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🌰 sábado 03 diciembre 2022

Panza de burro. Reseña

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La última sorpresa que nos ha desvelado el Club de Lectura ha sido la primera novela de la joven Andrea Abreu, titulada «Panza de burro».
Creo que la elección de Teresa, nuestra tutora, como casi siempre, ha sido atrevida, casi tanto como lo ha sido la autora al escribirla.

El texto puede resultar desconcertante por varios motivos. Incluso antes de comenzar la lectura, tropezamos con un título y una portada de impacto: la imagen de una chica gruesa, de aspecto nada atractivo, con las manos en la cintura, mira con gesto enfadado y anodino a no se sabe qué; a su lado un joven sentado sobre una botella de butano oxidada, con una pistola en la mano, de juguete suponemos, apuntado bajo el mentón, inquietante. Tras ellos y bajo sus pies, suciedad y deterioro. Si la imagen pretendía mostrar el ambiente de sordidez en que se basa el relato, lo ha conseguido plenamente.

Igualmente arriesgado puede resultar optar por expresarse en el habla local de un territorio concreto y delimitado de la España profunda: un barrio dentro de una ciudad, dentro de una isla con volcán, que podría ser Tenerife, de donde es oriunda la autora.

La elección por la utilización de esta forma de expresión puede dar lugar a que buena parte de los lectores y lectoras, entre los que me cuento, nos veamos obligadas a realizar un esfuerzo añadido para entender el relato. Sin embargo, no se preocupen, esto no ocurre, la autora consigue que, aunque desconozcamos la jerga y el significado de muchas de las palabras utilizadas, el propio contexto nos lleva fácilmente a poder interpretarlas de modo natural, solo hay que dejarse llevar. Hay que reconocer que se ha realizado un prodigioso trabajo de lenguaje.

Otro de los aspectos que hacen de Panza de burro un relato atrevido es su argumento y, sobre todo, la forma de narrarlo. La historia no es amable. Va de dos chicas con profundas heridas, deslenguadas y procaces, que crecen rodeadas de pobreza, perros sarnosos y estrafalarios personajes; callejeando por calles improvisadas sin planificación alguna, de precarias viviendas construidas ilegalmente; con padres y madres prácticamente ausentes: Isora es huérfana de madre y al padre ni se le nombra; en el caso de la narradora, sus progenitores pasan todo el día trabajando en el sur de la isla, donde, según parece, se concentra la actividad económica basada en el turismo y la construcción.

Es así como nuestras protagonistas quedan al cuidado de las implacables abuelas, en particular la de Isora, mujer de carácter endemoniado: «Hoy bebo sangre tuya, cachoputa», estas y otras lindezas similares le dice para reprenderla. Isora no se queda atrás, llama Bitch a la abuela, pero como no sabe inglés, desconoce que la está llamando perra o puta.

El barrio está coronado por el “vulcán” que ha instalado su magnetismo dentro y fuera de los vecinos que caminan a sus pies. Por allí corretean las protagonistas de la narración entre prolongadas cuestas, chumberas, “güertas”, plataneras y cielos entoldados por la calima que se confunden con el mar: «La tristeza de la gente del barrio eran las nubes, las nubes clavadas en la punta del cogote, en la parte más alta de la columna vertebral, a la hora de la novela” porque las abuelas escuchan la novela cada tarde y porque la novela, a pesar de su crudeza está llena de poesía.

Las crías están en esa edad en la que empiezan a dejar la infancia atrás, a punto de cruzar el umbral de convertirse en adultas; ese momento vital en el que las hormonas y el deseo nos impulsan con una fuerza desatada, en el que todo es confuso y efímero a la vez, donde la razón se ausenta y la desazón se instala en el bajo vientre sin que seamos capaces de identificarla.

panza de burro
Portada del libro

De la narradora desconocemos su nombre: Isora se refiere a ella como Shit (mierda en inglés). “Miniña” la llaman la abuela y las demás vecinas. A través de su voz, llegamos hasta Isora, la admirada e idolatrada amiga, sin que lleguemos a entender el porqué de la veneración a esa deslenguada, grosera, mandona, gorda, bulímica, egoísta y no sé cuántos otros calificativos más cabrían para definirla.

