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🌰 jueves 08 diciembre 2022

Un ramo de rosas rojas

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Hoy he optado por ponerme los auriculares mientras trabajo. He descubierto un grupo que no conocía, Kings of Convenience, un dúo noruego de dulces voces, de armonías y melodías melancólicas, delicadas y sofisticadas. Sin duda, recuerdan a Simon & Garfunkel.

El caso es que a mí me relaja su música o, mejor diría, me hace flotar entre blancas nubes algodonadas, que a veces se tornan a gris claro y me atrapan entre su llovizna suave y nostálgica. Normalmente, cuando me toca en casa de Dña. Emilia, suelo estar sola, por eso lo hago, no tengo a quién prestar atención, y Cleo, la gata, huye del ruido de la aspiradora y no la suelo ver hasta la hora de salida, así que nadie interrumpe mi ensoñación.

Sin embargo, hoy ha sonado el timbre al final de la tarde, mientras estaba con la plancha en la cocina. Gracias a que la música nunca la pongo muy alta, lo he podido escuchar. Era un mensajero con un gran ramo de rosas rojas. ¡Vaya con Dña. Emilia, que a sus años, alguno más que yo, todavía tiene admiradores!

He dejado el ramo empaquetado, tal como venía, dentro de una caja de cartón y plástico trasparente, encima de la mesa del salón; he seguido con mi tarea. Solo unos minutos después he escuchado entrar a mi jefa.

—Hola Concha —me ha gritado desde la puerta.
—Buenas tardes —le contesto, asomándome desde la cocina.

Y la he visto dirigirse directamente hacia la mesa a contemplar el ramo de rosas. Me ha mirado de soslayo y he podido apreciar algo de rubor en sus mejillas, por lo que he optado por no hacer ningún comentario y he seguido con la plancha. Ella, quizás, ha preferido no abrir la caja de la floristería hasta estar a solas.

Cleo ha salido de su escondite a saludar a su dueña y la ha seguido hasta la cocina. Se ha subido a la mesa y se ha dedicado a contemplar cómo la plancha se desliza con suavidad sobre las sábanas de algodón.

—¿Qué tal la tarde, Concha?
—Muy bien, como siempre. El paquete (no me atrevo a nombrar la palabra “flores”) acaban de traerlo —digo sin mirarla, y como Cleo, sigo el movimiento de la plancha, ahora sobre una esponjosa y perfumada toalla. Percibo un silencio entre incómodo y divertido que dura solo unos segundos.
—Son de una vieja amiga —se decide a decir.
—Las rosas rojas son preciosas, qué bonito detalle —me limito a comentar.
—Concha, tal vez te preguntarás por qué no me he casado —comenta mientras se sienta, como dispuesta a iniciar una conversación para la que no sé si estoy preparada.
—Para nada, Emilia. Cada uno hace su elección y la soltería es una de ellas, porque conociéndola y viéndola, seguro que pretendientes no le habrán faltado —digo en un intento de ser amable.
—Por supuesto que estar sola es una opción, pero no es mi caso. Yo no he elegido la soltería.

Pongo la plancha en vertical y la miro fijamente, dispuesta a escuchar lo que, por lo visto, ha decidido revelarme.
—Anda deja eso y ven a sentarte un rato, luego recojo yo la plancha.
Obedezco.
—Veras Concha, esta amiga y yo somos pareja desde hace muchos años. Ella vive lejos y por eso nos vemos solo cuando podemos. Te lo digo porque ahora se jubila, es un poco mayor que yo, va a venir a visitarme con más frecuencia. Así que es posible que la veas por la casa con asiduidad.

De pronto, recuerdo que en una ocasión me crucé con Dña. Emilia por la calle acompañada por otra mujer atractiva y elegante como ella, y que llegó incluso a presentármela; Helena, creo recordar que era su nombre, y es entonces cuando también caigo en la cuenta de que hay fotos de ellas dos, a veces solas, o con otras amigas más, expuestas en algunos lugares de la casa.

