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viernes 19 agosto 2022

«Nada» es mucho: Homenaje a Carmen Laforet por su centenario

Artículo de la escritora yeclana Ana Fructuoso Ros

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“Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche”. Así comienza “Nada”, novela con la que Carmen Laforet ganó el primer premio Nadal en 1944, a la edad de 23 años.

«El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre tristes, tenían para mí un gran encanto, ya que envolvía todas mis impresiones en la maravilla de haber llegado por fin a una ciudad grande, adorada en mis sueños por desconocida. Un aire marino, pesado y fresco, entró en mis pulmones con la primera sensación confusa de la ciudad: una masa de casas dormidas, de establecimientos cerrados, de faroles como centinelas borrachos de soledad. Una respiración grande, dificultosa, venía con el cuchicheo de la madrugada. Muy cerca, a mi espalda, enfrente de las callejuelas misteriosas que conducen al Borne, sobre mi corazón excitado, estaba el mar.”

Y con estilo impecable y bello describe Andrea, la joven protagonista, sus primeras impresiones de la gran ciudad que es Barcelona, a la que llega a media noche, rebosante de sueños y vida a estudiar en la Universidad. Por el retraso del tren, ninguno de los parientes que la acogerán en su casa viene a recogerla.
Son los años cuarenta en aquella España gris de la postguerra. Una tierra lúgubre, empobrecida, hambrienta en sentido literal, de cartillas de racionamiento y cortes de luz, de personajes, todos ellos, que ocultan frustraciones bajo los escombros que ha levantado el estruendo violento de las bombas.

Sin embargo, a pesar de la oscuridad, del ambiente insalubre y asfixiante que rodea a la protagonista en una casa rodeada de seres fantasmales; de sobrevivir en un país culturalmente desierto, obligado a silenciar los estragos de la tragedia bélica; la novela es, sin duda, una ráfaga de aire fresco, innovadora y arriesgada, capaz de plasmar una realidad dramática sin la necesidad aludir a ella y, de esta manera, sortear la censura a la que sometía el franquismo cualquier creación artística que se precie.

Andrea, la protagonista

Uno de los puntos fuertes de la novela es su protagonista. Andrea es una chica rara para la época. Sus sueños se alejan de la norma: encontrar marido y formar una familia a la que entregarse en cuerpo y alma. Convertirse en la mujer culta e independiente que anhela sin contar con capital alguno de respaldo, tiene sus inconvenientes, ya que se ve obligada a convivir en aquella casa con desconocidos, aunque sean de su propia familia, con esos seres vencidos, grotescos, incluso deshumanizados y despiadados en algunos casos. Y a soportar la opresión social a la que la someten, la precariedad, incluso el hambre.

Otro de los alicientes del relato son sus personajes. Los que habitan en el mundo interior de la casa: la religiosa y conservadora tía Angustias, el primo Juan y su esposa Gloria, el matrimonio como una condena, el maltrato, los sueños rotos de ella son su desgracia; el primo Román, el don Juan, el artista frustrado, a quien espera un trágico final; Antonia, la sucia y desagradable criada; la dulce abuela que todo lo tapa para hacer más llevadera la existencia. Cada uno, a su manera, carga con su propia historia de frustración y desdicha que se irá desvelando a lo largo del relato. Andrea mantendrá con cada uno una relación de apego o desapego, según los casos.

Fuera de la casa, sin embargo, fluye un mundo mucho más luminoso y esperanzador al que Andrea se agarrará como su tabla de salvación. Cuando conoce a Ena, una compañera de la facultad, y a su familia, descubre que otra vida es posible, y siente que la ansiada libertad que persigue está más cerca de lo que cree.

El gran éxito de la novela en su momento, desbordó a la autora. Nunca se encontró cómoda siendo el centro atención de los círculos literarios e intentó mantenerse al margen.

La vida de Carmen Laforet

Alejándose de la línea de acción de la protagonista de “Nada”, Carmen Laforet se casó muy joven, al poco de haber obtenido el premio, y fue madre de cinco hijos, aunque años después se separara y su vida tomara otros rumbos. Pero su condición de madre, como la de cualquier otra, pesaba tanto en su vida personal como pública. En las entrevistas que aceptaba realizar se quejaba del machismo implícito en las preguntas que le dirigían, siempre enfocadas a elegir entre sus hijos o sus novelas, entre su papel de madre o de escritora, un tipo de preguntas que un escritor varón nunca se vería interpelado a responder.

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Es posible que el éxito sin paliativos de su ópera prima eclipsara el resto de su obra, pero al margen de algunos paréntesis temporales en su creación literaria, desanimada por el gris mundillo literario, repleto de envidias y rencillas, nunca dejó de escribir. Su amigo y colega, Ramón J. Sender, con el que mantuvo una relación epistolar extensa, también publicada recientemente, siempre la animaba a seguir con su vocación de escritora.

Otros libros de Laforet

Aunque no alcanzaron el existo de “Nada”, Laforet publicó otras novelas como “La isla de los demonios” (1952), “La mujer nueva” (1955), que hablan de su reconversión religiosa, y ‘Paralelo 35’ (1967), que marcaría el inicio de su más largo silencio narrativo. Publicó también dos volúmenes de cuentos: “La llamada” (1954) y “La niña y otros relatos” (1953). Su bibliografía se completa con dos libros de viajes: “Gran Canaria” (1961) y “Mi primer viaje a USA” (1981).

Se han recopilado, además, bajo el título de “Puntos de vista de una mujer”, un conjunto de artículos escritos entre 1948 y 1953 en la revista Destino, una muestra del extenso corpus periodístico de la autora.

Toda su obra es una simbiosis entre autobiografía y ficción que refleja el desencanto, la crítica con un realismo narrativo no exento de crudeza, en los que destaca su interés por las pasiones, debilidades y entusiasmos de sus personajes femeninos, definidos con claridad, delicadeza y ternura.

“Nada” abrió el camino para una generación de autores y autoras literarios de postguerra que podríamos incluir dentro de la generación de los 50, entre los que sobresalen Carmen Martín Gaite, Ana María Matute y Miguel Delibes, que también fueron premiados por el Nadal, o Josefina e Ignacio Aldecoa y el propio Camilo José Cela, entre otros. Todos ellos fueron testigos literarios del desolador paisaje de la España franquista que describieron con inclemente precisión en sus obras, pero sin apartar la mirada de un horizonte más próspero y libre.

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