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sábado, mayo 9, 2026 🌼
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Ramón Palao, el poeta que nunca dejó de cantar

Dicen que la memoria es un instrumento caprichoso, pero hay acordes que el tiempo no logra desafinar. Hace décadas, en esa juventud que hoy recordamos con una mezcla de ternura y asombro, conocí a un hombre que caminaba siempre acompañado de una guitarra y una libreta de versos. Su voz no solo cantaba; de algún modo, descifraba el mundo para los que teníamos la suerte de escucharlo.

​La vida, con sus idas y venidas, nos llevó por senderos distintos, hasta que el azar —o quizá el destino literario— me ha permitido reencontrarlo. Y lo ha hecho de la mejor manera posible: a través de la palabra impresa.

​Una herencia de sensibilidad

​El libro comienza con un gesto de una delicadeza abrumadora. El prólogo, escrito por su hija, es en sí mismo una pieza de orfebrería emocional. En sus líneas se percibe no solo el orgullo filial, sino la constatación de que la sensibilidad es una herencia que se cultiva en el hogar. Es un texto precioso que prepara al lector para lo que está por venir, advirtiéndonos que estamos ante alguien que ha sabido observar la vida desde el margen, allí donde nace la verdadera poesía, ​la madurez del verso.

​Al adentrarme en sus poemas, he encontrado esa misma luz que emanaba de su guitarra hace años, pero ahora tamizada por la experiencia. Su obra es una maravilla de equilibrio y hondura. No hay artificios innecesarios; hay verdad. Cada estrofa es un recordatorio de que la poesía no es solo un género literario, sino una forma de resistencia contra la prisa y el olvido.

​»Escribir es recordar lo que el alma ya sabía, pero el ruido del mundo nos obligó a callar.»

​Quiero aprovechar estas líneas para darle las gracias. Gracias por no haber dejado nunca de ser ese poeta que conocí. Gracias por haber tenido la generosidad de volcar en este libro sus vivencias, sus silencios y su talento.

​En un tiempo donde todo parece efímero, encontrarse con una obra de esta calidad es un refugio. Es un honor ver cómo aquel amigo que cantaba a la luna hoy nos regala una madurez literaria que enriquece nuestro patrimonio cultural cercano.  A Ramón Palao, por su Poemario.

Bego Muñoz Escuder

Dicen que la memoria es un instrumento caprichoso, pero hay acordes que el tiempo no logra desafinar. Hace décadas, en esa juventud que hoy recordamos con una mezcla de ternura y asombro, conocí a un hombre que caminaba siempre acompañado de una guitarra y una libreta de versos. Su voz no solo cantaba; de algún modo, descifraba el mundo para los que teníamos la suerte de escucharlo.

​La vida, con sus idas y venidas, nos llevó por senderos distintos, hasta que el azar —o quizá el destino literario— me ha permitido reencontrarlo. Y lo ha hecho de la mejor manera posible: a través de la palabra impresa.

​Una herencia de sensibilidad

​El libro comienza con un gesto de una delicadeza abrumadora. El prólogo, escrito por su hija, es en sí mismo una pieza de orfebrería emocional. En sus líneas se percibe no solo el orgullo filial, sino la constatación de que la sensibilidad es una herencia que se cultiva en el hogar. Es un texto precioso que prepara al lector para lo que está por venir, advirtiéndonos que estamos ante alguien que ha sabido observar la vida desde el margen, allí donde nace la verdadera poesía, ​la madurez del verso.

​Al adentrarme en sus poemas, he encontrado esa misma luz que emanaba de su guitarra hace años, pero ahora tamizada por la experiencia. Su obra es una maravilla de equilibrio y hondura. No hay artificios innecesarios; hay verdad. Cada estrofa es un recordatorio de que la poesía no es solo un género literario, sino una forma de resistencia contra la prisa y el olvido.

​»Escribir es recordar lo que el alma ya sabía, pero el ruido del mundo nos obligó a callar.»

​Quiero aprovechar estas líneas para darle las gracias. Gracias por no haber dejado nunca de ser ese poeta que conocí. Gracias por haber tenido la generosidad de volcar en este libro sus vivencias, sus silencios y su talento.

​En un tiempo donde todo parece efímero, encontrarse con una obra de esta calidad es un refugio. Es un honor ver cómo aquel amigo que cantaba a la luna hoy nos regala una madurez literaria que enriquece nuestro patrimonio cultural cercano.  A Ramón Palao, por su Poemario.

Bego Muñoz Escuder

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