—Eso es estupendo, Emilia, no sabe cómo me alegro.

Lo cierto es que, aunque mis palabras son completamente sinceras, no sé qué más decir, por temor a meter la pata.
—Ese es el motivo por el que nunca me he casado, porque de alguna manera es como si ya lo estuviera. Llevamos juntas treinta años, así que dime tú si no hemos durado más que muchos matrimonios. Hace unos años no me hubiera atrevido a hablar con tanta libertad de mi relación con ella, pero los tiempos han cambiado, ahora las parejas del mismo sexo son aceptadas socialmente, y yo no me quiero morir ocultando lo que soy. Mis padres, a los únicos que podría haberles afectado, ya no viven, y creo que soy lo suficientemente madura para poderlo manifestar sin ruborizarme.

—Bueno, un poquito sí se ha ruborizado –digo en tono de broma— pero es normal después de haberlo callado durante tantos años.Haces muy bien, solo se vive una vez, y hay que gozar de los buenos momentos sin avergonzarse.

Hoy, antes de salir, le he dado un abrazo a mi jefa.
—Gracias por confiar en mí, Emilia, me ha hecho muy feliz la noticia que me ha dado.

Camino de casa, escuchando de nuevo a Kings of Convenience, ahora sí, a todo volumen, me he recriminado no haber pensado siquiera en la posibilidad de que en la vida de Emilia pudiera existir amor entre ella y otra mujer, cuando después de desvelado el secreto, resultaba tan evidente: las fotos, los encuentros de los que he sido testigo, los viajes de ella durante las vacaciones….

De pronto, me vienen a la memoria parejas de mujeres que he conocido a lo largo de mi vida, de todo tipo, clase y condición, que han vivido juntas como amigas cuando era un secreto a voces, aunque no confirmaran que eran mucho más que eso. El caso es que, pensando y pensando, me doy cuenta de que en el caso de personas LGTBIQ, en los tiempos del franquismo y postfranquismo, y por supuesto, en la actualidad, las lesbianas (L) siempre han tenido una ventaja respecto a otras opciones sexuales, pues parecía estar aceptado socialmente que compartieran sus vidas como simples amigas. Algo que en el caso de los hombres hubiera sido impensable y escandaloso. No olvidemos que antes se podía ir a la cárcel por ser homosexual.

Puede que el motivo esté en que ser una solterona ha sido considerado siempre una desgracia tan descomunal que la compasiva comunidad se sentía obligada a levantar un poco la mano para permitirles estar juntas y así atenuar la soledad, siempre que no se alardeara de su condición y se llevara con discreción, claro está.

Por suerte, ahora todo es diferente. Los movimientos LGTBIQ han sabido defender sus postulados y han conseguido avanzar en sus derechos y en el reconocimiento social que, no hace tanto, se les negaba.

Los jóvenes ahora, lo sé por mis propios hijos, se plantean las relaciones afectivas y sexuales de forma completamente diferente a nosotros. Son mucho más libres y abiertos, y no se conforman con los roles que biológica o socialmente se les atribuyen. Pero creo que hablar de los movimientos LGTBIQ y de jóvenes merecería una reflexión mucho más profunda. Aunque haya dejado de ser un tabú, todavía levanta controversias y la incomprensión en algunos sectores ideológicos, siempre beligerantes contra cualquier avance que nos haga más libres y felices; tampoco es oro todo lo que reluce.

De momento, me conformo con manifestar mi alegría ante el hecho de que mi jefa y amiga haya decidido expresar abiertamente la felicidad que siente por poder compartir su vida con la persona que ama.


Blog de Concha Ortega

Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación. Contacta conmigo en ortegaconcha60@gmail.com
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Hoy he optado por ponerme los auriculares mientras trabajo. He descubierto un grupo que no conocía, Kings of Convenience, un dúo noruego de dulces voces, de armonías y melodías melancólicas, delicadas y sofisticadas. Sin duda, recuerdan a Simon & Garfunkel.