“Me gustaba el color de su pelo y el de sus brazos. Me gustaba su letra. Hacía unas g con un rabo gigante que no dejaba que se entendiera lo que decía en la línea de abajo. Me gustaban sus ojos y tantas otras cosas. La envidiaba por como hablaba a la gente grande. Era capaz de interrumpir conversaciones y decir no”. “Isora tiene los ojos verdes como las uvas verdes”

Quizá su irresistible atractivo resida en que es una superviviente que no se achanta ante las adversidades que le ha tocado soportar.

El riesgo, o la valentía del texto, como queramos llamarlo, radica en la ausencia de filtros, ni éticos ni estéticos, sobre lo que ocurre en la relación de las dos chicas y de todo lo que las rodea. El término “estregarse”, por ejemplo, no es un eufemismo de masturbarse, sino una forma más adecuada de expresar el placer que las niñas obtienen bien en solitario o bien dándoselo la una a la otra, y este disfrute ocurre sin que ellas sepan muy bien que están haciendo ni con qué fin, son como dos animalillos salvajes siguiendo un impulso irracional, expresando la cruda realidad en toda su sordidez e ingenuidad.

A lo largo del relato van apareciendo otros personajes, cada cual más pintoresco. Juanita Banana, un niño en realidad, de la edad de las protagonistas, con el que juegan a las Barbies y al Ken. Doña Carmen, la viejita que olvida todo menos pelar las papas y que adora Isora más que a la narradora. lo que provoca cierta envidia; Eufrasia, la que quita el mal de ojo; la bruja Gloria, que vivió un montón de años en Cuba donde aprendió brujería; el Sinson, el perro sarnoso y maltratado de Isora; unos y otros dibujan un cuadro grotesco y tierno, sobrecogedor y divertido a la vez.

Mientras leía las aventuras de Shit e Isora, amigas del alma, no he podido evitar emparentarlas, por aquello de las orfandades difíciles, con protagonistas de otras historias inolvidables como Paulina (Matute), Alfanhuí (Sánchez Ferlosio), los gemelos Claus y Lucas (Agota Kristof) o Momo (‘La vida ante sí’, de Romain Gary); pero sobre todo no he podido evitar entrever cierto paralelismo entre ellas y Lenú y Lila, las protagonistas de las novelas de Elena Ferrante: Dos amigas, en particular la primera entrega: La amiga estupenda, donde se narra la infancia y la adolescencia de las amigas. Al igual que Isora y Shit, Lenú y Lila crecen juntas en barrios desfavorecidos, desatendidas por sus mayores, aprendiendo a vivir en medio del caos, la anarquía, la violencia y el peligro. En ambos casos, además, está la cercanía de un volcán.

Hay un pasaje muy similar en las dos novelas: las amigas quieren correr una aventura, salir de los confines del barrio y llegar al mar, ese mar tan cercano y tan inaccesible a la vez, de pronto, las sorprende una tormenta que acentúa el riesgo y hace más intensa la experiencia. Al final, el miedo las hace regresar antes de concluir y frustra la aventura, porque en realidad no son más que eso, dos niñas.
Pero el valor de esta novela radica precisamente en su atrevimiento. A pesar de los experimentos con el lenguaje, de la forma descarnada y sin ningún tipo de autocensura de expresarse (o precisamente por eso), Panza de burro nos llega al corazón, nos arrastra con Isora y Shit, hasta el fondo de sus difíciles existencias que, solo en apariencia, son ajenas a la nuestra, porque lo que ocurre es que con ellas nos acercamos hasta esos lugares comunes y universales que duermen dentro de todos nosotros.

La historia de Isora y Shit nos conmociona, sí, consigue impactar al ser capaz de liberarnos de muchos de nuestros prejuicios, consigue limpiar con su aire fresco capas y capas de polvo acumulando que ocultaban el verdadero color de los objetos, del paisaje y del alma misma, como la calima tan presente en esta novela; nos conduce al origen del todo, al vacío existencial y, ya liberados, podemos empezar desde cero.

