenían piedras contra los que tenían razones o palabras. Eso pensaba entonces; ahora tengo dudas.

De mi época de juventud mantengo una certidumbre: a los poderosos habría que apearlos de sus tribunas o hay que quitar el volumen a sus discursos para apreciar mejor sus falsedades. Hagan la prueba: resultan ridículos, son marionetas parlanchinas.

Ahora sigo una dieta a base de manzanas, practico meditación y, de vez en cuando, me rezo un rosario. Al cerrar los ojos para concentrarme, veo pasifloras incandescentes y estrellas palideciendo de tristeza.

Colecciono piedras de todos los tamaños, como lo haría un lapidario. Cada vez que salgo al campo vuelvo con una bolsa llena y, después de lavarlas, calculo el peso y la forma, me familiarizo con ellas: acaricio sus rugosidades, dibujo figuras o escribo pequeños poemas sobre ellas; luego las barnizo y las almaceno en un cajón de madera lleno de celdillas. Estoy seguro de que las volveré a necesitar como proyectiles, pero serán bellos proyectiles con mensajes poéticos; la edad me ha dulcificado.

En el bolsillo de mi chaqueta siempre llevo una piedra como talismán: una cornalina anaranjada, del tamaño de una castaña, procedente de Babilonia —según me dijo Elisa cuando volvió de un viaje a Marruecos— y que acaricio cada vez que recuerdo la dulzura de sus labios.

Además de la cornalina, me trajo una alfombra voladora, asegurando que vio con sus propios ojos cómo se elevaba por encima del zoco de Marrakech y regresaba a los brazos del mercader que se la vendió. Llevo probándola varios días y no consigo que vuele.

Hoy ha venido a visitarme Serafina, una amiga de la infancia. Traía una bandeja con manzanas asadas y recordamos los días de playa buscando caracolas para escuchar el mar y, como agradecimiento, le conté la historia de una sirena enamorada de un surfista. En Alicante nunca vimos ni sirenas ni surfistas.

Las dudas me atosigan a diario y no soy capaz de decidir entre:

Un astrolabio o una píldora de arsénico, polvo de una estrella fugaz o la chatarra de un cohete caído en el jardín.

El beso atómico de una mujer biónica o el beso caliente de una caribeña.

¿Hacer el amor bajo el brillo de la luna en cuarto creciente o a la luz del sol en una playa de arena fina?

Vicente Chumilla
Vicente Chumilla
Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.

¿Piedra o manzana?, me pregunto a veces. De joven prefería las piedras, quería derribar tribunas y altares, estaba seguro de que al poder se le ataca con piedras; son más eficaces que los insultos o las bombas, incluso a veces más certeras que las mejores arengas. Una buena pedrada espabila con más rapidez que un discurso y, aunque aseguraran en los púlpitos que la razón era la clave para el progreso, yo estaba convencido de que la piedra era el artilugio más eficaz para espabilar a los de mentes perezosas.

La historia la escribieron los que tenían piedras contra los que tenían razones o palabras. Eso pensaba entonces; ahora tengo dudas.

De mi época de juventud mantengo una certidumbre: a los poderosos habría que apearlos de sus tribunas o hay que quitar el volumen a sus discursos para apreciar mejor sus falsedades. Hagan la prueba: resultan ridículos, son marionetas parlanchinas.

Ahora sigo una dieta a base de manzanas, practico meditación y, de vez en cuando, me rezo un rosario. Al cerrar los ojos para concentrarme, veo pasifloras incandescentes y estrellas palideciendo de tristeza.

Colecciono piedras de todos los tamaños, como lo haría un lapidario. Cada vez que salgo al campo vuelvo con una bolsa llena y, después de lavarlas, calculo el peso y la forma, me familiarizo con ellas: acaricio sus rugosidades, dibujo figuras o escribo pequeños poemas sobre ellas; luego las barnizo y las almaceno en un cajón de madera lleno de celdillas. Estoy seguro de que las volveré a necesitar como proyectiles, pero serán bellos proyectiles con mensajes poéticos; la edad me ha dulcificado.

En el bolsillo de mi chaqueta siempre llevo una piedra como talismán: una cornalina anaranjada, del tamaño de una castaña, procedente de Babilonia —según me dijo Elisa cuando volvió de un viaje a Marruecos— y que acaricio cada vez que recuerdo la dulzura de sus labios.

Además de la cornalina, me trajo una alfombra voladora, asegurando que vio con sus propios ojos cómo se elevaba por encima del zoco de Marrakech y regresaba a los brazos del mercader que se la vendió. Llevo probándola varios días y no consigo que vuele.

Hoy ha venido a visitarme Serafina, una amiga de la infancia. Traía una bandeja con manzanas asadas y recordamos los días de playa buscando caracolas para escuchar el mar y, como agradecimiento, le conté la historia de una sirena enamorada de un surfista. En Alicante nunca vimos ni sirenas ni surfistas.

Las dudas me atosigan a diario y no soy capaz de decidir entre:

Un astrolabio o una píldora de arsénico, polvo de una estrella fugaz o la chatarra de un cohete caído en el jardín.

El beso atómico de una mujer biónica o el beso caliente de una caribeña.

¿Hacer el amor bajo el brillo de la luna en cuarto creciente o a la luz del sol en una playa de arena fina?

Vicente Chumilla
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Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.
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Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.
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