El caso es que a mí me relaja su música o, mejor diría, me hace flotar entre blancas nubes algodonadas, que a veces se tornan a gris claro y me atrapan entre su llovizna suave y nostálgica. Normalmente, cuando me toca en casa de Dña. Emilia, suelo estar sola, por eso lo hago, no tengo a quién prestar atención, y Cleo, la gata, huye del ruido de la aspiradora y no la suelo ver hasta la hora de salida, así que nadie interrumpe mi ensoñación.

Sin embargo, hoy ha sonado el timbre al final de la tarde, mientras estaba con la plancha en la cocina. Gracias a que la música nunca la pongo muy alta, lo he podido escuchar. Era un mensajero con un gran ramo de rosas rojas. ¡Vaya con Dña. Emilia, que a sus años, alguno más que yo, todavía tiene admiradores!

He dejado el ramo empaquetado, tal como venía, dentro de una caja de cartón y plástico trasparente, encima de la mesa del salón; he seguido con mi tarea. Solo unos minutos después he escuchado entrar a mi jefa.

—Hola Concha —me ha gritado desde la puerta.
—Buenas tardes —le contesto, asomándome desde la cocina.

Y la he visto dirigirse directamente hacia la mesa a contemplar el ramo de rosas. Me ha mirado de soslayo y he podido apreciar algo de rubor en sus mejillas, por lo que he optado por no hacer ningún comentario y he seguido con la plancha. Ella, quizás, ha preferido no abrir la caja de la floristería hasta estar a solas.

Cleo ha salido de su escondite a saludar a su dueña y la ha seguido hasta la cocina. Se ha subido a la mesa y se ha dedicado a contemplar cómo la plancha se desliza con suavidad sobre las sábanas de algodón.

—¿Qué tal la tarde, Concha?
—Muy bien, como siempre. El paquete (no me atrevo a nombrar la palabra “flores”) acaban de traerlo —digo sin mirarla, y como Cleo, sigo el movimiento de la plancha, ahora sobre una esponjosa y perfumada toalla. Percibo un silencio entre incómodo y divertido que dura solo unos segundos.
—Son de una vieja amiga —se decide a decir.
—Las rosas rojas son preciosas, qué bonito detalle —me limito a comentar.
—Concha, tal vez te preguntarás por qué no me he casado —comenta mientras se sienta, como dispuesta a iniciar una conversación para la que no sé si estoy preparada.
—Para nada, Emilia. Cada uno hace su elección y la soltería es una de ellas, porque conociéndola y viéndola, seguro que pretendientes no le habrán faltado —digo en un intento de ser amable.
—Por supuesto que estar sola es una opción, pero no es mi caso. Yo no he elegido la soltería.

Pongo la plancha en vertical y la miro fijamente, dispuesta a escuchar lo que, por lo visto, ha decidido revelarme.
—Anda deja eso y ven a sentarte un rato, luego recojo yo la plancha.
Obedezco.
—Veras Concha, esta amiga y yo somos pareja desde hace muchos años. Ella vive lejos y por eso nos vemos solo cuando podemos. Te lo digo porque ahora se jubila, es un poco mayor que yo, va a venir a visitarme con más frecuencia. Así que es posible que la veas por la casa con asiduidad.

De pronto, recuerdo que en una ocasión me crucé con Dña. Emilia por la calle acompañada por otra mujer atractiva y elegante como ella, y que llegó incluso a presentármela; Helena, creo recordar que era su nombre, y es entonces cuando también caigo en la cuenta de que hay fotos de ellas dos, a veces solas, o con otras amigas más, expuestas en algunos lugares de la casa.

—Eso es estupendo, Emilia, no sabe cómo me alegro.