Andrea Abreu
Andrea Abreu. Autora del libro. Foto: Instagram


Relatos de Concha Ortega

Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación. Contacta conmigo en ortegaconcha60@gmail.com
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La última sorpresa que nos ha desvelado el Club de Lectura ha sido la primera novela de la joven Andrea Abreu, titulada «Panza de burro».
Creo que la elección de Teresa, nuestra tutora, como casi siempre, ha sido atrevida, casi tanto como lo ha sido la autora al escribirla.

El texto puede resultar desconcertante por varios motivos. Incluso antes de comenzar la lectura, tropezamos con un título y una portada de impacto: la imagen de una chica gruesa, de aspecto nada atractivo, con las manos en la cintura, mira con gesto enfadado y anodino a no se sabe qué; a su lado un joven sentado sobre una botella de butano oxidada, con una pistola en la mano, de juguete suponemos, apuntado bajo el mentón, inquietante. Tras ellos y bajo sus pies, suciedad y deterioro. Si la imagen pretendía mostrar el ambiente de sordidez en que se basa el relato, lo ha conseguido plenamente.

Igualmente arriesgado puede resultar optar por expresarse en el habla local de un territorio concreto y delimitado de la España profunda: un barrio dentro de una ciudad, dentro de una isla con volcán, que podría ser Tenerife, de donde es oriunda la autora.

La elección por la utilización de esta forma de expresión puede dar lugar a que buena parte de los lectores y lectoras, entre los que me cuento, nos veamos obligadas a realizar un esfuerzo añadido para entender el relato. Sin embargo, no se preocupen, esto no ocurre, la autora consigue que, aunque desconozcamos la jerga y el significado de muchas de las palabras utilizadas, el propio contexto nos lleva fácilmente a poder interpretarlas de modo natural, solo hay que dejarse llevar. Hay que reconocer que se ha realizado un prodigioso trabajo de lenguaje.

Otro de los aspectos que hacen de Panza de burro un relato atrevido es su argumento y, sobre todo, la forma de narrarlo. La historia no es amable. Va de dos chicas con profundas heridas, deslenguadas y procaces, que crecen rodeadas de pobreza, perros sarnosos y estrafalarios personajes; callejeando por calles improvisadas sin planificación alguna, de precarias viviendas construidas ilegalmente; con padres y madres prácticamente ausentes: Isora es huérfana de madre y al padre ni se le nombra; en el caso de la narradora, sus progenitores pasan todo el día trabajando en el sur de la isla, donde, según parece, se concentra la actividad económica basada en el turismo y la construcción.

Es así como nuestras protagonistas quedan al cuidado de las implacables abuelas, en particular la de Isora, mujer de carácter endemoniado: «Hoy bebo sangre tuya, cachoputa», estas y otras lindezas similares le dice para reprenderla. Isora no se queda atrás, llama Bitch a la abuela, pero como no sabe inglés, desconoce que la está llamando perra o puta.

El barrio está coronado por el “vulcán” que ha instalado su magnetismo dentro y fuera de los vecinos que caminan a sus pies. Por allí corretean las protagonistas de la narración entre prolongadas cuestas, chumberas, “güertas”, plataneras y cielos entoldados por la calima que se confunden con el mar: «La tristeza de la gente del barrio eran las nubes, las nubes clavadas en la punta del cogote, en la parte más alta de la columna vertebral, a la hora de la novela” porque las abuelas escuchan la novela cada tarde y porque la novela, a pesar de su crudeza está llena de poesía.

Las crías están en esa edad en la que empiezan a dejar la infancia atrás, a punto de cruzar el umbral de convertirse en adultas; ese momento vital en el que las hormonas y el deseo nos impulsan con una fuerza desatada, en el que todo es confuso y efímero a la vez, donde la razón se ausenta y la desazón se instala en el bajo vientre sin que seamos capaces de identificarla.

panza de burro
Portada del libro

De la narradora desconocemos su nombre: Isora se refiere a ella como Shit (mierda en inglés). “Miniña” la llaman la abuela y las demás vecinas. A través de su voz, llegamos hasta Isora, la admirada e idolatrada amiga, sin que lleguemos a entender el porqué de la veneración a esa deslenguada, grosera, mandona, gorda, bulímica, egoísta y no sé cuántos otros calificativos más cabrían para definirla.

