Teodoro, Saturno: a dos voces

1
chimenea teo carpena
Foto: Juan Miguel Ortuño

El verano es insoportable, estoy tirado con la panza apoyada en las baldosas a la sombra del porche humedecido; parezco un perro morcilla a punto de derretirse.

Este dueño mío está demasiado sociable y la casa se nos llena de gente. El Panocha, con su verborrea ideológica, cuenta que va a programar un debate para averiguar quién es el culpable de que en Yecla las gachasmigas solo lleven ajos: el heteropatriarcado, el liberalismo feroz o el comunismo venezolano.

Pedrito insiste en la necesidad de una revolución interior y ecológica para poder cambiar el mundo y facilitar la vuelta de gente joven a los pueblos abandonados, la recuperación de la agricultura tradicional y acabar con todos los tractores. Teodoro es escéptico en estos asuntos, pero escucha atento al desarrollo del debate.

Y como éramos pocos, va y aparece un francés que iba de paso a Cartagena llamado Philippe. Este, en un castellano deficiente y enmarañado, intenta convencer al resto de que la Monarquía es un régimen perfecto y que a Francia le vendría bien recuperar una realeza como la española para acabar con todos los  problemas sociales. He oído risitas irónicas generalizadas, pero él no se achanta y afirma que los Borbones conforma la casa real que los franceses, en su mayoría, añoran. Un silencio incómodo llenó la marquesina donde estábamos de sobremesa.

Hoy estoy rodeado de intelectuales de élite.

Lo que tenemos que soportar los perros… ¡y sin poder hablar!

Echo de menos a Salvador, que se ha ido unos días de vacaciones a Benidorm; él pondría orden. O a Concha, que le daría una colleja al francés.

Para colmo, a la hora de la siesta ha venido una extraña pareja, familia del Panocha, a proponer que yo tome a su perra. ¿Que la tome? Estos lo que quieren es que la encule, que la insemine, ¡que me la folle!

Dicen que quieren tener perritos como yo; afirman que soy un buen ejemplar, ¿pero que han pensado estos estúpidos, que soy un cerdo?

—¡No soy un semental de feria! —gritaría si pudiera.

Han dejado a la hembra cerca de mí, como si yo no supiera lo que pretendía la perra… Ella, muy coqueta, ha empezado a olerme el trasero; no era desagradable, pero soy yo el que decide sobre mi semen y le he lanzado un gruñido rabioso al mismo tiempo que mostraba mis colmillos relucientes. Todos se han asustado, incluida la pobre hembra, que temblaba. Soy un perro y también tengo orgullo y dignidad. Hay demasiados perros abandonados, quien quiera perritos que adopte.

Estos piensan que el instinto nos gobierna, pero a mi dueño y a mí solo nos gobiernan la voluntad y la razón. Lo que me extraña es que Teodoro haya permitido este intento de falsa seducción.

Cuando nos hemos quedado solos, mi compadre ha ironizado:

—¿Qué pasa, que no te gustaba el culito de Electra?

—Por Dios bendito, “Electra”. Cada vez ponen nombres más retorcidos a mis congéneres.  ¡Pretenciosos!
—Pero si tú te llamas Saturno.
—Un nombre estupendo y sonoro que llevo con orgullo. 

A media tarde salimos a dar un paseo por el monte y a Teodoro le dio por hablar.

—Amigo mío, estoy pensando en tomar unas vacaciones en Francia. —Di un ladrido al aire para demostrar mi alegría y él lo entendió.

—Me queda claro que te apetece, pero estoy pensando a dónde ir. ¿A la playa de Montpelier, a Pepieux o a Toulouse a ver a nuestro amigo Pierre? Y vuelvo a soltar un ladrido al aire como si fuese un lobo hambriento. Pierre tiene una perra que a mi me vuelve loco, a esa sí que… y empiezo a dar vueltas alrededor de Teodoro y a mover la cola y el rabo, y Teodoro se ríe con ganas y me acaricia las orejas y el lomo.

—Decidido, a Toulouse la semana próxima. —Dicen que el mejor amigo de un hombre es su perro; yo creo que el mejor amigo de un perro es un buen hombre.

—Te voy a llevar a conocer ahora la casita de campo donde pasé muchas noches con mi abuelo, es una casa sin dueño, está medio derruida.

Cuando llegamos a la casa, una sombra verdosa le cubrió la mirada. El techo está hundido, la puerta de madera quemada, la chimenea llena de escombros, el aljibe y la cuadra totalmente derruidos. He notado en su voz un matiz de oscuridad.

—Vámonos de aquí, que entre estas ruinas lo único que pueden aparecer son culebras, escorpiones o sanguijuelas. Las noches aquí eran agradables acostados sobre un saco de paja. Junto a esa chimenea, mi abuelo me contó las primeras historias que recuerdo.

Nos cruzamos con un paisano al que también acompaña su perro; ellos se saludan y nosotros nos miramos con recelo. Veo que lleva una pelota de tenis en la boca, su dueño se la lanza y el corre y se la trae para que vuelva a lanzársela. ¡Estúpido animal!

Hace años, cuando estábamos en Francia, Teodoro me lanzó una pelota y yo me quedé sentado en mi sitio, pensando: como no corras tú… y, como es inteligente, aprendió la lección y no ha vuelto a cometer semejante error.

Paseamos uno junto al otro y de vez en cuando me desafía a una carrera; no hace falta aclarar que siempre gano yo.


Lee todos los relatos de Teo Carpena

1 COMENTARIO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor introduce tu comentario
Por favor introduce tu nombre aquí