La mascarilla rosa. Por José Antonio Ortega

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Si Marta estuviera con nosotros en este tiempo que andamos contracorriente frente al virus y utilizamos entre otras cosas como herramienta una mascarilla, ella saldría a la calle con la suya.

Qué bonito sería verla con una de color rosa, yendo con las amigas guardando las distancias sociales, incluso muy coqueta aguantando el calor detrás de sus suspiros. En ese grupito de criaturas amigas, mirarían los estilos, características y las «marcas de moda» de esta reciente prenda que hemos incorporado por un periodo indeterminado a nuestras vidas.

Marta habría tardado un rato en decidir la ropa que se pondría. Una vez en la calle, hablaría con sus amigas de cómo había resultado el final este curso escolar tan raro; de la música que tanto practicaba; de su habitación que recientemente le había pintado su padre, ahora que dispuso de más tiempo (por aquello de en casa del herrero cuchara de palo) e incluso con sus labios entreabiertos tras esa cortina rosa, conversando de cosas de «niñas» que comenzaban a entrar en la edad del pavo.

Hoy su mirada desde allí arriba, me ha hecho sentir un pinchazo, lo cual significa que estoy vivo, de ahí esa pequeña emoción que durante unos minutos hemos sentido cuatro personas compartiendo un café, dentro de las cuales estaba un pilar de Marta, mientras le mirábamos a los ojos.

Hoy en día todo es un verdadero reto, y algo sucede cuando la reacción de la gente es inmensa, ahora que se va a realizar una carrera solidaria virtual, entre vientos cambiantes con cautela.

Porque Marta nunca se rindió a la nada, allí a dónde llegó después de un viaje lejano por caminos de tallos y espinas.

Me la imagino nerviosa ante los prolegómenos de la próxima carrera a la vez que ingeniosa y simpática en el estanque, con un barquito de papel junto a unos chopos con savia de vida, concentrada en sus tareas e instalada en una sonrisa detrás de una mascarilla rosa, recogiendo además de su aliento el de otras muchas personas.


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