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❄️ miércoles 01 febrero 2023

La mirada de Carmela

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Mi amigo Philippe dice que como te mire una española con ternura estás perdido. Cuenta que nadie le había mirado como le miró Carmela, una sevillana de ojos negros cautivadores. Me contaba que el día que se separaron entendió que el verdadero castigo para un enamorado no es el desprecio, sino la indiferencia y que la invisibilidad puede ser la más cruel de las torturas. La andaluza fue su compañera durante una década y todavía hoy, después de treinta años sin verla, confiesa que sigue soñando con los ojos de ella.
Rogelio, «el general», (o el periodista, como se le conoció los últimos años de su vida) decía que no existe en el mundo un rayo tan penetrante como la mirada de Sofia Loren. Le escuché recitar unos ripios apasionantes dedicados a la actriz y contaba que le había mandado cartas y poemas a una dirección de Nápoles dedicados a los labios y a los ojos de la italiana; su amor platónico fue vehemente y apasionado.

¡Nunca hubo yeclano de enamoramiento más intenso!

Y yo sé que sigo vivo porque Ana me mira cada mañana y me sonríe al despertar.

A veces se me cruzan retorcidos pensamientos, y si ella está cerca, acude en mi auxilio con su mirada y me rescata. Es entonces cuando recuerdo los versos de Ángel González:

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia…

Me contó un hombre que ejerció de mendigo en Barcelona que lo peor de su situación no era el hambre, la miseria o dormir con miedo o con frío. «Nadie me miraba, era como si no existiese y esa sensación te lleva a pensar que sobras y que el mundo funciona sin ti», me contaba. «Es la soledad absoluta, no le importas a nadie y ni siquiera quien deposita una moneda en tu sombrero es capaz de mirarte».

«La ciudad con su trajín funciona como un engranaje, cada cual sabe lo que debe hacer, todos se mueven como autómatas y tú, pobre e indigente, no eres más que un estorbo maloliente», prosiguió. «Algunos niños me miraban tímidamente de reojo y sus padres tiraban de ellos para que no mirasen. ¿Temen quizás que se contaminen de piedad, o temen descubrir un espejo en el que no quieren verse reflejados?».

No se dónde leí que en una antigua civilización, a los delincuentes los condenaban a la indiferencia. Nadie les volvía a mirar y acababan muriendo solos, de pena, de hambre y de hastío… Y es que un hombre no existe si nadie le mira.

La mirada de Saturno es tremendamente consoladora, parece que entiende mejor que algunas personas. Cuando apoya su cabeza en mi pierna y me lanza miradas interrogantes, siento su respiración. Me parece que dentro de este maravilloso perro vive oculta el alma más tierna y comprensiva del mundo.

La mirada de los nuestros nos hace humanos.


Blog de Teo Carpena

Teo Carpena
Historias y leyendas de un hombre y su perro, que busca en los recuerdos su identidad. Teo Carpena emigró con su familia a Francia, después de la jubilación vuelve a Yecla y junto a varios amigos recompone su historia. Contacta conmigo en teocarpena@yahoo.es
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Mi amigo Philippe dice que como te mire una española con ternura estás perdido. Cuenta que nadie le había mirado como le miró Carmela, una sevillana de ojos negros cautivadores. Me contaba que el día que se separaron entendió que el verdadero castigo para un enamorado no es el desprecio, sino la indiferencia y que la invisibilidad puede ser la más cruel de las torturas. La andaluza fue su compañera durante una década y todavía hoy, después de treinta años sin verla, confiesa que sigue soñando con los ojos de ella.
Rogelio, «el general», (o el periodista, como se le conoció los últimos años de su vida) decía que no existe en el mundo un rayo tan penetrante como la mirada de Sofia Loren. Le escuché recitar unos ripios apasionantes dedicados a la actriz y contaba que le había mandado cartas y poemas a una dirección de Nápoles dedicados a los labios y a los ojos de la italiana; su amor platónico fue vehemente y apasionado.

¡Nunca hubo yeclano de enamoramiento más intenso!

Y yo sé que sigo vivo porque Ana me mira cada mañana y me sonríe al despertar.

A veces se me cruzan retorcidos pensamientos, y si ella está cerca, acude en mi auxilio con su mirada y me rescata. Es entonces cuando recuerdo los versos de Ángel González:

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia…

Me contó un hombre que ejerció de mendigo en Barcelona que lo peor de su situación no era el hambre, la miseria o dormir con miedo o con frío. «Nadie me miraba, era como si no existiese y esa sensación te lleva a pensar que sobras y que el mundo funciona sin ti», me contaba. «Es la soledad absoluta, no le importas a nadie y ni siquiera quien deposita una moneda en tu sombrero es capaz de mirarte».

«La ciudad con su trajín funciona como un engranaje, cada cual sabe lo que debe hacer, todos se mueven como autómatas y tú, pobre e indigente, no eres más que un estorbo maloliente», prosiguió. «Algunos niños me miraban tímidamente de reojo y sus padres tiraban de ellos para que no mirasen. ¿Temen quizás que se contaminen de piedad, o temen descubrir un espejo en el que no quieren verse reflejados?».

No se dónde leí que en una antigua civilización, a los delincuentes los condenaban a la indiferencia. Nadie les volvía a mirar y acababan muriendo solos, de pena, de hambre y de hastío… Y es que un hombre no existe si nadie le mira.

La mirada de Saturno es tremendamente consoladora, parece que entiende mejor que algunas personas. Cuando apoya su cabeza en mi pierna y me lanza miradas interrogantes, siento su respiración. Me parece que dentro de este maravilloso perro vive oculta el alma más tierna y comprensiva del mundo.

La mirada de los nuestros nos hace humanos.


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