Lo cierto es que, aunque mis palabras son completamente sinceras, no sé qué más decir, por temor a meter la pata.
—Ese es el motivo por el que nunca me he casado, porque de alguna manera es como si ya lo estuviera. Llevamos juntas treinta años, así que dime tú si no hemos durado más que muchos matrimonios. Hace unos años no me hubiera atrevido a hablar con tanta libertad de mi relación con ella, pero los tiempos han cambiado, ahora las parejas del mismo sexo son aceptadas socialmente, y yo no me quiero morir ocultando lo que soy. Mis padres, a los únicos que podría haberles afectado, ya no viven, y creo que soy lo suficientemente madura para poderlo manifestar sin ruborizarme.

—Bueno, un poquito sí se ha ruborizado –digo en tono de broma— pero es normal después de haberlo callado durante tantos años.Haces muy bien, solo se vive una vez, y hay que gozar de los buenos momentos sin avergonzarse.

Hoy, antes de salir, le he dado un abrazo a mi jefa.
—Gracias por confiar en mí, Emilia, me ha hecho muy feliz la noticia que me ha dado.

Camino de casa, escuchando de nuevo a Kings of Convenience, ahora sí, a todo volumen, me he recriminado no haber pensado siquiera en la posibilidad de que en la vida de Emilia pudiera existir amor entre ella y otra mujer, cuando después de desvelado el secreto, resultaba tan evidente: las fotos, los encuentros de los que he sido testigo, los viajes de ella durante las vacaciones….

De pronto, me vienen a la memoria parejas de mujeres que he conocido a lo largo de mi vida, de todo tipo, clase y condición, que han vivido juntas como amigas cuando era un secreto a voces, aunque no confirmaran que eran mucho más que eso. El caso es que, pensando y pensando, me doy cuenta de que en el caso de personas LGTBIQ, en los tiempos del franquismo y postfranquismo, y por supuesto, en la actualidad, las lesbianas (L) siempre han tenido una ventaja respecto a otras opciones sexuales, pues parecía estar aceptado socialmente que compartieran sus vidas como simples amigas. Algo que en el caso de los hombres hubiera sido impensable y escandaloso. No olvidemos que antes se podía ir a la cárcel por ser homosexual.

Puede que el motivo esté en que ser una solterona ha sido considerado siempre una desgracia tan descomunal que la compasiva comunidad se sentía obligada a levantar un poco la mano para permitirles estar juntas y así atenuar la soledad, siempre que no se alardeara de su condición y se llevara con discreción, claro está.

Por suerte, ahora todo es diferente. Los movimientos LGTBIQ han sabido defender sus postulados y han conseguido avanzar en sus derechos y en el reconocimiento social que, no hace tanto, se les negaba.

Los jóvenes ahora, lo sé por mis propios hijos, se plantean las relaciones afectivas y sexuales de forma completamente diferente a nosotros. Son mucho más libres y abiertos, y no se conforman con los roles que biológica o socialmente se les atribuyen. Pero creo que hablar de los movimientos LGTBIQ y de jóvenes merecería una reflexión mucho más profunda. Aunque haya dejado de ser un tabú, todavía levanta controversias y la incomprensión en algunos sectores ideológicos, siempre beligerantes contra cualquier avance que nos haga más libres y felices; tampoco es oro todo lo que reluce.

De momento, me conformo con manifestar mi alegría ante el hecho de que mi jefa y amiga haya decidido expresar abiertamente la felicidad que siente por poder compartir su vida con la persona que ama.


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Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación. Contacta conmigo en ortegaconcha60@gmail.com
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Concha Ortega
Nací en Yecla en la década de los sesenta. Fui una niña obediente y devota, como me enseñaron las monjas del colegio de La Inmaculada. Hubiera deseado estudiar periodismo, pero las circunstancias personales me lo impidieron. He trabajado en distintas empresas de muebles y tapizados. La crisis me ha obligado a prestar servicios como empleada de hogar por horas. Ser colaboradora en elperiodicodeyecla.com colma, en parte, mis inquietudes culturales y mi afán de superación. Contacta conmigo en ortegaconcha60@gmail.com
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