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domingo, mayo 24, 2026 🌼
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Interferencias y cortocircuitos

Desde que despegó el Andrómeda IV con Iñaki como único pasajero, habían pasado más de trescientos días y muchos acontecimientos; aunque bien mirado, trescientos cincuenta días en nuestro planeta no son más que repeticiones, llevamos muchos siglos repitiendo la misma mierda.

El comodoro espacial se había perdido el embarazo de su amada y el nacimiento de su hija, por eso cuando se vieron los tres, lloraron emocionados los amantes y Leire, con dos semanas de vida, mirando la imagen de su padre en la pantalla sonrió por primera vez.

El astronauta y la salazonera se dijeron frases amorosas y carantoñas; pero ese encuentro os lo contaré otro día.

Sus nuevos camaradas le regalaron un traje de astronauta de colorines. Aunque dentro de la nave no es necesario, se enfundó en él, para hacerse una foto con la intención de impresionar a Laura y para que su hija lo conociese así de vistoso.

Estaban de preparativos para la comunicación con la Tierra, cuando las pantallas se volvieron locas, reproduciendo imágenes a velocidad de vértigo; era como si los ordenadores de la nave quisieran enseñarle las imágenes de los acontecimientos del año.

Lo que mejor nos define como especie es la capacidad de generar millones de imágenes diarias, vacías y superfluas, pero imágenes.

En la pantalla de la izquierda, donde todo el rato se veían los movimientos de la Vía Láctea, ahora se sucedían unas imágenes detrás de otras sin dar tiempo a ver con claridad ninguna; era como una metralleta disparando movimientos de gentes parlanchinas.

En la pantalla central, donde antes solo se veían gráficos y mapas estelares, aparecieron resúmenes de acontecimientos confusos y de repetición acelerada: líderes políticos antes enfrentados ahora se besaban abrazados como los antiguos líderes soviéticos; sin embargo, millones de manifestantes de todo el mundo, en las capitales de cada país, levantaban banderas negras al grito de “¡Vivan las guerras!”. Un chispazo sonoro como un trueno hizo tambalearse la nave y desintegró los monitores. Por una de las ventanillas de la nave apareció un resplandor enorme y una voz rotunda anunció: “Este es el verdadero Dios, el que no habla ni tiene nada que ver con un mequetrefe vestido con túnica blanca y un triángulo en la cabeza”.

Iñaki quedó hipnotizado.

Detrás de la luminaria venía un cortejo resplandeciente formado por cientos de pequeñas estrellas recién nacidas, satélites luminosos en alegres danzas y millones de virutas brillantes.

“Esto es Dios y su corte celestial”, sentenció la voz en off, y todo el espacio quedó teñido de un añil brillante y hermoso.

El comodoro estaba impaciente por conocer a su niña; los colegas recién aparecidos le pidieron paciencia y mientras preparaban la conexión con la Tierra le ofrecieron una comida al estilo sidrería guipuzcoana: tortilla de bacalao, chuletón de vaca vieja, chacolí fresquito de una kupela recién abierta y de postre, queso Idiazabal con membrillo. Y para amenizarle el banquete proyectaron en una pantalla portátil un vídeo de un dantzari lanzando su txapela al aire y bailando un aurresku al son de txistu y tamboriles, y finalizaron con un popurrí de joticas navarras.

Iñaki durmió una larga siesta hasta el encuentro con su familia.

Vicente Chumilla
Vicente Chumilla
Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.

Desde que despegó el Andrómeda IV con Iñaki como único pasajero, habían pasado más de trescientos días y muchos acontecimientos; aunque bien mirado, trescientos cincuenta días en nuestro planeta no son más que repeticiones, llevamos muchos siglos repitiendo la misma mierda.

El comodoro espacial se había perdido el embarazo de su amada y el nacimiento de su hija, por eso cuando se vieron los tres, lloraron emocionados los amantes y Leire, con dos semanas de vida, mirando la imagen de su padre en la pantalla sonrió por primera vez.

El astronauta y la salazonera se dijeron frases amorosas y carantoñas; pero ese encuentro os lo contaré otro día.

Sus nuevos camaradas le regalaron un traje de astronauta de colorines. Aunque dentro de la nave no es necesario, se enfundó en él, para hacerse una foto con la intención de impresionar a Laura y para que su hija lo conociese así de vistoso.

Estaban de preparativos para la comunicación con la Tierra, cuando las pantallas se volvieron locas, reproduciendo imágenes a velocidad de vértigo; era como si los ordenadores de la nave quisieran enseñarle las imágenes de los acontecimientos del año.

Lo que mejor nos define como especie es la capacidad de generar millones de imágenes diarias, vacías y superfluas, pero imágenes.

En la pantalla de la izquierda, donde todo el rato se veían los movimientos de la Vía Láctea, ahora se sucedían unas imágenes detrás de otras sin dar tiempo a ver con claridad ninguna; era como una metralleta disparando movimientos de gentes parlanchinas.

En la pantalla central, donde antes solo se veían gráficos y mapas estelares, aparecieron resúmenes de acontecimientos confusos y de repetición acelerada: líderes políticos antes enfrentados ahora se besaban abrazados como los antiguos líderes soviéticos; sin embargo, millones de manifestantes de todo el mundo, en las capitales de cada país, levantaban banderas negras al grito de “¡Vivan las guerras!”. Un chispazo sonoro como un trueno hizo tambalearse la nave y desintegró los monitores. Por una de las ventanillas de la nave apareció un resplandor enorme y una voz rotunda anunció: “Este es el verdadero Dios, el que no habla ni tiene nada que ver con un mequetrefe vestido con túnica blanca y un triángulo en la cabeza”.

Iñaki quedó hipnotizado.

Detrás de la luminaria venía un cortejo resplandeciente formado por cientos de pequeñas estrellas recién nacidas, satélites luminosos en alegres danzas y millones de virutas brillantes.

“Esto es Dios y su corte celestial”, sentenció la voz en off, y todo el espacio quedó teñido de un añil brillante y hermoso.

El comodoro estaba impaciente por conocer a su niña; los colegas recién aparecidos le pidieron paciencia y mientras preparaban la conexión con la Tierra le ofrecieron una comida al estilo sidrería guipuzcoana: tortilla de bacalao, chuletón de vaca vieja, chacolí fresquito de una kupela recién abierta y de postre, queso Idiazabal con membrillo. Y para amenizarle el banquete proyectaron en una pantalla portátil un vídeo de un dantzari lanzando su txapela al aire y bailando un aurresku al son de txistu y tamboriles, y finalizaron con un popurrí de joticas navarras.

Iñaki durmió una larga siesta hasta el encuentro con su familia.

Vicente Chumilla
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Pintor y grabador yeclano. Colaborador de elperiodicodeyecla.com con artículos sobre Yecla o temas relacionados con el arte y su localidad natal.
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