La consigna de promover el arte popular siempre ha sido la cantinela de militantes papanatas.
En la transición española y en momentos de euforia revolucionaria se hablaba del “arte para el pueblo” y esa frase me sigue produciendo escalofríos porque me recuerda a la Unión Soviética o a la Alemania nazi y me imagino a Lunacharski seleccionando cuál es el arte beneficioso para el adoctrinamiento de la ciudadanía o a Joseph Goebbels dictando los temas adecuados para el público adocenado.
Cuando hablan del arte popular las lumbreras del populismo, a lo que se refieren es a la degradación del arte y a la desprofesionalización de los oficios artísticos, y cuando escucho la frase “Arte popular para todos” siempre me imagino a un analfabeto enarbolando una bandera ideológica.
Sin dinero no se pueden producir obras de importancia. Como ejemplo citaré solo tres: la Capilla Sixtina, la Sagrada Familia de Barcelona o el Guernica de Picasso. Y esta verdad es una de las contradicciones que los artistas arrastran desde el principio de los tiempos.
¿Alguna vez el arte estuvo cerca de la gente? O, dicho de otra manera, ¿el público mayoritario estuvo interesado por las artes plásticas alguna vez en la historia?
Tengo dudas, aunque el poder siempre se ha servido del arte para fines propagandísticos, porque es una forma refinada y eficaz de propaganda.
Creo que el arte religioso sí fue popular y cumplió la función que se propuso en el Concilio de Trento: acercar el evangelio al populacho. Cientos de artistas y artesanos pusieron su talento al servicio de la causa. Cumplieron con maestría la misión de mostrar los evangelios en forma de imágenes en las iglesias y en las catedrales, y cada iglesia, por humilde que fuese, lucía en sus retablos y en sus capillas esculturas y pinturas interesantes para que gentes que no sabían leer ni escribir recibieran por línea directa los evangelios. Los montajes eran teatrales y extraordinarios, grandes espacios e iluminación bien controlada con escenas emotivas de amor y muerte.
Pienso que el arte religioso (incluyo en este caso la música) es el más profundo y refinado creado hasta el momento.
Hasta hoy, las imágenes que procesionan son admiradas y reverenciadas, pero más bien como símbolos populares-religiosos que como obras de arte.
Soy un entusiasta del arte en la calle. La teatralización de la Semana Santa con la imaginería barroca acompañada de bandas de música me parece un gran acierto emocional y turístico.
Otra faceta interesante del arte en la calle son las estatuas de personajes históricos en plazas o las esculturas mitológicas en fuentes, con las que convivimos y que, a veces, incluso sufrimos. Forman parte de nuestra cultura y de nuestra educación. Pero tenemos la desgracia de sufrir también las aberraciones de las esculturas zafias en las rotondas.
Por otro lado, están los murales o grafitis repartidos por toda la geografía nacional. Creo que representan una forma popular y democrática, porque son efímeros y no se convierten en imposiciones eternas. Existen ejemplos de murales muy conocidos por su enclave y por su calidad. Muchos son encargos de ayuntamientos o comunidades y lo que nació siendo un arte marginal y anticomercial ya tiene galeristas abriendo las puertas a su comercialización. Eso ha pasado siempre con los movimientos más radicales y anticomerciales, que finalmente son absorbidos por el mercado con más facilidad que otros más convencionales.
Los grafitis o intervenciones de Banksy son muy exitosos y populares. A mí siempre me huelen a una operación de marketing, a comercio y a manipulación, porque de lo que estoy seguro es de que cuanto más se defiende el arte anticomercial, más cerca se está de la especulación.

















Hablar del arte es complicado por sus numerosas expresiones, estilos, técnicas y todo eso.
El arte si necesita de sociedades libres para poder expresarse sin cortapisas, a la vez muy ligado a su entorno social de cada momento.
El cuadro de Goya sobre los fusilamientos del 2 de mayo en Madrid no hubiese sido posible sin la invasión napoleónica en España. Goya pinta la represión de los invasores. Deja constancia de lo que ocurre en ese momento histórico.
Al igual que Picasso al pintar el Guernica, no hubiese sido posible sin el bombardeo a esta ciudad vasca por la aviación de la Alemania nazi en favor del los sublevados.
El «arte conceptual» me chifla. Un movimiento donde la idea o el concepto de la obra es más importante que el objeto físico.
Entrando a Murcia hay varias redondas, lo cual los ayuntamientos aprovechan para adornarlas con alguna ocurrencia. Una de ellas, la de los cubos no, otra, llama la atención, para malo, un grupo de hierros algunos entrelazados, que dices eso que es? Aún te quedas más sorprendido cuando te enteras lo que el ayuntamiento le ha pagado al «artista».
Sobre otro tipo de «arte», confirmación de la condena al ex-presidente de Murcia Pedro Antonio Sánchez y para artista de verdad Abascal, dice defender a los del campo y a la vez aplaude los aranceles de TRUMP al campo español. Este «arte» empieza a llamarse; «como vivir a cuerpo rey sin trabajar»
El Dioni no tiene espera. Ahora que iba a exponer el «arte conceptual».
Los confetis del último cartel de los tiraores.
En unas horas. Dioni prepara otros versos
A ser posible ver si es arte ir con una sotana negra hasta los pies,
En unas horas. Por cierto la del gas pimienta del Congreso si tiene arte,
Solo se podrá llevar al Congreso algo de pimienta.
También es arte el caso «auditorio» del expresidente de Murcia Pedro Antonio Sánchez el PAS.
Varios años de cárcel? En unas horas.
Dioni un verso para el PAS,
Azul, amarillo y rojo,
tubos doblados sin gracia,
diciendo que representaban
«la alegría de la democracia».
O la fuerza del progreso,
o el sentir del visitante,
mientras cobran la factura
a precio de diamante.
En la rotonda, en la plaza,
o en mitad del andador,
siempre hay un hierro doblado
haciendo de estorbo mayor.
Un tubo rojo que sube,
un muelle verde que baja,
y la caja del Municipio
que de euros se descaja.
—«¡Es la modernidad!», dicen,
con el boceto en la mano,
mientras el vecino mira
aquel mamotreto insano.
Que no se sabe si es arte,
si es un chasis de furgón,
o un resto de andamio viejo
que dejó allí un albañil sin atención.
Y así quedan las rotondas,
las aceras y los jardines:
Llenos de tubos de colores
y de herrumbre sin confines,
con el bolsillo del pueblo
cadad día más desplumado,
y el «artista» en el bar
celebrando el sablazo asestado.
Esto se merece un comunicado. Para ver ese «arte popular» viajar a Irlanda del norte, con sus reivindicaciones en la calle de la aspiración de unos y otros. Seguir perteneciendo al Reino Unido o la gran Irlanda.
Fachadas de grandes edificios con murales enormes.
El arte también sale de los palacios.
En unas horas. En cualquier caso saludar a Vicente.