“Me gustaba el color de su pelo y el de sus brazos. Me gustaba su letra. Hacía unas g con un rabo gigante que no dejaba que se entendiera lo que decía en la línea de abajo. Me gustaban sus ojos y tantas otras cosas. La envidiaba por como hablaba a la gente grande. Era capaz de interrumpir conversaciones y decir no”. “Isora tiene los ojos verdes como las uvas verdes”

Quizá su irresistible atractivo resida en que es una superviviente que no se achanta ante las adversidades que le ha tocado soportar.

El riesgo, o la valentía del texto, como queramos llamarlo, radica en la ausencia de filtros, ni éticos ni estéticos, sobre lo que ocurre en la relación de las dos chicas y de todo lo que las rodea. El término “estregarse”, por ejemplo, no es un eufemismo de masturbarse, sino una forma más adecuada de expresar el placer que las niñas obtienen bien en solitario o bien dándoselo la una a la otra, y este disfrute ocurre sin que ellas sepan muy bien que están haciendo ni con qué fin, son como dos animalillos salvajes siguiendo un impulso irracional, expresando la cruda realidad en toda su sordidez e ingenuidad.

A lo largo del relato van apareciendo otros personajes, cada cual más pintoresco. Juanita Banana, un niño en realidad, de la edad de las protagonistas, con el que juegan a las Barbies y al Ken. Doña Carmen, la viejita que olvida todo menos pelar las papas y que adora Isora más que a la narradora. lo que provoca cierta envidia; Eufrasia, la que quita el mal de ojo; la bruja Gloria, que vivió un montón de años en Cuba donde aprendió brujería; el Sinson, el perro sarnoso y maltratado de Isora; unos y otros dibujan un cuadro grotesco y tierno, sobrecogedor y divertido a la vez.

Mientras leía las aventuras de Shit e Isora, amigas del alma, no he podido evitar emparentarlas, por aquello de las orfandades difíciles, con protagonistas de otras historias inolvidables como Paulina (Matute), Alfanhuí (Sánchez Ferlosio), los gemelos Claus y Lucas (Agota Kristof) o Momo (‘La vida ante sí’, de Romain Gary); pero sobre todo no he podido evitar entrever cierto paralelismo entre ellas y Lenú y Lila, las protagonistas de las novelas de Elena Ferrante: Dos amigas, en particular la primera entrega: La amiga estupenda, donde se narra la infancia y la adolescencia de las amigas. Al igual que Isora y Shit, Lenú y Lila crecen juntas en barrios desfavorecidos, desatendidas por sus mayores, aprendiendo a vivir en medio del caos, la anarquía, la violencia y el peligro. En ambos casos, además, está la cercanía de un volcán.

Hay un pasaje muy similar en las dos novelas: las amigas quieren correr una aventura, salir de los confines del barrio y llegar al mar, ese mar tan cercano y tan inaccesible a la vez, de pronto, las sorprende una tormenta que acentúa el riesgo y hace más intensa la experiencia. Al final, el miedo las hace regresar antes de concluir y frustra la aventura, porque en realidad no son más que eso, dos niñas.
Pero el valor de esta novela radica precisamente en su atrevimiento. A pesar de los experimentos con el lenguaje, de la forma descarnada y sin ningún tipo de autocensura de expresarse (o precisamente por eso), Panza de burro nos llega al corazón, nos arrastra con Isora y Shit, hasta el fondo de sus difíciles existencias que, solo en apariencia, son ajenas a la nuestra, porque lo que ocurre es que con ellas nos acercamos hasta esos lugares comunes y universales que duermen dentro de todos nosotros.

La historia de Isora y Shit nos conmociona, sí, consigue impactar al ser capaz de liberarnos de muchos de nuestros prejuicios, consigue limpiar con su aire fresco capas y capas de polvo acumulando que ocultaban el verdadero color de los objetos, del paisaje y del alma misma, como la calima tan presente en esta novela; nos conduce al origen del todo, al vacío existencial y, ya liberados, podemos empezar desde cero.

Andrea Abreu
Andrea Abreu. Autora del libro. Foto: Instagram


Relatos de Concha Ortega

Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación. Contacta conmigo en ortegaconcha60@gmail.com
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